7 de enero de 2020

Madrid queda lejos y no tiene mar.


Me arrepiento de no mantener a los lectores al día, me disgusta no encontrar tiempo para ordenar las notas analógicas que, como siempre, me acompañan.

Octubre de 2019.

Todavía es verano, pero los días son cada vez más cortos. Madrid queda lejos y no tiene mar. 

El viento me impide sujetar el papel con normalidad y será complicado reescribir esto. Una vez en tierra procrastinaré la puesta a punto, porque todo habrá cambiado, lo presiento. A izquierda y derecha todo es azul, todo es mar, el mismo que respiro cuando voy a casa, como el viento, primo de la tramontana que todos los males se lleva. Cerca, la nada.  

Sigo pensando en lo curioso de las casas flotantes de gran tamaño, un eufemismo de barco, vaya. Cuando llegué a la cubierta, muerta por la curiosidad de la primera vez, pensé haberme confundido y estar asistiendo a un congreso anual de leones marinos. Había tumbonas que tenían la forma de todas y cada una de las arrugas de los septuagenarios de abordo. Me llamó la atención, pues todos y cada uno de los días, parecían varar en el mismo sitio como si de una rutina se tratara.

De noche todo se volvía mágico, de los colores más estridentes a la negrura estrellada.

Aprendía lo complicado que puede ser estar sola durante los días de navegación y me compadecí por toda aquella gente que trabaja surcando turistas a lo largo de nueve meses. Tenía, de nuevo, la suerte de refugiarme en un café caliente y en unas notas mal tomadas. Ya frío. 


Pero no todo es angosto. Descubrir rincones de las ciudades de parada, o buscar una sonrisa de complicidad de alguien que ya dejó de ser desconocido, o abrazar a los amigos, o pensar en los que están en tierra, o… soñar despierta, todo esto es posible cerrando los ojos y oliendo sal.




Días más tarde, con el mal del marinero en tierra mi vida se ponía patas arriba.



3 de marzo de 2019

Quinientos veinticinco mil seiscientos momentos.


Era el 7 de mayo del 2000, pronto hará diecinueve años de ese día de teatro. Hundida en esas butacas de terciopelo rojo, junto a mis padres, conocí el que sin duda sería y es EL musical: RENT.

Unos andamios simulaban ser edificios, balcones, escenarios. No hacía falta mucho, Daniel Anglès era el primer Mark que conocía. Ya con ello estaba todo.

Sin saber muy bien por qué, aquella melodía quedó impregnada en mi cerebro y años más tarde resurgiría de la memoria para convertirse en un leitmotiv. No day but today.

Gracias a RENT sé cuantos minutos tiene un año y descubrí que strife era un sinónimo de lucha. Entendí que pase lo que pase, los tuyos siempre van a estar ahí.

Sin saber muy bien cómo, llegué a la película de 2005, de Chris Columbus, sí, el padre de los Gremlins o los Goonies, quien nos había enseñado a Macaulay Culkin sólo en Nueva York y nos había dirigido hacia La Señora Doubtfire. Curioso pensar en la magia de Jonathan Larson y Harry Potter como algo tan imposiblemente cercano.  

Asalté un par de videoclubes para tener una versión de la película en cada casa, era como parte de mí, necesitaba tenerla cerca, a mano, para cuando hiciera falta. Hasta en una ocasión se la puse a mi prima de pocos años cuando le hacía de canguro, sí, una película donde aparecen homosexuales, transexuales y donde el principal problema del Nueva York de los noventa eran las drogas y el SIDA. No sufráis, ella salió bien y todavía se acuerda.

Hasta en una de las visitas a la ciudad que nunca duerme, paseando por las calles de Broadway, no pude resistirme a comprar el libro de partituras adaptadas a piano, por si algún día…

I’m not alone, dice ese número de Mark y Roger en la azotea. Es uno de mis puntos débiles, o ese Life Support o el Will I?, que si todavía no conocéis deberíais estar dejando de leer y poneros a buscarlo. Porque pese a que todo parezca una mierda, de todo se sale.

Esta semana, hablando con alguien especial, comentábamos el por qué de las preocupaciones absurdas, la gilipollez de “los problemas del primer mundo”, cuando hay cosas por las que verdaderamente vale la pena parar. All your perfect imperfections.

No puedo mentir, con RENT lloro, mucho. Es algo así como una sinfonía de emociones, desde el mezzopiano en melancolía al fortissimo canto a la vida, porque así es como empieza el primer acto de la Bohème[1] de Puccini, con doble efe, allegro vivace.  

Hoy volví al rojo, bermejo, como el de aquellas butacas de hace tanto tiempo.
'Cause everything is RENT.









[1] Basada en la novela Scènes de la vie de bohème, de Henri Murger. Historias de jóvenes bohémios en el Barrio Latino de París en 1840.

Jonathan Larson, en 1996, inspiró su historia y sus personajes en los de la ópera, compartiendo nombres y algunas profesiones. Hace un buen tributo a ella con La vie bohème, uno de los números corales más reconocidos del musical.  


21 de febrero de 2019

La Luna me vino a buscar.


Hoy vi que en mi instituto abrían el plazo para mandar los textos a unos premios literarios. Me quedé parada, pensando, y mirando el enlace, ¿sería apto para exalumnos? Seguramente no.

Empecé a pensar en las cosas que había escrito y habían sido publicadas. No recuerdo exactamente si fue en 1995, o quizás en el noventa y seis, que gané los Jocs Florals en el colegio. Si usáis Google Translate, puede que os ponga algo así como “juegos florales”, y si buscáis el significado, poco tenían que ver con los juegos romanos dedicados a la diosa Flora.

En 1323 en Tolosa (dónde todo lo saben), fundaron una academia poética con el objetivo de conservar la lírica trovadoresca. Seguramente por la época también usaban cuervos, como en Juego de Tronos, y la tradición llegó a Catalunya. La historia es incierta, y depende del manual la contarán de una u otra forma, pero algo que tenemos todos claro es que en la revolución francesa se cortaron cabezas, alas y manos, y la poesía quedó como en suspenso, a resguardo de buenos cajones. En el siglo XIX se retomó el movimiento en ambos territorios y de ahí, sí que bebían mis Juegos Florares, un certamen literario a pequeña escala y con distintas categorías. Nunca fui buena en poesía, se me daban bien los caligramas y los cuentos, contar historias, así, a mi manera.

Y después de este paréntesis histórico, vuelvo a mediados de los noventa. Estaba en la clase de Núria, en el ala vieja, cerca de la cristalera y los baños, el mejor sitio donde poner los tiestos de las plantas que habíamos germinado. En ese entorno tan afable, y a la vez tan hostil, nació la historia de Shanadi, así se llamaba el protagonista de mi historia, algo así como un Aladdín de la vida, que a ratos bebía de Robin Hood. Escribí con letra ligada una página por las dos caras. El dibujo que puse al final, también lo copiaron en la revista del colegio, fotocopiada y grapada, con portada de color.

En éxito fue tal, que creí haber superado García Márquez, a quien, por aquel entonces, todavía no había leído. Todo quedó ahí, en el olvido, en el cajón de la máquina de coser de mi madre, me pregunto hoy como llegó ahí.

La fantasía fue perdiendo fuelle en mis historias, me consideré siempre una buena relatora de una realidad disfrazada, la mía.

Años después, sin dejar nunca de escribir gilipolleces. Porque sí, yo era de esas que estrenaba libretas a modo de diario personal cada semana, y no porque las rellenara de letras o pensamientos, sino porque o las perdía de vista en mi disciplinado desorden o porque no me parecían lo suficientemente válidas para contener mis pesados pensamientos.

Paro. Hago otro inciso. El otro día leía que alguien, algún escritor de pro, había escrito las principales características que tiene que tener un buen texto, y si mal no recuerdo, decía algo así como “nunca empezar frases con Y…”, “no abusar de adjetivos y adverbios”,… fantochadas, yo escribo como me da la gana.

Sigo. Ya en tercero de la ESO, lo que vendría siendo en antiguo primero de BUP, tuve un profesor de lengua y literatura algo peculiar. Bueno, no era “algo peculiar”, era MUY peculiar. Tenía todos los tics habidos y por haber, la clase de diptongos era como un bocadillo onomatopéico de Tintín. Encendíamos incienso en clase fingiendo un incendio y colaba, dibujábamos globos en la pizarra y al borrarlos dábamos el carpetazo. Creo que suspendí más de la mitad de los exámenes de verbos por olvidar poner el nombre en el examen. Pero ese señor, con todo lo que tenía, era un apasionado de la lectura. Nos comentó que había unos premios literarios en los que él estaba de jurado junto a otros tantos profesores y personalidades del mundillo, y nos animó a todos a escribir algo con cara y ojos.

Me costó mucho. No sabía por donde empezar, la verdad. Había perdido la inocencia, tenía miedo al blanco. Y no recuerdo si la lámpara de Tiffany de tortuga apareció antes o después, pero así se llamaba la historia: Tiffany. Era una entrañable historia entre Ernest y su abuelo, un chico discapacitado y un mayor desatendido. Qué curiosa que es la vida, defendía ahí la importancia de los mayores, y desde la distancia, creo que no miré bien a los míos.

Volviendo al concurso, en clase ganamos tres, el triunvirato de mejores amigas. También ganó un chico de la otra clase, alguien que también acabaría siendo importante. Pero realmente, todavía no habías ganado nada, nos acababan de dar el peso de la responsabilidad de defender nuestro instituto ante otros que ni conocíamos. La espera desesperaba.

Hasta que un día llegó la notificación, estábamos los cuatro invitados a un hotel en Barcelona, con nuestras familias. Ostras, que nos teníamos que vestir bien, creo que por entonces eso fue lo más dramático. Fuimos y vencimos. Contado así queda como muy heroico, pero ese día tuvimos que pelar langostinos con cubiertos y descifrar para qué servían tantas copas y cubiertos.

Tuvimos foto de familia, los cuatro con el libro, con una portado que considero horrenda, color azul instituto. Os hacéis una idea, ¿verdad?

Pues lo que os decía, fui publicada dos veces, tuve un Fotolog en el que escribía cada dos o tres días,  donde las letras de canciones y los poemas de Pizarnik eran lo más, sobre todo por ser palabras bonitas de otros. Seguí estrenando cuadernos, y lo sigo haciendo, como si fueran pensamientos inconexos, desordenados. Empecé un blog que dejé por hastío y que retomé con ilusión, y hoy, después de haber visto una luna grande, viva, como si sobresaliera de la negrura, me acordé de todas esas letras perdidas, de todos esos textos encajonados.

16 de noviembre de 2018

Madriversario.


Dejé pasar la fecha, casi adrede, escudándome en la falta de tiempo. Cierto es que de esto último no andaba sobrada, pero sí que he podido pensar en estos 3287 días en Madrid.

Llegué un domingo de hace 9 años, era tan de noche que solo recuerdo las luces rojas de los coches yendo a lo que sería mi nueva casa, por lo menos durante un tiempo. No hace mucho encontré ese billete de tren,  Barcelona - Madrid, sólo de ida.

Me costó despertarme, era un lunes algo tristón, y parecía que Madrid había quedado desierto. Guti no estaba convocado para el partido contra el Alcorcón y Mecano publicaba una canción inédita llamada María Luz.

Recuerdo perfectamente dónde y qué comí, rabo de toro en la calle Villafranca, muy cerca de las Ventas, y del que años después sería mi barrio, pero por aquél entonces ni lo imaginaba. Atónita me dejó aquella cabeza de animal pegada en la pared, que a cada mordisco parecía mirarme de reojo.

Era un 9 de noviembre, y es mi “madriversario”.

Los primeros días no llegaron ni a ser complicados. Decidí descubrir las líneas de autobús, perderme por Madrid, ubicar el hospital más cercano y apuntarme a clases de francés.

Como ya comenté en las primeras entradas de esté blog, tuve algunos disturbios en los bares por el formato del café con leche, hoy lo veo lejano, y ya suelto sin titubear “un café con leche en vaso con la leche de soja y con la leche templada”.

Descubrí el barrio de las Letras y la calle Huertas de noche, y es que los buenos amigos de la Ciudad Condal, saben lo que es bueno. 

Pocos días después, empezaba ya a mover las manos, porque sí, a esto vine, quería ser intérprete de lengua de signos. Éramos una multitud en clase, tres chicas dispares con un objetivo común. 

Hicimos buenas migas, una cosa llevó a la otra, y fue esa chica de pestañas largas la que me acercó a la calle de veintiún bares. Aquella noche conocí a alguien, quién creí que cambiaría mi mundo, y sí, lo hizo, para crecer como persona, para ser más valiente en la toma de decisiones y para ser quién soy hoy, pero esto, como tantas otras cosas, lo descubriría a destiempo, años después.

Hice una entrevista de trabajo, pésima, por cierto. A aquella chica, le caí mal, lo que nadie me dijo, es que, al tiempo, sería alguien indispensable. Entretanto, pasé por la universidad y empecé una carrera, o dos. Una mía, y otra ajena.

Con todo, ya llevaba más de 114 semanas, algo así como 793 días.

Hice otra entrevista de trabajo, y bueno, fue algo mejor, a los dos días empezaba una nueva aventura en la que sigo, hasta la fecha.

Resultó extraño al principio, tenía que moverme de un lado para otro, optimizando tiempos y sin perderme. ¡Suerte de aquellas primeras semanas en Madrid!, pensé. Pero luego acabé pisando sitios inhóspitos que mi mente ha decidido borrar el mapa. Gajes del oficio. 

Resulta que la chica a la que caí mal, también era norteña, será por eso que en un principio no encajamos. Empezamos a ir a conciertos como locas, el primero, uno de Los Niños Imantados que, para los poco puestos, es la versión carnavalera de Love of Lesbian, nos pusimos una peluca rubia, y durante unas horas, fuimos Marlene, la vecina del ático. Y es curioso, porque años después, y con la familia ampliada, nos volvimos a poner pelucas en otro concierto. 

He perdido la cuenta de los conciertos (no de las pelucas), y es que en Madrid siempre hay algo que hacer, y el tiempo parece pasar más rápido.

Hubo una vez en que mis amigos de Figueres, esa familia que no se escoge, aparecieron por sorpresa en la Plaza de Santa Ana para pasar juntos mi cumpleaños. No puede casi ni llorar, empecé a soltarles una ristra de improperios que acabaron en un abrazo gigante y en una noche de no dormir. O esa vez en que ella, la mitad del huevo[1] vino a buscar la nota de su examen y acabó rescatándome del hundimiento. O aquella vez en que nos perdimos de camino a casa, estando al lado, y siendo vecinas. O cuando nos encontramos por casualidad en aquel concierto. O cuando fuimos al pueblito. O ese café que acabó en Paloma. O cuando nos conocimos un martes y acabamos probando las mejores bravas de Madrid. O ese día en que nos cruzamos y comimos juntos sin esperarlo. O ese brunch que se alargó hasta la noche. O cuando te escuché tocar por primera vez. O ese día en que vimos que los gatos bebés no me dan alergia. O cuando nos presentaron en aquel cumpleaños en la calle Barco. O cuando soplé unas velas con un siete que no tocaba. O ese día.

Muchos días. Hay uno que recuerdo especialmente, acabé tomando un café con leche sin lactosa, en termo, no muy caliente, también era domingo, pero de primavera, y hacía sol. Ese día gané dos amigos, y un tesoro, pero esto, también lo descubriría tiempo después. Y es que Madrid es una ciudad de lecciones tardías, su bullicio, su belleza parece nublarte a veces la vista.

Cuando pasaron muchas de estas cosas ya vivía al lado de Villafranca, ahí donde pensaba que nunca iba a volver. Pero resultó que aquella calle estrecha, casi invisible, sería una gran avenida de sonrisas, mi hogar. 

1204 días. 

Al leerme, pensarás, ¿sólo te pasan cosas buenas? No, es cierto. En Madrid también he tenido tiempo para llorar, para echar de menos el mar, pera enfadarme, para luchar contra las causas injustas. He tenido tiempo para pensar en no salir de casa en días, pero luego, hacía memoria y pensaba en todos los que estáis aquí, “en Buenos Aires y en Berlín, estáis callados pero sé que estáis aquí”.


Y así, como si de un dietario adolescente se tratara, tenía ganas de compartir lo que han sido estos 9 años en Madrid, porque sí, siempre fui de números impares.








[1] Ella es Clara, yo Gemma. Un huevo.

17 de octubre de 2018

Vuelven los abrigos en Madrid.


Es curioso como me pido disculpas después un largo periodo sin escribir. Los que bien me conocen saben que nunca me faltan cosas que contar, sólo tiempo para poner las ideas y las palabras en su lugar.

Saliendo hoy de casa recordé la entrada que dediqué al tiempo de Madrid, donde las estaciones dejaron de existir pese a nuestra testaruda resistencia. Solamente mucho frío y terrible calor.

Realmente creo que el clima, o el cambio climático, nos dan absolutamente igual, somos animales de costumbres, y la toma precipitada de decisiones nos abruma. O puede que realmente sea el miedo a algo nuevo, que año tras año, parecemos dejar en el más absoluto olvido.

En una ocasión también escribí acerca de los miedos y supongo que por eso el texto jamás vio la luz. Repensé los míos, hice memoria de mis temores al tiempo que me autocomplacía con los triunfos y decisiones tomadas. Era algo así, como un manual de supervivencia a uno mismo.

Pero a lo que iba, a lo nuevo, a esa corriente que nos sorprende entre calles, ese soplo de aire frío que a veces puede hasta parecernos agradable si no prestamos resistencia. Pero generalmente, y como decía, somos toscos y antipáticos con nosotros mismos y nos maltratamos pensando que lo nuestro, lo viejo, es siempre mejor, como las sandalias con calcetines.

O los cuadros con flores, ¡cuántas veces habré pensado que era demasiado arriesgado!

Creo que he perdido la práctica en esto de contar cosas, nunca llamé las cosas por su nombre, y me fui por las ramas para explicar algo sencillo.

Este verano, y digo verano para que me entendáis mejor, lo que en Madrid conocemos como el infierno del calor, pude comprobar en mis propias carnes que ser valiente tiene un precio, pero que vivir atascado jamás es una opción.

¿Crees que es un buen día para llevar paraguas? Llévalo. ¿Piensas que el abrigo no te va a sobrar? Cógelo. Recuerda que el año pasado, hiciste lo mismo, te mojaste y pasaste frío, y a lo mejor, hasta te olvidaste de disfrutar de la corriente en las esquinas, pero no, querido lector, ha llegado lo que el mundo conoce como otoño, donde el crepitar de las pocas hojas hace de los paseos una maravilla, donde un café al sol sabe tres veces mejor, donde las siestas con manta apetecen con o sin compañía, donde los días se acortan antes, y los atardeceres de Madrid te pueden llegar a sacar una sonrisa.

Tenía ganas de contar esto, mucho, todo y nada, con este cripticismo que tanto me caracteriza, y que algunos, no muchos, son capaces de descifrar.

Hoy hace sol, me conformaré con el abrigo.




(Sin saberlo, escribí estas palabras el Día de las Escritoras. El otro día, un buen amigo apuntaba que se haría famoso a los cincuenta, como Bukowski. Creo que coincidiremos...)

16 de mayo de 2018

Calle Felipe IV, 4.


casualidad
De casual1 e -idad.
1. f. Combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar.


He tenido que buscar el significado en la RAE, y mira que los académicos y yo, por lo general no nos llevamos nada bien. Aceptan güisqui como correcto, y no madrileñear, por ejemplo. Mal, muy mal.

He buscado lo de casualidad porque estos días ando enfrascada pensando en ella, o en ellas. Estos señores lo dejan claro, “no se pueden prever ni evitar”, ya, sí, muy bien. Pero me parece una definición de lavada-de-manos total.

Una casualidad podría ser, cruzarte varias veces con una misma persona en las escaleras del metro, pero no, espera, es que a lo mejor tenéis los mismos horarios.

Una casualidad podría ser, encontrarte con un billete de 50 delante de las lechugas del supermercado. Sí, esto sí, pero me sentí mal, y los devolví a la caja. Claro, esto tampoco lo sería, sería un golpe de suerte, y luego mi pardillismo, que iría por otro lado.

Una casualidad podría ser, vestirte igual que tu amiga para ir a tomar unas cervezas. Pero tampoco. Si os comprasteis lo mismo ese día, podía ocurrir, ¿no?

Una casualidad podría ser, hablar de ti por la mañana, y encontrarnos en la calle la misma noche. Creo que esta sí. Ni prever, ni evitar.


Una casualidad podría ser… No, espera un momento, ¿y, si lo que no hacemos de manera consciente se manifiesta en nuestra vida como destino, como decía Jung?

Puede que haberme mirado demasiado al ombligo me haya hecho olvidar las cuánticas posibilidades infinitas. No puedo dejar de pensar en que la vida es ciencia, y la ciencia tiene explicación para casi todo, y digo casi, porque me tortura lo del gato de Schrödinger.

Entonces, si las casualidades no existen, ¿tengo que pensar que vivo en un caso que todavía no comprendo?

Una casualidad podría ser, mirar el reloj todos los días a la misma hora. Esto creo que tenía un nombre, espera... Son las 17:14.

Supongo que no es casual que hayas llegado hasta aquí, porque era algo que podías evitar. Puede que hayas llegado con una sonrisa perenne. Y puede que ahora estés haciendo ademán de quitártela. 

Puede que sea demasiado nefelibata, pero creo que sí, que en Madrid hay circunstancias que superan el caos, las casualidades existen. 




23 de marzo de 2018

Ante todo, Madrid siempre será verde.


Llevo todo el día con ganas de hablar, de hablar de verdad. Lo he intentado, pero parece que hoy los astros se alinearon con otros, y me quedaste tú, papel en blanco, siempre tan dispuesto a dar la cara.

Han pasado 11373 días desde que vi la primera luz, algo así como 31 primaveras recién estrenadas. Si miro por el retrovisor, veo un atasco de decisiones, y en contra de lo que haría Christopher John Francis Boone, obviaría todas las rojas.

Y tú, querida hoja en menos blanco, que puedes cambiar de género a discreción, estarás pensando, ¿a qué se refiere con decisiones rojas? Son todos esos momentos que guardaré bajo llave el resto de los días, de los que no me enorgullezco, y que osaron romper la hegemonía de ese verde que veía crecer.

No recuerdo el detonante, ni exactamente el día, pero fue durante la adolescencia cuando empecé a pensar en que, si disfrazaba la realidad, podía ser carnaval todo el año. Si no acudía a las citas, siempre había un motivo, si llegaba tarde, siempre era culpa de otros.

De entre las decisiones rojas, también está el cambio de rumbo en medio del temporal, cuando comía por tres y no saciaba nunca. Por aquel entonces, empecé a fumar. Otra realidad que disimulé por un padre exfumador.

El otro día sentí hacer las paces con parte de ese yo, cuando alguien me dijo, “siempre fuiste de letras”. Yo, que me peleaba con la calculadora para poder hacer integrales y entender la velocidad constante de los satélites. Yo, que deseaba tener un título de inglés. Yo, que conseguía hacer música entre el blanco y el negro. Ese yo.

Ese yo, también empezó la carrera de historia, un 5 de octubre que no olvidaré jamás. Empecé con mal pie, o puede que no fuera el pie.

De las verdes, de las que sí veo mirando atrás, la mudanza exprés a la ciudad Condal.

Nunca fui una niña de manual, creo que no. Y en eso momento, contra todo pronóstico, estaba empezando una ruta por lo desconocido, el desconocimiento de hacer lo que no esperan que hagas, la ruta que me ha llevado a estar parada en este coche, mirando en el espejo con olor a pino. Empecé y reempecé. Tejí las redes de una telaraña que hoy sigue siendo un “salvamomentos”.

La ruta, tiene muchas paradas encajonadas, a cal y canto.

Siempre me enorgullezco de la cultura cafetera que forjé en esta nueva ciudad de acogida, en esta Madrid castiza. Tuve un verano para pensar en plan, quizás planificar una nueva ruta, que inicié a trompicones, ahora lo veo. No me di la oportunidad de aprender, de crear una nueva telaraña, porque me convertí en mosca, y fui devorada por las circunstancias. Una no-decisión demasiado roja.

No me resistí demasiado a Belcebú, que decidió darme indulto, y dejarme en una vida sin más. Rojo. Mucho rojo.

Conocí por aquel entonces un nuevo mar, una nueva ola, una nueva brisa que hizo tambalear la telaraña de las circunstancias y de mosca, pasé a mariposa. Con un aleteo cambié demasiadas cosas, y sentaron pesadas a la digestión de muchos. Sin duda, volví a ver el verde.

Desde aquel día, pensé en no ser jamás verde. Pensé en ser, sólo ser.

Siendo, he visto el mundo con otros ojos. He visto a otros, que también parecían cuestionarse sus rojeces. Siendo, he aprendido a llorar con la cabeza alta, y a lágrima tendida, ante ti, hoja en no blanco.

Hoy el castillo de naipes me cayó encima. La reina de corazones, con esa cara impasible, me recordó de nuevo todos aquellos rojos, los que creía tener bien cerrados. Volví a sentirme mosca, y volví a ver todo con ojos de colador.

Deseo que acabe el día, llegar al 11374, volver a ser. Ser sin ti.




Y ya Siendo, querido documento, que en algún momento fuiste blanco, gracias por ser unos oídos, unos ojos, unas manos, un abrazo, gracias por este saber estar.