El camino me
resulta familiar, y es que las rectas californianas, donde el asfalto se funde
a contraluz son inolvidables. Aquí no son campos de maíz los que acompañan,
sino vides recién podadas hasta ahí donde alcanza la vista. Al fondo, casi
desdibujados, altiplanos reinados por molinos, y es que en tierra quijotesca no
pueden faltar, pero nada tienen que ver con aquellos gigantes con los que
pretendía luchar el hidalgo manchego. Siguen, eso sí, girando a merced del
viento.
Las nubes parecen
sacadas de un decorado, con perfecta textura algodonosa. Y es que siempre
imaginé esta Castilla como un secarral, tostado y falto de encanto. Supongo que
sería un tópico, de los mismos creadores que la tacañería catalana.
Hasta la fecha
pocos han sido mis viajes en autobús y no puede más que fascinarme la
arquitectura autobusística española, más propia de la industria ganadera que
del transporte de pasajeros.
Distraída con el
degradado de azules ignoro como se abrupta el terreno, y cuando me quiero dar
cuenta, después de una prolongada cuesta, nace a mi derecha un pantano
presidido por un castillo, como si custodiara sus aguas. No tengo datos, pero
lo sitúo en los 50, una época de esplendor para las construcciones hidráulicas.
Las curvas son cada
vez más cerradas, y sigo sin saber por dónde voy. Sin cuasi avisar, aparece el pueblo,
última parada.
Volví a recordar la
geografía americana, una carretera, dos lados, dos vidas. Así describiría el
pueblo de no más de 700 habitantes: 9 bares, 3 pubs, 2 panaderías y 1 estanco.
Ahora lo que no sé
es a dónde voy.
Y ya sin peso,
obviando el de la conciencia, me dispongo a andar. Las indicaciones de los
lugareños son claras: tiras todo recto, y cuando encuentres el cementerio, a la
derecha, luego recto, y en las escaleras, a la derecha. Seguramente, de haber
girado a la izquierda ese señor tan amable y tan buen ilustrador, hubiera tenido
constancia de mi error.
De repente, sí sé
muy bien el por qué, pero no tanto el cómo, me encuentro delante de una cascada
de agua. Ojiplática, y sin nadie con quien hablar, me quedo también sin palabras.
El Sol, que calienta como buena estufa, se hace gran compañero de viaje, y con él paso un rato observando el salto. El fluir del
agua empieza a dar rienda suelta a mis pensares, a eso he venido, y como
aquellos caminantes, también yo, hago camino al andar.
Una amplia gama de
azules, aguamarina, cobalto, turquesa, claros y oscuros, contrastan con el verde
de la encina o el amarillo carqués.
La sensación de
tener el agua cerca es alivio, y el viento que sopla a contracorriente es capaz
de simular pequeñas olas que me llevan a un mar con olor a romero, y con sabor
a orégano. Un mar sin sal, un mar de dudas, un mar dentro de un vaso de ginebra.
Cuando deshago mis
pasos y desando el camino es cuando EL rincón me llama y me llama también la
tinta, el papel. Y escribo porque no sé dibujar. Y escribo cartas porque no sé
escribir libros. Y escribo porque no sé hablar.
Me hubiera gustado
poder hacer pequeños barcos de papel para que la corriente de agua hiciera
llegar las misivas a sus destinatarios, pero me acordé de la pared de hormigón
que les esperaba quilómetros más abajo, y no quise tuvieran un tan duro final.
Puede que la poesía
sorprenda, como también la incerteza del lugar. Y es que creo cada uno tiene
que encontrar su cascada, al fondo a la derecha.
Una vez también me
perdí entre gigantes, de acero, cíclopes de ojo rojo, que hubieran ahuyentado
al más valiente Rocinante.

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