17 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 4.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 3:01

Queda un minuto para la media noche. Hoy voy tarde. Y mira que odio ser impuntual… pero creo que me da igual.

Hablando hoy con mi madre, me comentaba que había leído por ahí que los tres primeros días eran divertidos, del cuarto al séptimo un poco más amargos y a partir del octavo, mucho peor. Lo siento mama, discrepo, el infierno ya está aquí y es esto.


Ayer me quedé despierta para ver el estreno de la tercera temporada de Westworld, la serie de la que os hablé el sábado (todavía puedo saber en qué día vivo). Le tenía unas ganas terribles, y no sé si porque eran las tres de la madrugada o… meh. Me fui a dormir más tarde de lo previsto, de hecho, pensé en qué pasaría si no dormía, pero me acabó pareciendo una mala idea. Bien, Gemma, de cordura todavía andas bien.

Dormí menos de ocho horas, malditos madrugones. Y lo primero que hice al levantarme fue imaginar que caminaba dos millas terrestres hasta la cafetera. Luego escribí a alguien con tos.

Zumo de naranja sí. Desde que sé que los supermercados están abiertos, como que lo vivo todo de otra manera. Tres galletas y tres fresas; los arándanos ya los doy por implícitos en la dieta. Y para dejarlo claro, en el caso de que existan dudas subyacentes, todo mi afán por comer arándanos viene motivado por una reciente infección de orina y por el miedo a tener otro cólico estando las urgencias como están, así que… a tope.

Me empapé bien de noticias, ninguna esperanzadora. Ducha y disfraz de persona.

Entré en el maravilloso, y viejo conocido, mundo de los moocs. Encontré uno muy interesante de la evolución de las ciudades, enfocado a la transformación que han sufrido hasta llegar a las smart cities que conocemos hoy. Siempre me ha parecido interesante esta vinculación. ¿Si conocemos mejor nuestras ciudades podemos vivir mejor en ellas? Creo que es necesario un paso previo, conocernos, primero como personas y luego como ciudadanos. Después conocer la tecnología que nos rodea y saber usarla en pro de un proyecto común. Me parece interesante tratar de entender el entorno para llegar a otro concepto importante: la ciudadanía responsable, que tiene que ir precedida de una política acorde. De ello podría opinar mucho, pero creo que no es lugar para la demagogia. Os podré contar más en los próximos días, que van siendo cada vez más.

Sin darme cuenta, entré en un buble cibernético que gracias a la llamada de padres se interrumpió: hora de comer. Otra vez el drama diario, cuándo y el qué. Pero el cuerpo es sabio, si no consumo, ¿por qué repostar? Malcomí. Pero las influencias culinarias de ayer seguían estando en mi cabeza… necesitaba un plan.

Lo urdí con madre. Asé una berenjena en el microondas, mientras. Empezamos a pensar qué hacer con el secreto que tengo en la nevera. Plancha siempre, pero ¿y probar de hacer una “secretoñesa” con berenjena, por ejemplo? Mañana me tocará ir al súper. Oh, espera. ¡Gemma, saldrás de casa!

Rebuscando en los armarios, algo que no había tenido tiempo de hacer hasta ahora, también encontré los moldes de silicona de hacer cupcakes. Así que mañana la lista de la compra tendrá también harina y levadura. Y tengo pendiente una receta sin horno de una buena amiga repostera. Una pena no poderlo compartir. Si son repetibles, y salimos de esta, los probaréis.

Pasé el resto de la tarde sin más. Tenía agujetas y dejé pasar la clase de las seis.

Quería que llegara el momento de poner cara a los que importan, los incondicionales, los de siempre. Figueres, Amsterdam, Lisboa, Barcelona y Madrid. Como es habitual se nos fue de las manos, bebimos más de lo esperado, como cuando hacíamos los “ven a beber solo”, pero esta vez acompañados. Y como siempre, fuimos capaces de sacar rédito a los malos momentos: el jueves tenemos competición de cenas.

Con la cabeza algo nublada cené una tostada de pan de verdad con berenjena asada, gratinada con crema de trufa. Tengo que volver a activar el ingenio culinario, ya no hay vuelta atrás.

Me puse al día con los de casa; hablé de series; retomé conversaciones a medias; aposté rollos de papel higiénico.

Y tuve tiempo a pensarme un poco.







16 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 3.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 
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I can't believe the news today
Oh, I can't close my eyes
And make it go away
How long?
How long must we sing this song?

How long, how long?



Amanecí así: bah.

Y mira que ayer me acosté bien tarde viendo lo último de TWD y podría decir que hasta me medio gustó. Pero no lo voy a pregonar muy en alto, que sigo siendo la presidenta del “Equipo H”[1].

Me hice buena amiga de la lista que preparé para la cuarentena. No, no me molesta escuchar canciones que me gustan en bucle.

Hoy sí hubo zumo: dos naranjas; un plátano y más arándanos. Y un poco de guilty pleasure: chocolate.

Tuve un atisbo de ganas de cocinar, risotto de berenjena y parmesano, pero quedó en un delirio de grandeza. El puré de verduras al microondas tampoco estaba tan mal. Aunque de postre, no pude no sucumbir a otro café que, siguiendo el cálculo, entra dentro de la previsión.

No lavé los platos, mañana tampoco creo que me arrepienta. Busqué canciones de domingo, de las de relamerse las heridas un poco por encima, mientras me pasaba Twitter. Llegué a un hilo esperanzador y tuve que darle al pause.


Un marino compartía sus tips de superación ante una situación de aislamiento no voluntario. Tener horarios. Mal. Mantener una dieta equilibrada. Mal. Tratar de contactar con todo el mundo, para sentirse menos solo. Esto sí. A ratos dudo de si poner en mi perfil “falta de conversación”. Alexa de hecho, creo que está harta de mis preguntas tontas. Sigo. Tratar de hacer ejercicio, aunque el espacio sea reducido. Mal. O un montón de cosas más que, en resumidas cuentas, llevo mal. También habló de no tirarse al alcohol, que en muchos barcos impera la ley seca. Esto, también mal.

Así que, viendo que llevo sólo tres días y que todavía no hay luz al final del túnel, me hice una ducha rápida y me enfundé en las mallas del gimnasio. Tenía que restar algunas cosas de este “mal”. 

Youtube, ¡qué gran fuente de sabiduría! Encontré muchas clases de Body Balance, lo que considero “deporte de domingo” y después de descartar unos diez vídeos, encontré el perfecto: Lee McGiffen Body Balance 73.

Al acabar me sentí bien realizada, mi barra del humor había crecido del 47 al 72. Bien. En el durante estuve un poco jodida, pero nada que no se supere en los próximos catorce inciertos días.

Fin, muy bien. ¿Y ahora? Descubrí la tecnología punta a padres y compartimos unas risas, además de ver en pantalla compartida la maravillosa canción “Oda al paper de vàter[2]”. Muy acertada.




Sí, lo sé, está en catalán, pero me tomaré la molestia de traduciros algunas de las frases que me parecen memorables:

El teu destí fatal, màrtir de la societat,
que quan t'ha utilitzat estira de la cadena
i tu te'n vas al darrere, de cap a la claveguera.
Però en acte de rebel·lia embusses la "cañería"
i ho deixes tot fet un nyap.

[Tu destino fatal, mártir de la sociedad, que cuando te han usado tiran de la cadena y tu te vas detrás, de cabeza a la cloaca. Pero en acto de rebeldía atascas la cañería y lo dejas todo hecho una mierda].

Que el nostre clam arribi fins el cel,
que de tots els amics tu ets el més fidel,
gloriós paper de vàter immortal.

[Que nuestro clamor llegue hasta el celo, que de todos mis amigos eres el más fiel, glorioso papel de váter inmortal].

Acepto el comentario de que los catalanes somos muy escatológicos, quizás sí, pero en la intimidad de los nuestros, sólo.

Volví después a la ducha, de las largas, de las agua hirviendo, de las que pasan todos los males.

Humor al 85. Y podría haber subido más, de no ser por la pandemia de la desinformación y de las absurdeces.

Un quinto. El de la victoria.

Humor al 89.

Y sí, tú, que estás leyendo esto, probablemente haber compartido esta cerveza contigo me hubiera hecho aún más feliz.



[1] Haters, vamos…
[2] Oda al papel higiénico, por si no había quedado claro.


15 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 2.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 4, 8, 15, 16, 23, 42

Sin saber muy bien por qué me desperté antes de tiempo, con el pelo como si hubiera peleado con la almohada y un calcetín perdido. ¿Va a ser verdad que te acostumbras a dormir poco y a madrugar? No way.

Tomé el primer café, dos fresas y un puñado incierto de arándanos. Decidí no hacer zumo, hoy no. Revisé las últimas recomendaciones seriéfilas y encontré la ideal: Drama. Muy acorde con el momento actual (y no lo digo porque tenga que confesar ningún embarazo desconociendo quién es el padre). Cinco episodios de veinte minutos, canallas y sinceros. Y con Ignatius.

Reset.

Segundo café. Tuve un momento de ducha sí, ducha no: todavía no era el momento. El desgaste de adentrarme de nuevo en el polvoroso mundo de Westworld necesitaría una recompensa.

No es una serie fácil, sin duda, pero adoro su rompecabezas constante. Y las preguntas incómodas que se plantean: ¿existe el libre albedrío?

Teniendo en cuenta su significado más literal, representa la libertad del ser humano para hacer lo que le salga de los cojones. Para bien y para mal. Y si eres un tanto determinista como yo, pensarás que todo tiene un condicionamiento previo y al final, lo que te salga de los cojones estará limitado por experiencias o saberes anteriores. Así pues, el libre albedrío quedaría en tan solo una ilusión. Y algo así se dice en el último episodio de la segunda temporada: “Los humanos son algoritmos… lo bastante sofisticados para creer que ellos deciden, que tienen el control, cuando en realidad no son más que…pasajeros”. Una broma cruel, lo llaman.

Y sin duda, así es. Me muero de ganas de salir a la calle, socializar con personas de carne y hueso, tocar, estornudar sin ser mal vista, esto es lo que haría. ¿Puedo hacerlo? Claro. ¿Estaría mal hecho? Totalmente. Y es que lo que pasa a nuestro alrededor, desde hace un par de semanas, ha condicionado mis quehaceres, los de todos.

Uf, Gemma, qué sesuda.

Después de un montón de pensamientos y teorías alocadas sobre papel, me di por premiada,  hasta que acabé el termo de agua caliente y tuve que salir por patas de la ducha, es lo malo.

Comer. Tanta despensa… para nada. Dos vermuts con naranja y se me hizo tarde.

Como era día de podcast largo, y ya bastante que tengo las piernas entumecidas de tanto sofá, monté todos los aparatejos como para hacerlo todo un poco más profesional. Invertí veinte minutos. Sólo.

Tuve tiempo de entrar en Reddit unas cinco veces, acabarme todos los hilos correspondientes a la serie en cuestión, y aun me sobró tiempo para merendar una tostada de pan integral con semillas y pavo. Vamos, una diversión.

Pero una vez puesta en faena, se me olvidó por completo el drama de estar en casa por condicionamiento. Fueron tres horas de revisión, teorías, teorías de las teorías, y todo sin haber salido aun la serie. ¡Frikis!

Y ya con todo, quedan 10 minutos para acabar el día. Probablemente, y debido al uso y abuso del Monster, hoy vaya a dormir tarde, viendo más series con los tobillos hinchados.

36m2, un lugar chiquitín para vivir.

14 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 1.

Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 3, 14

Acabo de llegar a casa y me he puesto ropa de confinamiento, cómoda pero presentable; algo así como la reivindicación del amor propio.

Madrid se ha vuelto loca desde hace unos días. El martes ya hubo síntomas apocalípticos, pero tampoco me preocupé especialmente. The Walking Dead va por la temporada 10, y con dieciséis episodios por cada, te da tiempo a aprender muchas cosas: las cerillas nunca se acaban. 

He vivido más o menos tranquila hasta hoy, o hasta ayer... pero después de escuchar al presidente del gobierno anunciando el pronto estado de emergencia, lo he tenido muy claro: Gemma, al estanco.

Jamás había hecho cola para comprar tabaco, me sentí como una yonki esperando la metadona.  Mal. Y encima, no tenían Golden Virginia, ni amarillo, ni verde. Aposté por un American Spirit, para rememorar mi estancia en San Francisco, donde perdí mi tabaco patrio y tuve que empeñar un riñón para seguir fumando.

Y como hacía muy buen día y necesitaba alguna excusa para no volver a casa tan pronto he pasado por el súper para comprar naranjas, esta vez me fijé en la procedencia: son de fiar. Creo que puedo hacerme zumo de naranja durante 8 o 9 días, contando las que compré con las que me quedan. Cogí unos plátanos verdes que calculo podré comer dentro de 4 días. Y fresas y arándanos, que ya tienen su propia estantería en la nevera. Papel higiénico compré con normalidad la semana pasada, pero dado el pánico generado, he comprado unos cuantos rollos más. Aunque siendo sincera, ni voy tanto al baño, ni me asusta quedarme sin; las abuelas tiraban de bidet y nunca les fue mal. Pero bueno, también compré unos pañuelos de unicornios para hacerlo todo un poco más fantasioso (estaban de oferta). Estuve leyendo que esta locura desatada tiene nombre: FOMO (Fear Of Missing Out), lo que me pasó a mi con el tabaco, vamos.

Cuando volví a casa empecé a tener un poco de ansiedad y conté las capsulas de café: 49. Que si las reparto en 15 días, dan a 3,26 cafés al día, que si lo sumo a los tres RedBull sin azúcar y al Monster, creo que puedo no dormir durante 7,33 días.

Luego pensé en empezar a escribir una versión apocalíptica del blog, que si has llegado hasta aquí, es que está pasando. 

Y por si alguien se ha angustiado entre estos dos puntos y aparte, tranquilos, que tengo también ginebra y ron para contrarrestar los efectos de la cafeína. Y Dormidina.

Pero volviendo a la comida, y gracias al incondicional abastecimiento de madre, creo que un tupper, dadas las raciones, me puede permitir comer tres días seguidos lo mismo, así que todavía deberían de sobrarme algunos por si se alarga la situación. Revisándolo, tengo lo justo para hacerme una auto cita perfecta: magret de pato, boletus y vino blanco, qué triste. 

De cosas mundanas también ando bien, latas, legumbres secas y en tarro, pasta de todos los tipos y colores, palomitas, queso, zumos artificiales.

Dicho todo esto, podéis estar tranquilos, el coronavirus no acabará conmigo, pero el aburrimiento...


11 de marzo de 2020

11M


Diez años de mi 11M. ¡Qué pretensiosa atribuyendo un posesivo a un día así!

No he borrado ni un ápice la secuencia de los hechos. El miércoles por la tarde los vuelos eran demasiado caros, pero empezaba a ser tarde. En ese momento, los quilómetros parecían insalvables y Madrid parecía estar demasiado lejos, como siempre.

Me costó conciliar el sueño en una cama que me había hecho mía, a veces demasiado pequeña.
Tenía muy claro hacer aquel viaje sola, pero el cónclave de mujeres lo impidió, y ella, nunca demasiado mayor, me hizo de bastón.

Reconozco que pocas veces me sonrojo, pero ante los nervios, hablo mucho, demasiado. Aparece en mí una verborrea incontrolable que se puede girar en contra de los no tan habladores y puedo resultar una invasora, como las tortugas de Florida. Pero ese jueves amanecía en silencio.

Él llegó tarde, muy tarde, y fui incapaz de darle un beso, apenas le dirigí la palabra. Cogíamos el primer tren, pero sentía que para mí era el último.

Llegar a Atocha la mañana de un 11M tampoco fue agradable. Los ladrillos parecían más fríos, y los silencios más silencios; nadie levantó la mirada. Impasible, aguardé todo el trayecto, intentado ser una buena compañera de viaje. No sé si lo conseguí y jamás volví a preguntar.

Hacía pocos meses de mi llegada a Madrid, todavía no había catenaria hasta casa. Sentía las piernas entumecidas en Sants, no quería perder el siguiente tren. Ella me obligó a comer, con su pasión por el dulce me engañó y me dejé ganar. El café empezaba a ser necesario. Nos quedaba media distancia por recorrer, con un vaivén que me había salvado muchas resacas de sábado por la mañana.

No paré de llamar.

Al llegar, teníamos ya planeado coger un taxi. ¿Un taxi en Figueres? Creo que sólo una vez, años atrás, con mi madre habíamos cogido uno. No recuerdo ni el cómo ni el por qué. En fin.

No me agradó el quién, pero sí el cómo, tenía coche, y tardaríamos poco. Todavía llegaba a tiempo, o eso me dijeron.

Agradeceré siempre a la Tieta esa compañía incondicional.

Borré todo recuerdo del camino, información innecesaria, como el historial del navegador. Pero al pasar por el marco de esa puerta estaban todos ahí, de pie, y reconocí a los hombres de gris, como si releyera Momo. En mi casa no somos muy cariñosos, siempre lo atribuyo a eso de ser del norte, con nuestras peculiaridades para querer, pero el abrazo que me dio mi padre ese día nunca no olvidaré. Llegaba tarde, como todas y cada una de las tres veces anteriores.

Sin tener casi tiempo de pensar, me encontré con un catálogo feo de pedacitos de cartón con colores pastel y frases impersonales. Pero ya con la lección aprendida, me negué a sucumbir a los convencionalismos: esta vez lo escribiría yo; no me haría falta inspirarme en Puccini.

Torn, mall i enclusa.

Recuerdo aquellos discos de arar y cómo me contaba por dónde soldarlos. O cuando estaba en la forja, cerca del fuego con las gafas bien picoteadas. O cuando nos dejaba el 124 cuando el Orion estaba en el taller. O cuando andábamos quilómetros incalculables entre los campos de alfalfa[1] en verano, para coger moras, después de la vuelta al castillo. O cuando me venía a buscar al colegio y negociábamos el punto de recogida para sentirme cada vez más mayor. O cuando dormía mirando la tele a todo volumen, roncando, afirmando que él lo escuchaba todo y que no le cambiara de canal; esto parece pasar de generación en generación. O cuando miraba Ben-Hur mientras hacíamos brunyols, hacinados en la cocina con ella canturreando. O cuando llegaba del bosque con el bajo de los pantalones bien húmedo y un cesto enorme d’escarlots, camagrocs o rovellons. O cuando íbamos juntos al mercado y conocía a todo el mundo, me decía: la fruta, cógela siempre grande, que habrá madurado más en el árbol y estará más rica. Todavía no tenía alergia a los melocotones, aunque ya me gustaban blancos. O cuando trataron de venderle fresas del Maresme siendo fresones y al probarlos le dije que le habían engañado; al día siguiente con todo el rubor le dijeron que era cierto. O la caracolera que tenía en el sótano, a oscuras y con humedad, para que aguantaran más. O cuando le acompañaba al dentista en su nuevo coche post-jubilación que acabaría siendo mi compañero de aventuras: GI-AW. O tantos cuando. 

Y el tiempo pasa, y todo duele menos, hasta cuando te encuentras sus viejas gafas bifocales en la guantera del coche. Las guardé, por si algún día me atrevo con ellas. Y el tiempo pasa, y lo recuerdas con simpatía, menos rato y en la distancia, la de aquellos cuarenta y un escalones.




[1] Tuve que buscar como se dice en castellano. En mi mente, sigue siendo userda.

15 de febrero de 2020

Un sábado entre historias en Madrid.

Llegué a casa con unas ganas terribles de escribir. Poner palabras a la propia historia a veces resulta complicado, sobre todo por el montón de ideas que colapsan en la puerta de salida. Los escritores tienden a organizarse, como decía Juan Gómez Jurado, “hincar muchos codos”, pero yo escribo por el propio placer de regocijarme en los momentos. Mis momentos. 


En una fecha incierta de entre 2002 y 2003 un profesor de literatura nos animaba a escribir, bajo la premisa del “qué bien lo paso pasándolo mal”. La verdad es que nos pilló en un momento delicado, tratábamos de hacer frente a un duelo inesperado con la mejor de nuestras sonrisas, paradojas de la adolescencia tardía. Ya de adulta conocí a Sabina, y entendí sus consejos.


Ese mismo señor, de facciones marcadas y gafas de pasta negra (pensemos en aquel contexto de principios de los dos miles, llevar gafas de pasta no era lo habitual), nos mandó leer el Guardián entre el Centeno, de J.D. Salinger. Creo que en ese momento no supe agradecer el regalo que nos estaba haciendo, puesto que Holden Caulfield se convertiría para siempre en un buen compañero de viaje.


También recuerdo un examen en su clase, “no se separen”: una hoja en blanco, y La Imprenta de titular. Teníamos que desarrollar todo lo que habíamos aprendido de Gütenberg y de la revolución cultural y literaria que había supuesto, fue la primera prueba en la que gozaba demostrando mis conocimientos.


De esto hace unos cuantos años y lo sigo recordando con cariño, como cuando nos hablaba del Quijote. Salvando muchas distancias, ¿sería Holden el hidalgo rejuvenecido del siglo XX? No para todos. 


Hoy, diecisiete años después tuve el placer de volverle a escuchar, de transportarme ante aquellas mesas verdes y feas. Hablaba de sus dos pasiones, El Quijote y Tintín. Porque sí, también es un apasionado (o quizás debería decir experto) de las viñetas de Hergé. Y lo hacía como antaño, sin pretensiones y desde el cariño. Me fascinó la escucha activa de todos los asistentes; capaz de embaucarnos desde el minuto uno. Habló también de Figueres, donde vive, donde nos conocimos, donde me dio la oportunidad de compartir el trabajo bien hecho con otros estudiantes.


La influencia del viento en la salud mental siempre ha estado ahí, entre nosotros, en los que hemos justificado nuestras peculiaridades por una fuerte tramuntana. Lo hicieron Josep Plà, Dalí, hasta Gabriel García Márquez. Y volvió a salir, porque Don Quijote, ataviado con esa vieja armadura parecía uno más de nosotros, de los del norte mediterráneo. Puede que así, también fuera Haddock. Joan Manuel Soldevilla dio a conocer un poco de casa a todos los asistentes, a lo mejor porque sea su tercera pasión, o la cuarta, porque le literatura siempre estará ahí.


















Gracias Señor Soldevilla, “Solde”, de sonrisa tímida y mente privilegiada. Contigo aprendí a ser hidalga, a soñar, a viajar a sitios remotos como hacía el pequeño reportero del tupé (nunca en tus clases, lo prometo).




Y repleto de historias tan blancas, Tintín, para mí, fue un detonante; la pasión por la novela negra.

7 de enero de 2020

Madrid queda lejos y no tiene mar.


Me arrepiento de no mantener a los lectores al día, me disgusta no encontrar tiempo para ordenar las notas analógicas que, como siempre, me acompañan.

Octubre de 2019.

Todavía es verano, pero los días son cada vez más cortos. Madrid queda lejos y no tiene mar. 

El viento me impide sujetar el papel con normalidad y será complicado reescribir esto. Una vez en tierra procrastinaré la puesta a punto, porque todo habrá cambiado, lo presiento. A izquierda y derecha todo es azul, todo es mar, el mismo que respiro cuando voy a casa, como el viento, primo de la tramontana que todos los males se lleva. Cerca, la nada.  

Sigo pensando en lo curioso de las casas flotantes de gran tamaño, un eufemismo de barco, vaya. Cuando llegué a la cubierta, muerta por la curiosidad de la primera vez, pensé haberme confundido y estar asistiendo a un congreso anual de leones marinos. Había tumbonas que tenían la forma de todas y cada una de las arrugas de los septuagenarios de abordo. Me llamó la atención, pues todos y cada uno de los días, parecían varar en el mismo sitio como si de una rutina se tratara.

De noche todo se volvía mágico, de los colores más estridentes a la negrura estrellada.

Aprendía lo complicado que puede ser estar sola durante los días de navegación y me compadecí por toda aquella gente que trabaja surcando turistas a lo largo de nueve meses. Tenía, de nuevo, la suerte de refugiarme en un café caliente y en unas notas mal tomadas. Ya frío. 


Pero no todo es angosto. Descubrir rincones de las ciudades de parada, o buscar una sonrisa de complicidad de alguien que ya dejó de ser desconocido, o abrazar a los amigos, o pensar en los que están en tierra, o… soñar despierta, todo esto es posible cerrando los ojos y oliendo sal.




Días más tarde, con el mal del marinero en tierra mi vida se ponía patas arriba.