14 de abril de 2016

Cuando Madrid resulta estar demasiado lejos.

Llegas a casa después de una o dos, o no se sabe cuántas cervezas rojas, en el bar de siempre. Sigue inundándote la misma pregunta que antes de perder la cuenta, ¿por qué?

Volví de hacer los b(r)uñuelos con una extraña sensación, cuando sientes que tu casa ya no es tu casa. O puede que sí, es tan tuya, que rehúyes los recuerdos que se guardan en ella, como si cada vez que abres la puerta se abriera esa caja de pandora que siempre habías tenido tan escondida.

Hoy, un miércoles cualquiera, de repente, con una llamada fortuita, conoces la realidad de los hechos: uno o dos, o no se sabe cuántos extraños han estado manoseando tus cosas; tu vida, al fin y al cabo.

Las lágrimas recorrían mis mejillas como ríos de lava hirviendo, y mis piernas temblaban cual rascacielos japonés. Es mi estómago un tsunami, y mi mente una ventisca de despropósitos capaces de fundir los glaciares del Ártico.

No puedo dejar de pensar en la conciencia humana, en cómo se forja y en cómo es capaz de destruir y destruirse. No puedo imaginar la sangre fría de abrir una puerta y entrar, una casa en la que no has sido invitado, y en la que ni siquiera te esperan, seguro que esta es la gracia, pero no. No puedo entender qué siente uno abriendo cajones de otro, toqueteando calcetines, pijamas y sujetadores ajenos en busca de algo que brille, como las urracas. Soy incapaz de entender como algo tan valioso como el respeto o la empatía hayan podido volatilizarse tan vorazmente.

Y es que todas esas cosas, mías y suyas, nuestras, habían acabado en el suelo, con el más absoluto desdén.

Otras que no, con peor fortuna, pasaban por la puerta hacia algún lugar cuyo nombre no quiero saber, ni querré recordar jamás. Eslabones de una vida desaparecían por el simple hecho de nada. Las tres erres: reliquias, regalos, y recuerdos, sobretodo esos, recuerdos vendidos al mejor postor.  

Siempre defendí que la distancia ayuda a ver las cosas con más claridad, pero hoy esa misma distancia es la que me oscurece, y la que me hace pensar en aquel póster que colgaba detrás de mi puerta: “On van les il·lusions?[1]



Una o dos, o no se sabe cuántas veces, me repetiré por qué. 



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