Todavía siento el corazón descompasado, vibrando aun con los aplausos del final, de pie. ¡Cuánto echaba de menos el teatro!
Llegué 25 minutos antes y fumé impaciente, divisando la puerta
de lejos a sabiendas de estar haciendo algo reprochable.
Entré firme y decidida, no tenía que esperar a nadie. Una
consola extraña me tomó la temperatura, casi ni llegaba. Subí las escaleras que
tantas veces había subido vestida de negro, una vez hasta con la etiqueta puesta
en los zapatos negros; me habían pillado de improvisto.
Tercera fila, impar, como casi siempre. A ambos lados, el
vacío de la cultura segura: “recuerde que la mascarilla es obligatoria durante
toda la función”. No me importaba.
Lehman Trilogy estaba a punto de empezar. Balada para
sexteto.
Recordaron desconectar los teléfonos móviles, y de ellos.
Tres actos de cincuenta minutos con sus respectivos descansos de oasis. De
recordar que todavía estaba en Madrid y disfrutaba del placer que pocas veces había
gozado por falta, siempre, de tiempo.
Bajaron las luces y sonreí por debajo de la mascarilla,
feliz, contenta, orgullosa.
A diferencia de las superproducciones de Hollywood, en
teatro, el reparto suele ser duplicado, por lo que pueda pasar y porque la gente
tiende a tener más vida. Me sorprendió ver a David Huarte, ese David de Al Salir
de Clase con el que muchos crecimos: Emmanuel Lehman, uno de los tres hermanos
venidos a más por el comercio del algodón. Judíos y circuncidados.
Una escenografía brutal, sencilla y reciclable, muy
inspirada en el Off-Broadway. Seis tíos que se lo guisan y se lo comen: interpretan,
cantan, bailan, ponen la música en directo. Capaces de embaucar al público
desde el minuto uno, pidiendo aplausos y toses con tarjetas al más puro estilo
del cine de los Marx. La locura y la presión en la bolsa, como en El lobo de
Wall Street, porque algo así fue Bobby Lehman, quien siempre necesitaba más y
más y se desvaneció con Bob Dylan.
Desconecté. Sentí. Viví. Recordé aquella vez que fuimos a
ver Madre Coraje en un teatro pequeño y lo pequeña que me sentí viendo el Rey León. Olvidé por un momento por qué estaba de
nuevo en Madrid. Pensé en los míos y cuánto me hubiera gustado compartir este
momento con ellos. Salí corriendo. En el taxi perdí la noción del tiempo de
nuevo, como tantas otras veces después de haber bebido de más.
Embriagada de vida.

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