Cualquier noche antes
de viajar es un poema. Me acechan un montón de nervios absurdos que me impiden
poner la cabeza en la almohada, creo que por pánico a dormirme y a no poder
irme.
Siendo un poco
madrileña de adopción, la mayoría podrían pensar que cogí la costumbre de irme
en Semana Santa, como una más. Pero no. Pese a la redundancia, e
independientemente del calendario, las semanas santas, son sagradas.
Llevo un buen rato
escuchando a Quique González, que me habla de Conil de la Frontera, donde no
estuve jamás. Las flores que crecen en las dunas, y esas que duermen a la luz
de la luna, me llevan a casa, paradójicamente tan lejos.
Sólo puedo en pensar
en las olas. En los cuarenta quilómetros por hora cerca del agua. En la
Tramuntana. En La ola.
Pero en Semana
Santa, la visita al mar es colateral, o bueno, accidentalmente propiciada.
Allá de los años,
cuando yo ni existía, se empezaron a hacer unos maravillosos dulces los beatos viernes. Y será que somos muy tradicionales, pero desde aquel entonces, y hasta
hoy, jamás dejaron de hacerse. Supongo que esto es una razón de suficiente peso
para no faltar. Las manos son un bien preciado y cualquier par siempre es de
ayuda.
Mis primeros
recuerdos son alrededor de la mesa redonda de casa de mis abuelos, dormía todo
el año en el cuarto de los trastos, pero el día que salía era por un buen
motivo. Con un mandil a mi medida me embadurnaban las manos en aceite, y sin
dejarme acercar al cuchillo, me daban monigotillos de masa para extender y
reposar. Padre, siempre cogía los otros, con los años aprendí y entendí el por
qué.
Al acabar, y cuando
curiosamente siempre sobraba masa, me dejaban dar rienda suelta a la imaginación
y hacer muñecos grandotes que casi ni cabían en la cazuela. Y es que siempre
tuve ideas un poco peculiares…
Las posiciones eran
siempre las mismas, la abuela a mi izquierda, madre a mi derecha, y padre
siempre cerca de los fogones. Gemma crecía, y con ella el mandil, el mismo que
sigue acompañándome hoy en mi pequeña cocina.
De receta
quilométrica, la cual prometo recordar y compartir algún día, ha ido aumentando
de cantidades con los años, a la vez que las manos arrugadas se despedían. La
mesa ya no es la misma, ni las posiciones, ni los fogones, pero sí la radio y
la cazuela, incondicionales compañeras.
Los muñecos y
estrellas han pasado a ser buñuelos de chocolate, que tantos amigos han ganado.
Una invención postmoderna de aquellos que empezaron a hacer hace tantos años.
Y sí, tenía que
hacer un apunte: no son buñuelos al uso, son Brunyols de l’Empordà, genuinos y
únicos.
La hora de partir
se acerca, como el salitre.

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