Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 28,96
2 de mayo. Día de la Comunidad de Madrid. Me
desperté pensando en la de veces que me había tocado medio madrugar para
arreglarme e ir presentable al acto de la Casa del Reloj. Siempre iba con
zapatillas en el metro para poder caminar deprisa y llevaba los tacones en el
bolso que me cambiada con disimulo en alguna esquina cercana custodiada por la
policía. Era aburrido esperar de pie entre autoridades y pasillos extraños,
pero siempre interesante vivirlo desde dentro. Sólo deseaba que acabara par
poderme sumar al aperitivo si iba acompañada, o acompañarme fuera con un
vermut, un pincho de tortilla y unas alcachofas de La Ardosa.
Pero esta vez estaba en Figueres, en el primer
día de desescalada y puesta en marcha de una pre-fase 0. Los adultos, los
deportistas y los mayores podíamos salir a la calle, o madrugando mucho o yendo
a dormir tarde.
Madre me propuso ir andando hasta el mercado y
hasta ahí la aventura podía parecer interesante. Salimos de casa, el primer
cigarro que me fumaba en la calle manteniendo una distancia prudencial con un
cohabitante. En manga corta y mascarilla nos juntamos algo más y disfruté de
las aberraciones de las normas mal entendidas. Parejas vestidas de runners. Un
momento, ¿no era que se debía hacer deporte en soledad y caminar acompañado? Me
resigné. Era curioso poder andar por el asfalto que miles de veces había
evitado o pisado con el coche.
Llegamos a la plaça del Gra, la plaza del
mercado antiguo, totalmente ballada y con controles de acceso como si fuera un
festival. Increíble tener que hacer cola para comprar. Al pedir la vez caímos
en que no podíamos comprar juntas, porque no paseábamos, así que nos dividimos
la tarea y mientras yo hacía cola, ella se acercó al mercado nuevo a por las
frutas y verduras de rigor. Somos en casa muy fieles a las costumbres y a los
puestos. Le cedí el puesto en la cola, y fui yo a por otro par de cosas,
nísperos, nectarinas y una granada. Antojos, supongo. Repartimos la compra y
fuimos a hacer cola a la farmacia. Esto de salir a la calle me estaba
resultando desalentador. Luego cola en la panadería. Y camino a casa divisamos
otras tantas colas.
No había estado mal como experiencia, me
resultó extremadamente curioso jugar a adivinar caras conocidas con mascarilla.
Mis piernas, que tampoco habían estado quietas durante todo el confinamiento,
me pedían más. Todo llegaría.
Me senté al sol con un buen café y pensé en
toda aquella gente que lo estaba haciendo mal. De verdad que después de 50
días, ¿no puedes esperar un poco más y hacerlo bien? No me jodas. De haberlo
querido hacer mal, haberlo hecho el primer día y te ahorrabas todo este
sufrimiento. Reconozco que más de una vez pensé en saltarme las normas, porque
como siempre he defendido, las normas están hechas para saltártelas, o por lo
menos pensadas para que puedas hacer alguna excepción, pero cuando algo te toca
de cerca y lo sufres en silencio, como dicen de las almorranas, entiendo que
cambias de parecer. Supongo que luego aplaudirán más fuerte y más rato, como
cuando en las películas te castigan con no-sé-cuántos padrenuestros.
Comimos fideuá, una nueva costumbre de los
sábados que estoy valorando añadir a la vida “normal”.
Por la tarde traté de caer en una siesta que
se pudiera ir de las manos. Hubiera sido así de no ser un vecino, hijo de la
gran puta que puso música bakala en modo “retumbe-de-cristales”. Consiguió todo
mi odio, por supuesto, como los climbers y las planks de luego.
Cuando salí a la terraza había llovido. Madre
se estaba preparando para una tarde de plantaciones en la que quise buenamente
contribuir: dos perejiles, una menta y quitar hierbas asquerosas. Espero que
mis antecedentes, por asesinato en grado de tentativa de cactus, no influyan en
su crecimiento.
Los sábados, independientemente que en Madrid
sea fiesta o no, las normas de alimentación no cuentan, y cenamos pizza. Me
infusioné el postre y me fui a la cama, que reacondicioné a su vez como sofá y
me puse a ver Secretos de Estado, por Matt Smith, claro. La conexión a
internet, a ratos inestable no me dejó acabar de verla. Lo seguiré intentando.

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