13 de febrero de 2016

El tiempo también es importante.

Hoy, ¿qué tiempo va a hacer? Es una de las primeras preguntas que me pasan por la cabeza después de apagar el terrorífico despertador. El primer paso es conseguir despegarse de las sábanas, que también lleva su propio tiempo. En invierno es un hecho, en sí, bastante complicado. Poner los pies en el suelo podría ser hasta agradable para aquellos que tienen tarima no sé qué, o suelo no sé cuántos, pero si tienes unas baldosas blancas que recuerdan a la nieve del Polo, insisto, no es fácil.

Teniendo en cuenta que la meteorología madrileña está un poco del revés… intentar confiar en cualquier predicción es un absoluto fracaso.

El café.

En cualquier caso, la opción de mirar por la ventana y decidir, siempre es la más acertada, siempre que no se viva en un bajo. Llegado el fatídico momento, y con todas las “necesidades” cubiertas, toca abrir la ventana. Clac, clac, ñiiiiic. Es momento de observar detenidamente el trocito de cielo que asoma después del segundo, sin perder el factor 3D, si llueve, te mojas.

  • Azul. El despeje, tanto en Madrid como en cualquier otro lado, va asociado al frio. A la sombra el fresco será importante, pero al Sol, mantequilla derretida. Me harán falta dos calcetines, y no uno para cada pie. Las zapatillas, que tengan la medida suficiente para albergar doble capa. Vaqueros, esos maravillosos pantalones que valen para todo el año sin excepción. Tirantes, manga corta, jersey grande y abrigo gordo.

(En casos de azul con vaho, se valora el uso de mallas debajo de los vaqueros).

  • Azul con nubes. Mierda. El rectángulo comunal no me permite ver la acumulación: ¿muchas o pocas? ¿Blancas o grises?

o  Nubes blancas. Oscurecen al Sol, pero tienden a ser inofensivas y suben la temperatura. Es cuestión de asumir el riesgo.
o  Nubes grises. No es que oscurezcan al Sol, es que en cuestión de minutos pueden cubrir el cielo y montar el diluvio universal. Las zapatillas deberían ser impermeables. Sería un plus llevar el paraguas en el bolso.

  • Muchas nubes. Ni se te ocurra tender la ropa, de hacerlo tocará volverla a lavar. Ninguna de las predicciones meteorológicas ha hablado de lluvia. Lo hará. El Sol no ha llegado a calentar el ambiente y hace frio. ¿Y si me mojo los pies? Un plus no haber quitado el paraguas del bolso.
  • Lluvia. Oficialmente cayó, y lleva horas sin parar de hacerlo. Botas, hoy tocan botas y paraguas[1].


Tendría que existir un quinto punto, o elemento común en todos los anteriores, el “factor viento”. Pero no, señores, el viento madrileño todavía no llegó a especializarse en loops y no llega al bajo. También podría ser llamado “factor sorpresa”.

El café está completamente con hielo.

Ducha. Ducha. Ducha. Intensa, apetecible y reparadora.

El café: recalentado no sabe tan bien.

Diez. Veinte. Treinta. Treinta y dos. Treinta y siete. Cuarenta y tres. Cincuenta y nueve. Sesenta y ocho. Setenta y cuatro. Setenta y cinco. Más de setenta y cinco minutos desde que conseguí despegar las dichosas sábanas de invierno. Superé el Polo, “cubrí necesidades”, hice café, abrí la ventana, pensé. Pasé frio. Seguí pensando. Duché, Duché y duché. Volví al café. Y que, ¿qué me pongo? Lo mismo de ayer.

Sexta lección aprendida: en Madrid el tiempo es impredecible, y la meteorología también.









[1] Objeto o artefacto que debiera estar limitado de uso para los habitantes nativos de la capital.
(Para cualquier duda o aclaración, remito a la siguiente entrada.)

14 de enero de 2016

Una de cal, una de arena y otra de QUESO.

De todos es sabido que el queso es un buen vicio, y entre otros, es uno de los míos.

Trabajaba por aquel entonces en la universidad, y día tras día me llamaba la atención aquella nueva fachada de madera. Ningún cartel anunciaba qué podía haber en su interior. Cambiaba de camino, de rutina, pero la curiosidad me impedía dejar de pasar por delante de vez en cuando.

Y de repente, no recuerdo muy bien cuando, se desveló el misterio: Poncelet Cheese Bar.

¿Una quesería? Como buena ratona tenía que adentrarme en lo que parecía ser la Tierra Prometida.

Hubo una primera vez, y una segunda, y unas tantas que he perdido la cuenta.

Al fondo se esconde la joya de la corona, y es que como si fuera una lujosa vitrina de Tiffany’s, los quesos reposan en una cava acristalada a la vista de todo aquél..., ¿podría decirse quesántropo?

La elección jamás es fácil: nacionales, internacionales, suaves, dulces, fuertes, picantes, olorosos, secos, cremosos, afrutados, a la sal, con anís, lavados, especiados, jóvenes, viejos, con ceniza, con cerveza, reposados, rotos o cortados.

Todos ellos tratados con un mimo inexplicable. Hecha la elección te sirven los quesos, colocados en una pizarra como si de una obra de arte se tratara y, con ella, una breve guía de qué vas a probar. Y supongo que es el souvenir, más allá del recuerdo, poder coleccionar todas y cada una de las decisiones que has tenido que tomar.

Y de todas ellas he aprendido varias cosas.

Revlochon Fermier. Francés, de Savoia, con doble fermentación.  Leche cruda, corteza lavada. De intensidad pronunciada. Tiene una textura cremosa, fina y especial, nada comparable al cremoso que uno puede tener en mente pensando en un brie o un camembert. Efectivamente el sabor es intenso, y se acentúa con la corteza, dándole un toque ácido nada molesto. Un clásico de todas las navidades, y es que creo que en mi casa somos lo peor, en lo que a queso se refiere.

Stinking Bishop. Inglés, de Dymock, Gloucestershire. Muy oloroso, lavado con pera Perry. Leche pasteurizada, corteza lavada. De intensidad fuerte. ¿Cómo no va a ser fuerte si se llama “obispo apestoso”? Realmente huele a culo. Haciendo una cata de cervezas y quesos, los señores del CheeseBar me dijeron que no hay que decir estas palabrotas, que queda mucho más fino decir que huele a Establo Limpio. Pues si hay que decirlo, lo digo. Pero insisto, es capaz de hacer que los limones de la nevera sepan a queso. También cremoso, más normal. Su olor se traduce a la boca en picor, que colapsa hasta la nariz. Una vez saboreado reduce de intensidad y se notan los matices dulces de la pera, cosa que se agradece. Uno de mis más favoritos.

Comte. Francés. Leche cruda y corteza natural. Dicen que se necesitan 500 litros de leche para elaborar cada pieza. De intensidad fuerte. Como en todo, depende de la edad, cambia sustancialmente el sabor. Siendo joven es más lechoso, con un toque picantón, salado, y con mucha textura en boca que, dicho de otra manera, si te pones mucho en la boca cuesta de masticar. Lo mismo pasa con el viejo, más curado y con un sabor que me recuerda a los orejones secos (de cuando los comía, claro). Considero muy recomendable tomarlo con una botella de Venta Las Vacas, más allá de lo que digan las encuestas.

Verdaderamente todas las experiencias han sido ilustradoras. Podría pasarme muchas más horas hablando de quesos, la mayoría de ellos están en la lista de gustar. Pero lo más importante que aprendí es a no tener prisa, a saber distinguir los sabores, recordarlos y asociarlos a algún momento especial.

También ahí, me dieron un gran consejo, y es que más allá de las guías y equilibrios, un buen maridaje depende de los gustos y placeres de cada uno. Lección aprendida.










21 de diciembre de 2015

Buscando una buena tortilla de patatas. (Parte 2)

Después de unas cuantas jornadas de reflexión y unas elecciones generales, sería el momento de retomar, también, la elección de la buena tortilla.

Que esté poco cuajada, that’s all. Y seguro que muchos lectores discreparan ante tal sentencia, pero de ser así, que lo escriban y la busquen ellos.

A mi amigo Trip, pedirle que una tortilla esté poco hecha, todavía no se puede.

Entonces, claro: abres Google, “mejores tortillas de Madrid”, primer link, TripAdvisor, y listos. Y aunque es una buena alternativa, soy más de curiosear y correr riesgos.

Con un porcentaje escrutado del 60%, y digo esto porque seguro que me faltan muchas por probar, la tortilla de patatas con mayor número de votos, es la del Sylkar (Calle Espronceda, 17). Al entrar sólo debería de existir una dicotomía, con cebolla o sin. Las dos. Aunque yo, propondría que en su campaña añadieran otra, cuchara o tenedor. Jugosísima. Inmediata. En su punto, o en el mío, no lo sé. El espacio no es muy grande, pero un hueco en la barra es como tener un trocito de cielo. He repetido, sin duda.

En una posición no muy distante, está una de las tortillas más selectas de Madrid, y digo esto porque está dentro del Palacio de la Moncloa. No sé si debiera dar muchos detalles de su ubicación, pero teniendo en cuenta el difícil acceso, tampoco lo considero relevante. El 93,5% de la gente que hemos estado ahí hemos comido, y recomido, y vuelto a comer su maravilloso pincho de tortilla (el 6,5% restante son más de ensaladilla rusa). Jamás muy tostada, ni muy cocida, con un punto de sal justo, que invita a beberla. Y es que poder escoger el trozo que quieres, siempre es una gozada.




Durante este tiempo de reflexión, o de silencio, ha habido nuevas catas, a ciegas, y algunas de ellas muy satisfactorias. Destacaría la visita al Café Restaurante Villalobillos (Calle María Teresa, 9). Habían estado en la campaña del café, nada malo, por cierto. Recordé que los camareros llevaban chaquetilla blanca, con esos botones dorados relucientes, y que el ambiente olía a puchero de abuela. Volví. Se trataba de contrastar, expectativas vs. realidad, y no defraudó. Pincho abundante, con sus religiosas tres rebanadas de pan: tostada por fuera, deliciosa por dentro. A la hora de la comida se imponen los trajeados, como si de una sesión plenaria obligatoria se tratara, aunque sin duda, nada que ver con los precios del Congreso.

Y es que TripAdvisor es como las estadísticas de CIS, orientativo. Ayuda al indeciso, y puede que favorezca a los siempre triunfadores.

Sexta lección aprendida: en Madrid, y en la vida, hay que estar predispuesto a lo desconocido. 

18 de noviembre de 2015

Buscando una buena tortilla de patatas. (Parte 1)

Estaba claro que encontrar una buena tortilla no sería tarea fácil.

Los ingredientes son la clave, pero el amor también hace mucho. O no. Quiero decir, no creo que un señor que tiene que hacer un millón de tortillas diarias sienta mucho amor hacia ellas, pero bueno, supongo que con tener buena mano debe ser suficiente.

Después de mi primera mala experiencia con el primer pincho, no nos engañemos, era una mala tortilla, conseguí armarme de valor y ponerme manos a la obra para encontrar la mejor tortilla de patatas de bar. Y digo de bar porqué las tortillas de mi madre y de mi amiga Paula están en una liga aparte.

Siempre he sido un poco desastre con los horarios de las comidas, así que pasé una época en la que me dio por muy merendar, siempre claro, con café con leche. Pero como tampoco soy muy de dulce, pues pincho.

Supongo que empezar por los mejores recuerdos sería el fin de la lectura de muchos, así que empezaré por los peores. Y no sé por qué me empeño en recordarlos, dicen que las cosas malas tienden a olvidarse, pero también está el dicho de “de los errores se aprende”. En fin.

Entiendo que el turismo hospitalario no esté muy extendido en las agencias de viajes, pero cuando tu trabajo te lleva a los sitios más insospechados hay que aprovechar.

En el Hospital San Francisco de Asís (Calle Joaquín Costa, 28) tienen una cafetería que, aparte de anclada en los ochenta, no tiene mala pinta. La carta de precios era bastante seductora. Un pincho. Después de esperar más de lo debido, llegó. Y el golpe de tenedor fue como una perforación en una cantera. Quedó hecha añicos. Patata cristalina asesinada, y el huevo entre aceitoso y cementoso, no sabría muy bien como describirlo. Creo que la idea era que saliendo de la cafetería la clientela pasara por urgencias.



Quinta lección aprendida: en Madrid lo bueno, bonito y barato no existe.  

Después de la mala experiencia dentro de un hospital, probé con los alrededores. Esta vez me pilló en el desayuno. Muy cerca de la puerta principal del Hospital Gregorio Marañón, está el Mesón Santa Olaya (Calle Ibiza, 74). Lo venden como asturiano, pero llegaría a tener mis dudas. Arriesgué con un montado. Espectacular. Pan crujiente casi de pueblo, tortilla poco hecha, jugosa, sin cebolla y al punto de sal. Una combinación casi perfecta, de no ser porque el servicio era pésimo y los camareros parecían haber tomado una botella de vinagre.

En este caso, no habría que olvidar la tercera lección que aprendí: en Madrid se desayuna pronto. Y lo digo porqué el pan se acaba.

Sin pena ni gloria hubo muchos pinchos y montados intermedios. La cata a ciegas no estaba funcionando del todo bien, así que decidí ser amiga de un señor llamado TripAdvisor. Empezamos una relación bastante cordial, la verdad, y tenía esperanzas en que me ilustrara en mi búsqueda de la tortilla celestial. 

17 de noviembre de 2015

Lecciones básicas para desayunar en Madrid. (Parte 2)

No me costó acostumbrarme al nuevo cambio, aunque seguía deseando que los bares ofrecieran fuet. Desistí.

Y cuando todo parecía ir bien, y me había hecho a los desayunos de pulga, con café con leche con la leche templada en vaso, y zumo de naranja, apareció una nueva pregunta: ¿Montado o pincho?

Debían ser las doce del mediodía y, después de no haber madrugado, quería poner en práctica mis dotes pedigüeñas en los bares madrileños. Me comunicaron muy amablemente que no, que ya no quedaban pulgas pero que me ofrecían esa nueva dualidad: montado o pincho. ¿De tortilla? Por qué no.

Tercera lección aprendida: en Madrid desayunan pronto.

Estaba claro que esto de comer tortilla de patatas a las doce y media era un poco extraño. Lo más cerca que había estado de comerla a deshora era cuando iba de excursión con el cole y mi madre me preparaba la fiambrera de carne empanada y tortilla. Y tampoco sé por qué me sorprende, estuve una época comiendo bocadillos de berenjena rebozada, de la que había sobrado la noche anterior por puro placer.

Estaba haciéndome a la remolona, está claro. ¿Montado o pincho? En aquel momento todavía no tenía costumbre de sacar el móvil y preguntarle a Google, así que tuve que tirar de improvisación. Un pincho.

Y llegó el esperado momento: un plato de postre con un señor triangulo de tortilla mazacote con tres rebanadas de pan y un tenedorcito.




Evidentemente, lo comí, y empecé con las labores de observación e investigación. A los lugareños que pedían un montado les servían un trozo de pan con un trocito de tortilla encima, véase un pincho.

Cuarta lección aprendida: en Madrid un pincho es un montado.


Después de todo, empecé a encontrarle el gusto a tomar montados de tortilla de patatas a deshora, hecho que sigo practicando de vez en cuando. Y de ahí surgió un nuevo reto, encontrar una tortilla de patatas en condiciones. 

16 de noviembre de 2015

Lecciones básicas para desayunar en Madrid. (Parte 1)

El nerviosismo ante el blanco del papel o de la pantalla es una terrible realidad. Es un hecho verdaderamente aterrador, sí, pero de repente los pensamientos fluyen mucho más deprisa que las propias manos y empieza el baile.

Recuerdo la primera vez que me enfrenté al blanco del blog, años atrás y bajo este mismo dominio. No sabía muy bien de qué hablar, así que escogí uno de mis mayores vicios, y lo convertí en curiosidad y placer: el café.

Para celebrar la reapertura de La Verbena de la Paloma, he decidido hacer homenaje a mi primer desayuno en la capital.

Fue de chiste. “Un café con leche y un mini de jamón”, pedí. La cara de estupefacción del camarero me dejó perpleja. Acababa de renunciar al fuet por jamón, y encima me miraban raro. Todo esto fueron microsegundos, y finalmente el camarero me preguntó, “¿Un mini, mini?”. Pues qué iba a ser si no, ¿un mini, maxi? Muy amablemente, me aclaró que le acababa de pedir un vaso de litro de jamón, que sí, oye, no hubiera estado nada mal, pero no era el caso. Yo sólo quería un trocito de pan con aceite y un poco de jamón.

Primera lección aprendida: en Madrid desayunan pulgas.

Pasados los nervios de la primera cagada, me preguntó que cómo quería la leche. ¿Cómo? Blanca, sin duda. Pero, tampoco. Me ofreció un sinfín de posibilidades que mi cabeza era incapaz de procesar: ¿caliente, calentita, templada, del tiempo? En mi casa jamás se hubiera dado la situación, un café con leche, y ya. Opté por la opción “caliente”, y es que ya estábamos en noviembre y empezaba a refrescar. Y sí señores, caliente no, era lava suculenta recién salida del volcán.

Segunda lección aprendida: en Madrid beben magma.


Lógicamente, jamás volví a cometer el mismo error. La temperatura perfecta oscila entre el templado y el calentito, en versión de invierno. Cuando aprieta el calor, con hielo. Por suerte, y hasta ahora, no he tenido que responder a “¿Cómo quiere el hielo?”. Sin duda ninguna, recurriría a la cara de estupor del camarero que atendió a mi primer desayuno.