13 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 31.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 14-10-2011

Ayer pensaba en ir a dormir tarde, y así fue. Una vez en la cama no conseguía encontrar la postura. Almohada dura con blanda, no. Almohada blanda con almohada blanda, tampoco. ¿Sólo almohada blanda? Creo que me quedé dormida en la combinación 7.

Cuando sonó el despertador, maldije el momento de haberlo puesto. Leí los mensajes pendientes, demasiados, y después de la saber de la muerte de Martina, me quedé echa bola: era mi segunda sobrina animal. ¡Tan peluda!

Café sin desayuno.

Publiqué el ayer y me quedé inmóvil en el sofá, en silencio, mirando a la nada. Es curioso el estado de desgana que provocan las hormonas: sí, tengo la regla y espero que nadie se incomode después de leerlo. Predecible sí, pero incontrolables los desbarajustes emocionales que provoca. Una mierda.

Fui a la nevera a por la sobras de ayer, que calenté en el mismo tupper y que vacié en un plato recién escurrido. Todo muy bah. Después me presté de nuevo a la horizontalidad.


Tuve que mandar la orden de levantarme unas cuantas veces, como Uma Thurman en Kill Bill, pero necesitaba urgentemente una ducha de las largas. Tuve un atisbo de Ave Fénix y aproveché para hablar con casa que siempre reconforta. Estuvimos hablando de qué día se come la mona: ¿domingo o lunes? Porque yo creía ser más de lunes, pero después de hablarlo empecé a dudar. Traté de justificar el consumo indebido de chocolate, comfort food, guilty pleasure. Chocolate, a secas. 

Llegué tarde a una llamada grupal seriéfila y al hacerse tarde, cené virtualmente con ellos y acabé con mi último puñado de arándanos.

No llegué a ver a Jordi Évole en directo. Increíblemente mordaz preguntó a Luis Enjuanes, el virólogo, por los anticuerpos españoles de Ortega Smith que tan hábilmente habían derrotado al virus chino. Os invito al onanismo televisivo porque la valió la pena. Pero mis ganas eran por Ricardo Darín, por sus ojos mar y por la serenidad de sus palabras, comprometido. Alguien que se describe a sí mismo como “melancólico”.

Después volví a caer en el silencio, turbado sólo por el ruido del ventilador del ordenador.

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