Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. Tardío.
Sonó pronto del despertador. Nunca me dio
pereza madrugar por un buen fin. Bueno, un poco sí, por eso me quedé diez
minutos inmóvil mirando al techo tratando de no volverme a dormir.
Exprimí las dos naranjas aun con los ojos
entrecerrados y con la inercia de todos los días preparé también el café.
Me cambié de ropa, directamente para salir.
Algún día llegaría el momento de aprovechar que madre y yo tenemos un número de
pie parecido y me puse sus zapatillas, que son como las mías. Aun no se había
levantado el día y salí de casa sin mascarilla y con sudadera.
Cuando llevaba dos minutos fuera de casa
insulté por primera vez, pero quedó en una anécdota. Me sorprendió el
movimiento, eran las ocho y cuarto de la mañana. Sería una anomalía, llegué al
centro en pocos minutos y como en la canción, nadie por las calles. Me crucé
con un pareja en la plaza del ayuntamiento, y quise subir hasta el museo. El
recuerdo de las largas colas al sol también había quedado en nada, apareció un
solo señor, un figurante despistado. Me detuve frente a la Torre Galatea, con
sus huevos y sus panes.
Volví a bajar la mirada hasta llegar a la cuesta que
lleva al castillo y entendí el por qué de una ciudad casi desierta, estaban
todos allí, como yo. Un arcoíris de fibras sintéticas. Yo aposté por el negro y
por la camiseta que tan bien define algunos momentos aquí: “moderna de pueblo”.
Llegué al mirador y no pude más que sonreír, sin tener que disimular detrás de
la mascarilla. La calitja de buena mañana todavía no había escampado y
era imposible ver el azul.
Al norte y a mis pies, los últimos edificios de la
ciudad y la llanura de la plana de l’Empordà. Estuve recordando las
muchas veces que había dado la vuelta al Castell de Sant Ferran, la
fortaleza abaluartada más grande de Europa. Con mi abuelo, en las clases de
educación física del instituto, con amigos. Hoy la haría sola, sí. Seguí con el
buen ritmo, y pese a ser un camino estrecho, irregular y terroso, a veces goza
de llanuras que me permitieron volver al hábito de correr.
El esfuerzo valió la
pena cuando a lo lejos se veía aun la nieve del Canigó. La magia de casa,
nieve, verde y la mar. Me crucé con más gente de la deseada y no entendí el
motivo, siempre la había hecho en sentido antihorario, hacia la izquierda.
También es conocida como la ruta del Colesterol, por motivos, obvios, claro.
Era la primera vez que veía una media de edad tan baja. El sol empezaba a
picar, y las cigarras cantaban desubicadas. Pasé por unos matorrales de retama
y quise empaparme del olor. Estaba empezando a ir mal de tiempo, y me tocó
acelerar un poco más el paso.
Cuando quedaba poco para llegar a casa pensé
en pasar por el supermercado, todavía no acabo de ver claro el abuso de
salidas. Volví con más arándanos, moras, barritas de cereales y coco, algunos por-si-acasos
más y un par de tónicas rosas, porque las noches de primavera huelen a gin
tonic.
Al llegar no dudé en pasar por la ducha y en
ponerme ropa de verano. Preparé un par de tostadas con mermelada de nectarina y
canela y otro café. Lista para romperme la cabeza con el último episodio de la
serie de confinamiento con la que tanto os he estado fastidiando: Westworld.
Ojiplática me hallo, aun, después, mientras,
todavía.
Después de comer preparé un tercer café, los
casi ocho kilómetros y las casi siete de la mañana empezaban a pasar factura.
Busqué una buena serie de dormir, como dice Joseba, Ley y Orden. Acabó siendo
una de esas siestas largas, sin despertador. Me quedé como nueva y merendé un
puñado de arándanos.
Volví al ordenador y casi llego tarde a la
cena.
***
La posibilidad de poder empezar a salir altera mis horarios, mis malas costumbre y mis no-rutinas. Trataré de ponerme al día. Debería de ir pensando en cambiar el título de la saga, cada-vez-un-poco-menos-confinados.




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