Diez años de mi
11M. ¡Qué pretensiosa atribuyendo un posesivo a un día así!
No he borrado ni un
ápice la secuencia de los hechos. El miércoles por la tarde los vuelos eran demasiado
caros, pero empezaba a ser tarde. En ese momento, los quilómetros parecían
insalvables y Madrid parecía estar demasiado lejos, como siempre.
Me costó conciliar
el sueño en una cama que me había hecho mía, a veces demasiado pequeña.
Tenía muy claro
hacer aquel viaje sola, pero el cónclave de mujeres lo impidió, y ella, nunca
demasiado mayor, me hizo de bastón.
Reconozco que pocas
veces me sonrojo, pero ante los nervios, hablo mucho, demasiado. Aparece en mí
una verborrea incontrolable que se puede girar en contra de los no tan habladores
y puedo resultar una invasora, como las tortugas de Florida. Pero ese jueves
amanecía en silencio.
Él llegó tarde, muy
tarde, y fui incapaz de darle un beso, apenas le dirigí la palabra. Cogíamos el
primer tren, pero sentía que para mí era el último.
Llegar a Atocha la
mañana de un 11M tampoco fue agradable. Los ladrillos parecían más fríos, y los
silencios más silencios; nadie levantó la mirada. Impasible, aguardé todo el
trayecto, intentado ser una buena compañera de viaje. No sé si lo conseguí y
jamás volví a preguntar.
Hacía pocos meses de
mi llegada a Madrid, todavía no había catenaria hasta casa. Sentía las piernas
entumecidas en Sants, no quería perder el siguiente tren. Ella me obligó a comer,
con su pasión por el dulce me engañó y me dejé ganar. El café empezaba a ser
necesario. Nos quedaba media distancia por recorrer, con un vaivén que me había
salvado muchas resacas de sábado por la mañana.
No paré de llamar.
Al llegar, teníamos
ya planeado coger un taxi. ¿Un taxi en Figueres? Creo que sólo una vez, años
atrás, con mi madre habíamos cogido uno. No recuerdo ni el cómo ni el por qué. En
fin.
No me agradó el
quién, pero sí el cómo, tenía coche, y tardaríamos poco. Todavía llegaba a
tiempo, o eso me dijeron.
Agradeceré siempre
a la Tieta esa compañía incondicional.
Borré todo recuerdo
del camino, información innecesaria, como el historial del navegador. Pero al
pasar por el marco de esa puerta estaban todos ahí, de pie, y reconocí a los hombres
de gris, como si releyera Momo. En mi casa no somos muy cariñosos, siempre lo
atribuyo a eso de ser del norte, con nuestras peculiaridades para querer, pero
el abrazo que me dio mi padre ese día nunca no olvidaré. Llegaba tarde, como
todas y cada una de las tres veces anteriores.
Sin tener casi
tiempo de pensar, me encontré con un catálogo feo de pedacitos de cartón con
colores pastel y frases impersonales. Pero ya con la lección aprendida, me negué
a sucumbir a los convencionalismos: esta vez lo escribiría yo; no me haría falta
inspirarme en Puccini.
Torn, mall i enclusa.
Recuerdo aquellos
discos de arar y cómo me contaba por dónde soldarlos. O cuando estaba en la forja,
cerca del fuego con las gafas bien picoteadas. O cuando nos dejaba el 124
cuando el Orion estaba en el taller. O cuando andábamos quilómetros incalculables
entre los campos de alfalfa[1]
en verano, para coger moras, después de la vuelta al castillo. O cuando me
venía a buscar al colegio y negociábamos el punto de recogida para sentirme
cada vez más mayor. O cuando dormía mirando la tele a todo volumen, roncando, afirmando
que él lo escuchaba todo y que no le cambiara de canal; esto parece pasar de
generación en generación. O cuando miraba Ben-Hur mientras hacíamos brunyols,
hacinados en la cocina con ella canturreando. O cuando llegaba del bosque
con el bajo de los pantalones bien húmedo y un cesto enorme d’escarlots, camagrocs
o rovellons. O cuando íbamos juntos al mercado y conocía a todo el mundo,
me decía: la fruta, cógela siempre grande, que habrá madurado más en el árbol y
estará más rica. Todavía no tenía alergia a los melocotones, aunque ya me
gustaban blancos. O cuando trataron de venderle fresas del Maresme
siendo fresones y al probarlos le dije que le habían engañado; al día siguiente
con todo el rubor le dijeron que era cierto. O la caracolera que tenía en el sótano, a oscuras y con humedad, para que aguantaran más. O cuando le acompañaba al dentista
en su nuevo coche post-jubilación que acabaría siendo mi compañero de aventuras:
GI-AW. O tantos cuando.
Y el tiempo pasa, y
todo duele menos, hasta cuando te encuentras sus viejas gafas bifocales en la
guantera del coche. Las guardé, por si algún día me atrevo con ellas. Y el
tiempo pasa, y lo recuerdas con simpatía, menos rato y en la distancia, la de aquellos
cuarenta y un escalones.


