14 de agosto de 2016

Re-conociendo lugares fuera de Madrid. (Parte 1)

A lo mejor debería de cambiar el título de este blog, a la Verbena de la Gaviota.

Describir, sentir y soñar el mar está siendo todo un clásico. Es cierto que no soy muy devota de la playa en verano, pero curiosamente es cuando más la echo de menos. Y por ello cualquier excusa es buena para plantar los pies en la arena y dejar que la sal deje su brillo en la piel.

La costa levantina siempre resultó ser una gran desconocida. Visité el Mediterráneo medio a los doce, quizá trece años, y conservo un recuerdo vano, sólo la sensación de playas caldosas escondidas tras los quilométricos arenales a la sombra de altos edificios. Supongo que jamás lo dejé en la lista de experiencias repetibles.

Y la vida te acaba poniendo siempre en tu lugar, en la incómoda posición de, a veces, tenerte que retractar de tus palabras. Creo, que hace unas semanas, así fue.




El olor a mar se incrustó en mis pituitarias, y la humedad penetró por cada uno de los poros. Tan lejos, y a la vez tan cerca. Sólo podía pensar en que millas arriba, en ese mismo charco estaba casa, pero esta vez estábamos en la suya. Sin perder mucho el tiempo corrimos a ver si el agua seguía en su sitio, y no pude evitar descalzarme. Cumplíamos el sueño, estar por fin, en un paseo marítimo, de los de verdad. Era momento de sostener un vaso, brindarle a la vida, y poder agradecer aquel momento tan esperado.

La música no me gustaba, pero mi capacidad de abstracción trabajó en pro del momento, y empecé a escuchar muy de fondo aquella canción que solía hacerme las puestas de sol más mágicas.

Somebody that I used to know.

Así, oficialmente, estaba por segunda vez en la costa de Levante, en la Costa Blanca, en la playa de Madrid, una costa tan masivamente conocida y de la que tanto me faltaba por saber.

Alicante es capital, de esto no existe ninguna duda, tienen Corte Inglés, metro y aeropuerto. Y pese a que tienen buena frecuencia de paso, de querer tener horas libres para trabajar, necesitas coche.

Pensé que la presencia de mar en sus vidas les haría tener vidas bastante relajadas, pero no, son unos atacados al volante, de esto no tengo duda. Tienen intermitentes, eso sí, pero de las dos manos, una va pegada siempre al cambio de marchas, en quinta, y la otra a la bocina. El volumen y el sintonizador de la radio lo vendían como extra, así que Onda 15[1] viene por defecto en todos los coches. Es un hecho.  

Primera lección aprendida: En Alicante, si tardas más de dos segundos en arrancar en un semáforo en verde, eres castigado por un ser superior y un bocinazo alicantino.

Pero no solo eso, algo tan de domingo como el aperitivo, ahí lo hacen el sábado. Los lugareños comparten espacio con turistas como yo, y a la sombra del Mercado Central se juntan como discutiendo el precio del ganado, eso sí, con cervezas en la mano. Los puestos han sabido muy bien cómo adaptarse a los tiempos modernos y hasta preparan bonitas bandejas de cartón con jamón recién cortado, ¡ellos sí que fueron visionarios!

Al debate post nocturnal se suman encantadoras chicas con atuendo playero publicitando algo a lo que llaman “tardeo”[2]. Si ir de cañas es cañeo, ir de tardes será el tardeo, ¿no? Reparten unas graciosas pulseras de colores con un gran VIP, creo que por ello tienen tanto éxito.

Pero lo que más llamó mi atención fue el código de vestimenta del evento. Había una extraña mayoría de varones de mediana edad con chinos cortos, polos de caballos y zapatillas de yate. Me tranquilizó saber que no siempre es así. Tuve también un momento para la nostalgia: en Alicante siguen existiendo chonis, de pelo rubio planchado y rizos artificiales, vestidos pequeños, tanto de largo como de talla, uñas purpurinosas y colores que creía exterminados de la tabla de Pantone. También me hicieron girar la cabeza los “hiptser de manual”, salidos de un editorial de Cosmopolitan. Mismos calcetines de estampados divertidos, mismos pantalones altos cortos desgastados, mismas camisas hawaianas, y mismos bolsos de mimbre tamaño raquítico.

No pude evitar pensar en un Ataque de los Clones, tan idiosincráticamente modernos.

Más que una huida de Madrid parece la crónica de la pasarela Cibeles, y es que no puedo evitar fijarme en los pequeños detalles de una gran ciudad, como también me pasó con el Castillo de Santa Bárbara, una almena en sí mismo, tan desapercibido de cerca y tan majestuoso de lejos. O con el vecino barrio de Santa Cruz, de calles estrechas y suelos desnivelados. Macetas sin dueño y puertas abiertas. O las antiguas viviendas de pescadores, completamente abandonadas y sin pesqueros.

Había llegado el momento de salir a probar la fiesta alicantina, de la que tan bien me habían hablado, y tenía que probar que la información y las fuentes fueran de calidad.

Placeres exquisitos.  




Continuará…





7 de julio de 2016

Tormentas de verano.

Cuando veo la escena en que Gene Kelly canta bajo la lluvia nacen en mí un montón de sentimientos encontrados. Claquea de maravilla, el traje le sienta genial y tiene una mirada inigualable; y todo esto bajo una inagotable cortina de agua. Sin duda, no llevaba gafas.

Tan inusual es la tormenta de la escena como la de esta noche en Madrid. De día un sol de justicia y, cuando los gatos gobiernan la calle, con un estruendo de miedo empieza el aguacero. Corto pero intenso, alejándose entre el murmullo de los vecinos. Es verano y las ventanas abiertas se convierten en un pequeño pasaje a la intimidad de cada uno. Ellos me escucharon tararear y, compartiremos platos, goles y gemidos.   

Siguen cayendo gotas, que me recuerdan los pasos de Lockwood antes de quitarse el sombrero.

¿Un paraguas? Un estorbo. Recuerdo aquellos años mozos, mucho antes que el verde lima inundara mi cara, en que adoraba las pequeñas gotas salpicar en mi nariz. Me molestaba el pelo mojado, pero resistía por el placer del agua deslizarse espalda abajo. Rebelde sin causa, ante cualquier chaparrón.

Hace bien poco, un sabio me ilustró acerca de cómo llamar al olor a tierra mojada. Ese olor que me fascina, y me deja por instantes anonadada. El instinto de “curiosistencia” me llevó a buscar más acerca de esto, y es que el petricor se llama así por piedra (en griego petra) e ichor el nombre que recibía el fluido que corría por las venas de los dioses mitológicos. Después de indagar acerca de esto, podría asegurar que entra dentro de mi lista de palabras favoritas.




What a glorious feeling, and I'm happy again.


A veces pienso en la lluvia como el llanto. Ese momento tormentoso, gris y tedioso, que te hace tronar. Se deslizan las lágrimas mejillas abajo, como si de un torrente se tratara, y acaban cayendo tímidas en un charco de nada. En ambas precipitaciones, después de la tormenta siempre llega la calma, el desconsuelo se desvanece a merced del aire, y tras las nubes resurge con vigor la sonrisa, el sol.

Ahora sí, dejó de llover. Los truenos son cada vez más tímidos y lejanos. Se desdibuja un ápice de ese olor que me llevará de puntillas hasta la cama. Con solo el tecleo siento molestar al momento, a la calma que llegó ante el silencio de la noche.






Y sí, es cierto, empecé a escribir pensando en cuán molestosa es la lluvia para los que vemos el mundo a través de unos cristales y de cuantas veces habremos pensando en un limpiaparagafas; de cómo amodio a Gene Kelly por estar contento cantando y bailando bajo la lluvia; de cuán me fastidian los madrileños con paraguas y los coches que aceleran en los charcos, pero de repente, sin saber muy bien cómo, acabé recitando esto, una oda a la lluvia.  

30 de junio de 2016

Volver.

Si cierro fuerte los ojos, todavía puedo oler el mar, la mar, como decía Alberti.


Siempre tuve curiosidad por saber qué hay más allá del horizonte. Con los pies en la arena, habiendo silenciado los gritos y las conversaciones de café, dejo que mis ojos vuelen y que lleguen ahí donde mis brazos no llegarían.

Gozo del momento, el salitre inundando mis poros, evocando tantos momentos ahí vividos. Nací casi dos días después de la luna nueva, esa que domina mares y mareas.

Recuerdo los domingos camino a la playa, con el bañador puesto y los manguitos preparados. Plantábamos el parasol cuidadosamente, como quien trasplanta una orquídea. Siempre había alguien con quien hacer castillos arena. Me cuesta volver a esa playa, tan llena de recuerdos.

Aprendí a nadar pronto, y siempre me gustó alejarme de la orilla y observar la playa como si de una postal se tratara. Hoy, años después, no puedo hacerlo sin mis gafas robóticas. Borrosos, intuyo a los bañistas, relajados, que reposan a merced del sol. Pero si consiguiera nadar, nadar sin parar, en línea recta, llegaría a al Golfo de Girolata, donde seguramente también haya alguien como yo pensando en quién estará al otro lado.





Con buenos amigos, con tiempo escaso, aprovecho cada momento para ver de lejos, o de cerca, el mar.

De nuevo en Madrid pienso en todas las mañanas ahí vividas, en la costa que me vio crecer. Necesito estar cerca, necesito estar lejos. Echar de menos ese sol, echar de menos el aroma, echarme de menos. Dos vidas distintas que necesitan estar conectadas, compenetradas y a la vez alejadas. Digerir la distancia, y pensar en volver, solo un momento, solo de vez en cuando.

Madrid tiene mar, y si lo hueles fuerte hasta llega el olor. Madrid tiene recuerdos. Madrid tiene postales. Como ya dije una vez, Madrid tiene paseo marítimo. Madrid también tiene sol. Y tiene vida.

En Madrid también hay con quien hacer castillos, de sueños y de aventuras, castillos en el aire, castillos de arenas movedizas.  


De todas las lecciones que he ido aprendiendo hasta hoy, es que en Madrid todo es posible si se desea. 



17 de junio de 2016

Alta Fidelidad, o de como suena una vida. (Parte 2)

Mi vida es música, mi nombre, una canción. 

En todas las historias musicales siempre hay algunos puntos negros, no nos avergoncemos, sólo corramos un tupido velo. O estúpido. Laura Pausini estuvo ahí, en el mio. Gloria Estefan. Cher. Y  mira que jamás fui muy fan de las boy bands, pero también pasaron temporalmente los Backstreetboys o los Nsync. De todos ellos, me quedo con Justin Timberlake, sin duda.

Pero crecía, y conmigo mis gustos musicales. En sexto de primaria fue un momento muy ecléctico, seguían Sau y Els Pets, con la electrónica de Pont Aeri. Sin sustos. En clase no parábamos de compartirnos el disco de Amb la lluna a l’esquena, o el Bon dia. Me encantaba “Una estona de cel”. Pero de aquel 1998, guardo el recuerdo de mi primer y único concierto de Sau, en Espolla. Me las sabía todas, las canté todas, y puede que, sin saberlo, hasta llorara alguna. Un año después moría Carles Sabater, el 13 de febrero. El 14, en clase de lenguaje musical, estábamos atónitas, lo vivimos intensa y cercanamente.

És molt dur haver de marxar, d’una festa quan tot s’ha acabat, quan la clau no et vol obrir, i l’alcohol et fa sentir deprimit. De-pri-mit.[1]

Llegados al instituto, con 12 años, éramos ya mayorcísimos. La primera canción que recuerdo entre aquellas paredes verdes fue de Bob Marley, “Three Little Birds”, behind my doorstep. En clase de inglés nunca faltaron los temazos, Smashmouth, Offspring, Blink 182, o grandes como Suzanne Vega o Elton John.

Pero tampoco había podido abandonar el rock en catalán. Lax’n’Busto, esta vez, y “Johnny el Melenes” como tema. Tuvimos el placer de reescribir la letra y muy dedicarla, quedó en el olvido entre tantos papeles y agendas y dietarios de aquel entonces.

De esa plena adolescencia “hippielonga” salió mi pasión por Gossos. No sabría decir muy bien cuando empezó, pero recuerdo que con un muy buen amigo cantábamos “La casa cuartel” de Kiko Veneno, versionada por ellos.

Gossos siguen presentes en el ahora, cerca de mis treinta en enero, pero no puedo olvidar aquel verano, aquel primer amor. Nos gustaban las mismas canciones, casi las mismas cosas, pero estábamos demasiado lejos. Con él hubo muchos poemas y promesas, casi todas ellas quedaron por cumplir, y a día de hoy, una vez al año, hacemos memoria de esos momentos tan apasionados, vividos como si no hubiera mañana. Recuerdo el concierto a la perfección, en primera fila, y con un brillo en los ojos que de vez en cuando resurge de entre las cenizas. “Quan et sentís de marbre” era nuestra canción. Y por enésima vez, lo dejamos con “La carta”.

Ese año fue complicado. Las emociones de aquella pérdida nos unieron de forma dispar. Y ahí descubrí Crosby, Stills, Nash and Young, al tiempo que leía por primera vez el “Guardián entre el centeno” de Salinger. Sentía que me hacía mayor, y todavía no tenía ni puta idea de nada. Sin Young, que se fue por su cuenta, me quedaría con “Southern Cross”, think about how many times I have fallen, decían.

Supongo que estaría mal no citar a Sopa de Cabra. “L’Empordà” es nuestra canción, por ser de donde somos y por ser quien queremos ser. Camins, que ara s’esvaeixen, camins que hem de fer sols[2]. Tocaba empezar a caminar solos, eso es. Era un cambio de etapa, y ese año también pasarían muchas cosas. Conoceríamos gente nueva, y con ellos nueva música. “The Anthem”, de Good Charlotte, era la banda sonora de aquellas terribles horas de matemáticas eternas.

At my high school, it felt more to me, like a jail cell, a penitentiary. My time spent there only made me see…[3].

Cumplí los 18 en pleno caos, donde las decisiones eran mundos y el mundo no era más que una cuerda floja donde hacer equilibrios. Recuerdo todavía un cedé que me regalaron, una mezcla de canciones que de alguna manera hablaban de nosotros, del momento. Armageddon la vimos juntos y, si me efuerzo, puedo llegar a escuchar a Steven Tyler cantar “I don’t wanna miss a thing”; ahí estaban Marea, Paco Ibañez, Glenn Lewis o Drexler. Me regalaron también "Siddharta", de Hermann Hesse, que se convirtió el guión de mi propia película. En los créditos, como banda sonora original aparecía Pink Floyd, con "I wish you were here". Temazo. 

Está claro que por entonces mis gustos eran, y siguen siendo, un tanto diversos, y no podía, por ello, faltar la presencia de Béla Bartók, ese húngaro extraño de harmonías inconexas al que un día pillé el gusto. Ese libro, “For Children”, era mi preferido. Danzas húngaras y eslovacas que crecían en intensidad y dificultad. Era casi el fin de las teclas. https://youtu.be/d8HGOJlycqk





Y en un primer momento, pensé en partir esta historia en tres, una por cada década, pero llegados a esto, creo que sería necesario un punto y aparte. Los años venideros fueron muy intensos, musical y vitalmente. La aventura de vivir fuera de casa requería muchas películas y mucha música.  




[1] Es muy duro tener que irse de una fiesta cuando todo acabó, cuando la llave no quiere abrir, y el alcohol te hace sentir deprimido. De-pri-mi-do.
[2] Caminos, que ahora se desvanecen, caminos que debemos hacer solos.
[3] En el instituto, me sentí como en una celda, una cárcel. El tiempo que pasé ahí sólo me hizo ver… 

2 de junio de 2016

Alta Fidelidad, o de como suena una vida. (Parte 1)

Mi vida es música, mi nombre, una canción.

Calderón de la Barca lo supo hacer mucho mejor con los sueños, pero hoy quiero intentar poner en orden esas notas que me cantan, que son parte de mí, y yo no sería sin ellas.

Madre siempre me cantaba una canción antes de acostarme, ponía letra a aquella muñeca azul de pelo rizado y cuerda en la espalda. Bona nit, bona nit. Creo que sin aquella canción y uno de esos 365 cuentos era incapaz de cerrar los ojos. Y puede que, a día de hoy, siga siendo pequeña y necesite de una buena nana para conciliar el sueño. Descubrí que Yann Tiersen, es uno de mis cazadores de sueños.

A los tres mosqueteros siempre nos gustó ir sobre ruedas y conocer el pequeño mundo que nos rodeaba. En el coche, jamás faltaban cintas de cassette, que a destiempo insistía por cambiar. Recuerdo la banda sonora de Mar i Cel, un musical que ha tripitido en los escenarios barceloneses a lo largo de casi treinta años, el mismo que no me cansaba de cantar. Les claus, les claus, doneu-me les claus[1], coreaban gravemente aquellos pérfidos piratas. No tenía más de cinco años. Eso ocurría siempre en verano, camino a la playa, camino al mar.

La jukebox del Orión azul era incansable. Las bandas sonoras siempre fueron un clásico, Ennio Morricone era casi un viajero más, y cuando necesitaba un descanso, las campanas tubulares de Mike Oldfield retumbaban por los altavoces traseros. “Moonlight Shadow” fue la primera canción en inglés inventado que conseguí cantar de principio a fin.

Tirando de archivo fotográfico, fue en 1994 cuando robé, o recuerdo haber robado, el primer cedé a mi tío. ¡Tomatazo! Recuerdo había dos canciones que me tenían cautivada, ambas eran de dos grandes, pero esto lo descubrí años después. “Un paso adelante!” la llamaban, de unos alocados Madness (One Step Beyond) y “Mi agüita amarilla” de los Toreros Muertos, a quien tuve el placer de escuchar en directo el año pasado en la archiconocida Plaza Mayor, y no precisamente con una relaxing[2] taza de café con leche. Esta última me acompañaba largas tardes de domingo jugando a los clics, y un día, desmontando la granja lo vi claro, estaban hablando de un pis. ¡De un pis!

Un año después aparecieron en mi vida Amistades Peligrosas, Cristina del Valle y Alberto Comesaña pusieron la nota musical de aquel verano en casa de mis abuelos. “Me haces tanto bien” fue la canción con la que descubrí la tecla de repeat. Después de este punto y seguido, decidí ir a buscar la letra, y creo que fue suerte no haberle prestado atención antes.

Durante todos estos años, convivieron también conmigo grupos tan grandes como Sau, Sangtraït, Els Pets, Sopa de Cabra, Lax’n’Busto. Con ellos aprendí a apreciar el rock, el rock en catalán. De todas las canciones me quedaría con “Boig per tu”, la balada más grande que ha conocido el mundo, y que ahí donde esté seré capaz de cantar a pulmón. Quan no hi siguis al matí, les llàgrimes es perdran entre la pluja que caurà a-vui[3].

Creo que estaría mal dejar de mencionar a The Beatles, o Los Bitels, para los más tradicionalistas. Aquellos dos discos, uno rojo y otro azul marcarían un punto de inflexión en mis gustos musicales, pero creo que esto, tampoco lo sabía por entonces. Me encantaba escuchar la penúltima del azul, “Eleanor Rigby”, tristísima, por cierto, pero mi inglés no daba todavía para mucho más que el “Yellow Submarine”.

En toda esta mezcla musical seguían reinando las bandas sonoras, la de Misión Imposible, mi favorita. Más allá del trepidante tema de la serie, había una canción que me tenía loca, “Headphones” de Björk, creo que la llamaba “la canción de la tía rara”. Y con los avances cibernéticos, más tarde, comprobé que no me equivocaba tanto. Tenía justamente diez años, y todavía no había visto La Roca.

Creo que hasta ese momento me dio por robar bastantes más cedés a mi tío, que, para el caso, pasaban de estar en casa de mis abuelos a estar en mi casa. Si no recuerdo mal, ya habían empezado con los recopilatorios de Blanco y Negro Mix, y puede que hasta me empezaran a gustar los Vengaboys, pero pienso que no sería necesario ahondar en estos temas.




Es tornará ocell per un dia, i d’entre les cendres podrá volar…[4]




[1] Las llaves, las llaves, dadme las llaves.
[2] Relajante.
Nota del autor: La expresión surge del maravilloso discurso de la excelentísima Ana Botella, también conocida como Annie Bottle en su discurso de defensa de Madrid como ciudad olímpica. Dicho sea de paso, quedó dicha candidatura en fondo más profundo de la cup.
[3] Cuando no estés por la mañana, las lágrimas se perderán entre la lluvia, que caerá hoy.
[4] Se volverá pájaro por un día, y de entre las cenizas podrá volar… 


24 de mayo de 2016

Dulce y anaranjado: en busca del carrot cake ideal.

El Madrid naranja nada tiene que ver con bancos holandeses o con ningún partido político.  Las buenas campañas publicitarias nos hicieron asociar el verde a la cerveza, sosa, puede que sí, pero años después seguimos sumidos en aquel eslogan escueto.

A título personal me permití asociar el naranja a un placer oculto, bueno, conocido por algunos, el de las tartas de zanahoria.

En mi perfil, más allá del número de pie, de los agujeros y las tintas, olvidé un detalle importante, la alergia majestuosa a los frutos secos. Los cacahuetes matan, y el resto, tampoco es que sumen puntos de vida. Y claro, la tarea de pedir una porción de tarta, a veces no resulta tan simple.

De hecho, la última vez, en buena compañía y no muy lejos de casa, quedó todo el gozo en un pozo, y acabamos cambiando el naranja por una Oreo cake. Si bien es cierto que las críticas de Juanyta me mata! (Diego de León, 60) la dejan en muy buen lugar, tocará esperar la crónica de algún paladar amigo para tener constancia de ello.

En Corredera Alta de San Pablo, a media calle, cerca de la esquina de Espíritu Santo, está el escaparate de la perdición. Así a simple vista, diría que son cuarenta centímetros de diámetro por quince de alto, un placer a la vista. Red Velvet, tres chocolates, coco, cheese cake, un sinfín de pecados que tampoco puedo comer. ¡Malditas nueces!

Y un poco más lejos del Reino, entendiendo este como el Reino de Malasaña, en la cuna del Rastro, está Martina Cocina (Plaza del Cascorro, 11). Ahí, sí. Qué delicia. Sin frutos secos, sin mucho frosting, y creo que con bastante amor. Me resulta especialmente agradable entrar ahí, una mezcla entre dulce y salado que invita a pasar a leer una mañana entera. Aunque creo que la clave, el buen café que lo acompaña.

Andar sin rumbo, ese pequeño secreto que todos tenemos de vez en cuando. Supongo que lo mejor de ello es perderse y descubrir una ciudad nueva a cada paso. Esto fue lo que pasó con Il Tavolo Verde (Villalar, 6), escondido entre las callejuelas detrás de la Puerta de Alcalá (mírala, mírala). La verdad es que no pregunté mucho acerca de si podía o no comerla, pero el espacio inmejorable creo que actuó de buen antihistamínico. El sabor, mucho menos dulce de lo habitual, hizo que me olvidara realmente de donde estaba y me llevara a mi niñez, comiendo las deliciosas cocas de piñones de madre.

Pero supongo que el epicentro naranja es el Reino, para que engañarnos.

Tiene mucha fama el de la Lolina Vintage Café (Espíritu Santo, 9), uno que tampoco pude ni podré probar jamás. Los expertos aseguran que es muy repetible, tendré que pensar que sí.

Y bueno, por qué no, después de un brunch, siempre muy apetece un dulce. En el Carmencita Bar (San Vicente Ferrer, 51), además de servir unos desayunos-comida espectaculares, tienen un carrot cake digno de ser enmarcado, consistente y suave a la vez. Lo que no entiendo muy bien por qué espolvorean nueces en el frosting, pero nada que no subsane una cuchara amiga. Espero poder repetir pronto.

Hasta el momento, hemos estado tratando de trozos importantes de tarta, un poco en la línea de madalenas gordas que cuestan un ojo de la cara. Y sí, es cierto. Pero, “que no te amargue un dulce”.

En otra liga está el de Mamá Framboise (Fernando VI, 23). Sin duda la mejor que probé jamás. Sin cobertura, sin los pisos habituales, similar a un brownie en forma y textura, y no lleva nueces. Medida petit four, y precio “riñón”, eso sí. Dulces afrancesados con vajilla británica, una combinación casi perfecta. En la lista de caprichos anuales.

Después de este dulce recorrido intentaré resistir a la tentación de no repetir. Puede que hasta el espíritu aventurero me lleve a descubrir nuevas naranjas accidentales, a las que difícilmente podría decir que no, aunque está claro que no depende del todo de mí. 

Y después de tanto escribir, llegué a una clara conclusión: lo que hace ideal un carrot cake, son los ingredientes que me acompañan. 






Se aceptan propuestas indecentes. 

4 de mayo de 2016

Volvieron las lecciones: buscando la playa.

La primera vez que estuve en Madrid no tenía más de diez años. A mediados de los noventa imperaba un gris extraño, que cubría sutilmente los grandes y majestuosos edificios. Pero lo que más llamó mi atención fueron aquellas ovejotas extrañas cubiertas de guirnaldas navideñas que berreaban en tanto se acercaban los viandantes. Un terror.

No más agradable fue la sensación de comer un bocadillo de calamares. Puede que, por el entorno hostil, pero, andar por encima del crepitar de miles de gambas descabezadas acompañadas de servilletas usadas y palillos redondeados no era mi idea del goce del pan con rebozado.

Por aquel entonces tampoco me gustaba el café, y jamás pensé acabaría viviendo aquí.

Desde aquel entonces han pasado más de veinte años, y es que dicho así parece muy crónica de abuela, pero ya me gusta el café, en vaso y con la leche templada; el vino, blanco y en copa grande; los bocatas de calamares, así sin más; y la Mahou, preferiblemente Clásica (la verde, que para los que ampliamente me conocen, nada tiene que ver con el color).

Podría llegar a decir que me he encastizado, me gusta pasear por el Barrio de las Letras, tomar vermut casero por la antigua Plaza de la Alegría, ir al Rastro de vez en cuando, perderme en las callejuelas de Malasaña, pasar tardes en el Retiro y ver amanecer en buena compañía, bueno, esto último creo que ya venía de antes.

Aunque no voy a engañar a nadie, sigo echando de menos el Mar (al mar, mar…), pero la suerte de vivir en una gran ciudad es que puedes llegar a encontrar soluciones para todo.

¿Arena? El Ojalá de la Calle San Andrés 1, ofrece la mejor arena industrial jamás pensada en el centro de Madrid, que no digo que esté mal, pero no recomendaría a nadie descalzarse ahí.

¿Un chiringuito? El Chiringuito del Señor Martín, en la calle Mayor 31, que, aunque sin tener terraza, compensa con la comida marinera. Y bueno, si se trata de comer, cualquiera de los Rincones de Jaén (Barrio de Salamanca), aunque no le veo yo mucho el mar.

¿Otro chiringuito un poco más de verdad? Sin duda una terraza de mis favoritas, en el The Hat, en la calle Imperial 9, entre el Centro y La Latina. Muy para perderse y dejarse volar.

¿Tumbonas? En el Centro Cultural Conde Duque, cuando llega el buen tiempo saben lo que algunos echamos de menos. Lo intentaron con la arena, pero no les salió del todo bien, pobres.

¿Un paseo marítimo? Hasta no hace mucho hubiera apostado por el Madrid Rio, sin duda, pero hace poco alguien me enseñó donde encontrarlo en el centro. Es información clasificada, para evitar eso de las aglomeraciones, y eso.

¿Agua? Mi preferida, la del estanque del Retiro, esa que tuve el placer de probar hace ya algunos años, de hecho, en aquella primera visita de descubierta. Los detalles de la historia son también clasificados, salvando algunos aventajados.
 
Y así, así es como llega la primavera en Madrid, con alergias y alegrías.





Séptima lección aprendida: en Madrid cualquier cosa es posible, siempre con un poco de imaginación, claro.