La primera vez que
estuve en Madrid no tenía más de diez años. A mediados de los noventa imperaba
un gris extraño, que cubría sutilmente los grandes y majestuosos edificios.
Pero lo que más llamó mi atención fueron aquellas ovejotas extrañas cubiertas
de guirnaldas navideñas que berreaban en tanto se acercaban los viandantes. Un
terror.
No más agradable
fue la sensación de comer un bocadillo de calamares. Puede que, por el entorno
hostil, pero, andar por encima del crepitar de miles de gambas descabezadas
acompañadas de servilletas usadas y palillos redondeados no era mi idea del
goce del pan con rebozado.
Por aquel entonces
tampoco me gustaba el café, y jamás pensé acabaría viviendo aquí.
Desde aquel entonces
han pasado más de veinte años, y es que dicho así parece muy crónica de abuela,
pero ya me gusta el café, en vaso y con la leche templada; el vino, blanco y en
copa grande; los bocatas de calamares, así sin más; y la Mahou, preferiblemente
Clásica (la verde, que para los que ampliamente me conocen, nada tiene que ver
con el color).
Podría llegar a
decir que me he encastizado, me gusta pasear por el Barrio de las Letras, tomar
vermut casero por la antigua Plaza de la Alegría, ir al Rastro de vez en
cuando, perderme en las callejuelas de Malasaña, pasar tardes en el Retiro y
ver amanecer en buena compañía, bueno, esto último creo que ya venía de antes.
Aunque no voy a
engañar a nadie, sigo echando de menos el Mar (al mar, mar…), pero la suerte de
vivir en una gran ciudad es que puedes llegar a encontrar soluciones para todo.
¿Arena? El Ojalá de
la Calle San Andrés 1, ofrece la mejor arena industrial jamás pensada en el
centro de Madrid, que no digo que esté mal, pero no recomendaría a nadie
descalzarse ahí.
¿Un chiringuito? El
Chiringuito del Señor Martín, en la calle Mayor 31, que, aunque sin tener
terraza, compensa con la comida marinera. Y bueno, si se trata de comer, cualquiera
de los Rincones de Jaén (Barrio de Salamanca), aunque no le veo yo mucho el mar.
¿Otro chiringuito
un poco más de verdad? Sin duda una terraza de mis favoritas, en el The Hat, en la
calle Imperial 9, entre el Centro y La Latina. Muy para perderse y dejarse
volar.
¿Tumbonas? En el
Centro Cultural Conde Duque, cuando llega el buen tiempo saben lo que algunos
echamos de menos. Lo intentaron con la arena, pero no les salió del todo bien,
pobres.
¿Un paseo marítimo?
Hasta no hace mucho hubiera apostado por el Madrid Rio, sin duda, pero hace
poco alguien me enseñó donde encontrarlo en el centro. Es información
clasificada, para evitar eso de las aglomeraciones, y eso.
¿Agua? Mi
preferida, la del estanque del Retiro, esa que tuve el placer de probar hace ya
algunos años, de hecho, en aquella primera visita de descubierta. Los detalles
de la historia son también clasificados, salvando algunos aventajados.
Y así, así es como
llega la primavera en Madrid, con alergias y alegrías.
Séptima lección
aprendida: en Madrid cualquier cosa es posible, siempre con un poco de
imaginación, claro.

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