25 de septiembre de 2020

El preludio de una despedida: volver a Madrid.

 Coche 3. Asiento 3A, ventana.

En contra de todos mis principios vitales, he llegado a la estación con el tiempo justo.

No he tardado en sentir esa horrible sensación de ahogo y esta vez no era por la mascarilla. He pensado en el montón de sensaciones de aquel primer viaje. Hoy, en cambio, hago el mismo trayecto, en la misma dirección, pero en otro sentido. 

Cuántas veces me habré repetido, home is where the heart is. Sí pero no, voy a despedirme de mi casa. Y si, le atribuyo el posesivo en primera persona porque esos treinta y seis metros cuadrados a la sombra supieron sacar sus mejores atributos para seducirme. Les compré un perchero de arce rojo y con él, llegaron también lo pingüinos: el primer invierno fue casi como vivir Laponia, de hecho.

No recuerdo la cantidad de veces que cambié el salón de posición, siempre buscando que pareciera más grande, nunca lo conseguí. Era la primera que vivía sola, real y físicamente -anteriormente, de espíritu, ya lo había probado-. Abrir la puerta era alivio, menos cuando las cucarachas querían gastarme alguna broma. 

Era genial cambiar de portal, del 7 al 5, en busca de una cena amiga, de un abrazo o de unas risas, siempre en pijama. Por supuesto, estos vaivenes llamaron la atención de Juli, “la dueña del perro mojado”, Toby. De no estar jubilada, le quedaría bien ser portera. El nombre de la señora lo aprendí algunos meses después. Seguro que debió alucinar el día que Paula entró en casa a las cuatro de la mañana cual Superman para llevarme a tres hospitales distintos. ¿Nos esperaría despierta? 

Quien más me perturbó fue la vecina de arriba. A los pocos días de llegar, bajó para avisarme que ella madrugaba mucho y que andaba con los talones. No entendí nada de esta explicación hasta unos días después, volviendo de fiesta: fue imposible conciliar el sueño, a las 06:12am tenía la cama hecha y daba vueltas a una taza. La maldije, seguro. Pero para estas cosas nunca fui muy rencorosa. Es una mujer muy pizpireta, debe medir algo menos que yo, y anda siempre erguida, con sujetadores picudos y a la velocidad del rayo. Hitchcock podría haberse inspirado en ella para La ventana indiscreta. Habré subido a su casa unas 5 veces en los dos últimos años y he pensado que tendría que llamar al 112 para salir de allí, pero ¡es tan agradable! Se saltó el confinamiento porque ella “no fuma en casa”. Y no pude rechazarle una clara con limón en pleno julio en el bar de la esquina, mientras ella se tomaba un café con leche de Mordor.

Hablando de bares, tendría que hacer un especial “El Paco”. Mejor no. Ese señor se llevará a la tumba muchos de mis secretos, estoy segura. Era como la vieja del visillo en versión justificada: todo lo que pasa en horario de bar, pasa. Estoy convencida que de haber entrado en casa con algún ser lo suficientemente extraño, lo hubiera impedido. Recuerdo aquella navidad cuando a primera hora de la mañana, aun oscuro, esperaba que me recogiera el taxi. Oí de fondo, desde el ventanuco que daba a la terraza: - ¡Vecina! ¿Te vas? – Sí, a casa-. Salió y me dio un abrazó: - ¡Feliz Navidad! Y, por si no nos vemos, próspero año nuevo-. ¿Qué narices acababa de pasar? El barrio.

También está el señor de enfrente, que vive anclado en la juventud de Julio Iglesias y no es consciente de que sí, lleva Just For Men, y se nota. O la señora muy muy mayor que tiene un loro/papagayo/periquito (algo que habla y repite cosas) en el balcón.

Vivo en un bajo (todavía en presente) con la nevera en el patio y el lavabo encima de la bañera. Seguro que el chico del Bajo 1 se asustó más de una vez desde su mesa de estudio, Gemma recién despierta cogiendo el cartón de leche como primera acción del día.

Sería injusto no mencionar a LA vecina, que obviamente también tiene nombre. Estibaliz llegó poco tiempo después de que me mudara; bueno, llegaron ella, Conie y los gatos, que conocí antes que a ella. Nos habríamos saludado un millón de veces, de hecho, su amiga también vivió un tiempo en el 5. Teníamos horarios parecidos, a veces llegábamos a la misma hora. Pero parece que nada nos había empujado a dar el paso, porque me consta que las dos teníamos bien de curiosidad. Pero nada, la pandemia cambió muchas cosas, y esta también. Unas patatas y unas cebollas fueron las culpables de unas cervezas que nos supieron a demasiado poco. ¿¡Por qué habíamos tardado tanto!?

3 horas y 6 minutos. Todavía tengo tiempo.

El día empezó pronto. Recibí un mensaje recomendándome lo nuevo de Pájaro Sunrise: Madrid. ¡Qué oportuno!

Dice que se cansa de jaulas de cristal,

que por más alto que sube no alcanza a ver el mar.

Desespera porque el invierno es largo y frío,

dice que si alguna vez me voy se irá conmigo.

Se me rompe el corazón, Madrid, si no estás bien.

¿Por qué nuestras canciones siempre son todas tan tristes?

Mi cuerpo sigue aquí, pero yo estoy ya lejos,

sólo espero que esta vez el salto duela un poco menos.

El mundo gira y gira, el Sol nunca se apaga.

Madrid es una isla en medio de la nada.

Madrid es una mala Santa y buena hermana.

Madrid es el árbol que tapa el bosque.

Madrid es casa.

Siempre estás dónde quieres estar.

Siempre estás dónde quieres.  

 

Antes del primer minuto tenía los ojos demasiado rojos para seguir haciendo nada. Fui de las que subió buscando el mar; de inviernos acurrucados; de atardeceres infinitos. También he llorado Madrid.

Madrid será siempre casa.




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