Escribir es como el hambre, una necesidad volátil.
Han pasado 542 días des de la última
publicación y tampoco ha llovido tanto. Le realidad de una pandemia sigue coleando
y quisieron añadirle una guerra, por si no hubiera sido suficiente. Las horas de
sol siguen estables y el dichoso cambio horario, no podemos decir lo mismo de
la factura de la luz: cuadriplicada.
Sigo calzando un 37,5, a diferencia de la
nariz y las orejas, parece que los pies no crecen. Tengo dos tatuajes más y dejé
definitivamente de morderme las uñas. Sigo con el termostato corporal atrofiado
y me sigue encantando el café.
Dos mil veintiuno lo definiría como la curva
de una función, aunque no sé muy bien si sería logarítmica o exponencial,
teniendo en cuenta que venía de un veinte-veinte sinusoidal. Era el momento de
empezar una vida pensada en el AQUÍ.
La casualidad (o no) y los quesos me llevaron
a conocer a alguien; las barreras idiomáticas nunca resultaron un inconveniente
y empecé a descubrir rincones maravillosos del país vecino. También tuve tiempo
para darme cuenta de que la distancia, para algunos, sí importa y tuvieron que
seguir su camino, como sigo el mío.
También me di tiempo para emocionarme con los
cielos, con las amapolas en primavera y los racimos enverados de finales de
agosto; esas futilezas que pasan desapercibidas en el bullicio de la Gran Vía.
Sin darme cuenta habían pasado los 365 días de
otro año impar. Me había mudado, el tamaño del coche se había multiplicado y
ahora en casa crecían milagrosamente dos plantas, por primera vez tenía un sofá
en propiedad y podía tomar el café con un rayo de sol molesto en la cara. Esta
vez, en la mesa de fin de año éramos uno más.
Nunca hubiera pensado que la vida aquí también
pasara así de rápido.
Dum vivimus, vivamus. Intensamente.
Y seguramente de esa intensidad nazcan estas letras,
porque sin querer me olvidé de pensarme y de vivirme. Empecé el año
terriblemente cansada, con cambios de humor que trascendían. El mundo, él y yo,
parecíamos girar a velocidades distintas y por momentos me sentía como ese extraterrestre
en el cruce entre Passeig de Gracia y la Diagonal, tratando de entender cuáles
eran las reglas del juego.
Como decían Lori Meyers, “siempre brilla el
sol” y de todo sale. Pero en lo que podría parecer la calma antes de la tempestad,
un giro inesperado de guión. El próximo fin de año, seríamos uno más.
Sí, sorpresa. La mía y la suya, y puede que
también la otra suya.
Vida normal, vorágine, estrés, chocolate. Pero
ahí estaba, ella, TU (que ya me oyes), sigilosa y paciente, como esperando el
mejor momento para decir: Bonjour.
Y ahí estaba yo, con lágrimas en los ojos
siendo consciente de la nueva realidad. Sonriente y asustada. ¡Sorpresa! Los
guiones están para no seguirlos, siempre fui un poco así. Improvisar es crear, y
crear es arte, ¿no?
Parece que encontré a los cómplices perfectos para escribir esta historia.


