A lo mejor debería
de cambiar el título de este blog, a la Verbena de la Gaviota.
Describir, sentir y
soñar el mar está siendo todo un clásico. Es cierto que no soy muy devota de la
playa en verano, pero curiosamente es cuando más la echo de menos. Y por ello
cualquier excusa es buena para plantar los pies en la arena y dejar que la sal
deje su brillo en la piel.
La costa levantina
siempre resultó ser una gran desconocida. Visité el Mediterráneo medio a los
doce, quizá trece años, y conservo un recuerdo vano, sólo la sensación de
playas caldosas escondidas tras los quilométricos arenales a la sombra de altos
edificios. Supongo que jamás lo dejé en la lista de experiencias repetibles.
Y la vida te acaba poniendo
siempre en tu lugar, en la incómoda posición de, a veces, tenerte que retractar
de tus palabras. Creo, que hace unas semanas, así fue.
El olor a mar se
incrustó en mis pituitarias, y la humedad penetró por cada uno de los poros.
Tan lejos, y a la vez tan cerca. Sólo podía pensar en que millas arriba, en ese
mismo charco estaba casa, pero esta vez estábamos en la suya. Sin perder mucho
el tiempo corrimos a ver si el agua seguía en su sitio, y no pude evitar descalzarme.
Cumplíamos el sueño, estar por fin, en un paseo marítimo, de los de verdad. Era
momento de sostener un vaso, brindarle a la vida, y poder agradecer aquel momento
tan esperado.
La música no me gustaba,
pero mi capacidad de abstracción trabajó en pro del momento, y empecé a
escuchar muy de fondo aquella canción que solía hacerme las puestas de sol más
mágicas.
Somebody that I used
to know.
Así, oficialmente,
estaba por segunda vez en la costa de Levante, en la Costa Blanca, en la playa
de Madrid, una costa tan masivamente conocida y de la que tanto me faltaba por
saber.
Alicante es
capital, de esto no existe ninguna duda, tienen Corte Inglés, metro y
aeropuerto. Y pese a que tienen buena frecuencia de paso, de querer tener horas
libres para trabajar, necesitas coche.
Pensé que la presencia
de mar en sus vidas les haría tener vidas bastante relajadas, pero no, son unos
atacados al volante, de esto no tengo duda. Tienen intermitentes, eso sí, pero
de las dos manos, una va pegada siempre al cambio de marchas, en quinta, y la
otra a la bocina. El volumen y el sintonizador de la radio lo vendían como
extra, así que Onda 15[1]
viene por defecto en todos los coches. Es un hecho.
Primera lección
aprendida: En Alicante, si tardas más de dos segundos en arrancar en un
semáforo en verde, eres castigado por un ser superior y un bocinazo alicantino.
Pero no solo eso,
algo tan de domingo como el aperitivo, ahí lo hacen el sábado. Los lugareños
comparten espacio con turistas como yo, y a la sombra del Mercado Central se
juntan como discutiendo el precio del ganado, eso sí, con cervezas en la mano.
Los puestos han sabido muy bien cómo adaptarse a los tiempos modernos y hasta
preparan bonitas bandejas de cartón con jamón recién cortado, ¡ellos sí que
fueron visionarios!
Al debate post
nocturnal se suman encantadoras chicas con atuendo playero publicitando algo a
lo que llaman “tardeo”[2].
Si ir de cañas es cañeo, ir de tardes será el tardeo, ¿no? Reparten unas
graciosas pulseras de colores con un gran VIP, creo que por ello tienen tanto
éxito.
Pero lo que más
llamó mi atención fue el código de vestimenta del evento. Había una extraña
mayoría de varones de mediana edad con chinos cortos, polos de caballos y zapatillas
de yate. Me tranquilizó saber que no siempre es así. Tuve también un momento
para la nostalgia: en Alicante siguen existiendo chonis, de pelo rubio planchado y rizos artificiales, vestidos
pequeños, tanto de largo como de talla, uñas purpurinosas y colores que creía
exterminados de la tabla de Pantone. También me hicieron girar la cabeza los “hiptser
de manual”, salidos de un editorial de Cosmopolitan. Mismos calcetines de
estampados divertidos, mismos pantalones altos cortos desgastados, mismas
camisas hawaianas, y mismos bolsos de mimbre tamaño raquítico.
No pude evitar pensar
en un Ataque de los Clones, tan idiosincráticamente modernos.
Más que una huida
de Madrid parece la crónica de la pasarela Cibeles, y es que no puedo evitar
fijarme en los pequeños detalles de una gran ciudad, como también me pasó con el
Castillo de Santa Bárbara, una almena en sí mismo, tan desapercibido de cerca y
tan majestuoso de lejos. O con el vecino barrio de Santa Cruz, de calles estrechas
y suelos desnivelados. Macetas sin dueño y puertas abiertas. O las antiguas
viviendas de pescadores, completamente abandonadas y sin pesqueros.
Había llegado el
momento de salir a probar la fiesta alicantina, de la que tan bien me habían
hablado, y tenía que probar que la información y las fuentes fueran de calidad.
Placeres
exquisitos.
Continuará…

