16 de noviembre de 2018

Madriversario.


Dejé pasar la fecha, casi adrede, escudándome en la falta de tiempo. Cierto es que de esto último no andaba sobrada, pero sí que he podido pensar en estos 3287 días en Madrid.

Llegué un domingo de hace 9 años, era tan de noche que solo recuerdo las luces rojas de los coches yendo a lo que sería mi nueva casa, por lo menos durante un tiempo. No hace mucho encontré ese billete de tren,  Barcelona - Madrid, sólo de ida.

Me costó despertarme, era un lunes algo tristón, y parecía que Madrid había quedado desierto. Guti no estaba convocado para el partido contra el Alcorcón y Mecano publicaba una canción inédita llamada María Luz.

Recuerdo perfectamente dónde y qué comí, rabo de toro en la calle Villafranca, muy cerca de las Ventas, y del que años después sería mi barrio, pero por aquél entonces ni lo imaginaba. Atónita me dejó aquella cabeza de animal pegada en la pared, que a cada mordisco parecía mirarme de reojo.

Era un 9 de noviembre, y es mi “madriversario”.

Los primeros días no llegaron ni a ser complicados. Decidí descubrir las líneas de autobús, perderme por Madrid, ubicar el hospital más cercano y apuntarme a clases de francés.

Como ya comenté en las primeras entradas de esté blog, tuve algunos disturbios en los bares por el formato del café con leche, hoy lo veo lejano, y ya suelto sin titubear “un café con leche en vaso con la leche de soja y con la leche templada”.

Descubrí el barrio de las Letras y la calle Huertas de noche, y es que los buenos amigos de la Ciudad Condal, saben lo que es bueno. 

Pocos días después, empezaba ya a mover las manos, porque sí, a esto vine, quería ser intérprete de lengua de signos. Éramos una multitud en clase, tres chicas dispares con un objetivo común. 

Hicimos buenas migas, una cosa llevó a la otra, y fue esa chica de pestañas largas la que me acercó a la calle de veintiún bares. Aquella noche conocí a alguien, quién creí que cambiaría mi mundo, y sí, lo hizo, para crecer como persona, para ser más valiente en la toma de decisiones y para ser quién soy hoy, pero esto, como tantas otras cosas, lo descubriría a destiempo, años después.

Hice una entrevista de trabajo, pésima, por cierto. A aquella chica, le caí mal, lo que nadie me dijo, es que, al tiempo, sería alguien indispensable. Entretanto, pasé por la universidad y empecé una carrera, o dos. Una mía, y otra ajena.

Con todo, ya llevaba más de 114 semanas, algo así como 793 días.

Hice otra entrevista de trabajo, y bueno, fue algo mejor, a los dos días empezaba una nueva aventura en la que sigo, hasta la fecha.

Resultó extraño al principio, tenía que moverme de un lado para otro, optimizando tiempos y sin perderme. ¡Suerte de aquellas primeras semanas en Madrid!, pensé. Pero luego acabé pisando sitios inhóspitos que mi mente ha decidido borrar el mapa. Gajes del oficio. 

Resulta que la chica a la que caí mal, también era norteña, será por eso que en un principio no encajamos. Empezamos a ir a conciertos como locas, el primero, uno de Los Niños Imantados que, para los poco puestos, es la versión carnavalera de Love of Lesbian, nos pusimos una peluca rubia, y durante unas horas, fuimos Marlene, la vecina del ático. Y es curioso, porque años después, y con la familia ampliada, nos volvimos a poner pelucas en otro concierto. 

He perdido la cuenta de los conciertos (no de las pelucas), y es que en Madrid siempre hay algo que hacer, y el tiempo parece pasar más rápido.

Hubo una vez en que mis amigos de Figueres, esa familia que no se escoge, aparecieron por sorpresa en la Plaza de Santa Ana para pasar juntos mi cumpleaños. No puede casi ni llorar, empecé a soltarles una ristra de improperios que acabaron en un abrazo gigante y en una noche de no dormir. O esa vez en que ella, la mitad del huevo[1] vino a buscar la nota de su examen y acabó rescatándome del hundimiento. O aquella vez en que nos perdimos de camino a casa, estando al lado, y siendo vecinas. O cuando nos encontramos por casualidad en aquel concierto. O cuando fuimos al pueblito. O ese café que acabó en Paloma. O cuando nos conocimos un martes y acabamos probando las mejores bravas de Madrid. O ese día en que nos cruzamos y comimos juntos sin esperarlo. O ese brunch que se alargó hasta la noche. O cuando te escuché tocar por primera vez. O ese día en que vimos que los gatos bebés no me dan alergia. O cuando nos presentaron en aquel cumpleaños en la calle Barco. O cuando soplé unas velas con un siete que no tocaba. O ese día.

Muchos días. Hay uno que recuerdo especialmente, acabé tomando un café con leche sin lactosa, en termo, no muy caliente, también era domingo, pero de primavera, y hacía sol. Ese día gané dos amigos, y un tesoro, pero esto, también lo descubriría tiempo después. Y es que Madrid es una ciudad de lecciones tardías, su bullicio, su belleza parece nublarte a veces la vista.

Cuando pasaron muchas de estas cosas ya vivía al lado de Villafranca, ahí donde pensaba que nunca iba a volver. Pero resultó que aquella calle estrecha, casi invisible, sería una gran avenida de sonrisas, mi hogar. 

1204 días. 

Al leerme, pensarás, ¿sólo te pasan cosas buenas? No, es cierto. En Madrid también he tenido tiempo para llorar, para echar de menos el mar, pera enfadarme, para luchar contra las causas injustas. He tenido tiempo para pensar en no salir de casa en días, pero luego, hacía memoria y pensaba en todos los que estáis aquí, “en Buenos Aires y en Berlín, estáis callados pero sé que estáis aquí”.


Y así, como si de un dietario adolescente se tratara, tenía ganas de compartir lo que han sido estos 9 años en Madrid, porque sí, siempre fui de números impares.








[1] Ella es Clara, yo Gemma. Un huevo.

17 de octubre de 2018

Vuelven los abrigos en Madrid.


Es curioso como me pido disculpas después un largo periodo sin escribir. Los que bien me conocen saben que nunca me faltan cosas que contar, sólo tiempo para poner las ideas y las palabras en su lugar.

Saliendo hoy de casa recordé la entrada que dediqué al tiempo de Madrid, donde las estaciones dejaron de existir pese a nuestra testaruda resistencia. Solamente mucho frío y terrible calor.

Realmente creo que el clima, o el cambio climático, nos dan absolutamente igual, somos animales de costumbres, y la toma precipitada de decisiones nos abruma. O puede que realmente sea el miedo a algo nuevo, que año tras año, parecemos dejar en el más absoluto olvido.

En una ocasión también escribí acerca de los miedos y supongo que por eso el texto jamás vio la luz. Repensé los míos, hice memoria de mis temores al tiempo que me autocomplacía con los triunfos y decisiones tomadas. Era algo así, como un manual de supervivencia a uno mismo.

Pero a lo que iba, a lo nuevo, a esa corriente que nos sorprende entre calles, ese soplo de aire frío que a veces puede hasta parecernos agradable si no prestamos resistencia. Pero generalmente, y como decía, somos toscos y antipáticos con nosotros mismos y nos maltratamos pensando que lo nuestro, lo viejo, es siempre mejor, como las sandalias con calcetines.

O los cuadros con flores, ¡cuántas veces habré pensado que era demasiado arriesgado!

Creo que he perdido la práctica en esto de contar cosas, nunca llamé las cosas por su nombre, y me fui por las ramas para explicar algo sencillo.

Este verano, y digo verano para que me entendáis mejor, lo que en Madrid conocemos como el infierno del calor, pude comprobar en mis propias carnes que ser valiente tiene un precio, pero que vivir atascado jamás es una opción.

¿Crees que es un buen día para llevar paraguas? Llévalo. ¿Piensas que el abrigo no te va a sobrar? Cógelo. Recuerda que el año pasado, hiciste lo mismo, te mojaste y pasaste frío, y a lo mejor, hasta te olvidaste de disfrutar de la corriente en las esquinas, pero no, querido lector, ha llegado lo que el mundo conoce como otoño, donde el crepitar de las pocas hojas hace de los paseos una maravilla, donde un café al sol sabe tres veces mejor, donde las siestas con manta apetecen con o sin compañía, donde los días se acortan antes, y los atardeceres de Madrid te pueden llegar a sacar una sonrisa.

Tenía ganas de contar esto, mucho, todo y nada, con este cripticismo que tanto me caracteriza, y que algunos, no muchos, son capaces de descifrar.

Hoy hace sol, me conformaré con el abrigo.




(Sin saberlo, escribí estas palabras el Día de las Escritoras. El otro día, un buen amigo apuntaba que se haría famoso a los cincuenta, como Bukowski. Creo que coincidiremos...)

16 de mayo de 2018

Calle Felipe IV, 4.


casualidad
De casual1 e -idad.
1. f. Combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar.


He tenido que buscar el significado en la RAE, y mira que los académicos y yo, por lo general no nos llevamos nada bien. Aceptan güisqui como correcto, y no madrileñear, por ejemplo. Mal, muy mal.

He buscado lo de casualidad porque estos días ando enfrascada pensando en ella, o en ellas. Estos señores lo dejan claro, “no se pueden prever ni evitar”, ya, sí, muy bien. Pero me parece una definición de lavada-de-manos total.

Una casualidad podría ser, cruzarte varias veces con una misma persona en las escaleras del metro, pero no, espera, es que a lo mejor tenéis los mismos horarios.

Una casualidad podría ser, encontrarte con un billete de 50 delante de las lechugas del supermercado. Sí, esto sí, pero me sentí mal, y los devolví a la caja. Claro, esto tampoco lo sería, sería un golpe de suerte, y luego mi pardillismo, que iría por otro lado.

Una casualidad podría ser, vestirte igual que tu amiga para ir a tomar unas cervezas. Pero tampoco. Si os comprasteis lo mismo ese día, podía ocurrir, ¿no?

Una casualidad podría ser, hablar de ti por la mañana, y encontrarnos en la calle la misma noche. Creo que esta sí. Ni prever, ni evitar.


Una casualidad podría ser… No, espera un momento, ¿y, si lo que no hacemos de manera consciente se manifiesta en nuestra vida como destino, como decía Jung?

Puede que haberme mirado demasiado al ombligo me haya hecho olvidar las cuánticas posibilidades infinitas. No puedo dejar de pensar en que la vida es ciencia, y la ciencia tiene explicación para casi todo, y digo casi, porque me tortura lo del gato de Schrödinger.

Entonces, si las casualidades no existen, ¿tengo que pensar que vivo en un caso que todavía no comprendo?

Una casualidad podría ser, mirar el reloj todos los días a la misma hora. Esto creo que tenía un nombre, espera... Son las 17:14.

Supongo que no es casual que hayas llegado hasta aquí, porque era algo que podías evitar. Puede que hayas llegado con una sonrisa perenne. Y puede que ahora estés haciendo ademán de quitártela. 

Puede que sea demasiado nefelibata, pero creo que sí, que en Madrid hay circunstancias que superan el caos, las casualidades existen. 




23 de marzo de 2018

Ante todo, Madrid siempre será verde.


Llevo todo el día con ganas de hablar, de hablar de verdad. Lo he intentado, pero parece que hoy los astros se alinearon con otros, y me quedaste tú, papel en blanco, siempre tan dispuesto a dar la cara.

Han pasado 11373 días desde que vi la primera luz, algo así como 31 primaveras recién estrenadas. Si miro por el retrovisor, veo un atasco de decisiones, y en contra de lo que haría Christopher John Francis Boone, obviaría todas las rojas.

Y tú, querida hoja en menos blanco, que puedes cambiar de género a discreción, estarás pensando, ¿a qué se refiere con decisiones rojas? Son todos esos momentos que guardaré bajo llave el resto de los días, de los que no me enorgullezco, y que osaron romper la hegemonía de ese verde que veía crecer.

No recuerdo el detonante, ni exactamente el día, pero fue durante la adolescencia cuando empecé a pensar en que, si disfrazaba la realidad, podía ser carnaval todo el año. Si no acudía a las citas, siempre había un motivo, si llegaba tarde, siempre era culpa de otros.

De entre las decisiones rojas, también está el cambio de rumbo en medio del temporal, cuando comía por tres y no saciaba nunca. Por aquel entonces, empecé a fumar. Otra realidad que disimulé por un padre exfumador.

El otro día sentí hacer las paces con parte de ese yo, cuando alguien me dijo, “siempre fuiste de letras”. Yo, que me peleaba con la calculadora para poder hacer integrales y entender la velocidad constante de los satélites. Yo, que deseaba tener un título de inglés. Yo, que conseguía hacer música entre el blanco y el negro. Ese yo.

Ese yo, también empezó la carrera de historia, un 5 de octubre que no olvidaré jamás. Empecé con mal pie, o puede que no fuera el pie.

De las verdes, de las que sí veo mirando atrás, la mudanza exprés a la ciudad Condal.

Nunca fui una niña de manual, creo que no. Y en eso momento, contra todo pronóstico, estaba empezando una ruta por lo desconocido, el desconocimiento de hacer lo que no esperan que hagas, la ruta que me ha llevado a estar parada en este coche, mirando en el espejo con olor a pino. Empecé y reempecé. Tejí las redes de una telaraña que hoy sigue siendo un “salvamomentos”.

La ruta, tiene muchas paradas encajonadas, a cal y canto.

Siempre me enorgullezco de la cultura cafetera que forjé en esta nueva ciudad de acogida, en esta Madrid castiza. Tuve un verano para pensar en plan, quizás planificar una nueva ruta, que inicié a trompicones, ahora lo veo. No me di la oportunidad de aprender, de crear una nueva telaraña, porque me convertí en mosca, y fui devorada por las circunstancias. Una no-decisión demasiado roja.

No me resistí demasiado a Belcebú, que decidió darme indulto, y dejarme en una vida sin más. Rojo. Mucho rojo.

Conocí por aquel entonces un nuevo mar, una nueva ola, una nueva brisa que hizo tambalear la telaraña de las circunstancias y de mosca, pasé a mariposa. Con un aleteo cambié demasiadas cosas, y sentaron pesadas a la digestión de muchos. Sin duda, volví a ver el verde.

Desde aquel día, pensé en no ser jamás verde. Pensé en ser, sólo ser.

Siendo, he visto el mundo con otros ojos. He visto a otros, que también parecían cuestionarse sus rojeces. Siendo, he aprendido a llorar con la cabeza alta, y a lágrima tendida, ante ti, hoja en no blanco.

Hoy el castillo de naipes me cayó encima. La reina de corazones, con esa cara impasible, me recordó de nuevo todos aquellos rojos, los que creía tener bien cerrados. Volví a sentirme mosca, y volví a ver todo con ojos de colador.

Deseo que acabe el día, llegar al 11374, volver a ser. Ser sin ti.




Y ya Siendo, querido documento, que en algún momento fuiste blanco, gracias por ser unos oídos, unos ojos, unas manos, un abrazo, gracias por este saber estar.



16 de octubre de 2017

Madrid: cuando es duro estar lejos de las llamas.

Recuerdo aquella noche sin casi dormir. El recuerdo de aquellos bosques que había visto crecer, encinas y pinares, robles, jaras. Donde crecía el musgo del pesebre, y las setas que tan cuidadosamente sabía recoger mi abuelo. Quedaba reducido a cenizas, aquel paisaje maravilloso y funesto que años atrás había acogido a tanta gente que huía de su casa, para llegar a tierra prometida.

Las llamas tenían una virulencia espectacular, parecían bailar un vals, ¿el Danubio Rojo? Parecían parejas desordenadas, sin orden ni consenso, con un único fin, tintar mis pupilas pardas del rojo sangre. Grabar aquellas imágenes a fuego.

El número de besanas quemadas crecía exponencialmente, al tiempo que el verde mediterráneo perdía sus componentes y quedaba reducido al más oscuro de los negros.

Días después, cuando los lugareños ya habían empezado a avistar algunos brotes, me acercaba a aquel maravilloso lugar, casa. Mis padres me recogieron cuando pasaban diez minutos de las once de la mañana de un sábado soleado, de los de cielo azul y viento cero.

Después de unos cuantos quilómetros comentando la semana, aquel olor a tierra quemada se posó en mis pituitarias para quedarse, todo aquel fin de semana, y creo que el resto de mi vida.

Aquella recta, antes de subir a las curvas del pantano era desoladora, ni pastos, ni pinos, ni absolutamente nada. Troncos marchitos, y alguna que otra máquina agrícola varada. Nada más.

Negro. Azabache. Marrón oscuro. Atisbo de verde. Negro.

Sin recordar precisamente el punto, sí sentí como una gota salada se adueñaba de mis labios. Después de aquella, vinieron otras muchas.

Y justo hoy, esta mañana, al despertar los noticiarios parecían haberse puesto de acuerdo para repetir las imágenes de aquel día, una tras otra. En silencio, me di cuenta que hoy la que ardía era la casa de otros. Un trozo de casa muy grande y muy verde.

Imágenes candentes. Coches calcinados. Caminos cortados. Cadenas de cubos. Pueblos devastados. Y sueños truncados.


El fuego es así, vil y traicionero. 

30 de septiembre de 2017

Metro de Madrid: un trayecto largo.

El tatuaje del chico de enfrente no ocupa más de media pierna, pero es largo, más que un día sin pan, diría, he intentado leerlo ya un par de veces, pero la tipografía o la caligrafía no fueron demasiado bien elegidas. Está intentado adivinar lo que escribo, pero como su pierna, mi cuaderno es indescifrable.

Dos estaciones.

Ella está leyendo, adoro las señoras que cubren sus libros con papel de regalo intentando ocultar las portadas de Christina Dodd, o las historias de Grey. O puede que no, que sólo quisiera proteger las tapas blandas de las profundas magulladuras de bolso.

Tres estaciones.

¡Él sí que es un dandy! Anonadada. Camisa entre abierta, azul celeste. Pantalones tweed gris claro, con los detalles en azul y negro. Sin calcetines. Pantone 14-4110 TCX de charol en los pies. De estar en un espacio más amplio me arrodillaría ante él, resulta cierto el dicho de “a la vejez, viruelas”.

El metro pierde velocidad y se detiene en un oscuro túnel, negro, con un silencio vacío parecido al de las películas del espacio.

Llegamos. Una estación.

Y los vigilantes de seguridad, siempre me pregunté qué condiciones hay que cumplir para ello. ¿Tener mucha tripa para que el chaleco naranja sea más reflectante? ¿Ser lo que llamaríamos, potencialmente feo para no distraer a maquinistas y pasajeros? ¿Seguir usando un Nokia 3210 para que la batería aguante toda una jornada laboral bajo tierra?

Cinco estaciones.

Descubrí hace tiempo que los maquinistas no son como los presentadores de noticias, debajo de la camisa horrible de rallas verticales no llevan pantalones cortos o zapatillas de running. Fue un chasco.

Dos más.

Esta vez, por suerte, no coincidí con los llamados músicos impertinentes que, sin pedir permiso, te deleitan con sus mejores gallos encima de músicas enlatadas. ¡Menudo placer!


Una parada.

Y así no es como me imaginaba, con pocos años, los hambrientos gusanos de velocidad, ni aquí ni en la China.

Túnel.

Los trayectos largos te permiten hacer un sinfín de cosas, escuchar música placentera con los auriculares puestos, leer libros sin vergüenza, escribir, mirar, pensar, crear, soñar, y a algunos hasta dormir.

Túnel.

Y yo, sin querer, demasiadas veces, opto por mirar, por escudriñar, por crear historias detrás de cada abrigo, de cada teléfono. Seres, gente, personas, en ocasiones perros, todos con una larga vida por delante, que seguramente, al mirarme hacen eso mismo, inventarme. Y sí, cada día es un buen momento para reinventarse, para salir del túnel y ver el Sol, como pasa en la estación de Lago.

Perdí la cuenta de estaciones.

Señores pasajeros, Metro de Madrid informa que por motivos ajenos al servicio esta historia no ha hecho más que empezar.


¿Vamos?

23 de agosto de 2017

Madrid: nadie por las calles.

Los veranos en Madrid generalmente son más largos, y no por fechas, porque las estaciones vienen dictadas, sino por el calor, terrible y abrasador, que hace los días eternos. Los semáforos dejan de cumplir su función, como si también estuvieran de vacaciones. Podría ser por ello que no queda nadie por las calles.

Y con esta realidad, no puedo no pensar en una canción de alguien conocido, que podría convertirse en banda sonora de los caminos a casa.

De día, de noche, Madrid siempre gusta, pero quedarse aquí, más que un castigo puede ser un premio. Respirar más limpio, poder andar mirando azoteas, volver a sucumbir a la curiosidad, como viendo una ciudad desconocida. Y también el desconocimiento nace de los caminos alternativos al volante, esquivando sagazmente los miles de calles cortadas por obras.

¡Atención, suelo recién pintado! Si por algún casual cayera en el error del blanco nuevo, dejaría huella ahí donde fuera, como las migas de Hansel y Gretel, que los acompañaron hasta la famosa casita de chocolate, donde había una manzana envenenada. Ah, no, esto era de otro cuento.

Los metros tardan más en pasar y en los andenes parecemos aguardar en silencio, como si no quisiéramos interrumpir el sueño de una noche de verano. ¡Qué distinguidos!

Pero demasiadas veces olvidamos lo que tenemos, nos quejamos por vicio, y necesitamos alguien que nos dé la razón. ¡Qué malos son los veranos en Madrid! Seguramente, por ello, todos huyan, sin pensar lo que dejan en casa, lo que queda, los que quedan.




“Señores pasajeros, por motivos ajenos a Metro de Madrid, les informamos que esta ciudad tiene más luz”. ¿No la veis? Las lunas, como los sueños, van y vienen, y siempre vuelven. Como volverán todos los que pensaron que los veranos en Madrid eran demasiado terribles.

Hoy siento que volví. Hoy sentí las calles más vacías. Hoy volví a pisar el suelo. Hoy me di cuenta de lo ciega que fui. Hoy me doy cuenta de que Madrid es para mí. Hoy me doy cuenta de que soy nadie.


Nadie por las calles.