20 de julio de 2020

Decepciones en Madrid.


El buen vino hay que dejarlo reposar, dicen.

Seguramente, pareciendo una paradoja de lo más absurda, el confinamiento ha sido un buen vino, porque reposado sabe distinto; mis días han dejado de saber a arándano.

Las noches con sabor a sal siempre fueron mi debilidad, después de unos cuantos estragos pensé en rendir tributo a Santa Paciencia volviendo cerca del mar. Una decisión, como tantas otras. ¿Por qué no sucumbir a las noches calurosas de Madrid? Trato de pensarlas, las lunas y quién estaba en ellas. Se me escapa esa sonrisa, parecida a la que tantas veces escondí detrás de la mascarilla.

Estos días, sin querer, entré en algo parecido a un desván tecnológico y encontré lo que tendría que haber sido una publicación de septiembre de 2019: Decepciones en Madrid. Me reconforta pensar que llegué a ello por el camino del "algo bueno". 

“En Madrid debe haber un 93,37% de decepcionados; esto no lo dice ningún estudio.

Lo de basado en hechos reales siempre me ha hecho especial gracia, sobre todo por el sesgo. Nadie vive nada de la misma manera: el vaso puede estar medio lleno o medio vacío.

El mío, hasta no hace mucho, rebosaba de ilusión. El trabajo que me gustaba, en lugares que me gustaban, con gente que me sigue gustando. Pero en ese tipo de historias, ya sabéis, siempre hay un capullo que tiene a vaciar el vaso porque tiene sed.

Decepcionados hemos sido todos, y fuente de decepción, también. Nunca me caractericé por vivir en el drama, aunque llegar a casa, todos los días airada, puede llegar a ser un engorro para los cercanos. No lo dudo.”

Era día 5 y era jueves, y seguía disertando acerca de la ruina que era no tener horarios o vivir bajo el paraguas de unos padres pasada la treintena.

¡Me parece tan lejana esa sensación!

Aunque sigo pensando que en Madrid debe haber, hoy, un 94% de decepcionados, infieles a sus instintos más primarios. Miedo, incertidumbre, complacencia, conformismo, arrogancia, cobardía, inseguridad. ¡Benditos fantasmas! Siempre aparecen. ¿Por qué tengo la sensación de que siempre llegamos tarde? Me pasa lo mismo cuando pienso en mis treinta y seis metros cuadrados a la sombra, con la nevera al exterior, sin horno y con cinco minutos de sol en verano: una ruina para un confinamiento. Y lo pienso ahora cuando parece que la tierra sigue girando y pretenden que en mi ciudad natal y de acogida circunstancial, volvamos al calor de nuestros hogares.

Y me vuelvo a enfadar cuando lo pienso, no en el encierro, sino en las excusas que me pongo para no aceptarlo: siempre fui una malota de palo. Un poco gilipollas. Porque sí, Gemma, el universo sigue vivo, y mientras tú te regocijas en una-mierda-no-tan-mierda, hay quien tiene que enfrentarse a una-mierda-absolutamente-indestructible-y-eterna. La vida.


Podría hacer el símil al millón de veces que he dicho “me fumo encima” con mis dedos: se escribían encima. Hoy, curiosamente, un domingo poco común de atardecer sublime y copa en mano. 




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