15 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 2.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 4, 8, 15, 16, 23, 42

Sin saber muy bien por qué me desperté antes de tiempo, con el pelo como si hubiera peleado con la almohada y un calcetín perdido. ¿Va a ser verdad que te acostumbras a dormir poco y a madrugar? No way.

Tomé el primer café, dos fresas y un puñado incierto de arándanos. Decidí no hacer zumo, hoy no. Revisé las últimas recomendaciones seriéfilas y encontré la ideal: Drama. Muy acorde con el momento actual (y no lo digo porque tenga que confesar ningún embarazo desconociendo quién es el padre). Cinco episodios de veinte minutos, canallas y sinceros. Y con Ignatius.

Reset.

Segundo café. Tuve un momento de ducha sí, ducha no: todavía no era el momento. El desgaste de adentrarme de nuevo en el polvoroso mundo de Westworld necesitaría una recompensa.

No es una serie fácil, sin duda, pero adoro su rompecabezas constante. Y las preguntas incómodas que se plantean: ¿existe el libre albedrío?

Teniendo en cuenta su significado más literal, representa la libertad del ser humano para hacer lo que le salga de los cojones. Para bien y para mal. Y si eres un tanto determinista como yo, pensarás que todo tiene un condicionamiento previo y al final, lo que te salga de los cojones estará limitado por experiencias o saberes anteriores. Así pues, el libre albedrío quedaría en tan solo una ilusión. Y algo así se dice en el último episodio de la segunda temporada: “Los humanos son algoritmos… lo bastante sofisticados para creer que ellos deciden, que tienen el control, cuando en realidad no son más que…pasajeros”. Una broma cruel, lo llaman.

Y sin duda, así es. Me muero de ganas de salir a la calle, socializar con personas de carne y hueso, tocar, estornudar sin ser mal vista, esto es lo que haría. ¿Puedo hacerlo? Claro. ¿Estaría mal hecho? Totalmente. Y es que lo que pasa a nuestro alrededor, desde hace un par de semanas, ha condicionado mis quehaceres, los de todos.

Uf, Gemma, qué sesuda.

Después de un montón de pensamientos y teorías alocadas sobre papel, me di por premiada,  hasta que acabé el termo de agua caliente y tuve que salir por patas de la ducha, es lo malo.

Comer. Tanta despensa… para nada. Dos vermuts con naranja y se me hizo tarde.

Como era día de podcast largo, y ya bastante que tengo las piernas entumecidas de tanto sofá, monté todos los aparatejos como para hacerlo todo un poco más profesional. Invertí veinte minutos. Sólo.

Tuve tiempo de entrar en Reddit unas cinco veces, acabarme todos los hilos correspondientes a la serie en cuestión, y aun me sobró tiempo para merendar una tostada de pan integral con semillas y pavo. Vamos, una diversión.

Pero una vez puesta en faena, se me olvidó por completo el drama de estar en casa por condicionamiento. Fueron tres horas de revisión, teorías, teorías de las teorías, y todo sin haber salido aun la serie. ¡Frikis!

Y ya con todo, quedan 10 minutos para acabar el día. Probablemente, y debido al uso y abuso del Monster, hoy vaya a dormir tarde, viendo más series con los tobillos hinchados.

36m2, un lugar chiquitín para vivir.

14 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 1.

Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 3, 14

Acabo de llegar a casa y me he puesto ropa de confinamiento, cómoda pero presentable; algo así como la reivindicación del amor propio.

Madrid se ha vuelto loca desde hace unos días. El martes ya hubo síntomas apocalípticos, pero tampoco me preocupé especialmente. The Walking Dead va por la temporada 10, y con dieciséis episodios por cada, te da tiempo a aprender muchas cosas: las cerillas nunca se acaban. 

He vivido más o menos tranquila hasta hoy, o hasta ayer... pero después de escuchar al presidente del gobierno anunciando el pronto estado de emergencia, lo he tenido muy claro: Gemma, al estanco.

Jamás había hecho cola para comprar tabaco, me sentí como una yonki esperando la metadona.  Mal. Y encima, no tenían Golden Virginia, ni amarillo, ni verde. Aposté por un American Spirit, para rememorar mi estancia en San Francisco, donde perdí mi tabaco patrio y tuve que empeñar un riñón para seguir fumando.

Y como hacía muy buen día y necesitaba alguna excusa para no volver a casa tan pronto he pasado por el súper para comprar naranjas, esta vez me fijé en la procedencia: son de fiar. Creo que puedo hacerme zumo de naranja durante 8 o 9 días, contando las que compré con las que me quedan. Cogí unos plátanos verdes que calculo podré comer dentro de 4 días. Y fresas y arándanos, que ya tienen su propia estantería en la nevera. Papel higiénico compré con normalidad la semana pasada, pero dado el pánico generado, he comprado unos cuantos rollos más. Aunque siendo sincera, ni voy tanto al baño, ni me asusta quedarme sin; las abuelas tiraban de bidet y nunca les fue mal. Pero bueno, también compré unos pañuelos de unicornios para hacerlo todo un poco más fantasioso (estaban de oferta). Estuve leyendo que esta locura desatada tiene nombre: FOMO (Fear Of Missing Out), lo que me pasó a mi con el tabaco, vamos.

Cuando volví a casa empecé a tener un poco de ansiedad y conté las capsulas de café: 49. Que si las reparto en 15 días, dan a 3,26 cafés al día, que si lo sumo a los tres RedBull sin azúcar y al Monster, creo que puedo no dormir durante 7,33 días.

Luego pensé en empezar a escribir una versión apocalíptica del blog, que si has llegado hasta aquí, es que está pasando. 

Y por si alguien se ha angustiado entre estos dos puntos y aparte, tranquilos, que tengo también ginebra y ron para contrarrestar los efectos de la cafeína. Y Dormidina.

Pero volviendo a la comida, y gracias al incondicional abastecimiento de madre, creo que un tupper, dadas las raciones, me puede permitir comer tres días seguidos lo mismo, así que todavía deberían de sobrarme algunos por si se alarga la situación. Revisándolo, tengo lo justo para hacerme una auto cita perfecta: magret de pato, boletus y vino blanco, qué triste. 

De cosas mundanas también ando bien, latas, legumbres secas y en tarro, pasta de todos los tipos y colores, palomitas, queso, zumos artificiales.

Dicho todo esto, podéis estar tranquilos, el coronavirus no acabará conmigo, pero el aburrimiento...


11 de marzo de 2020

11M


Diez años de mi 11M. ¡Qué pretensiosa atribuyendo un posesivo a un día así!

No he borrado ni un ápice la secuencia de los hechos. El miércoles por la tarde los vuelos eran demasiado caros, pero empezaba a ser tarde. En ese momento, los quilómetros parecían insalvables y Madrid parecía estar demasiado lejos, como siempre.

Me costó conciliar el sueño en una cama que me había hecho mía, a veces demasiado pequeña.
Tenía muy claro hacer aquel viaje sola, pero el cónclave de mujeres lo impidió, y ella, nunca demasiado mayor, me hizo de bastón.

Reconozco que pocas veces me sonrojo, pero ante los nervios, hablo mucho, demasiado. Aparece en mí una verborrea incontrolable que se puede girar en contra de los no tan habladores y puedo resultar una invasora, como las tortugas de Florida. Pero ese jueves amanecía en silencio.

Él llegó tarde, muy tarde, y fui incapaz de darle un beso, apenas le dirigí la palabra. Cogíamos el primer tren, pero sentía que para mí era el último.

Llegar a Atocha la mañana de un 11M tampoco fue agradable. Los ladrillos parecían más fríos, y los silencios más silencios; nadie levantó la mirada. Impasible, aguardé todo el trayecto, intentado ser una buena compañera de viaje. No sé si lo conseguí y jamás volví a preguntar.

Hacía pocos meses de mi llegada a Madrid, todavía no había catenaria hasta casa. Sentía las piernas entumecidas en Sants, no quería perder el siguiente tren. Ella me obligó a comer, con su pasión por el dulce me engañó y me dejé ganar. El café empezaba a ser necesario. Nos quedaba media distancia por recorrer, con un vaivén que me había salvado muchas resacas de sábado por la mañana.

No paré de llamar.

Al llegar, teníamos ya planeado coger un taxi. ¿Un taxi en Figueres? Creo que sólo una vez, años atrás, con mi madre habíamos cogido uno. No recuerdo ni el cómo ni el por qué. En fin.

No me agradó el quién, pero sí el cómo, tenía coche, y tardaríamos poco. Todavía llegaba a tiempo, o eso me dijeron.

Agradeceré siempre a la Tieta esa compañía incondicional.

Borré todo recuerdo del camino, información innecesaria, como el historial del navegador. Pero al pasar por el marco de esa puerta estaban todos ahí, de pie, y reconocí a los hombres de gris, como si releyera Momo. En mi casa no somos muy cariñosos, siempre lo atribuyo a eso de ser del norte, con nuestras peculiaridades para querer, pero el abrazo que me dio mi padre ese día nunca no olvidaré. Llegaba tarde, como todas y cada una de las tres veces anteriores.

Sin tener casi tiempo de pensar, me encontré con un catálogo feo de pedacitos de cartón con colores pastel y frases impersonales. Pero ya con la lección aprendida, me negué a sucumbir a los convencionalismos: esta vez lo escribiría yo; no me haría falta inspirarme en Puccini.

Torn, mall i enclusa.

Recuerdo aquellos discos de arar y cómo me contaba por dónde soldarlos. O cuando estaba en la forja, cerca del fuego con las gafas bien picoteadas. O cuando nos dejaba el 124 cuando el Orion estaba en el taller. O cuando andábamos quilómetros incalculables entre los campos de alfalfa[1] en verano, para coger moras, después de la vuelta al castillo. O cuando me venía a buscar al colegio y negociábamos el punto de recogida para sentirme cada vez más mayor. O cuando dormía mirando la tele a todo volumen, roncando, afirmando que él lo escuchaba todo y que no le cambiara de canal; esto parece pasar de generación en generación. O cuando miraba Ben-Hur mientras hacíamos brunyols, hacinados en la cocina con ella canturreando. O cuando llegaba del bosque con el bajo de los pantalones bien húmedo y un cesto enorme d’escarlots, camagrocs o rovellons. O cuando íbamos juntos al mercado y conocía a todo el mundo, me decía: la fruta, cógela siempre grande, que habrá madurado más en el árbol y estará más rica. Todavía no tenía alergia a los melocotones, aunque ya me gustaban blancos. O cuando trataron de venderle fresas del Maresme siendo fresones y al probarlos le dije que le habían engañado; al día siguiente con todo el rubor le dijeron que era cierto. O la caracolera que tenía en el sótano, a oscuras y con humedad, para que aguantaran más. O cuando le acompañaba al dentista en su nuevo coche post-jubilación que acabaría siendo mi compañero de aventuras: GI-AW. O tantos cuando. 

Y el tiempo pasa, y todo duele menos, hasta cuando te encuentras sus viejas gafas bifocales en la guantera del coche. Las guardé, por si algún día me atrevo con ellas. Y el tiempo pasa, y lo recuerdas con simpatía, menos rato y en la distancia, la de aquellos cuarenta y un escalones.




[1] Tuve que buscar como se dice en castellano. En mi mente, sigue siendo userda.

15 de febrero de 2020

Un sábado entre historias en Madrid.

Llegué a casa con unas ganas terribles de escribir. Poner palabras a la propia historia a veces resulta complicado, sobre todo por el montón de ideas que colapsan en la puerta de salida. Los escritores tienden a organizarse, como decía Juan Gómez Jurado, “hincar muchos codos”, pero yo escribo por el propio placer de regocijarme en los momentos. Mis momentos. 


En una fecha incierta de entre 2002 y 2003 un profesor de literatura nos animaba a escribir, bajo la premisa del “qué bien lo paso pasándolo mal”. La verdad es que nos pilló en un momento delicado, tratábamos de hacer frente a un duelo inesperado con la mejor de nuestras sonrisas, paradojas de la adolescencia tardía. Ya de adulta conocí a Sabina, y entendí sus consejos.


Ese mismo señor, de facciones marcadas y gafas de pasta negra (pensemos en aquel contexto de principios de los dos miles, llevar gafas de pasta no era lo habitual), nos mandó leer el Guardián entre el Centeno, de J.D. Salinger. Creo que en ese momento no supe agradecer el regalo que nos estaba haciendo, puesto que Holden Caulfield se convertiría para siempre en un buen compañero de viaje.


También recuerdo un examen en su clase, “no se separen”: una hoja en blanco, y La Imprenta de titular. Teníamos que desarrollar todo lo que habíamos aprendido de Gütenberg y de la revolución cultural y literaria que había supuesto, fue la primera prueba en la que gozaba demostrando mis conocimientos.


De esto hace unos cuantos años y lo sigo recordando con cariño, como cuando nos hablaba del Quijote. Salvando muchas distancias, ¿sería Holden el hidalgo rejuvenecido del siglo XX? No para todos. 


Hoy, diecisiete años después tuve el placer de volverle a escuchar, de transportarme ante aquellas mesas verdes y feas. Hablaba de sus dos pasiones, El Quijote y Tintín. Porque sí, también es un apasionado (o quizás debería decir experto) de las viñetas de Hergé. Y lo hacía como antaño, sin pretensiones y desde el cariño. Me fascinó la escucha activa de todos los asistentes; capaz de embaucarnos desde el minuto uno. Habló también de Figueres, donde vive, donde nos conocimos, donde me dio la oportunidad de compartir el trabajo bien hecho con otros estudiantes.


La influencia del viento en la salud mental siempre ha estado ahí, entre nosotros, en los que hemos justificado nuestras peculiaridades por una fuerte tramuntana. Lo hicieron Josep Plà, Dalí, hasta Gabriel García Márquez. Y volvió a salir, porque Don Quijote, ataviado con esa vieja armadura parecía uno más de nosotros, de los del norte mediterráneo. Puede que así, también fuera Haddock. Joan Manuel Soldevilla dio a conocer un poco de casa a todos los asistentes, a lo mejor porque sea su tercera pasión, o la cuarta, porque le literatura siempre estará ahí.


















Gracias Señor Soldevilla, “Solde”, de sonrisa tímida y mente privilegiada. Contigo aprendí a ser hidalga, a soñar, a viajar a sitios remotos como hacía el pequeño reportero del tupé (nunca en tus clases, lo prometo).




Y repleto de historias tan blancas, Tintín, para mí, fue un detonante; la pasión por la novela negra.

7 de enero de 2020

Madrid queda lejos y no tiene mar.


Me arrepiento de no mantener a los lectores al día, me disgusta no encontrar tiempo para ordenar las notas analógicas que, como siempre, me acompañan.

Octubre de 2019.

Todavía es verano, pero los días son cada vez más cortos. Madrid queda lejos y no tiene mar. 

El viento me impide sujetar el papel con normalidad y será complicado reescribir esto. Una vez en tierra procrastinaré la puesta a punto, porque todo habrá cambiado, lo presiento. A izquierda y derecha todo es azul, todo es mar, el mismo que respiro cuando voy a casa, como el viento, primo de la tramontana que todos los males se lleva. Cerca, la nada.  

Sigo pensando en lo curioso de las casas flotantes de gran tamaño, un eufemismo de barco, vaya. Cuando llegué a la cubierta, muerta por la curiosidad de la primera vez, pensé haberme confundido y estar asistiendo a un congreso anual de leones marinos. Había tumbonas que tenían la forma de todas y cada una de las arrugas de los septuagenarios de abordo. Me llamó la atención, pues todos y cada uno de los días, parecían varar en el mismo sitio como si de una rutina se tratara.

De noche todo se volvía mágico, de los colores más estridentes a la negrura estrellada.

Aprendía lo complicado que puede ser estar sola durante los días de navegación y me compadecí por toda aquella gente que trabaja surcando turistas a lo largo de nueve meses. Tenía, de nuevo, la suerte de refugiarme en un café caliente y en unas notas mal tomadas. Ya frío. 


Pero no todo es angosto. Descubrir rincones de las ciudades de parada, o buscar una sonrisa de complicidad de alguien que ya dejó de ser desconocido, o abrazar a los amigos, o pensar en los que están en tierra, o… soñar despierta, todo esto es posible cerrando los ojos y oliendo sal.




Días más tarde, con el mal del marinero en tierra mi vida se ponía patas arriba.



3 de marzo de 2019

Quinientos veinticinco mil seiscientos momentos.


Era el 7 de mayo del 2000, pronto hará diecinueve años de ese día de teatro. Hundida en esas butacas de terciopelo rojo, junto a mis padres, conocí el que sin duda sería y es EL musical: RENT.

Unos andamios simulaban ser edificios, balcones, escenarios. No hacía falta mucho, Daniel Anglès era el primer Mark que conocía. Ya con ello estaba todo.

Sin saber muy bien por qué, aquella melodía quedó impregnada en mi cerebro y años más tarde resurgiría de la memoria para convertirse en un leitmotiv. No day but today.

Gracias a RENT sé cuantos minutos tiene un año y descubrí que strife era un sinónimo de lucha. Entendí que pase lo que pase, los tuyos siempre van a estar ahí.

Sin saber muy bien cómo, llegué a la película de 2005, de Chris Columbus, sí, el padre de los Gremlins o los Goonies, quien nos había enseñado a Macaulay Culkin sólo en Nueva York y nos había dirigido hacia La Señora Doubtfire. Curioso pensar en la magia de Jonathan Larson y Harry Potter como algo tan imposiblemente cercano.  

Asalté un par de videoclubes para tener una versión de la película en cada casa, era como parte de mí, necesitaba tenerla cerca, a mano, para cuando hiciera falta. Hasta en una ocasión se la puse a mi prima de pocos años cuando le hacía de canguro, sí, una película donde aparecen homosexuales, transexuales y donde el principal problema del Nueva York de los noventa eran las drogas y el SIDA. No sufráis, ella salió bien y todavía se acuerda.

Hasta en una de las visitas a la ciudad que nunca duerme, paseando por las calles de Broadway, no pude resistirme a comprar el libro de partituras adaptadas a piano, por si algún día…

I’m not alone, dice ese número de Mark y Roger en la azotea. Es uno de mis puntos débiles, o ese Life Support o el Will I?, que si todavía no conocéis deberíais estar dejando de leer y poneros a buscarlo. Porque pese a que todo parezca una mierda, de todo se sale.

Esta semana, hablando con alguien especial, comentábamos el por qué de las preocupaciones absurdas, la gilipollez de “los problemas del primer mundo”, cuando hay cosas por las que verdaderamente vale la pena parar. All your perfect imperfections.

No puedo mentir, con RENT lloro, mucho. Es algo así como una sinfonía de emociones, desde el mezzopiano en melancolía al fortissimo canto a la vida, porque así es como empieza el primer acto de la Bohème[1] de Puccini, con doble efe, allegro vivace.  

Hoy volví al rojo, bermejo, como el de aquellas butacas de hace tanto tiempo.
'Cause everything is RENT.









[1] Basada en la novela Scènes de la vie de bohème, de Henri Murger. Historias de jóvenes bohémios en el Barrio Latino de París en 1840.

Jonathan Larson, en 1996, inspiró su historia y sus personajes en los de la ópera, compartiendo nombres y algunas profesiones. Hace un buen tributo a ella con La vie bohème, uno de los números corales más reconocidos del musical.  


21 de febrero de 2019

La Luna me vino a buscar.


Hoy vi que en mi instituto abrían el plazo para mandar los textos a unos premios literarios. Me quedé parada, pensando, y mirando el enlace, ¿sería apto para exalumnos? Seguramente no.

Empecé a pensar en las cosas que había escrito y habían sido publicadas. No recuerdo exactamente si fue en 1995, o quizás en el noventa y seis, que gané los Jocs Florals en el colegio. Si usáis Google Translate, puede que os ponga algo así como “juegos florales”, y si buscáis el significado, poco tenían que ver con los juegos romanos dedicados a la diosa Flora.

En 1323 en Tolosa (dónde todo lo saben), fundaron una academia poética con el objetivo de conservar la lírica trovadoresca. Seguramente por la época también usaban cuervos, como en Juego de Tronos, y la tradición llegó a Catalunya. La historia es incierta, y depende del manual la contarán de una u otra forma, pero algo que tenemos todos claro es que en la revolución francesa se cortaron cabezas, alas y manos, y la poesía quedó como en suspenso, a resguardo de buenos cajones. En el siglo XIX se retomó el movimiento en ambos territorios y de ahí, sí que bebían mis Juegos Florares, un certamen literario a pequeña escala y con distintas categorías. Nunca fui buena en poesía, se me daban bien los caligramas y los cuentos, contar historias, así, a mi manera.

Y después de este paréntesis histórico, vuelvo a mediados de los noventa. Estaba en la clase de Núria, en el ala vieja, cerca de la cristalera y los baños, el mejor sitio donde poner los tiestos de las plantas que habíamos germinado. En ese entorno tan afable, y a la vez tan hostil, nació la historia de Shanadi, así se llamaba el protagonista de mi historia, algo así como un Aladdín de la vida, que a ratos bebía de Robin Hood. Escribí con letra ligada una página por las dos caras. El dibujo que puse al final, también lo copiaron en la revista del colegio, fotocopiada y grapada, con portada de color.

En éxito fue tal, que creí haber superado García Márquez, a quien, por aquel entonces, todavía no había leído. Todo quedó ahí, en el olvido, en el cajón de la máquina de coser de mi madre, me pregunto hoy como llegó ahí.

La fantasía fue perdiendo fuelle en mis historias, me consideré siempre una buena relatora de una realidad disfrazada, la mía.

Años después, sin dejar nunca de escribir gilipolleces. Porque sí, yo era de esas que estrenaba libretas a modo de diario personal cada semana, y no porque las rellenara de letras o pensamientos, sino porque o las perdía de vista en mi disciplinado desorden o porque no me parecían lo suficientemente válidas para contener mis pesados pensamientos.

Paro. Hago otro inciso. El otro día leía que alguien, algún escritor de pro, había escrito las principales características que tiene que tener un buen texto, y si mal no recuerdo, decía algo así como “nunca empezar frases con Y…”, “no abusar de adjetivos y adverbios”,… fantochadas, yo escribo como me da la gana.

Sigo. Ya en tercero de la ESO, lo que vendría siendo en antiguo primero de BUP, tuve un profesor de lengua y literatura algo peculiar. Bueno, no era “algo peculiar”, era MUY peculiar. Tenía todos los tics habidos y por haber, la clase de diptongos era como un bocadillo onomatopéico de Tintín. Encendíamos incienso en clase fingiendo un incendio y colaba, dibujábamos globos en la pizarra y al borrarlos dábamos el carpetazo. Creo que suspendí más de la mitad de los exámenes de verbos por olvidar poner el nombre en el examen. Pero ese señor, con todo lo que tenía, era un apasionado de la lectura. Nos comentó que había unos premios literarios en los que él estaba de jurado junto a otros tantos profesores y personalidades del mundillo, y nos animó a todos a escribir algo con cara y ojos.

Me costó mucho. No sabía por donde empezar, la verdad. Había perdido la inocencia, tenía miedo al blanco. Y no recuerdo si la lámpara de Tiffany de tortuga apareció antes o después, pero así se llamaba la historia: Tiffany. Era una entrañable historia entre Ernest y su abuelo, un chico discapacitado y un mayor desatendido. Qué curiosa que es la vida, defendía ahí la importancia de los mayores, y desde la distancia, creo que no miré bien a los míos.

Volviendo al concurso, en clase ganamos tres, el triunvirato de mejores amigas. También ganó un chico de la otra clase, alguien que también acabaría siendo importante. Pero realmente, todavía no habías ganado nada, nos acababan de dar el peso de la responsabilidad de defender nuestro instituto ante otros que ni conocíamos. La espera desesperaba.

Hasta que un día llegó la notificación, estábamos los cuatro invitados a un hotel en Barcelona, con nuestras familias. Ostras, que nos teníamos que vestir bien, creo que por entonces eso fue lo más dramático. Fuimos y vencimos. Contado así queda como muy heroico, pero ese día tuvimos que pelar langostinos con cubiertos y descifrar para qué servían tantas copas y cubiertos.

Tuvimos foto de familia, los cuatro con el libro, con una portado que considero horrenda, color azul instituto. Os hacéis una idea, ¿verdad?

Pues lo que os decía, fui publicada dos veces, tuve un Fotolog en el que escribía cada dos o tres días,  donde las letras de canciones y los poemas de Pizarnik eran lo más, sobre todo por ser palabras bonitas de otros. Seguí estrenando cuadernos, y lo sigo haciendo, como si fueran pensamientos inconexos, desordenados. Empecé un blog que dejé por hastío y que retomé con ilusión, y hoy, después de haber visto una luna grande, viva, como si sobresaliera de la negrura, me acordé de todas esas letras perdidas, de todos esos textos encajonados.