Me
arrepiento de no mantener a los lectores al día, me disgusta no encontrar tiempo
para ordenar las notas analógicas que, como siempre, me acompañan.
Octubre
de 2019.
Todavía
es verano, pero los días son cada vez más cortos. Madrid queda lejos y no tiene mar.
El viento me impide sujetar
el papel con normalidad y será complicado reescribir esto. Una vez en tierra procrastinaré
la puesta a punto, porque todo habrá cambiado, lo presiento. A izquierda y
derecha todo es azul, todo es mar, el mismo que respiro cuando voy a casa, como
el viento, primo de la tramontana que todos los males se lleva. Cerca, la nada.
Sigo
pensando en lo curioso de las casas flotantes de gran tamaño, un eufemismo de
barco, vaya. Cuando llegué a la cubierta, muerta por la curiosidad de la
primera vez, pensé haberme confundido y estar asistiendo a un congreso anual de
leones marinos. Había tumbonas que tenían la forma de todas y cada una de las
arrugas de los septuagenarios de abordo. Me llamó la atención, pues todos y
cada uno de los días, parecían varar en el mismo sitio como si de una rutina se
tratara.
De
noche todo se volvía mágico, de los colores más estridentes a la negrura
estrellada.
Aprendía lo complicado que puede ser estar sola durante los días de navegación y me
compadecí por toda aquella gente que trabaja surcando turistas a lo largo de
nueve meses. Tenía, de nuevo, la suerte de refugiarme en un café caliente y en unas notas mal tomadas. Ya frío.
Pero
no todo es angosto. Descubrir rincones de las ciudades de parada, o buscar una
sonrisa de complicidad de alguien que ya dejó de ser desconocido, o abrazar a
los amigos, o pensar en los que están en tierra, o… soñar despierta, todo esto
es posible cerrando los ojos y oliendo sal.
Días
más tarde, con el mal del marinero en tierra mi vida se ponía patas arriba.


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