Dejé
pasar la fecha, casi adrede, escudándome en la falta de tiempo. Cierto es que
de esto último no andaba sobrada, pero sí que he podido pensar en estos 3287
días en Madrid.
Llegué
un domingo de hace 9 años, era tan de noche que solo recuerdo las luces rojas
de los coches yendo a lo que sería mi nueva casa, por lo menos durante un
tiempo. No hace mucho encontré ese billete de tren, Barcelona - Madrid, sólo de
ida.
Me costó despertarme, era un lunes algo tristón, y parecía que Madrid había
quedado desierto. Guti no estaba convocado para el partido contra el Alcorcón y
Mecano publicaba una canción inédita llamada María Luz.
Recuerdo
perfectamente dónde y qué comí, rabo de toro en la calle Villafranca, muy cerca
de las Ventas, y del que años después sería mi barrio, pero por aquél entonces
ni lo imaginaba. Atónita me dejó aquella cabeza de animal pegada en la pared,
que a cada mordisco parecía mirarme de reojo.
Era
un 9 de noviembre, y es mi “madriversario”.
Los
primeros días no llegaron ni a ser complicados. Decidí descubrir las líneas de
autobús, perderme por Madrid, ubicar el hospital más cercano y apuntarme a clases
de francés.
Como
ya comenté en las primeras entradas de esté blog, tuve algunos disturbios en los
bares por el formato del café con leche, hoy lo veo lejano, y ya suelto sin titubear
“un café con leche en vaso con la leche de soja y con la leche templada”.
Descubrí el barrio de las Letras y la calle Huertas de noche, y es que los buenos amigos de la Ciudad Condal, saben lo que es bueno.
Pocos
días después, empezaba ya a mover las manos, porque sí, a esto vine, quería ser
intérprete de lengua de signos. Éramos una multitud en clase, tres chicas
dispares con un objetivo común.
Hicimos buenas migas, una cosa llevó a la otra,
y fue esa chica de pestañas largas la que me acercó a la calle de veintiún
bares. Aquella
noche conocí a alguien, quién creí que cambiaría mi mundo, y sí, lo hizo, para
crecer como persona, para ser más valiente en la toma de decisiones y para ser quién
soy hoy, pero esto, como tantas otras cosas, lo descubriría a destiempo, años después.
Hice
una entrevista de trabajo, pésima, por cierto. A aquella chica, le caí mal, lo
que nadie me dijo, es que, al tiempo, sería alguien indispensable. Entretanto,
pasé por la universidad y empecé una carrera, o dos. Una mía, y otra ajena.
Con
todo, ya llevaba más de 114 semanas, algo así como 793 días.
Hice
otra entrevista de trabajo, y bueno, fue algo mejor, a los dos días empezaba una
nueva aventura en la que sigo, hasta la fecha.
Resultó
extraño al principio, tenía que moverme de un lado para otro, optimizando
tiempos y sin perderme. ¡Suerte de aquellas primeras semanas en Madrid!, pensé. Pero luego acabé pisando sitios inhóspitos que mi mente ha decidido borrar el mapa. Gajes del oficio.
Resulta que la chica a la que caí mal, también era norteña, será por eso que en un principio no encajamos. Empezamos
a ir a conciertos como locas, el primero, uno de Los Niños Imantados que, para
los poco puestos, es la versión carnavalera de Love of Lesbian, nos pusimos una
peluca rubia, y durante unas horas, fuimos Marlene, la vecina del ático. Y es curioso, porque años después, y con la familia ampliada, nos volvimos a poner pelucas en otro concierto.
He
perdido la cuenta de los conciertos (no de las pelucas), y es que en Madrid siempre hay algo que hacer, y el tiempo parece pasar más rápido.
Hubo
una vez en que mis amigos de Figueres, esa familia que no se escoge, aparecieron
por sorpresa en la Plaza de Santa Ana para pasar juntos mi cumpleaños. No puede
casi ni llorar, empecé a soltarles una ristra de improperios que acabaron en un
abrazo gigante y en una noche de no dormir. O esa vez en que ella, la mitad del
huevo
vino a buscar la nota de su examen y acabó rescatándome del hundimiento. O
aquella vez en que nos perdimos de camino a casa, estando al lado, y siendo vecinas.
O cuando nos encontramos por casualidad en aquel concierto. O cuando fuimos al pueblito. O ese café que acabó en Paloma. O cuando nos
conocimos un martes y acabamos probando las mejores bravas de Madrid. O ese día
en que nos cruzamos y comimos juntos sin esperarlo. O ese brunch que se alargó hasta la noche. O cuando te escuché tocar por primera vez. O ese día en que vimos que los gatos bebés no me dan alergia. O cuando nos presentaron
en aquel cumpleaños en la calle Barco. O cuando soplé unas velas con un siete que no tocaba. O
ese día.
Muchos días. Hay uno que recuerdo especialmente, acabé tomando un café con leche sin
lactosa, en termo, no muy caliente, también era domingo, pero de primavera, y
hacía sol. Ese día gané dos amigos, y un tesoro, pero esto, también lo descubriría
tiempo después. Y es que Madrid es una ciudad de lecciones tardías, su bullicio,
su belleza parece nublarte a veces la vista.
Cuando
pasaron muchas de estas cosas ya vivía al lado de Villafranca, ahí donde pensaba
que nunca iba a volver. Pero resultó que aquella calle estrecha, casi invisible,
sería una gran avenida de sonrisas, mi hogar.
1204 días.
Al leerme, pensarás, ¿sólo te pasan cosas buenas? No, es cierto. En Madrid
también he tenido tiempo para llorar, para echar de menos el mar, pera
enfadarme, para luchar contra las causas injustas. He tenido tiempo para pensar
en no salir de casa en días, pero luego, hacía memoria y pensaba en todos los
que estáis aquí, “en Buenos Aires y en Berlín, estáis callados pero sé que
estáis aquí”.
Y así,
como si de un dietario adolescente se tratara, tenía ganas de compartir lo que
han sido estos 9 años en Madrid, porque sí, siempre fui de números impares.