Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 24:2
Madrugar para desayunar. Si es con amigos, sin
duda, mi respuesta es sí. El café hasta parecía saber mejor. Como
siempre nos acabamos liando un montón, pero para bien. Conocí su casa, por fin.
¡Bienvenida al lobby de los treintametristas!
A la hora del vermut opté por algo mucho mejor:
salir a la compra. Me preparé para salir al apocalipsis, guantes en el bolso,
pañuelo, la cara medio tapada, pelo recogido: un cuadro. Y una paranoia, porque
hay gente que sigue trabajando y no creo que madruguen más para acicalarse así,
pero The Walking Dead y las noticias han hecho mucho daño.
Aproveché para tirar la basura, porque no,
tampoco es una excusa para salir. Según abrí la puerta de casa… ¡Sol! Reculé a
por las gafas. Al pisar la calle sentí reactivarse la adrenalina. Me puse
música.
Me crucé con mi vecina de arriba, que venía
también de la compra. Eso dijo, pero vamos, que no llevaba ninguna bolsa y teniendo
en cuenta su hiperactividad creo que había, simplemente, cambiado de horario su
vuelta mañanera. Mal.
El plan era sencillo: estanco, Mercadona y casa.
No sabía si andar rápido o lento. “Esto es una
excepción, corre”, pensaba. Pero el otro yo me decía “aprovecha el momento que
no se sabe cuándo volverás a salir”, y así todo el rato. Hasta que vi venir un hombre
de frente, la misma acera. Piensa rápido, piensa. Crucé la calle sin mirar como
cuando tenía pánico a los perros. No tuve tiempo de evaluar los daños.
Absorta en mi música, dejándome acariciar por
el viento, solo me faltaba una callejuela más para que fuera todo recto. En el sprint
final y en la casi felicidad de haber llegado al primer objetivo, paré en seco.
Era un señor redondo con la chaqueta de un chándal feo y gafas de sol al más
puro estilo Castefa. Hacía espavientos con el móvil en alto, como quien busca
cobertura en el monte. Crucé. Para con él, la recomendación de dos metros
quedaba escasa.
Llegué por fin al estanco, siguen sin tener
Golden Virginia a-ma-ri-llo. “Verde, si quieres”. No, ya tengo uno verde y
estoy esperando el momento de no abrirlo. Me quedé con un primo segundo, Amber
Leaf. La experiencia del American Spirit fue bonita, pero fumar tabaco seco en
Madrid es como masticar paja en medio del desierto.
Todavía no había usado los guantes, ni me hizo
falta. En el mostrador, un paquete de guantes de frutería para coger tus cosas
y pagar. Pensé en el procedimiento: guante en mano derecha, coger las cosas,
sacar la tarjeta, pagar. Mal. No, así no. Manos limpias, coger tarjeta,
sujetarla con los dedos de la mano contraria haciendo malabarismos. Poner
guante ancho, coger mis pertenecías, guardarlas en bolsa de la compra, acercar
tarjeta al contactless y… mierda, no puedo guardar la tarjeta. Izquierda,
siempre izquierda. Me quito guante sin dejar de sujetar la tarjeta. Manos
limpias otra vez, y ahora sí, al bolso. ¡Wow! Entendí perfectamente que el
perro de Pavlov acabara cansándose.
Tardé más en comprar tabaco que en preparar un
huevo frito.
De camino a la segunda parada, otra
divergencia en el sistema: ¿qué hacer cuando por detrás viene un ciego con
bastón y no tienes posibilidad de alejarte? Bueno, la distancia de seguridad ya
la mantiene él. A la mierda.
Me sorprendió gratamente que no hubiera cola en
el Mercadona, fuente de tanto revuelo los primeros días de apocalipsis. Saludé al
guardia de seguridad. ¡Clinc! Tercer humano contactado.
Antes de bajar las escaleras mecánicas, que
abajo había cola, me puse este maravilloso vídeo.
Imaginé… No, jamás podría hacer algo así.
Con mis guantes puestos volví a mi particular
hilo musical. Me dieron otros guantes de frutería y un papel para desinfectar
la cesta. Jamás habrán estado tan limpias.
Y ahora sí que empezaba el verdadero juego. Un
Pac-man en vivo, como los juegos de Rol. ¿Quieres coger estos cereales? No. Hay
dos fantasmas, corre, pasa por el siguiente pasillo, tres briks de leche
sin lactosa, bien, se acerca el reponedor, otro fantasma, mierda, vuelve para
atrás, sigue a por los cereales. Conseguidos. Y así con todas y cada una de las
cosas que iba metiendo en el cesto. Me sorprendió gratamente que tuvieran bien de
cerveza y papel de culo.
El drama personal llegó en la frutería. Plátanos.
Check. Fresas. Check. Calabacín. Check. Pero ¿y naranjas? ¡En el Mercadona no
quedaban naranjas! Imposible, increíble, descorazonador. Solo puedo tomar tres
días más de zumo natural recién exprimido fuente de vitaminas y de vida. Muy mal.
Luego al salir sufrí un poco. Cascos puestos e
interactuar con gente con mascarilla es de lo más jodido, sobre todo porque es
imposible leer los labios. Y no sé si me mandaron a la mierda después de darles
los buenos días y las gracias.
De camino a casa, ni una alma.
Había quedado con MiguelOnTheRoad, podcaster y
mejor persona, para ponernos al día de Westworld. Un puente aéreo que quedó
corto y que probablemente ya repitamos en las ondas.
Me preparé el podcast a conciencia. Estos días
estamos haciendo los vídeos en abierto, en directo y para todos para contribuir
a una mejor cuarentena. Es interesante conocer gente nueva. Se nos fue de las
manos, desgarro neuronal. Libre albedrio, creencias, realidad. Magia.
Tocó cenar tarde, algo muy madrileño y a lo
que, muy a mi pesar, me acabé acostumbrando.
Un día trepidante, de emociones fuertes. Martes.


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