Estaba claro que encontrar una
buena tortilla no sería tarea fácil.
Los ingredientes son la clave,
pero el amor también hace mucho. O no. Quiero decir, no creo que un señor que
tiene que hacer un millón de tortillas diarias sienta mucho amor hacia ellas, pero
bueno, supongo que con tener buena mano debe ser suficiente.
Después de mi primera mala
experiencia con el primer pincho, no nos engañemos, era una mala tortilla,
conseguí armarme de valor y ponerme manos a la obra para encontrar la mejor
tortilla de patatas de bar. Y digo de bar porqué las tortillas de mi madre y de
mi amiga Paula están en una liga aparte.
Siempre he sido un poco desastre
con los horarios de las comidas, así que pasé una época en la que me dio por
muy merendar, siempre claro, con café con leche. Pero como tampoco soy muy de
dulce, pues pincho.
Supongo que empezar por los
mejores recuerdos sería el fin de la lectura de muchos, así que empezaré por los
peores. Y no sé por qué me empeño en recordarlos, dicen que las cosas malas
tienden a olvidarse, pero también está el dicho de “de los errores se aprende”.
En fin.
Entiendo que el turismo
hospitalario no esté muy extendido en las agencias de viajes, pero cuando tu
trabajo te lleva a los sitios más insospechados hay que aprovechar.
En el Hospital San Francisco de
Asís (Calle Joaquín Costa, 28) tienen una cafetería que, aparte de anclada en
los ochenta, no tiene mala pinta. La carta de precios era bastante seductora.
Un pincho. Después de esperar más de lo debido, llegó. Y el golpe de tenedor fue
como una perforación en una cantera. Quedó hecha añicos. Patata cristalina
asesinada, y el huevo entre aceitoso y cementoso, no sabría muy bien como
describirlo. Creo que la idea era que saliendo de la cafetería la clientela
pasara por urgencias.
Quinta lección aprendida: en
Madrid lo bueno, bonito y barato no existe.
Después de la mala experiencia
dentro de un hospital, probé con los alrededores. Esta vez me pilló en el desayuno.
Muy cerca de la puerta principal del Hospital Gregorio Marañón, está el Mesón
Santa Olaya (Calle Ibiza, 74). Lo venden como asturiano, pero llegaría a tener
mis dudas. Arriesgué con un montado. Espectacular. Pan crujiente casi de
pueblo, tortilla poco hecha, jugosa, sin cebolla y al punto de sal. Una
combinación casi perfecta, de no ser porque el servicio era pésimo y los
camareros parecían haber tomado una botella de vinagre.
En este caso, no habría que
olvidar la tercera lección que aprendí: en Madrid se desayuna pronto. Y lo digo
porqué el pan se acaba.
Sin pena ni gloria hubo muchos
pinchos y montados intermedios. La cata a ciegas no estaba funcionando del todo
bien, así que decidí ser amiga de un señor llamado TripAdvisor. Empezamos una
relación bastante cordial, la verdad, y tenía esperanzas en que me ilustrara en mi
búsqueda de la tortilla celestial.

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