25 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 43.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia.

Sonó el despertador muy pronto, pero había sido por elección. Zumo de naranja y café rápido.

Me deshice con el pijama con decisión me disfracé, como tantas otras veces, de persona-que-sale-a-la-calle.

Mascarilla, gafas de sol, guantes y a la calle. ¡Qué raro! Puse la directa, esquivé un par de paseantes de perros y me sorprendió tener que esperar en el paso de cebra. En la panadería no había nadie, la persiana del bar estaba muy bajada, y no había nadie en la cristalera probando guitarras. Al llegar al estanco sólo tuve que esperar a que pagara un señor. Cogí el periódico que todos los martes tiene padre encargado y caí en la tentación del couché de los misterios vaticanos. Dos Golden virginia amarillos, papel, filtros y un mechero. Festival del humor.



Luego deshice el camino y fui en busca de arándanos frescos. ¡Conseguidos! Cayeron en la cesta también algunas Moritz y los ingredientes necesarios para volver a hacer una tarta de queso sin nevera. La vuelta a casa sirvió para hacer bien de brazos y el sol empezaba a despuntar.
Flis-flis en toda la compra. Todo ordenado y un puñado aun frio de blueberries. Luego entré corriendo en la ducha y dejé que se hiciera larga.

Con otro café demasiado caliente salí a la terraza y bien virtualmente acompañada, llegó el medio día.


A la hora de comer siempre llega la marinada y tuve que recurrir a una chaquetilla para estar por casa. El melón con jamón entró de maravilla, parecía verano. Engullí el postre para llegar a tiempo a la reunión de los viernes, necesitaba otro café, esta vez corto. Más intensa de lo habitual fue productiva y volví a sentir las mariposas de la creación.

Aproveché para leer un poco de Bauman e hice tiempo hasta las ocho: el vino y las risas de siempre. Vi el cielo cambiar de color, rosa, morado anaranjado y negro noche. Entré a regañadientes para cenar.


Con la cara colorada y el inicio de un fresa-nata me tumbé en la cama a seguir leyendo, esta vez ficción. Sin mirar el reloj sentía como se iba haciendo cada vez más tarde, por el apacible silencio. Fumé el último cigarrillo aun con la ventana abierta, y sucumbí.

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