Cuando veo la
escena en que Gene Kelly canta bajo la lluvia nacen en mí un montón de
sentimientos encontrados. Claquea de maravilla, el traje le sienta genial y
tiene una mirada inigualable; y todo esto bajo una inagotable cortina de agua. Sin
duda, no llevaba gafas.
Tan inusual es la
tormenta de la escena como la de esta noche en Madrid. De día un sol de
justicia y, cuando los gatos gobiernan la calle, con un estruendo de miedo
empieza el aguacero. Corto pero intenso, alejándose entre el murmullo de los
vecinos. Es verano y las ventanas abiertas se convierten en un pequeño pasaje a
la intimidad de cada uno. Ellos me escucharon tararear y, compartiremos platos,
goles y gemidos.
Siguen cayendo
gotas, que me recuerdan los pasos de Lockwood antes de quitarse el sombrero.
¿Un paraguas? Un
estorbo. Recuerdo aquellos años mozos, mucho antes que el verde lima inundara mi
cara, en que adoraba las pequeñas gotas salpicar en mi nariz. Me molestaba el pelo
mojado, pero resistía por el placer del agua deslizarse espalda abajo. Rebelde
sin causa, ante cualquier chaparrón.
Hace bien poco, un
sabio me ilustró acerca de cómo llamar al olor a tierra mojada. Ese olor que me
fascina, y me deja por instantes anonadada. El instinto de “curiosistencia” me llevó a buscar más acerca de esto, y
es que el petricor se llama así por piedra (en griego petra) e ichor el nombre
que recibía el fluido que corría por las venas de los dioses mitológicos.
Después de indagar acerca de esto, podría asegurar que entra dentro de mi lista
de palabras favoritas.
What a glorious feeling, and I'm happy again.
A veces pienso en
la lluvia como el llanto. Ese momento tormentoso, gris y tedioso, que te hace tronar.
Se deslizan las lágrimas mejillas abajo, como si de un torrente se tratara, y
acaban cayendo tímidas en un charco de nada. En ambas precipitaciones, después
de la tormenta siempre llega la calma, el desconsuelo se desvanece a merced del
aire, y tras las nubes resurge con vigor la sonrisa, el sol.
Ahora sí, dejó de
llover. Los truenos son cada vez más tímidos y lejanos. Se desdibuja un ápice
de ese olor que me llevará de puntillas hasta la cama. Con solo el tecleo
siento molestar al momento, a la calma que llegó ante el silencio de la noche.
Y sí, es cierto,
empecé a escribir pensando en cuán molestosa es la lluvia para los que vemos el
mundo a través de unos cristales y de cuantas veces habremos pensando en un limpiaparagafas; de cómo amodio a Gene Kelly por estar contento cantando y bailando bajo la lluvia; de cuán me fastidian los madrileños con paraguas y los coches que aceleran en
los charcos, pero de repente, sin saber muy bien cómo, acabé recitando esto, una oda a la
lluvia.

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