Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 98/366
Cuando llegué a la cama la fuerza de gravedad parecía muy superior a la habitual, como si Newton hubiera inventado una nueva fórmula. No recuerdo exactamente la secuencia de
los hechos, pero a los pies de la cama la ropa estaba hecha un gurruño y el
pijama seguía debajo de la almohada. Amanecí muy pronto.
Había dormido más de siete horas, casi ocho.
Fuera seguía lloviendo, corrí a por unos calcetines y ropa de abrigo, y salí
en busca de la leche. Preferí no tomar zumo tan temprano. Preparé un desayuno reparador:
pan de cereales, aceite de casa y fuet. No podía faltar el puñado incierto y
habitual de arándanos. Me encogí en el sofá y me puse al día de series. Seguía
siendo pronto.
Sentí como la pereza se apoderaba de mí y decidí
que una siesta corta después del desayuno no me sentaría mal. Me desperté con
ganas, ahora sí, de zumo de naranja. Recalenté el tazón de café y seguí con la
rutina como si nada hubiera pasado.
Acabé en el pozo de las teorías seriéfilas,
como todos los martes por la mañana; como trabajo, reconozco es maravilloso. Siempre
la misma premisa, ¿qué es real? Probablemente la única certeza que tengo es que
llevo 26 días sin salir de casa, mas que para salir a comprar. Me da miedo
haber olvidado mirar a la gente a los ojos.
Después de las comunicaciones pertinentes,
decidí pelear con la montaña de vasos y tazas que tenía por lavar, y preparar
la comida. Me sorprendí del orden casi lógico que estaba llevando la mañana, pero
todavía tenía una ducha pendiente. Después de algunos años, empiezo a llevar bien
la dosificación de agua caliente: de muy hirviendo a bastante caliente hasta
que empieza a templarse, que es el momento de apagar el grifo. Por este pequeño
detalle, prioricé la ducha a los vasos. Como era de esperar, comería pasadas
las tres.
Dado que ya me había permitido el lujo de una
siesta a deshora, no podía perder más tiempo. Tenía que volver a ver el episodio
en cuestión y digerir todo lo leído por la mañana. Entre tanto, a la hora de
una merienda tardía recibí una foto de unas galletas de canela y anís: en casa
están bien. Me hubiera encantado estar ahí, o poder dar a mis papilas el gusto
de poder viajar. Las imaginé como las mejores. Luego me dijeron que eran un
intento de rosquillas, pero me sigo quedando con la versión galleta.
Preparé todo lo necesario para grabar
decentemente: la mesa, el micro, mi cara.
Como siempre lo gocé. He comentado infinidad
de veces lo terapéutico que me/nos resulta. Tal como escribir, una obligación,
placentera, diaria que me ratifica en el “no estás sola”.
Pensé que la música pasaría hoy de puntillas,
pero llegó LA canción.
No sé cuántas veces me la canté. Parece que San
Francisco les gustó, hasta puede que también les hiciera sol cruzando el Golden
Gate. No tengo dudas que a mis vecinos también les habrá gustado.
Preparé una infusión a la vez que ordenaba el día. Pensé en tantas buenas noches por dar. Otro martes de cuarentena. Otro día más.
Have a nice day.

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