Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 14-10-2011
Ayer pensaba en ir a dormir tarde, y así fue.
Una vez en la cama no conseguía encontrar la postura. Almohada dura con blanda,
no. Almohada blanda con almohada blanda, tampoco. ¿Sólo almohada blanda? Creo
que me quedé dormida en la combinación 7.
Cuando sonó el despertador, maldije el momento
de haberlo puesto. Leí los mensajes pendientes, demasiados, y después de la
saber de la muerte de Martina, me quedé echa bola: era mi segunda sobrina
animal. ¡Tan peluda!
Café sin desayuno.
Publiqué el ayer y me quedé inmóvil en el
sofá, en silencio, mirando a la nada. Es curioso el estado de desgana que provocan
las hormonas: sí, tengo la regla y espero que nadie se incomode después de
leerlo. Predecible sí, pero incontrolables los desbarajustes emocionales que
provoca. Una mierda.
Fui a la nevera a por la sobras de ayer, que
calenté en el mismo tupper y que vacié en un plato recién escurrido. Todo
muy bah. Después me presté de nuevo a la horizontalidad.
Tuve que mandar la orden de levantarme unas
cuantas veces, como Uma Thurman en Kill Bill, pero necesitaba urgentemente una
ducha de las largas. Tuve un atisbo de Ave Fénix y aproveché para hablar con
casa que siempre reconforta. Estuvimos hablando de qué día se come la mona:
¿domingo o lunes? Porque yo creía ser más de lunes, pero después de hablarlo
empecé a dudar. Traté de justificar el consumo indebido de chocolate, comfort
food, guilty pleasure. Chocolate, a secas.
Llegué tarde a una llamada grupal seriéfila y
al hacerse tarde, cené virtualmente con ellos y acabé con mi último puñado de
arándanos.
No llegué a ver a Jordi Évole en directo. Increíblemente
mordaz preguntó a Luis Enjuanes, el virólogo, por los anticuerpos españoles de
Ortega Smith que tan hábilmente habían derrotado al virus chino. Os invito al onanismo
televisivo porque la valió la pena. Pero mis ganas eran por Ricardo Darín, por
sus ojos mar y por la serenidad de sus palabras, comprometido. Alguien que se
describe a sí mismo como “melancólico”.
Después volví a caer en el silencio, turbado sólo
por el ruido del ventilador del ordenador.

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