Te levantas con
terribles ganas de escribir, llegas al blanco, al vacío, y curiosamente, todo
el desorden parece tomar forma. Puede que sin querer haya llegado el momento de
hacer balance del verano inacabado.
Sentimientos
encontrados, contrapuestos, algunos desconocidos y otros que no tocaban.
La sonrisa estúpida
frente al mar, compartir la playa desierta contigo, sentirte libre y liberado,
tener ganas de volver a casa, de contártelo.
Echarte de menos, pensarte e idealizarte, construirte.
Ganas de verte en
el espejo, de ver como todo ha cambiado. Soñarte. De cómo los meses de locura
se vuelven cuerdos. De ponerte música. Cantar. Cantarte. Intentar volver a
aquel verde sin llorarte.
Vivir los nortes,
tan lejanos, tan próximos y distintos, y bailarlos melena al viento. Esa brisa
que enloquece, que evoca sonrisas estúpidas sin sentido.
Poesía absurda
escrita en prosa.
Noches interminables
de estrellas, y estrelladas. Fugaces. Durmiendo poco, soñando mucho. Intentado
escribir las notas del silencio.
Bebiéndote.
Recordándote. Descifrándote. Sintiéndote. Pensándote, luna.
Cervezas y vinos,
risas y llantos, besos y abrazos. Cafés infinitos.
Todos. Tan lejos,
tan cerca.
De agradecer, a
todos ellos que están ahí, en el desván, por rescatarme y estar rescatándome
constantemente.
Por los súperpoderes.
A ti, este yo que a
veces necesito descifrar en segunda persona.

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