El sol de invierno me gusta, o no. Creo que es una resignación mayúscula a que no hay nada que hacer, que hasta dentro de unos cuantos meses el abrigo formará parte de mi vestimenta habitual.
Y es curioso, porque todavía no es invierno, pero ya comenté, creo, alguna vez, que en Madrid existen tres estaciones: el frío, la alergia y el mucho calor.
Me costó acostumbrarme, también a los cafés, y sucumbí.
Aunque sigo sin entender el cambio de hora, si madrugas sales oscuro de casa, y si llegas tarde, es como si no hubiera amanecido jamás, y es entonces cuando pierdes la noción del tiempo.
Puede que por no hacerme a ello esté constantemente en un bucle inestable de emociones de otoño, marrones y marchitas. Pero sí, cuando algun día te da por levantar cabeza, los rojos, ocres y verdes son capaces de robarte hasta una sonrisa, puede que el Retiro esté empezando.
De todas maneras, y hablando de naturalidades, en Madrid son, para estas cosas, poco de convencionalismos. Las hojas son verdes casi todo el año, hasta que reaparece una tormenta, repentina, y te arrastra, ramas y hojas al barro. Por instantes, desearía poder decir que es alergia, y que no es más que un hinchazón de ojos.
Otro otoño. "Está pasando una vez más". Y eso no solo lo digo yo.
Si me quedo sin hojas, sin argumentos, con la mirada en el cielo, recordaré aquellas amapolas de nariz roja.


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