8 de mayo de 2020

Confinamiento: DÍA 56 - La desescalada.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 4 días de Fase 0. 

La desescalada. Tengo que empezar a hacer caso de las señales, las que empiezan a pedir un cambio de periodicidad en la escritura. Curiosamente, empecé este diario para hacerme más llevadero el confinamiento. Ahora son las salidas por la mañana las que me dan la vida, las que pese a haber más gente de la deseada siguen rigiéndose por el cantar desacomplejado de los pájaros y el despertar del sol cada vez más estival.

Me levanto, innovo zumos siempre a base de naranja, con arándanos, frambuesas, plátano, manzana. Sigo y seguiré fiel al café, que ya era importante mucho antes de todo esto. Madrugaba, casi con gusto, por el placer de llegar al instituto con un termo caliente que me mantuviera en vida las tres primeras horas. Mis horarios de comida han mejorado en la etapa dC (después de Casa), mis padres lo perdonan todo, menos la comida.

Adoro que salgan proyectos de confinamiento, y también reconozco que echaba de menos trabajar. Pasar horas maquetando presentaciones, pelear con los márgenes y desear que se hayan guardado los cambios cuando todo se va a la mierda.

***

Ayer era jueves. En Figueres los jueves son importantes: está el mercado de la ropa, de la fruta y la verdura al completo, y antes, cuando la gente se podía reunir, los ganaderos aprovechaban para hacer sus negocios en la parte alta de La Rambla, después de un buen desayuno. Me levanté pronto, otra vez, sin vacilar en el cambio de vestuario y el café rápido. Bajé las escaleras sin un destino claro, al salir tenía que decidir, izquierda o derecha. Izquierda, al campo. En línea recta hubiera sido sencillo, pero la vía del tren siempre fue un abismo. Recuerdo haberla mal cruzado por la estación en aquellos paseos largos de verano con mi abuelo, pero entonces no tenía yo muy adquirido el concepto de peligro. Usé los mecanismos seguros, de buena ciudadana para llegar al otro lado y giré a la derecha, donde los chopos.

Advirtiendo la posibilidad de fuerte alergia, salí de casa totalmente dopada, y con todo lo necesario para sobrevivir en la mochila.

Como ya me había pasado el lunes, creo que la otra mitad de conciudadanos que no estaban en el castillo estaban ahí, unos metros delante y detrás de mí. Saqué unas cuantas conclusiones precipitadas, a la vez que acertadas:
  •         Necesitamos monte y andar sobre tierra.
  •         En Figueres lo que no está construido es campo sin camino.
  •      Los caminos no tienen cartel de fin de municipio, puedes andar hasta que te canses.

Después de un rato resiguiendo la vía volvía a tocar decidir hacia donde continuar la aventura, seguramente deduzcáis la elección. Seguí a la izquierda, bordeando el rec del Mal Pas, la acequia que desemboca en el río Manol(o), siempre ha habido el gracioso que añadía la “o” en los carteles, y me encanta. Naino naino ná.



Me tuve que detener, maravillada por las vistas, la simpleza de las cosas, la ilusión por las amapolas. Anduve unos kilómetros más, sentía la rozadura de las zapatillas después de tanto tiempo sin andar en condiciones. Tenía pensado aprovechar la salida y pasar por el mercado antes de volver a casa, pero fiel a la improvisación, hice escala en casa para una ducha reconfortante y un cambio de vestuario. Olvidé que vivimos en humedad constante.


A las once y media había llegado a los 10.000 pasos, con dos cactus y una planta y con unas ganas de terribles de otro café en la terraza. Sí, tuvimos que hacer pedido de cápsulas porque las reservas están empezando a escaseas, quedan todavía 50 capsulas, que para una despensa de madre son demasiado pocas.

Después de comer todos caímos rendidos al horizontal. No conseguí dormirme, pero estuve en vegetación por más de dos horas. Estaba realmente cansada. Trabajé un poco, y volví a la cama-sofá (siempre pensé que el orden depende del uso principal) a esperar la hora de la cena. Una tarde perra, sin duda.

En casa de padres se come mucho pescado, probablemente el que no haya comido yo en todo lo que llevamos de año, salvo excepciones, claro. Ayer tocó caballa, recién llegada de la lonja de Roses. ¿Cómo era eso de la montaña que iba a Mahoma? Pues eso.

Hay días y días.

Hoy, por ejemplo, viernes, me desperté con ganas de cocinar lentejas. Comerlas me gusta normal, tampoco es que sea plato favorito, pero de vez en cuando… El sol parece lucir tímido y tengo ampollas en los talones. Mal. Saldré a la terraza.


No hay comentarios:

Publicar un comentario