Mi vida es música, mi nombre, una canción.
En todas las historias musicales siempre hay algunos puntos negros, no nos
avergoncemos, sólo corramos un tupido velo. O estúpido. Laura Pausini estuvo ahí, en el mio. Gloria Estefan. Cher. Y mira que jamás fui muy fan de las boy bands, pero también pasaron temporalmente los Backstreetboys o
los Nsync. De todos ellos, me quedo con Justin Timberlake, sin duda.
Pero crecía, y
conmigo mis gustos musicales. En sexto de primaria fue un momento muy ecléctico, seguían Sau y Els Pets, con la electrónica de Pont Aeri. Sin sustos.
En clase no parábamos de compartirnos el disco de Amb la lluna a l’esquena, o el Bon
dia. Me encantaba “Una estona de cel”. Pero de aquel 1998, guardo el
recuerdo de mi primer y único concierto de Sau, en Espolla. Me las sabía todas,
las canté todas, y puede que, sin saberlo, hasta llorara alguna. Un año después
moría Carles Sabater, el 13 de febrero. El 14, en clase de lenguaje musical,
estábamos atónitas, lo vivimos intensa y cercanamente.
És molt dur haver de marxar, d’una festa quan tot s’ha
acabat, quan la clau no et vol obrir, i l’alcohol et fa sentir deprimit.
De-pri-mit.[1]
Llegados al
instituto, con 12 años, éramos ya mayorcísimos. La primera canción que recuerdo
entre aquellas paredes verdes fue de Bob Marley, “Three Little Birds”, behind my doorstep. En clase de inglés
nunca faltaron los temazos, Smashmouth, Offspring, Blink 182, o grandes como
Suzanne Vega o Elton John.
Pero tampoco había
podido abandonar el rock en catalán. Lax’n’Busto, esta vez, y “Johnny el Melenes”
como tema. Tuvimos el placer de reescribir la letra y muy dedicarla, quedó en
el olvido entre tantos papeles y agendas y dietarios de aquel entonces.
De esa plena
adolescencia “hippielonga” salió mi pasión por Gossos. No sabría decir muy bien
cuando empezó, pero recuerdo que con un muy buen amigo cantábamos “La casa
cuartel” de Kiko Veneno, versionada por ellos.
Gossos siguen
presentes en el ahora, cerca de mis treinta en enero, pero no puedo olvidar
aquel verano, aquel primer amor. Nos gustaban las mismas canciones, casi las
mismas cosas, pero estábamos demasiado lejos. Con él hubo muchos poemas y
promesas, casi todas ellas quedaron por cumplir, y a día de hoy, una vez al
año, hacemos memoria de esos momentos tan apasionados, vividos como si no
hubiera mañana. Recuerdo el concierto a la perfección, en primera fila, y con
un brillo en los ojos que de vez en cuando resurge de entre las cenizas. “Quan
et sentís de marbre” era nuestra canción. Y por enésima vez, lo dejamos con “La
carta”.
Ese año fue complicado.
Las emociones de aquella pérdida nos unieron de forma dispar. Y ahí descubrí
Crosby, Stills, Nash and Young, al tiempo que leía por primera vez el “Guardián
entre el centeno” de Salinger. Sentía que me hacía mayor, y todavía no tenía ni
puta idea de nada. Sin Young, que se fue por su cuenta, me quedaría con “Southern
Cross”, think about how many times I have
fallen, decían.
Supongo que estaría
mal no citar a Sopa de Cabra. “L’Empordà” es nuestra canción, por ser de donde
somos y por ser quien queremos ser. Camins,
que ara s’esvaeixen, camins que hem de fer sols[2]. Tocaba
empezar a caminar solos, eso es. Era un cambio de etapa, y ese año también
pasarían muchas cosas. Conoceríamos gente nueva, y con ellos nueva música. “The
Anthem”, de Good Charlotte, era la banda sonora de aquellas terribles horas de
matemáticas eternas.
At my high school, it
felt more to me, like a jail cell, a penitentiary. My time
spent there only made me see…[3].
Cumplí los 18 en
pleno caos, donde las decisiones eran mundos y el mundo no era más que una cuerda
floja donde hacer equilibrios. Recuerdo todavía un cedé que me regalaron, una
mezcla de canciones que de alguna manera hablaban de nosotros, del momento.
Armageddon la vimos juntos y, si me efuerzo, puedo llegar a escuchar a Steven
Tyler cantar “I don’t wanna miss a thing”; ahí estaban Marea, Paco Ibañez,
Glenn Lewis o Drexler. Me regalaron también "Siddharta", de Hermann Hesse, que se convirtió el guión de mi propia película. En los créditos, como banda sonora original aparecía Pink Floyd, con "I wish you were here". Temazo.
Está claro que por
entonces mis gustos eran, y siguen siendo, un tanto diversos, y no podía, por
ello, faltar la presencia de Béla Bartók, ese húngaro extraño de harmonías
inconexas al que un día pillé el gusto. Ese libro, “For Children”, era mi
preferido. Danzas húngaras y eslovacas que crecían en intensidad y dificultad. Era
casi el fin de las teclas. https://youtu.be/d8HGOJlycqk
Y en un primer
momento, pensé en partir esta historia en tres, una por cada década, pero
llegados a esto, creo que sería necesario un punto y aparte. Los años venideros
fueron muy intensos, musical y vitalmente. La aventura de vivir fuera de casa
requería muchas películas y mucha música.
[1] Es muy duro tener que irse de una fiesta cuando todo acabó, cuando la
llave no quiere abrir, y el alcohol te hace sentir deprimido. De-pri-mi-do.
[2] Caminos, que ahora se desvanecen, caminos que debemos hacer solos.
[3] En el instituto, me sentí como en una celda, una cárcel. El tiempo que
pasé ahí sólo me hizo ver…

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