Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 10 días
de Fase 1.
¡Bendita la he tenido! La Paciencia, digo: 18
días sin poder compartir sus escrituras.
Con la desescalada llegaron una serie de
catastróficas desdichas que limitaron mis comunicaciones con el mundo exterior,
con consecuencias graves también en el interior.
Pasé de no tener tiempo para escribir a echarlo mucho
de menos y sucumbí de nuevo al analógico cuadriculado, en la página siguiente
del día 49.
Durante este tiempo, haciendo las cosas bien hechas,
pude ver el mar, olerlo, tocarlo, sentirlo. Por fin, un deseo que se hacía
realidad. Pensé en ti y en cómo me hubiera gustado que estuvieras allí, sentado
en la orilla, fumando, apacible.
Están los locos de los gatos, y luego estamos los
locos de mar. No lo podemos evitar. A veces pensé que era un problema
sólo mío, pero descubrí que somos una
especie categorizable con rasgos comunes. Una sonrisa inevitable,
nerviosa, poniendo los pies en remojo y jugando con las olas
cristalinas. Ella y él, y yo. ¡Qué vida te espera, pequeño!
He aprovechado para los reencuentros,
los que están ahí siempre; para los cafés sin fin que acaban de noche;
para andar sin rumbo arreglando el mundo bajo el sol; para aprender a coser;
para mejorar mis aptitudes culinarias; pelear con la jardinería y matar a un cactus
en dos semanas; para querer más en la distancia; pero, sobre todo, para mirar
con otros ojos.
También pasé unos días ofuscada con la vida en
general. Anecdóticos, siendo testigo del viraje de tendencias políticas, del
renacimiento de insolidarios, de los que creen tener un sistema inmunológico
mejor que el resto y que se la pela todo, o puede que no, que sólo fuera un
alarde de transgresión. No pasa nada, puedes hacer lo que te salga de los
cojones. Eso decía el libre albedrío, ¿no? Tener fe nunca fue conmigo, y menos
en la especie humana.
De todo se sale.
De todo salen cosas maravillosas. Tengo muchísimas
ganas de ver las manos de Iván, alguien que aprendió a dar significado a
movimientos al aire.
Sigo deambulando por los pasillos, parando en la
nevera a recoger el puñado de arándanos de rigor. Llegó el calor y la sandía.
Dejé de ir a la compra. Dejé de beber tanto vino. Y siguieron los cafés en la
terraza y las cervezas furtivas.

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