17 de junio de 2016

Alta Fidelidad, o de como suena una vida. (Parte 2)

Mi vida es música, mi nombre, una canción. 

En todas las historias musicales siempre hay algunos puntos negros, no nos avergoncemos, sólo corramos un tupido velo. O estúpido. Laura Pausini estuvo ahí, en el mio. Gloria Estefan. Cher. Y  mira que jamás fui muy fan de las boy bands, pero también pasaron temporalmente los Backstreetboys o los Nsync. De todos ellos, me quedo con Justin Timberlake, sin duda.

Pero crecía, y conmigo mis gustos musicales. En sexto de primaria fue un momento muy ecléctico, seguían Sau y Els Pets, con la electrónica de Pont Aeri. Sin sustos. En clase no parábamos de compartirnos el disco de Amb la lluna a l’esquena, o el Bon dia. Me encantaba “Una estona de cel”. Pero de aquel 1998, guardo el recuerdo de mi primer y único concierto de Sau, en Espolla. Me las sabía todas, las canté todas, y puede que, sin saberlo, hasta llorara alguna. Un año después moría Carles Sabater, el 13 de febrero. El 14, en clase de lenguaje musical, estábamos atónitas, lo vivimos intensa y cercanamente.

És molt dur haver de marxar, d’una festa quan tot s’ha acabat, quan la clau no et vol obrir, i l’alcohol et fa sentir deprimit. De-pri-mit.[1]

Llegados al instituto, con 12 años, éramos ya mayorcísimos. La primera canción que recuerdo entre aquellas paredes verdes fue de Bob Marley, “Three Little Birds”, behind my doorstep. En clase de inglés nunca faltaron los temazos, Smashmouth, Offspring, Blink 182, o grandes como Suzanne Vega o Elton John.

Pero tampoco había podido abandonar el rock en catalán. Lax’n’Busto, esta vez, y “Johnny el Melenes” como tema. Tuvimos el placer de reescribir la letra y muy dedicarla, quedó en el olvido entre tantos papeles y agendas y dietarios de aquel entonces.

De esa plena adolescencia “hippielonga” salió mi pasión por Gossos. No sabría decir muy bien cuando empezó, pero recuerdo que con un muy buen amigo cantábamos “La casa cuartel” de Kiko Veneno, versionada por ellos.

Gossos siguen presentes en el ahora, cerca de mis treinta en enero, pero no puedo olvidar aquel verano, aquel primer amor. Nos gustaban las mismas canciones, casi las mismas cosas, pero estábamos demasiado lejos. Con él hubo muchos poemas y promesas, casi todas ellas quedaron por cumplir, y a día de hoy, una vez al año, hacemos memoria de esos momentos tan apasionados, vividos como si no hubiera mañana. Recuerdo el concierto a la perfección, en primera fila, y con un brillo en los ojos que de vez en cuando resurge de entre las cenizas. “Quan et sentís de marbre” era nuestra canción. Y por enésima vez, lo dejamos con “La carta”.

Ese año fue complicado. Las emociones de aquella pérdida nos unieron de forma dispar. Y ahí descubrí Crosby, Stills, Nash and Young, al tiempo que leía por primera vez el “Guardián entre el centeno” de Salinger. Sentía que me hacía mayor, y todavía no tenía ni puta idea de nada. Sin Young, que se fue por su cuenta, me quedaría con “Southern Cross”, think about how many times I have fallen, decían.

Supongo que estaría mal no citar a Sopa de Cabra. “L’Empordà” es nuestra canción, por ser de donde somos y por ser quien queremos ser. Camins, que ara s’esvaeixen, camins que hem de fer sols[2]. Tocaba empezar a caminar solos, eso es. Era un cambio de etapa, y ese año también pasarían muchas cosas. Conoceríamos gente nueva, y con ellos nueva música. “The Anthem”, de Good Charlotte, era la banda sonora de aquellas terribles horas de matemáticas eternas.

At my high school, it felt more to me, like a jail cell, a penitentiary. My time spent there only made me see…[3].

Cumplí los 18 en pleno caos, donde las decisiones eran mundos y el mundo no era más que una cuerda floja donde hacer equilibrios. Recuerdo todavía un cedé que me regalaron, una mezcla de canciones que de alguna manera hablaban de nosotros, del momento. Armageddon la vimos juntos y, si me efuerzo, puedo llegar a escuchar a Steven Tyler cantar “I don’t wanna miss a thing”; ahí estaban Marea, Paco Ibañez, Glenn Lewis o Drexler. Me regalaron también "Siddharta", de Hermann Hesse, que se convirtió el guión de mi propia película. En los créditos, como banda sonora original aparecía Pink Floyd, con "I wish you were here". Temazo. 

Está claro que por entonces mis gustos eran, y siguen siendo, un tanto diversos, y no podía, por ello, faltar la presencia de Béla Bartók, ese húngaro extraño de harmonías inconexas al que un día pillé el gusto. Ese libro, “For Children”, era mi preferido. Danzas húngaras y eslovacas que crecían en intensidad y dificultad. Era casi el fin de las teclas. https://youtu.be/d8HGOJlycqk





Y en un primer momento, pensé en partir esta historia en tres, una por cada década, pero llegados a esto, creo que sería necesario un punto y aparte. Los años venideros fueron muy intensos, musical y vitalmente. La aventura de vivir fuera de casa requería muchas películas y mucha música.  




[1] Es muy duro tener que irse de una fiesta cuando todo acabó, cuando la llave no quiere abrir, y el alcohol te hace sentir deprimido. De-pri-mi-do.
[2] Caminos, que ahora se desvanecen, caminos que debemos hacer solos.
[3] En el instituto, me sentí como en una celda, una cárcel. El tiempo que pasé ahí sólo me hizo ver… 

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