23 de marzo de 2018

Ante todo, Madrid siempre será verde.


Llevo todo el día con ganas de hablar, de hablar de verdad. Lo he intentado, pero parece que hoy los astros se alinearon con otros, y me quedaste tú, papel en blanco, siempre tan dispuesto a dar la cara.

Han pasado 11373 días desde que vi la primera luz, algo así como 31 primaveras recién estrenadas. Si miro por el retrovisor, veo un atasco de decisiones, y en contra de lo que haría Christopher John Francis Boone, obviaría todas las rojas.

Y tú, querida hoja en menos blanco, que puedes cambiar de género a discreción, estarás pensando, ¿a qué se refiere con decisiones rojas? Son todos esos momentos que guardaré bajo llave el resto de los días, de los que no me enorgullezco, y que osaron romper la hegemonía de ese verde que veía crecer.

No recuerdo el detonante, ni exactamente el día, pero fue durante la adolescencia cuando empecé a pensar en que, si disfrazaba la realidad, podía ser carnaval todo el año. Si no acudía a las citas, siempre había un motivo, si llegaba tarde, siempre era culpa de otros.

De entre las decisiones rojas, también está el cambio de rumbo en medio del temporal, cuando comía por tres y no saciaba nunca. Por aquel entonces, empecé a fumar. Otra realidad que disimulé por un padre exfumador.

El otro día sentí hacer las paces con parte de ese yo, cuando alguien me dijo, “siempre fuiste de letras”. Yo, que me peleaba con la calculadora para poder hacer integrales y entender la velocidad constante de los satélites. Yo, que deseaba tener un título de inglés. Yo, que conseguía hacer música entre el blanco y el negro. Ese yo.

Ese yo, también empezó la carrera de historia, un 5 de octubre que no olvidaré jamás. Empecé con mal pie, o puede que no fuera el pie.

De las verdes, de las que sí veo mirando atrás, la mudanza exprés a la ciudad Condal.

Nunca fui una niña de manual, creo que no. Y en eso momento, contra todo pronóstico, estaba empezando una ruta por lo desconocido, el desconocimiento de hacer lo que no esperan que hagas, la ruta que me ha llevado a estar parada en este coche, mirando en el espejo con olor a pino. Empecé y reempecé. Tejí las redes de una telaraña que hoy sigue siendo un “salvamomentos”.

La ruta, tiene muchas paradas encajonadas, a cal y canto.

Siempre me enorgullezco de la cultura cafetera que forjé en esta nueva ciudad de acogida, en esta Madrid castiza. Tuve un verano para pensar en plan, quizás planificar una nueva ruta, que inicié a trompicones, ahora lo veo. No me di la oportunidad de aprender, de crear una nueva telaraña, porque me convertí en mosca, y fui devorada por las circunstancias. Una no-decisión demasiado roja.

No me resistí demasiado a Belcebú, que decidió darme indulto, y dejarme en una vida sin más. Rojo. Mucho rojo.

Conocí por aquel entonces un nuevo mar, una nueva ola, una nueva brisa que hizo tambalear la telaraña de las circunstancias y de mosca, pasé a mariposa. Con un aleteo cambié demasiadas cosas, y sentaron pesadas a la digestión de muchos. Sin duda, volví a ver el verde.

Desde aquel día, pensé en no ser jamás verde. Pensé en ser, sólo ser.

Siendo, he visto el mundo con otros ojos. He visto a otros, que también parecían cuestionarse sus rojeces. Siendo, he aprendido a llorar con la cabeza alta, y a lágrima tendida, ante ti, hoja en no blanco.

Hoy el castillo de naipes me cayó encima. La reina de corazones, con esa cara impasible, me recordó de nuevo todos aquellos rojos, los que creía tener bien cerrados. Volví a sentirme mosca, y volví a ver todo con ojos de colador.

Deseo que acabe el día, llegar al 11374, volver a ser. Ser sin ti.




Y ya Siendo, querido documento, que en algún momento fuiste blanco, gracias por ser unos oídos, unos ojos, unas manos, un abrazo, gracias por este saber estar.



1 comentario:

  1. ¡Que magnífica forma de escribir tienes! No se que más decir, "felicidades" quizá.

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