11 de abril de 2016

Pongamos que no hablo de Madrid. (Parte 1)

El camino me resulta familiar, y es que las rectas californianas, donde el asfalto se funde a contraluz son inolvidables. Aquí no son campos de maíz los que acompañan, sino vides recién podadas hasta ahí donde alcanza la vista. Al fondo, casi desdibujados, altiplanos reinados por molinos, y es que en tierra quijotesca no pueden faltar, pero nada tienen que ver con aquellos gigantes con los que pretendía luchar el hidalgo manchego. Siguen, eso sí, girando a merced del viento. 

Las nubes parecen sacadas de un decorado, con perfecta textura algodonosa. Y es que siempre imaginé esta Castilla como un secarral, tostado y falto de encanto. Supongo que sería un tópico, de los mismos creadores que la tacañería catalana.

Hasta la fecha pocos han sido mis viajes en autobús y no puede más que fascinarme la arquitectura autobusística española, más propia de la industria ganadera que del transporte de pasajeros.

Distraída con el degradado de azules ignoro como se abrupta el terreno, y cuando me quiero dar cuenta, después de una prolongada cuesta, nace a mi derecha un pantano presidido por un castillo, como si custodiara sus aguas. No tengo datos, pero lo sitúo en los 50, una época de esplendor para las construcciones hidráulicas.

Las curvas son cada vez más cerradas, y sigo sin saber por dónde voy. Sin cuasi avisar, aparece el pueblo, última parada.

Volví a recordar la geografía americana, una carretera, dos lados, dos vidas. Así describiría el pueblo de no más de 700 habitantes: 9 bares, 3 pubs, 2 panaderías y 1 estanco.

Ahora lo que no sé es a dónde voy.

Y ya sin peso, obviando el de la conciencia, me dispongo a andar. Las indicaciones de los lugareños son claras: tiras todo recto, y cuando encuentres el cementerio, a la derecha, luego recto, y en las escaleras, a la derecha. Seguramente, de haber girado a la izquierda ese señor tan amable y tan buen ilustrador, hubiera tenido constancia de mi error.

De repente, sí sé muy bien el por qué, pero no tanto el cómo, me encuentro delante de una cascada de agua. Ojiplática, y sin nadie con quien hablar, me quedo también sin palabras.

El Sol, que calienta como buena estufa, se hace gran compañero de viaje, y con él paso un rato observando el salto. El fluir del agua empieza a dar rienda suelta a mis pensares, a eso he venido, y como aquellos caminantes, también yo, hago camino al andar.

Una amplia gama de azules, aguamarina, cobalto, turquesa, claros y oscuros, contrastan con el verde de la encina o el amarillo carqués.

La sensación de tener el agua cerca es alivio, y el viento que sopla a contracorriente es capaz de simular pequeñas olas que me llevan a un mar con olor a romero, y con sabor a orégano. Un mar sin sal, un mar de dudas, un mar dentro de un vaso de ginebra. 

Cuando deshago mis pasos y desando el camino es cuando EL rincón me llama y me llama también la tinta, el papel. Y escribo porque no sé dibujar. Y escribo cartas porque no sé escribir libros. Y escribo porque no sé hablar.

Me hubiera gustado poder hacer pequeños barcos de papel para que la corriente de agua hiciera llegar las misivas a sus destinatarios, pero me acordé de la pared de hormigón que les esperaba quilómetros más abajo, y no quise tuvieran un tan duro final.

Puede que la poesía sorprenda, como también la incerteza del lugar. Y es que creo cada uno tiene que encontrar su cascada, al fondo a la derecha.

Una vez también me perdí entre gigantes, de acero, cíclopes de ojo rojo, que hubieran ahuyentado al más valiente Rocinante.






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