6 de septiembre de 2016

Poesía absurda escrita en prosa.

Te levantas con terribles ganas de escribir, llegas al blanco, al vacío, y curiosamente, todo el desorden parece tomar forma. Puede que sin querer haya llegado el momento de hacer balance del verano inacabado.

Sentimientos encontrados, contrapuestos, algunos desconocidos y otros que no tocaban.

La sonrisa estúpida frente al mar, compartir la playa desierta contigo, sentirte libre y liberado, tener ganas de volver a casa, de contártelo.  Echarte de menos, pensarte e idealizarte, construirte.

Ganas de verte en el espejo, de ver como todo ha cambiado. Soñarte. De cómo los meses de locura se vuelven cuerdos. De ponerte música. Cantar. Cantarte. Intentar volver a aquel verde sin llorarte.

Vivir los nortes, tan lejanos, tan próximos y distintos, y bailarlos melena al viento. Esa brisa que enloquece, que evoca sonrisas estúpidas sin sentido.

Poesía absurda escrita en prosa.

Noches interminables de estrellas, y estrelladas. Fugaces. Durmiendo poco, soñando mucho. Intentado escribir las notas del silencio.  

Bebiéndote. Recordándote. Descifrándote. Sintiéndote. Pensándote, luna.

Cervezas y vinos, risas y llantos, besos y abrazos. Cafés infinitos.

Todos. Tan lejos, tan cerca.

De agradecer, a todos ellos que están ahí, en el desván, por rescatarme y estar rescatándome constantemente.  

Por los súperpoderes.



A ti, este yo que a veces necesito descifrar en segunda persona. 

17 de agosto de 2016

Re-conociendo lugares fuera de Madrid. (Parte 2)

Y continuó.

Hasta el momento tenía buenas referencias de la noche alicantina y hasta puede que, de los alicantinos, aunque según dice el dicho, se les conoce como “borrachos y finos”.

Me habían hablado de unas setas un tanto curiosas, y como buena micóloga tuve que ir a cazarlas. La curiosidad mató al gato, y a mi nariz, el interior de aquellas casitas pitufas se había convertido en un excusado demasiado público. Después de ver el video casposo que las defendía, necesitaba música, de la verdad.

Música, deliciosa, que evocó un pasado incierto y un presente maravilloso. Sin parar de saltar reconocía signos de la noche madrileña que tan lejos quedaba. Quise que las luces no se encendieran nunca, seguir siendo colores en la sombra.


Andar se hacía cuesta arriba hasta en llano, pero escuchar otra de las canciones de Alta Fidelidad resultó ser el empujón necesario para cruzar aquella puerta.

In the name of hope, give it your all, give me a call, now you, so long.

Un sin parar de momentos, de cantar a pulmón y de ir saltando cada vez menos. Quedaba poco por ver amanecer: resultó ser un banco imantado.

Y con eso de comer, los lugareños son muy exquisitos. La Paella. ¡Qué tema tan controvertido! Por lo visto a los valencianos les encanta mezclar el arroz con verduras, algo que los alicantinos consideran un sacrilegio. Tengo que reconocer que me ha llevado un tiempo, y unas cuántas búsquedas en internet, pero el secreto de la Paella alicantina se llama Salmorreta, una picada de ñora, tomate y ajo. Y nunca, jamás, cebolla. El arroz tampoco hay que tocarlo una vez empiece a hervir, de hacerlo, el Maestro Paellero (también conocido como “macho alfa”) saca el demonio que lleva dentro, y te cruje las manos. Como en todos, el ritual de la paella tiene unos roles muy bien definidos, y jamás regentados por mujeres, que se quedan dándole al palique mientras tanto. El mejor papel, el desempeñado por el “aspirante a macho alfa”, al que definiría como mosca cojonera, puesto a que ni pincha ni corta tiene un sinfín de ideas y propuestas que jamás verán la luz.

Segunda lección aprendida: una paella con guisantes y cebolla no es paella.

Como dice mi padre, muy de dichos, él, “l’arròs fa venir el ventre gros[1]”, así que la sobremesa pasa de ser necesaria a obligatoria.

Los atardeceres siempre me han gustado, por los colores, por el silencio que poco a poco va reinando la orilla, el aire que se respira, una alenada[2]  de vida. Pero en esta ocasión me quedo con la noche, con la luna y su destello en la mar calma. Estaba deseosa de playa de noche, como cuando haces una larga lista a los reyes magos, pero solo deseas una sola cosa. Era esta.

La muchedumbre se había fundido en la noche, y solo quedábamos nosotros, nómadas en la arena. Bajo un paralunas, escuché las olas, los sabrosos mosquitos de verano, el tintineo del hielo en la copa, y el mundo cambiar. No había posibilidad de parar el tiempo, que empujaba las manillas como en acto de rebeldía. Y de entre la penumbra apareció aquella sombra, aquel ser único que se convirtió en compañero de viaje, de penas y alegrías. Que me enseñó a conocer el norte verdadero, a saber de dónde vengo.

“Cuando has perdido el rumbo, da una vuelta entera a la barca y busca la Osa Mayor, tira una línea recta y encontrarás la Estrella Polar, una vez la tengas, noventa grados a la izquierda, y tierra”.

Aun estando en contra, el tiempo daba para mucho. Reconocí por primera vez un satélite, y es que, si alguna vez le había prestado atención, siempre optaba por el avión como opción posible. Y pedí un deseo. Y puede que hasta se cumpliera, porque aquel momento pareció no tener fin.

Hubiera deseado pelearme con aquel tic tac. De nuevo, no quería dormir, por si se acababa.

Solo faltaba esperar el letargo de la vuelta, una eterna despedida. Un camino rojo sin fin. Un sinfín de saberes aprendidos. Y es que las curvas se acaban sólo, cuando empieza de nuevo la recta.   





[1] El arroz te hincha como un globo.
[2] Soplo

14 de agosto de 2016

Re-conociendo lugares fuera de Madrid. (Parte 1)

A lo mejor debería de cambiar el título de este blog, a la Verbena de la Gaviota.

Describir, sentir y soñar el mar está siendo todo un clásico. Es cierto que no soy muy devota de la playa en verano, pero curiosamente es cuando más la echo de menos. Y por ello cualquier excusa es buena para plantar los pies en la arena y dejar que la sal deje su brillo en la piel.

La costa levantina siempre resultó ser una gran desconocida. Visité el Mediterráneo medio a los doce, quizá trece años, y conservo un recuerdo vano, sólo la sensación de playas caldosas escondidas tras los quilométricos arenales a la sombra de altos edificios. Supongo que jamás lo dejé en la lista de experiencias repetibles.

Y la vida te acaba poniendo siempre en tu lugar, en la incómoda posición de, a veces, tenerte que retractar de tus palabras. Creo, que hace unas semanas, así fue.




El olor a mar se incrustó en mis pituitarias, y la humedad penetró por cada uno de los poros. Tan lejos, y a la vez tan cerca. Sólo podía pensar en que millas arriba, en ese mismo charco estaba casa, pero esta vez estábamos en la suya. Sin perder mucho el tiempo corrimos a ver si el agua seguía en su sitio, y no pude evitar descalzarme. Cumplíamos el sueño, estar por fin, en un paseo marítimo, de los de verdad. Era momento de sostener un vaso, brindarle a la vida, y poder agradecer aquel momento tan esperado.

La música no me gustaba, pero mi capacidad de abstracción trabajó en pro del momento, y empecé a escuchar muy de fondo aquella canción que solía hacerme las puestas de sol más mágicas.

Somebody that I used to know.

Así, oficialmente, estaba por segunda vez en la costa de Levante, en la Costa Blanca, en la playa de Madrid, una costa tan masivamente conocida y de la que tanto me faltaba por saber.

Alicante es capital, de esto no existe ninguna duda, tienen Corte Inglés, metro y aeropuerto. Y pese a que tienen buena frecuencia de paso, de querer tener horas libres para trabajar, necesitas coche.

Pensé que la presencia de mar en sus vidas les haría tener vidas bastante relajadas, pero no, son unos atacados al volante, de esto no tengo duda. Tienen intermitentes, eso sí, pero de las dos manos, una va pegada siempre al cambio de marchas, en quinta, y la otra a la bocina. El volumen y el sintonizador de la radio lo vendían como extra, así que Onda 15[1] viene por defecto en todos los coches. Es un hecho.  

Primera lección aprendida: En Alicante, si tardas más de dos segundos en arrancar en un semáforo en verde, eres castigado por un ser superior y un bocinazo alicantino.

Pero no solo eso, algo tan de domingo como el aperitivo, ahí lo hacen el sábado. Los lugareños comparten espacio con turistas como yo, y a la sombra del Mercado Central se juntan como discutiendo el precio del ganado, eso sí, con cervezas en la mano. Los puestos han sabido muy bien cómo adaptarse a los tiempos modernos y hasta preparan bonitas bandejas de cartón con jamón recién cortado, ¡ellos sí que fueron visionarios!

Al debate post nocturnal se suman encantadoras chicas con atuendo playero publicitando algo a lo que llaman “tardeo”[2]. Si ir de cañas es cañeo, ir de tardes será el tardeo, ¿no? Reparten unas graciosas pulseras de colores con un gran VIP, creo que por ello tienen tanto éxito.

Pero lo que más llamó mi atención fue el código de vestimenta del evento. Había una extraña mayoría de varones de mediana edad con chinos cortos, polos de caballos y zapatillas de yate. Me tranquilizó saber que no siempre es así. Tuve también un momento para la nostalgia: en Alicante siguen existiendo chonis, de pelo rubio planchado y rizos artificiales, vestidos pequeños, tanto de largo como de talla, uñas purpurinosas y colores que creía exterminados de la tabla de Pantone. También me hicieron girar la cabeza los “hiptser de manual”, salidos de un editorial de Cosmopolitan. Mismos calcetines de estampados divertidos, mismos pantalones altos cortos desgastados, mismas camisas hawaianas, y mismos bolsos de mimbre tamaño raquítico.

No pude evitar pensar en un Ataque de los Clones, tan idiosincráticamente modernos.

Más que una huida de Madrid parece la crónica de la pasarela Cibeles, y es que no puedo evitar fijarme en los pequeños detalles de una gran ciudad, como también me pasó con el Castillo de Santa Bárbara, una almena en sí mismo, tan desapercibido de cerca y tan majestuoso de lejos. O con el vecino barrio de Santa Cruz, de calles estrechas y suelos desnivelados. Macetas sin dueño y puertas abiertas. O las antiguas viviendas de pescadores, completamente abandonadas y sin pesqueros.

Había llegado el momento de salir a probar la fiesta alicantina, de la que tan bien me habían hablado, y tenía que probar que la información y las fuentes fueran de calidad.

Placeres exquisitos.  




Continuará…





7 de julio de 2016

Tormentas de verano.

Cuando veo la escena en que Gene Kelly canta bajo la lluvia nacen en mí un montón de sentimientos encontrados. Claquea de maravilla, el traje le sienta genial y tiene una mirada inigualable; y todo esto bajo una inagotable cortina de agua. Sin duda, no llevaba gafas.

Tan inusual es la tormenta de la escena como la de esta noche en Madrid. De día un sol de justicia y, cuando los gatos gobiernan la calle, con un estruendo de miedo empieza el aguacero. Corto pero intenso, alejándose entre el murmullo de los vecinos. Es verano y las ventanas abiertas se convierten en un pequeño pasaje a la intimidad de cada uno. Ellos me escucharon tararear y, compartiremos platos, goles y gemidos.   

Siguen cayendo gotas, que me recuerdan los pasos de Lockwood antes de quitarse el sombrero.

¿Un paraguas? Un estorbo. Recuerdo aquellos años mozos, mucho antes que el verde lima inundara mi cara, en que adoraba las pequeñas gotas salpicar en mi nariz. Me molestaba el pelo mojado, pero resistía por el placer del agua deslizarse espalda abajo. Rebelde sin causa, ante cualquier chaparrón.

Hace bien poco, un sabio me ilustró acerca de cómo llamar al olor a tierra mojada. Ese olor que me fascina, y me deja por instantes anonadada. El instinto de “curiosistencia” me llevó a buscar más acerca de esto, y es que el petricor se llama así por piedra (en griego petra) e ichor el nombre que recibía el fluido que corría por las venas de los dioses mitológicos. Después de indagar acerca de esto, podría asegurar que entra dentro de mi lista de palabras favoritas.




What a glorious feeling, and I'm happy again.


A veces pienso en la lluvia como el llanto. Ese momento tormentoso, gris y tedioso, que te hace tronar. Se deslizan las lágrimas mejillas abajo, como si de un torrente se tratara, y acaban cayendo tímidas en un charco de nada. En ambas precipitaciones, después de la tormenta siempre llega la calma, el desconsuelo se desvanece a merced del aire, y tras las nubes resurge con vigor la sonrisa, el sol.

Ahora sí, dejó de llover. Los truenos son cada vez más tímidos y lejanos. Se desdibuja un ápice de ese olor que me llevará de puntillas hasta la cama. Con solo el tecleo siento molestar al momento, a la calma que llegó ante el silencio de la noche.






Y sí, es cierto, empecé a escribir pensando en cuán molestosa es la lluvia para los que vemos el mundo a través de unos cristales y de cuantas veces habremos pensando en un limpiaparagafas; de cómo amodio a Gene Kelly por estar contento cantando y bailando bajo la lluvia; de cuán me fastidian los madrileños con paraguas y los coches que aceleran en los charcos, pero de repente, sin saber muy bien cómo, acabé recitando esto, una oda a la lluvia.  

30 de junio de 2016

Volver.

Si cierro fuerte los ojos, todavía puedo oler el mar, la mar, como decía Alberti.


Siempre tuve curiosidad por saber qué hay más allá del horizonte. Con los pies en la arena, habiendo silenciado los gritos y las conversaciones de café, dejo que mis ojos vuelen y que lleguen ahí donde mis brazos no llegarían.

Gozo del momento, el salitre inundando mis poros, evocando tantos momentos ahí vividos. Nací casi dos días después de la luna nueva, esa que domina mares y mareas.

Recuerdo los domingos camino a la playa, con el bañador puesto y los manguitos preparados. Plantábamos el parasol cuidadosamente, como quien trasplanta una orquídea. Siempre había alguien con quien hacer castillos arena. Me cuesta volver a esa playa, tan llena de recuerdos.

Aprendí a nadar pronto, y siempre me gustó alejarme de la orilla y observar la playa como si de una postal se tratara. Hoy, años después, no puedo hacerlo sin mis gafas robóticas. Borrosos, intuyo a los bañistas, relajados, que reposan a merced del sol. Pero si consiguiera nadar, nadar sin parar, en línea recta, llegaría a al Golfo de Girolata, donde seguramente también haya alguien como yo pensando en quién estará al otro lado.





Con buenos amigos, con tiempo escaso, aprovecho cada momento para ver de lejos, o de cerca, el mar.

De nuevo en Madrid pienso en todas las mañanas ahí vividas, en la costa que me vio crecer. Necesito estar cerca, necesito estar lejos. Echar de menos ese sol, echar de menos el aroma, echarme de menos. Dos vidas distintas que necesitan estar conectadas, compenetradas y a la vez alejadas. Digerir la distancia, y pensar en volver, solo un momento, solo de vez en cuando.

Madrid tiene mar, y si lo hueles fuerte hasta llega el olor. Madrid tiene recuerdos. Madrid tiene postales. Como ya dije una vez, Madrid tiene paseo marítimo. Madrid también tiene sol. Y tiene vida.

En Madrid también hay con quien hacer castillos, de sueños y de aventuras, castillos en el aire, castillos de arenas movedizas.  


De todas las lecciones que he ido aprendiendo hasta hoy, es que en Madrid todo es posible si se desea. 



17 de junio de 2016

Alta Fidelidad, o de como suena una vida. (Parte 2)

Mi vida es música, mi nombre, una canción. 

En todas las historias musicales siempre hay algunos puntos negros, no nos avergoncemos, sólo corramos un tupido velo. O estúpido. Laura Pausini estuvo ahí, en el mio. Gloria Estefan. Cher. Y  mira que jamás fui muy fan de las boy bands, pero también pasaron temporalmente los Backstreetboys o los Nsync. De todos ellos, me quedo con Justin Timberlake, sin duda.

Pero crecía, y conmigo mis gustos musicales. En sexto de primaria fue un momento muy ecléctico, seguían Sau y Els Pets, con la electrónica de Pont Aeri. Sin sustos. En clase no parábamos de compartirnos el disco de Amb la lluna a l’esquena, o el Bon dia. Me encantaba “Una estona de cel”. Pero de aquel 1998, guardo el recuerdo de mi primer y único concierto de Sau, en Espolla. Me las sabía todas, las canté todas, y puede que, sin saberlo, hasta llorara alguna. Un año después moría Carles Sabater, el 13 de febrero. El 14, en clase de lenguaje musical, estábamos atónitas, lo vivimos intensa y cercanamente.

És molt dur haver de marxar, d’una festa quan tot s’ha acabat, quan la clau no et vol obrir, i l’alcohol et fa sentir deprimit. De-pri-mit.[1]

Llegados al instituto, con 12 años, éramos ya mayorcísimos. La primera canción que recuerdo entre aquellas paredes verdes fue de Bob Marley, “Three Little Birds”, behind my doorstep. En clase de inglés nunca faltaron los temazos, Smashmouth, Offspring, Blink 182, o grandes como Suzanne Vega o Elton John.

Pero tampoco había podido abandonar el rock en catalán. Lax’n’Busto, esta vez, y “Johnny el Melenes” como tema. Tuvimos el placer de reescribir la letra y muy dedicarla, quedó en el olvido entre tantos papeles y agendas y dietarios de aquel entonces.

De esa plena adolescencia “hippielonga” salió mi pasión por Gossos. No sabría decir muy bien cuando empezó, pero recuerdo que con un muy buen amigo cantábamos “La casa cuartel” de Kiko Veneno, versionada por ellos.

Gossos siguen presentes en el ahora, cerca de mis treinta en enero, pero no puedo olvidar aquel verano, aquel primer amor. Nos gustaban las mismas canciones, casi las mismas cosas, pero estábamos demasiado lejos. Con él hubo muchos poemas y promesas, casi todas ellas quedaron por cumplir, y a día de hoy, una vez al año, hacemos memoria de esos momentos tan apasionados, vividos como si no hubiera mañana. Recuerdo el concierto a la perfección, en primera fila, y con un brillo en los ojos que de vez en cuando resurge de entre las cenizas. “Quan et sentís de marbre” era nuestra canción. Y por enésima vez, lo dejamos con “La carta”.

Ese año fue complicado. Las emociones de aquella pérdida nos unieron de forma dispar. Y ahí descubrí Crosby, Stills, Nash and Young, al tiempo que leía por primera vez el “Guardián entre el centeno” de Salinger. Sentía que me hacía mayor, y todavía no tenía ni puta idea de nada. Sin Young, que se fue por su cuenta, me quedaría con “Southern Cross”, think about how many times I have fallen, decían.

Supongo que estaría mal no citar a Sopa de Cabra. “L’Empordà” es nuestra canción, por ser de donde somos y por ser quien queremos ser. Camins, que ara s’esvaeixen, camins que hem de fer sols[2]. Tocaba empezar a caminar solos, eso es. Era un cambio de etapa, y ese año también pasarían muchas cosas. Conoceríamos gente nueva, y con ellos nueva música. “The Anthem”, de Good Charlotte, era la banda sonora de aquellas terribles horas de matemáticas eternas.

At my high school, it felt more to me, like a jail cell, a penitentiary. My time spent there only made me see…[3].

Cumplí los 18 en pleno caos, donde las decisiones eran mundos y el mundo no era más que una cuerda floja donde hacer equilibrios. Recuerdo todavía un cedé que me regalaron, una mezcla de canciones que de alguna manera hablaban de nosotros, del momento. Armageddon la vimos juntos y, si me efuerzo, puedo llegar a escuchar a Steven Tyler cantar “I don’t wanna miss a thing”; ahí estaban Marea, Paco Ibañez, Glenn Lewis o Drexler. Me regalaron también "Siddharta", de Hermann Hesse, que se convirtió el guión de mi propia película. En los créditos, como banda sonora original aparecía Pink Floyd, con "I wish you were here". Temazo. 

Está claro que por entonces mis gustos eran, y siguen siendo, un tanto diversos, y no podía, por ello, faltar la presencia de Béla Bartók, ese húngaro extraño de harmonías inconexas al que un día pillé el gusto. Ese libro, “For Children”, era mi preferido. Danzas húngaras y eslovacas que crecían en intensidad y dificultad. Era casi el fin de las teclas. https://youtu.be/d8HGOJlycqk





Y en un primer momento, pensé en partir esta historia en tres, una por cada década, pero llegados a esto, creo que sería necesario un punto y aparte. Los años venideros fueron muy intensos, musical y vitalmente. La aventura de vivir fuera de casa requería muchas películas y mucha música.  




[1] Es muy duro tener que irse de una fiesta cuando todo acabó, cuando la llave no quiere abrir, y el alcohol te hace sentir deprimido. De-pri-mi-do.
[2] Caminos, que ahora se desvanecen, caminos que debemos hacer solos.
[3] En el instituto, me sentí como en una celda, una cárcel. El tiempo que pasé ahí sólo me hizo ver… 

2 de junio de 2016

Alta Fidelidad, o de como suena una vida. (Parte 1)

Mi vida es música, mi nombre, una canción.

Calderón de la Barca lo supo hacer mucho mejor con los sueños, pero hoy quiero intentar poner en orden esas notas que me cantan, que son parte de mí, y yo no sería sin ellas.

Madre siempre me cantaba una canción antes de acostarme, ponía letra a aquella muñeca azul de pelo rizado y cuerda en la espalda. Bona nit, bona nit. Creo que sin aquella canción y uno de esos 365 cuentos era incapaz de cerrar los ojos. Y puede que, a día de hoy, siga siendo pequeña y necesite de una buena nana para conciliar el sueño. Descubrí que Yann Tiersen, es uno de mis cazadores de sueños.

A los tres mosqueteros siempre nos gustó ir sobre ruedas y conocer el pequeño mundo que nos rodeaba. En el coche, jamás faltaban cintas de cassette, que a destiempo insistía por cambiar. Recuerdo la banda sonora de Mar i Cel, un musical que ha tripitido en los escenarios barceloneses a lo largo de casi treinta años, el mismo que no me cansaba de cantar. Les claus, les claus, doneu-me les claus[1], coreaban gravemente aquellos pérfidos piratas. No tenía más de cinco años. Eso ocurría siempre en verano, camino a la playa, camino al mar.

La jukebox del Orión azul era incansable. Las bandas sonoras siempre fueron un clásico, Ennio Morricone era casi un viajero más, y cuando necesitaba un descanso, las campanas tubulares de Mike Oldfield retumbaban por los altavoces traseros. “Moonlight Shadow” fue la primera canción en inglés inventado que conseguí cantar de principio a fin.

Tirando de archivo fotográfico, fue en 1994 cuando robé, o recuerdo haber robado, el primer cedé a mi tío. ¡Tomatazo! Recuerdo había dos canciones que me tenían cautivada, ambas eran de dos grandes, pero esto lo descubrí años después. “Un paso adelante!” la llamaban, de unos alocados Madness (One Step Beyond) y “Mi agüita amarilla” de los Toreros Muertos, a quien tuve el placer de escuchar en directo el año pasado en la archiconocida Plaza Mayor, y no precisamente con una relaxing[2] taza de café con leche. Esta última me acompañaba largas tardes de domingo jugando a los clics, y un día, desmontando la granja lo vi claro, estaban hablando de un pis. ¡De un pis!

Un año después aparecieron en mi vida Amistades Peligrosas, Cristina del Valle y Alberto Comesaña pusieron la nota musical de aquel verano en casa de mis abuelos. “Me haces tanto bien” fue la canción con la que descubrí la tecla de repeat. Después de este punto y seguido, decidí ir a buscar la letra, y creo que fue suerte no haberle prestado atención antes.

Durante todos estos años, convivieron también conmigo grupos tan grandes como Sau, Sangtraït, Els Pets, Sopa de Cabra, Lax’n’Busto. Con ellos aprendí a apreciar el rock, el rock en catalán. De todas las canciones me quedaría con “Boig per tu”, la balada más grande que ha conocido el mundo, y que ahí donde esté seré capaz de cantar a pulmón. Quan no hi siguis al matí, les llàgrimes es perdran entre la pluja que caurà a-vui[3].

Creo que estaría mal dejar de mencionar a The Beatles, o Los Bitels, para los más tradicionalistas. Aquellos dos discos, uno rojo y otro azul marcarían un punto de inflexión en mis gustos musicales, pero creo que esto, tampoco lo sabía por entonces. Me encantaba escuchar la penúltima del azul, “Eleanor Rigby”, tristísima, por cierto, pero mi inglés no daba todavía para mucho más que el “Yellow Submarine”.

En toda esta mezcla musical seguían reinando las bandas sonoras, la de Misión Imposible, mi favorita. Más allá del trepidante tema de la serie, había una canción que me tenía loca, “Headphones” de Björk, creo que la llamaba “la canción de la tía rara”. Y con los avances cibernéticos, más tarde, comprobé que no me equivocaba tanto. Tenía justamente diez años, y todavía no había visto La Roca.

Creo que hasta ese momento me dio por robar bastantes más cedés a mi tío, que, para el caso, pasaban de estar en casa de mis abuelos a estar en mi casa. Si no recuerdo mal, ya habían empezado con los recopilatorios de Blanco y Negro Mix, y puede que hasta me empezaran a gustar los Vengaboys, pero pienso que no sería necesario ahondar en estos temas.




Es tornará ocell per un dia, i d’entre les cendres podrá volar…[4]




[1] Las llaves, las llaves, dadme las llaves.
[2] Relajante.
Nota del autor: La expresión surge del maravilloso discurso de la excelentísima Ana Botella, también conocida como Annie Bottle en su discurso de defensa de Madrid como ciudad olímpica. Dicho sea de paso, quedó dicha candidatura en fondo más profundo de la cup.
[3] Cuando no estés por la mañana, las lágrimas se perderán entre la lluvia, que caerá hoy.
[4] Se volverá pájaro por un día, y de entre las cenizas podrá volar…