Los veranos en Madrid
generalmente son más largos, y no por fechas, porque las estaciones vienen
dictadas, sino por el calor, terrible y abrasador, que hace los días eternos. Los
semáforos dejan de cumplir su función, como si también estuvieran de
vacaciones. Podría ser por ello que no queda nadie por las calles.
Y con esta
realidad, no puedo no pensar en una canción de alguien conocido, que podría
convertirse en banda sonora de los caminos a casa.
De día, de noche,
Madrid siempre gusta, pero quedarse aquí, más que un castigo puede ser un
premio. Respirar más limpio, poder andar mirando azoteas, volver a sucumbir a
la curiosidad, como viendo una ciudad desconocida. Y también el desconocimiento
nace de los caminos alternativos al volante, esquivando sagazmente los miles de
calles cortadas por obras.
¡Atención, suelo
recién pintado! Si por algún casual cayera en el error del blanco nuevo,
dejaría huella ahí donde fuera, como las migas de Hansel y Gretel, que los
acompañaron hasta la famosa casita de chocolate, donde había una manzana
envenenada. Ah, no, esto era de otro cuento.
Los metros tardan
más en pasar y en los andenes parecemos aguardar en silencio, como si no
quisiéramos interrumpir el sueño de una noche de verano. ¡Qué distinguidos!
Pero demasiadas
veces olvidamos lo que tenemos, nos quejamos por vicio, y necesitamos alguien que
nos dé la razón. ¡Qué malos son los veranos en Madrid! Seguramente, por ello,
todos huyan, sin pensar lo que dejan en casa, lo que queda, los que quedan.
“Señores pasajeros,
por motivos ajenos a Metro de Madrid, les informamos que esta ciudad tiene más
luz”. ¿No la veis? Las lunas, como los sueños, van y vienen, y siempre vuelven.
Como volverán todos los que pensaron que los veranos en Madrid eran demasiado
terribles.
Hoy siento que
volví. Hoy sentí las calles más vacías. Hoy volví a pisar el suelo. Hoy me di cuenta
de lo ciega que fui. Hoy me doy cuenta de que Madrid es para mí. Hoy me doy
cuenta de que soy nadie.
Nadie por las
calles.


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