4 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 22.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. Quack.

Ayer, poco antes de acostarme, decidí salir al patio y pasó algo mágico. Era tarde, estaba el patio de luces sin ellas, todas apagadas y se me ocurrió escuchar el silencio, mirar hacia arriba como mimetizándome con la negrura. Por primer vez en años, en Madrid, era capaz de ver un trocito de noche de estrellada.

No pude quitarme la sonrisa.


Sonó el despertador y no pude resistirme a deslizar el dedo: un rato más. Y otro. Sentía fríos los brazos y sabía que rápido se expandiría al resto. Finalmente me hice valiente y salí de un salto, buscando algo con lo que cubrirme. Una camisetas de sandías que me recordó que de camino al café tenía que parar a por dos naranjas, hoy sí.

Puede que alguien me acuse de sacrilegio, pero no pude evitar dar sepultura al plátano superviviente de la segunda generación mezclándolo con el zumo y con tres fresas de tercera. De vitaminas, bien. Por suerte acabé el bric de soja y he podido volver a la artificialidad de la leche sin lactosa. Clac, clac, sacarina. Y una tostada de pan de semillas con aceite y jamón.

Desayuné despacio, como si parte de mi se hubiera quedado atascada entre las sábanas negras. No saba crédito que hubiera llegado casi la hora de comer sin haber hecho poco más que nada. Obvié la comida, por pereza y por falta de actividad generadora de hambre.

A las cinco había quedado. Me preparé otro café, como se nota que voy desahogada en el recuento de cápsulas. Adoro a mis primas, Alba y Núria, porque dejaron de ser pequeñas y porque me apetece hacerme mayor con ellas. Una huyó a tiempo y la otra está aprendiendo a vivir de nuevo en casa, algo que tantas veces me planteo, tendré que ser capaz. Destacamos la capacidad de nuestros padres para reinventarse: los suyos juegan al bingo con los amigos el sábado, online claro, mi padre está viendo clásicos Disney en versión original sin subtítulos y madre está recuperando sus superpoderes. Después de la última boda aquí en Madrid, viéndonos en la situación de vivir muchos en muy poco, algo en la familia Ginesta volvió a despertar: la risa colectiva, de todo y de todos, siempre aderezada de un sutil sarcasmo. Llegó un día en que sin hacerlo oficial la veda de los puñales se abrió y me convertí en profesional circense de lanzamiento de cuchillos. Resarcir, lo llaman.

No sé muy bien cómo, antes de colgar hemos liado a toda la familia para hacer una videollamada el domingo. Como terapia de risa, sin duda, será lo más.

Enganché una llamada con otra y recordé una reciente conversación: una al día. Demasiado tarde. Para esta, pero, me preparé una copa de vino. Tenemos una relación curiosa, si tuviera que definirla. Nos conocimos en el instituto. Algunos ya veníamos conocidos de antes, se creó una fusión de amistades y de grupos de lo más peculiar, con mucho mundo interior. No recuerdo si fue habiendo empezado la carrera, pero nos empezamos a juntar las noches de reyes para ver la cabalgata juntos y acabar cenando y bebiendo bien. Llegábamos a casa justo a tiempo para que nos diera tiempo a ponernos el pijama y abrir los regalos, las tardes eran terribles. Años después mantenemos la tradición, día arriba o día abajo.

Me tranquiliza hablar con Clara, mi medio huevo, amiga y confidente en mayúsculas y vademécum particular. – Treballar ara es diferent. – decía. Admiré desde siempre su capacidad de análisis de la realidad, jodida pero optimista. Como madre.

Y acabé sentada en el sofá, curiosamente agotada de un día socialmente intenso y físicamente nulo.




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