7 de enero de 2020

Madrid queda lejos y no tiene mar.


Me arrepiento de no mantener a los lectores al día, me disgusta no encontrar tiempo para ordenar las notas analógicas que, como siempre, me acompañan.

Octubre de 2019.

Todavía es verano, pero los días son cada vez más cortos. Madrid queda lejos y no tiene mar. 

El viento me impide sujetar el papel con normalidad y será complicado reescribir esto. Una vez en tierra procrastinaré la puesta a punto, porque todo habrá cambiado, lo presiento. A izquierda y derecha todo es azul, todo es mar, el mismo que respiro cuando voy a casa, como el viento, primo de la tramontana que todos los males se lleva. Cerca, la nada.  

Sigo pensando en lo curioso de las casas flotantes de gran tamaño, un eufemismo de barco, vaya. Cuando llegué a la cubierta, muerta por la curiosidad de la primera vez, pensé haberme confundido y estar asistiendo a un congreso anual de leones marinos. Había tumbonas que tenían la forma de todas y cada una de las arrugas de los septuagenarios de abordo. Me llamó la atención, pues todos y cada uno de los días, parecían varar en el mismo sitio como si de una rutina se tratara.

De noche todo se volvía mágico, de los colores más estridentes a la negrura estrellada.

Aprendía lo complicado que puede ser estar sola durante los días de navegación y me compadecí por toda aquella gente que trabaja surcando turistas a lo largo de nueve meses. Tenía, de nuevo, la suerte de refugiarme en un café caliente y en unas notas mal tomadas. Ya frío. 


Pero no todo es angosto. Descubrir rincones de las ciudades de parada, o buscar una sonrisa de complicidad de alguien que ya dejó de ser desconocido, o abrazar a los amigos, o pensar en los que están en tierra, o… soñar despierta, todo esto es posible cerrando los ojos y oliendo sal.




Días más tarde, con el mal del marinero en tierra mi vida se ponía patas arriba.



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