Llevo
todo el día con ganas de hablar, de hablar de verdad. Lo he intentado, pero
parece que hoy los astros se alinearon con otros, y me quedaste tú, papel en
blanco, siempre tan dispuesto a dar la cara.
Han
pasado 11373 días desde que vi la primera luz, algo así como 31 primaveras
recién estrenadas. Si miro por el retrovisor, veo un atasco de decisiones, y en
contra de lo que haría Christopher John Francis Boone, obviaría todas las
rojas.
Y
tú, querida hoja en menos blanco, que puedes cambiar de género a discreción, estarás
pensando, ¿a qué se refiere con decisiones rojas? Son todos esos momentos que
guardaré bajo llave el resto de los días, de los que no me enorgullezco, y que osaron
romper la hegemonía de ese verde que veía crecer.
No
recuerdo el detonante, ni exactamente el día, pero fue durante la adolescencia
cuando empecé a pensar en que, si disfrazaba la realidad, podía ser carnaval
todo el año. Si no acudía a las citas, siempre había un motivo, si llegaba
tarde, siempre era culpa de otros.
De
entre las decisiones rojas, también está el cambio de rumbo en medio del
temporal, cuando comía por tres y no saciaba nunca. Por aquel entonces, empecé
a fumar. Otra realidad que disimulé por un padre exfumador.
El
otro día sentí hacer las paces con parte de ese yo, cuando alguien me dijo, “siempre
fuiste de letras”. Yo, que me peleaba con la calculadora para poder hacer integrales
y entender la velocidad constante de los satélites. Yo, que deseaba tener un título
de inglés. Yo, que conseguía hacer música entre el blanco y el negro. Ese yo.
Ese
yo, también empezó la carrera de historia, un 5 de octubre que no olvidaré
jamás. Empecé con mal pie, o puede que no fuera el pie.
De
las verdes, de las que sí veo mirando atrás, la mudanza exprés a la ciudad
Condal.
Nunca
fui una niña de manual, creo que no. Y en eso momento, contra todo pronóstico,
estaba empezando una ruta por lo desconocido, el desconocimiento de hacer lo
que no esperan que hagas, la ruta que me ha llevado a estar parada en este
coche, mirando en el espejo con olor a pino. Empecé y reempecé. Tejí las redes
de una telaraña que hoy sigue siendo un “salvamomentos”.
La
ruta, tiene muchas paradas encajonadas, a cal y canto.
Siempre
me enorgullezco de la cultura cafetera que forjé en esta nueva ciudad de acogida,
en esta Madrid castiza. Tuve un verano para pensar en plan, quizás planificar
una nueva ruta, que inicié a trompicones, ahora lo veo. No me di la oportunidad
de aprender, de crear una nueva telaraña, porque me convertí en mosca, y fui devorada
por las circunstancias. Una no-decisión demasiado roja.
No
me resistí demasiado a Belcebú, que decidió darme indulto, y dejarme en una vida
sin más. Rojo. Mucho rojo.
Conocí
por aquel entonces un nuevo mar, una nueva ola, una nueva brisa que hizo
tambalear la telaraña de las circunstancias y de mosca, pasé a mariposa. Con un
aleteo cambié demasiadas cosas, y sentaron pesadas a la digestión de muchos. Sin
duda, volví a ver el verde.
Desde
aquel día, pensé en no ser jamás verde. Pensé en ser, sólo ser.
Siendo,
he visto el mundo con otros ojos. He visto a otros, que también parecían
cuestionarse sus rojeces. Siendo, he aprendido a llorar con la cabeza alta, y a
lágrima tendida, ante ti, hoja en no blanco.
Hoy
el castillo de naipes me cayó encima. La reina de corazones, con esa cara
impasible, me recordó de nuevo todos aquellos rojos, los que creía tener bien
cerrados. Volví a sentirme mosca, y volví a ver todo con ojos de colador.
Deseo
que acabe el día, llegar al 11374, volver a ser. Ser sin ti.
Y
ya Siendo, querido documento, que en algún momento fuiste blanco, gracias por
ser unos oídos, unos ojos, unas manos, un abrazo, gracias por este
saber estar.


¡Que magnífica forma de escribir tienes! No se que más decir, "felicidades" quizá.
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