16 de mayo de 2018

Calle Felipe IV, 4.


casualidad
De casual1 e -idad.
1. f. Combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar.


He tenido que buscar el significado en la RAE, y mira que los académicos y yo, por lo general no nos llevamos nada bien. Aceptan güisqui como correcto, y no madrileñear, por ejemplo. Mal, muy mal.

He buscado lo de casualidad porque estos días ando enfrascada pensando en ella, o en ellas. Estos señores lo dejan claro, “no se pueden prever ni evitar”, ya, sí, muy bien. Pero me parece una definición de lavada-de-manos total.

Una casualidad podría ser, cruzarte varias veces con una misma persona en las escaleras del metro, pero no, espera, es que a lo mejor tenéis los mismos horarios.

Una casualidad podría ser, encontrarte con un billete de 50 delante de las lechugas del supermercado. Sí, esto sí, pero me sentí mal, y los devolví a la caja. Claro, esto tampoco lo sería, sería un golpe de suerte, y luego mi pardillismo, que iría por otro lado.

Una casualidad podría ser, vestirte igual que tu amiga para ir a tomar unas cervezas. Pero tampoco. Si os comprasteis lo mismo ese día, podía ocurrir, ¿no?

Una casualidad podría ser, hablar de ti por la mañana, y encontrarnos en la calle la misma noche. Creo que esta sí. Ni prever, ni evitar.


Una casualidad podría ser… No, espera un momento, ¿y, si lo que no hacemos de manera consciente se manifiesta en nuestra vida como destino, como decía Jung?

Puede que haberme mirado demasiado al ombligo me haya hecho olvidar las cuánticas posibilidades infinitas. No puedo dejar de pensar en que la vida es ciencia, y la ciencia tiene explicación para casi todo, y digo casi, porque me tortura lo del gato de Schrödinger.

Entonces, si las casualidades no existen, ¿tengo que pensar que vivo en un caso que todavía no comprendo?

Una casualidad podría ser, mirar el reloj todos los días a la misma hora. Esto creo que tenía un nombre, espera... Son las 17:14.

Supongo que no es casual que hayas llegado hasta aquí, porque era algo que podías evitar. Puede que hayas llegado con una sonrisa perenne. Y puede que ahora estés haciendo ademán de quitártela. 

Puede que sea demasiado nefelibata, pero creo que sí, que en Madrid hay circunstancias que superan el caos, las casualidades existen. 




23 de marzo de 2018

Ante todo, Madrid siempre será verde.


Llevo todo el día con ganas de hablar, de hablar de verdad. Lo he intentado, pero parece que hoy los astros se alinearon con otros, y me quedaste tú, papel en blanco, siempre tan dispuesto a dar la cara.

Han pasado 11373 días desde que vi la primera luz, algo así como 31 primaveras recién estrenadas. Si miro por el retrovisor, veo un atasco de decisiones, y en contra de lo que haría Christopher John Francis Boone, obviaría todas las rojas.

Y tú, querida hoja en menos blanco, que puedes cambiar de género a discreción, estarás pensando, ¿a qué se refiere con decisiones rojas? Son todos esos momentos que guardaré bajo llave el resto de los días, de los que no me enorgullezco, y que osaron romper la hegemonía de ese verde que veía crecer.

No recuerdo el detonante, ni exactamente el día, pero fue durante la adolescencia cuando empecé a pensar en que, si disfrazaba la realidad, podía ser carnaval todo el año. Si no acudía a las citas, siempre había un motivo, si llegaba tarde, siempre era culpa de otros.

De entre las decisiones rojas, también está el cambio de rumbo en medio del temporal, cuando comía por tres y no saciaba nunca. Por aquel entonces, empecé a fumar. Otra realidad que disimulé por un padre exfumador.

El otro día sentí hacer las paces con parte de ese yo, cuando alguien me dijo, “siempre fuiste de letras”. Yo, que me peleaba con la calculadora para poder hacer integrales y entender la velocidad constante de los satélites. Yo, que deseaba tener un título de inglés. Yo, que conseguía hacer música entre el blanco y el negro. Ese yo.

Ese yo, también empezó la carrera de historia, un 5 de octubre que no olvidaré jamás. Empecé con mal pie, o puede que no fuera el pie.

De las verdes, de las que sí veo mirando atrás, la mudanza exprés a la ciudad Condal.

Nunca fui una niña de manual, creo que no. Y en eso momento, contra todo pronóstico, estaba empezando una ruta por lo desconocido, el desconocimiento de hacer lo que no esperan que hagas, la ruta que me ha llevado a estar parada en este coche, mirando en el espejo con olor a pino. Empecé y reempecé. Tejí las redes de una telaraña que hoy sigue siendo un “salvamomentos”.

La ruta, tiene muchas paradas encajonadas, a cal y canto.

Siempre me enorgullezco de la cultura cafetera que forjé en esta nueva ciudad de acogida, en esta Madrid castiza. Tuve un verano para pensar en plan, quizás planificar una nueva ruta, que inicié a trompicones, ahora lo veo. No me di la oportunidad de aprender, de crear una nueva telaraña, porque me convertí en mosca, y fui devorada por las circunstancias. Una no-decisión demasiado roja.

No me resistí demasiado a Belcebú, que decidió darme indulto, y dejarme en una vida sin más. Rojo. Mucho rojo.

Conocí por aquel entonces un nuevo mar, una nueva ola, una nueva brisa que hizo tambalear la telaraña de las circunstancias y de mosca, pasé a mariposa. Con un aleteo cambié demasiadas cosas, y sentaron pesadas a la digestión de muchos. Sin duda, volví a ver el verde.

Desde aquel día, pensé en no ser jamás verde. Pensé en ser, sólo ser.

Siendo, he visto el mundo con otros ojos. He visto a otros, que también parecían cuestionarse sus rojeces. Siendo, he aprendido a llorar con la cabeza alta, y a lágrima tendida, ante ti, hoja en no blanco.

Hoy el castillo de naipes me cayó encima. La reina de corazones, con esa cara impasible, me recordó de nuevo todos aquellos rojos, los que creía tener bien cerrados. Volví a sentirme mosca, y volví a ver todo con ojos de colador.

Deseo que acabe el día, llegar al 11374, volver a ser. Ser sin ti.




Y ya Siendo, querido documento, que en algún momento fuiste blanco, gracias por ser unos oídos, unos ojos, unas manos, un abrazo, gracias por este saber estar.



16 de octubre de 2017

Madrid: cuando es duro estar lejos de las llamas.

Recuerdo aquella noche sin casi dormir. El recuerdo de aquellos bosques que había visto crecer, encinas y pinares, robles, jaras. Donde crecía el musgo del pesebre, y las setas que tan cuidadosamente sabía recoger mi abuelo. Quedaba reducido a cenizas, aquel paisaje maravilloso y funesto que años atrás había acogido a tanta gente que huía de su casa, para llegar a tierra prometida.

Las llamas tenían una virulencia espectacular, parecían bailar un vals, ¿el Danubio Rojo? Parecían parejas desordenadas, sin orden ni consenso, con un único fin, tintar mis pupilas pardas del rojo sangre. Grabar aquellas imágenes a fuego.

El número de besanas quemadas crecía exponencialmente, al tiempo que el verde mediterráneo perdía sus componentes y quedaba reducido al más oscuro de los negros.

Días después, cuando los lugareños ya habían empezado a avistar algunos brotes, me acercaba a aquel maravilloso lugar, casa. Mis padres me recogieron cuando pasaban diez minutos de las once de la mañana de un sábado soleado, de los de cielo azul y viento cero.

Después de unos cuantos quilómetros comentando la semana, aquel olor a tierra quemada se posó en mis pituitarias para quedarse, todo aquel fin de semana, y creo que el resto de mi vida.

Aquella recta, antes de subir a las curvas del pantano era desoladora, ni pastos, ni pinos, ni absolutamente nada. Troncos marchitos, y alguna que otra máquina agrícola varada. Nada más.

Negro. Azabache. Marrón oscuro. Atisbo de verde. Negro.

Sin recordar precisamente el punto, sí sentí como una gota salada se adueñaba de mis labios. Después de aquella, vinieron otras muchas.

Y justo hoy, esta mañana, al despertar los noticiarios parecían haberse puesto de acuerdo para repetir las imágenes de aquel día, una tras otra. En silencio, me di cuenta que hoy la que ardía era la casa de otros. Un trozo de casa muy grande y muy verde.

Imágenes candentes. Coches calcinados. Caminos cortados. Cadenas de cubos. Pueblos devastados. Y sueños truncados.


El fuego es así, vil y traicionero. 

30 de septiembre de 2017

Metro de Madrid: un trayecto largo.

El tatuaje del chico de enfrente no ocupa más de media pierna, pero es largo, más que un día sin pan, diría, he intentado leerlo ya un par de veces, pero la tipografía o la caligrafía no fueron demasiado bien elegidas. Está intentado adivinar lo que escribo, pero como su pierna, mi cuaderno es indescifrable.

Dos estaciones.

Ella está leyendo, adoro las señoras que cubren sus libros con papel de regalo intentando ocultar las portadas de Christina Dodd, o las historias de Grey. O puede que no, que sólo quisiera proteger las tapas blandas de las profundas magulladuras de bolso.

Tres estaciones.

¡Él sí que es un dandy! Anonadada. Camisa entre abierta, azul celeste. Pantalones tweed gris claro, con los detalles en azul y negro. Sin calcetines. Pantone 14-4110 TCX de charol en los pies. De estar en un espacio más amplio me arrodillaría ante él, resulta cierto el dicho de “a la vejez, viruelas”.

El metro pierde velocidad y se detiene en un oscuro túnel, negro, con un silencio vacío parecido al de las películas del espacio.

Llegamos. Una estación.

Y los vigilantes de seguridad, siempre me pregunté qué condiciones hay que cumplir para ello. ¿Tener mucha tripa para que el chaleco naranja sea más reflectante? ¿Ser lo que llamaríamos, potencialmente feo para no distraer a maquinistas y pasajeros? ¿Seguir usando un Nokia 3210 para que la batería aguante toda una jornada laboral bajo tierra?

Cinco estaciones.

Descubrí hace tiempo que los maquinistas no son como los presentadores de noticias, debajo de la camisa horrible de rallas verticales no llevan pantalones cortos o zapatillas de running. Fue un chasco.

Dos más.

Esta vez, por suerte, no coincidí con los llamados músicos impertinentes que, sin pedir permiso, te deleitan con sus mejores gallos encima de músicas enlatadas. ¡Menudo placer!


Una parada.

Y así no es como me imaginaba, con pocos años, los hambrientos gusanos de velocidad, ni aquí ni en la China.

Túnel.

Los trayectos largos te permiten hacer un sinfín de cosas, escuchar música placentera con los auriculares puestos, leer libros sin vergüenza, escribir, mirar, pensar, crear, soñar, y a algunos hasta dormir.

Túnel.

Y yo, sin querer, demasiadas veces, opto por mirar, por escudriñar, por crear historias detrás de cada abrigo, de cada teléfono. Seres, gente, personas, en ocasiones perros, todos con una larga vida por delante, que seguramente, al mirarme hacen eso mismo, inventarme. Y sí, cada día es un buen momento para reinventarse, para salir del túnel y ver el Sol, como pasa en la estación de Lago.

Perdí la cuenta de estaciones.

Señores pasajeros, Metro de Madrid informa que por motivos ajenos al servicio esta historia no ha hecho más que empezar.


¿Vamos?

23 de agosto de 2017

Madrid: nadie por las calles.

Los veranos en Madrid generalmente son más largos, y no por fechas, porque las estaciones vienen dictadas, sino por el calor, terrible y abrasador, que hace los días eternos. Los semáforos dejan de cumplir su función, como si también estuvieran de vacaciones. Podría ser por ello que no queda nadie por las calles.

Y con esta realidad, no puedo no pensar en una canción de alguien conocido, que podría convertirse en banda sonora de los caminos a casa.

De día, de noche, Madrid siempre gusta, pero quedarse aquí, más que un castigo puede ser un premio. Respirar más limpio, poder andar mirando azoteas, volver a sucumbir a la curiosidad, como viendo una ciudad desconocida. Y también el desconocimiento nace de los caminos alternativos al volante, esquivando sagazmente los miles de calles cortadas por obras.

¡Atención, suelo recién pintado! Si por algún casual cayera en el error del blanco nuevo, dejaría huella ahí donde fuera, como las migas de Hansel y Gretel, que los acompañaron hasta la famosa casita de chocolate, donde había una manzana envenenada. Ah, no, esto era de otro cuento.

Los metros tardan más en pasar y en los andenes parecemos aguardar en silencio, como si no quisiéramos interrumpir el sueño de una noche de verano. ¡Qué distinguidos!

Pero demasiadas veces olvidamos lo que tenemos, nos quejamos por vicio, y necesitamos alguien que nos dé la razón. ¡Qué malos son los veranos en Madrid! Seguramente, por ello, todos huyan, sin pensar lo que dejan en casa, lo que queda, los que quedan.




“Señores pasajeros, por motivos ajenos a Metro de Madrid, les informamos que esta ciudad tiene más luz”. ¿No la veis? Las lunas, como los sueños, van y vienen, y siempre vuelven. Como volverán todos los que pensaron que los veranos en Madrid eran demasiado terribles.

Hoy siento que volví. Hoy sentí las calles más vacías. Hoy volví a pisar el suelo. Hoy me di cuenta de lo ciega que fui. Hoy me doy cuenta de que Madrid es para mí. Hoy me doy cuenta de que soy nadie.


Nadie por las calles. 

18 de agosto de 2017

Barcelona.

¡Qué curioso! Aquel día también era jueves. Recuerdo estábamos en el bar de siempre, con las amigas de siempre, en el recreo de siempre, con el café con leche de siempre. Nos dimos la vuelta y vimos aquella barbarie. Había ocurrido hacía algunas horas, pero nuestra inmadurez tecnológica no nos había permitido llegar a ello antes. La cafetera parecía calentar la leche más bajito, y los bocadillos eran mordidos con temor. Anonadados.

Decidimos llegar algo más tarde a clase, pese a todo, la ocasión lo merecía. La información parecía llegar en cuenta gotas, y tanto medios como políticos se apresaban en sacar conclusiones poco meditadas.

Creo que todavía no éramos conscientes como ciudadanos del mundo de lo que estaba por llegar, aquel martes de principios de milenio nos había parecido una superproducción hollywoodiense que lejos quedaba de casa.

Muchos, al llegar a este punto me tildarán de hipócrita. A diario mueren miles de personas, de hambre, de miedo.

Vine a Madrid sin pretensiones de futuro y me quedé. La vida me llevó a tener que pasar la mañana del once de marzo de 2010 en Atocha, motivos personales, los llaman. Fue curioso, cabizbajos todos los viajeros pensábamos en ese mismo día sin osar levantar la voz. Teníamos la mirada fija en el andén, y yo, me sentía demasiado lejos de casa.

Ayer volvía a ser jueves. Recuerdo estaba en mi casa, no la de siempre, sin las amigas de siempre, tomando, otra vez sí, el café con leche de siempre.



Es sabida mi adicción a las redes, y en ese momento, hasta los pájaros parecían haber dejado de piar.

Veía las Ramblas, colapsadas. Unas primeras imágenes aterradoras. En aquella boca de metro había quedado con uno de mis primeros amores de adolescencia. En el Cafè de l’Òpera quedaba a tomar carajillos con un buen amigo, de cuando Barcelona era mi casa. De vez en cuando me evadía en los jardines de la Massana. Portaferrissa era parada obligatoria para comprar pantalones en El Camello. Y las excursiones al teatro habían acabado con cenas en La Poma. Y no puedo dejar de pensar en las visitas a la Boqueria, donde planteaba a mis padres la perversa idea de querer el melocotón de más abajo, de esa pila perfecta de las fruterías. Odio y odié las multitudes, pero me encantaba, como por tradición, pasear por Les Rambles, llenas de gente variopinta tan distinta a la que veíamos los de ciudad pequeña.


Hace pocos días, pasábamos por el puente de Westminster en Londres, y hace algunos más, por la calle ancha que alojaba en mercado de Navidad en Berlín. Parecía algo lejano, como si no hubiera ido conmigo, pero esta vez sí. Conmigo y con todos ellos. 


Recibí mensajes de gente querida que, aun sabiendo que vivo lejos, pensaron que como lo suya, mi cabeza también estaría ahí, en la ciudad que me vio crecer. Intensamente viva. 

19 de abril de 2017

Que te llegue otra buena tortilla de patatas.

Una canción ya dijo una vez que parece que todas las canciones hablan de ti. Y hasta cierto punto es cierto, siempre que quieras que esa canción sea para ti. A veces, pero, las canciones te llegan tarde, y creo que es un poco lo que pasa con las ciudades, te llegan.

Pasé unas horas en una ciudad que creía maldita, a la que sólo tenía estima por las fotos, pero no. Girona, ciudad entre ríos es un nido de recuperación, un respiro a la madurez, recordar un poco quién era entonces y qué quiero hoy. Casas de colores alrededor del río, humedad por doquier. Muchas escaleras, subidas y bajadas, como una montaña rusa. Por aquel entonces era de cafés infinitos y crucigramas, donde era imposible no sucumbir a los dos azucarillos y a la taza.

Enfrente de la primera casa que me acogió en Barcelona, también recordé aquellos años convulsos, viviendo cinco en el que ahora es un piso de dos. Cruzando por Aragó con Passeig de Gràcia vi el 24, el autobús que después del tren me acercaba a aquella segunda casa que sentí como hogar. Un nido de experiencias, de luces y sombras, de colores extremos. En el barrio vivíamos al día y de noche. Los cafés también eran muchos.

Y tomando un café, ahora, en vaso, recuerdo cuando Madrid, a mí, me llegó. Aterricé en noviembre y en un par de semanas que había cautivado. Me dejé seducir por ese no sé qué castizo que tiene. Por la gente. Por la comida. Por los rincones. El café, pero, era otra historia, siempre estaba entre la incertidumbre y el terror, pero esto ya lo conté una vez.

A día de hoy los cafés se redujeron a una simple bebida energética. Un sorbo rápido para recuperar la vida perdida en el deseo de seguir durmiendo, porque esta ciudad, a veces, también tiene sombras, de los árboles, en los parques, en primavera, en días nublados, o en noches largas. Sombras que también llegan.

Perdí muchas cosas en todo este tránsito entre ciudades, y me recordé que era buena haciendo recomendaciones culinarias. Un turismo que dejé de hacer, como tantas cosas. De vez en cuando, accidentalmente, aparecen algunos pinchos o tapas memorables que merecen ser apuntadas y degustadas a conciencia, como ocurrió en la Taberna Bar Antonio (Calle Quiñones, 11), a la que llegué con ilusión y de casualidad. Mi estómago estaba camino a los topes, pensaba más en un digestivo, pero aquél aperitivo cumplió con las expectativas. Tortilla otra vez. Jugosa, poco cuajada y de patata firme. Siempre fui más del clan “sincebolla”.

 “No sé si realmente pasó, sólo sé que todo cambió”. Eso decía una de las canciones, me llegó.  Cambiaron los cafés. Las sombras. El sol, hasta se acercó más pronto. La ilusión se convirtió en eso, una quimera inalcanzable, en la búsqueda de la verdad.

“Dejarse llevar, suena demasiado bien”, decía otra.

Al final, todo radica en eso, en ver cómo llega. El fin.


Fin.