27 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 45.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 64800 minutos. 

Dicen algunos que el domingo es el día del “señor” aunque yo soy más del día del vermut.

Tengo el cuerpo extraño en lo que a horarios se refiere y me volví a despertar antes de lo esperado, que era más bien tarde. Madre ya patrullaba por casa y yo fui directa a la cocina. Zumo de naranja, arándanos y fresas. Lo que sobró, a la macedonia de postre.

Después de algo más de una semana no tengo muy pillado el punto del microondas y el café con leche tiene a abrasar. Me quedé en un estado vegetativo en el sofá tratando de buscar algo en la tele que me pudiera inducir al sueño. Vi los dos primeros episodios de The Good Wife, y reconozco que no me disgustó dado que no esperaba nada.

Pasé por la ducha y acabé el café al sol. Contra todo pronóstico seguía luciendo intenso y había hecho estragos en mi delantera, completamente sumida en el fresa-nata. Se escuchaban algunos niños a lo lejos, y divisé vecinos conocidos ya jubilados paseando niños, sin duda se estaba haciendo mal.

Un poco más tarde de lo previsto retomé la comunicación con Madrid. No recordaba que ya había pasado un año de LA boda. ¡Cómo pasa el tiempo! Y qué ganas de volverme a poner el vestido de lunares con las Converse rojas. Sí, fui a una boda con Converse rojas, a juego con los labios y con un bolso de algodón acorde: Eat, Sleep, Dominate the world and Repeat.

Esta vez vermut con mandarina. Muy repetible.

Seguimos al sol hasta que ya demasiado tarde, me llamaron a comer. Al entrar madre se asustó de la rojez, y después yo, que la padecí toda la tarde.

A las seis, todavía con café tenía una cita excepcional, invitada de lujo a un podcast peculiar para hablar de Solo en Casa 2: Perdido en Nueva York. No recuerdo la primera vez que la vi, pero me gustó mucho más que la primera, aunque analizándola un poco es un despropósito de principio a fin. Unos padres que se enorgullecen de haber perdido a su hijo y no el equipaje, unos malos muy tontos que son capaces de fugarse de la cárcel y llegar a NYC, un niño que es capaz de ir solo por toda la ciudad sin ser cuestionado, o el hecho de si ves a un mendigo lleno de palomas, seguramente sea buena gente, así que “niños, cumplid con el ejemplo”. Mal. Pero divierte, eso sí. Es un niño extremadamente listo capaz de enfrentarse a dos ladrones idiotas haciéndolas infinitas putadas dignas de Brico-manía. Mari se aventuró a decir que era la precuela de MacGyver, pues tampoco lo descarto. Visto lo visto, si Kevin tuviera que salir del confinamiento, podría perfectamente pasearse solo. 

Por la tarde llegó la tormenta para quedarse, con truenos que hacían hasta retumbar los cristales. Decidí abrigarme dignamente, aunque fuera para seguir estando por casa.

No estaba siendo un domingo productivo, o sí, quizás demasiado. Seguí sentada en la silla y me tomé un tiempo para releer mis últimos días y recordar que estaba viva, fiel a las no-rutinas.

Otro día que no hacía el deporte reglamentario.

Cené poco, aunque demasiado, dado que había comido algo más de lo debido; el rape al horno es algo siempre apetecible.

Quería arrancarme la piel. Los quilos de aftersun parecían insuficientes. A este paso, llegaría a ver Westworld, que tantas madrugadas había esperado. La semana pasada me había quedado a dieciocho tristes minutos. Esta vez llegó la hora, pero mi cabeza no estaba preparada para ninguna sesudez, al contrario, estaba gobernada por un pensamiento único de cese de calor y picor solar.


Y descubrí esta canción, que como tantas otras, declararía banda sonora oficial de las escrituras de Santa Paciencia.

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