30 de noviembre de 2016

Madrid: cuando digo otoño, digo alergia.

El sol de invierno me gusta, o no. Creo que es una resignación mayúscula a que no hay nada que hacer, que hasta dentro de unos cuantos meses el abrigo formará parte de mi vestimenta habitual. 


Y es curioso, porque todavía no es invierno, pero ya comenté, creo, alguna vez, que en Madrid existen tres estaciones: el frío, la alergia y el mucho calor. 

Me costó acostumbrarme, también a los cafés, y sucumbí.

Aunque sigo sin entender el cambio de hora, si madrugas sales oscuro de casa, y si llegas tarde, es como si no hubiera amanecido jamás, y es entonces cuando pierdes la noción del tiempo. 

Puede que por no hacerme a ello esté constantemente en un bucle inestable de emociones de otoño, marrones y marchitas. Pero sí, cuando algun día te da por levantar cabeza, los rojos, ocres y verdes son capaces de robarte hasta una sonrisa, puede que el Retiro esté empezando.  

De todas maneras, y hablando de naturalidades, en Madrid son, para estas cosas, poco de convencionalismos. Las hojas son verdes casi todo el año, hasta que reaparece una tormenta, repentina, y te arrastra, ramas y hojas al barro. Por instantes, desearía poder decir que es alergia, y que no es más que un hinchazón de ojos.  

Otro otoño. "Está pasando una vez más". Y eso no solo lo digo yo. 







Si me quedo sin hojas, sin argumentos, con la mirada en el cielo, recordaré aquellas amapolas de nariz roja. 

16 de noviembre de 2016

Siempre me gustó aprender de los impares.

Siete años pasaron ya desde ese día. Dejaba atrás a los míos, a lo mío, o a lo que algún día creía lo había sido.

Reempezar, reinventar, reconstruirme.

Creía en la ilusión, le tenía fe ciega. Rehice mi yo, una versión remasterizada, adaptada totalmente al entorno. Y dejé que pasaran los días, días en los que conocí gente maravillosa, sorprendentes compañeros de viaje, tanto para bien como para mal. Puede que me empeñara en vivir eso, una ilusión.

Pasaron mucho inviernos, y primaveras, pero el verde se marchitaba a pasos agigantados.

Algo más de 2555 días pasaron ya, 61320 horas, de los que sin duda me quedo con el hoy. Maravillas escogidas a dedo, un lienzo a medio pintar.

Desde ya hace algunos meses siento Madrid mi casa, un hogar lleno de recortes, de fotos en la pared, de cafés con sabor a ti, vida.




Es cierto que demasiadas veces pienso y pensé en marchar, buscar una nueva ilusión, pero ya aprendí que éstas, no se buscan, te encuentran.

Aquel dia llovía, pero hoy, otro principio de noviembre, luce el Sol, la luna y tu.

5 de octubre de 2016

Otoño: no caen hojas, pero sí los primeros vermuts.

Mal nos pese el otoño va llegando, aunque sea solo de calendario.

No hay árboles rojizos, ni caen las hojas, ni llueve, ni hace mucho viento. No se cumple ningún tópico de los típicos dibujos otoñales. La vestimenta madrileña tampoco amplia mucho los colores durante el año, así que esto, tampoco es una señal.

Creo que uno de los síntomas que reflejan la llegada de este nuevo tiempo es que no hay tanta gente en las terrazas, y que va oscureciendo más pronto. Dicen algunos estudios poco relevantes de internet que el hipersomnio es una característica de la época, pero miren señores, no es algo que me ocurra desde que vivo en la capital, puesto que toda la vida me ha encantado dormir y los despertares han sido, siempre, cosa seria.

Abres los ojos, miras la hora, cinco minutos más, vuelves a cerrarlos, otros cinco minutos, hasta que sin saber muy bien por qué te levantas sobresaltado. Caes en la cuenta que ya ha pasado media semana y que poco queda para que vuelva el domingo.

Y pese a ser una costumbre extendida en mi entorno, tengo la sensación que va a volver la llamada moda del vermut, sí, ese grande y delicioso desconocido. Podría autodefinirme como dummie del tema, para que engañarnos, pero una muy buena amiga ostenta el título de experta descubridora, así que nunca es tarde para convertirse en aplicada discípula.

La última expedición fue a Bodegas Casas, sita en Avenida Ciudad de Barcelona, 23. Cuenta la leyenda que el origen del establecimiento se remonta a principios de los años 20, cuando un pastor venido de Soria empezó a trabajar en un ultramarinos y se vino arriba con lo de la bodega. Por aquel entonces estaba en el corazón de Madrid, en pleno barrio de La Latina, epicentro de los aperitivos, los domingos de Rastro. Y por alguna razón que las redes y una servidora desconocemos se mudaron al barrio de Pacífico, pocos años después de apertura en el centro.

No sé si por herencia de los ultramarinos o porque no es necesaria una cocina, me decanto más por la segunda, son especialistas en encurtidos y conservas. Un vermut, unas aceitunas; otro vermut, banderillas; otro vermut, berenjenas en escabeche; y así hasta el infinito.

Destacaría del sitio, más allá del vermut ensifonado, que está fetén, como dicen aquí, los vasos que lo acompañan, de los de antes, de culo estrecho y boca ancha, con la cantidad justa para poder repetir y no salir haciendo eses.





No obstante, hemos aprovisionado la despensa con víveres, o béberes, suficientes para hacer frente al frío que se acerca, "winter is coming" como dicen algunos. 

6 de septiembre de 2016

Poesía absurda escrita en prosa.

Te levantas con terribles ganas de escribir, llegas al blanco, al vacío, y curiosamente, todo el desorden parece tomar forma. Puede que sin querer haya llegado el momento de hacer balance del verano inacabado.

Sentimientos encontrados, contrapuestos, algunos desconocidos y otros que no tocaban.

La sonrisa estúpida frente al mar, compartir la playa desierta contigo, sentirte libre y liberado, tener ganas de volver a casa, de contártelo.  Echarte de menos, pensarte e idealizarte, construirte.

Ganas de verte en el espejo, de ver como todo ha cambiado. Soñarte. De cómo los meses de locura se vuelven cuerdos. De ponerte música. Cantar. Cantarte. Intentar volver a aquel verde sin llorarte.

Vivir los nortes, tan lejanos, tan próximos y distintos, y bailarlos melena al viento. Esa brisa que enloquece, que evoca sonrisas estúpidas sin sentido.

Poesía absurda escrita en prosa.

Noches interminables de estrellas, y estrelladas. Fugaces. Durmiendo poco, soñando mucho. Intentado escribir las notas del silencio.  

Bebiéndote. Recordándote. Descifrándote. Sintiéndote. Pensándote, luna.

Cervezas y vinos, risas y llantos, besos y abrazos. Cafés infinitos.

Todos. Tan lejos, tan cerca.

De agradecer, a todos ellos que están ahí, en el desván, por rescatarme y estar rescatándome constantemente.  

Por los súperpoderes.



A ti, este yo que a veces necesito descifrar en segunda persona. 

17 de agosto de 2016

Re-conociendo lugares fuera de Madrid. (Parte 2)

Y continuó.

Hasta el momento tenía buenas referencias de la noche alicantina y hasta puede que, de los alicantinos, aunque según dice el dicho, se les conoce como “borrachos y finos”.

Me habían hablado de unas setas un tanto curiosas, y como buena micóloga tuve que ir a cazarlas. La curiosidad mató al gato, y a mi nariz, el interior de aquellas casitas pitufas se había convertido en un excusado demasiado público. Después de ver el video casposo que las defendía, necesitaba música, de la verdad.

Música, deliciosa, que evocó un pasado incierto y un presente maravilloso. Sin parar de saltar reconocía signos de la noche madrileña que tan lejos quedaba. Quise que las luces no se encendieran nunca, seguir siendo colores en la sombra.


Andar se hacía cuesta arriba hasta en llano, pero escuchar otra de las canciones de Alta Fidelidad resultó ser el empujón necesario para cruzar aquella puerta.

In the name of hope, give it your all, give me a call, now you, so long.

Un sin parar de momentos, de cantar a pulmón y de ir saltando cada vez menos. Quedaba poco por ver amanecer: resultó ser un banco imantado.

Y con eso de comer, los lugareños son muy exquisitos. La Paella. ¡Qué tema tan controvertido! Por lo visto a los valencianos les encanta mezclar el arroz con verduras, algo que los alicantinos consideran un sacrilegio. Tengo que reconocer que me ha llevado un tiempo, y unas cuántas búsquedas en internet, pero el secreto de la Paella alicantina se llama Salmorreta, una picada de ñora, tomate y ajo. Y nunca, jamás, cebolla. El arroz tampoco hay que tocarlo una vez empiece a hervir, de hacerlo, el Maestro Paellero (también conocido como “macho alfa”) saca el demonio que lleva dentro, y te cruje las manos. Como en todos, el ritual de la paella tiene unos roles muy bien definidos, y jamás regentados por mujeres, que se quedan dándole al palique mientras tanto. El mejor papel, el desempeñado por el “aspirante a macho alfa”, al que definiría como mosca cojonera, puesto a que ni pincha ni corta tiene un sinfín de ideas y propuestas que jamás verán la luz.

Segunda lección aprendida: una paella con guisantes y cebolla no es paella.

Como dice mi padre, muy de dichos, él, “l’arròs fa venir el ventre gros[1]”, así que la sobremesa pasa de ser necesaria a obligatoria.

Los atardeceres siempre me han gustado, por los colores, por el silencio que poco a poco va reinando la orilla, el aire que se respira, una alenada[2]  de vida. Pero en esta ocasión me quedo con la noche, con la luna y su destello en la mar calma. Estaba deseosa de playa de noche, como cuando haces una larga lista a los reyes magos, pero solo deseas una sola cosa. Era esta.

La muchedumbre se había fundido en la noche, y solo quedábamos nosotros, nómadas en la arena. Bajo un paralunas, escuché las olas, los sabrosos mosquitos de verano, el tintineo del hielo en la copa, y el mundo cambiar. No había posibilidad de parar el tiempo, que empujaba las manillas como en acto de rebeldía. Y de entre la penumbra apareció aquella sombra, aquel ser único que se convirtió en compañero de viaje, de penas y alegrías. Que me enseñó a conocer el norte verdadero, a saber de dónde vengo.

“Cuando has perdido el rumbo, da una vuelta entera a la barca y busca la Osa Mayor, tira una línea recta y encontrarás la Estrella Polar, una vez la tengas, noventa grados a la izquierda, y tierra”.

Aun estando en contra, el tiempo daba para mucho. Reconocí por primera vez un satélite, y es que, si alguna vez le había prestado atención, siempre optaba por el avión como opción posible. Y pedí un deseo. Y puede que hasta se cumpliera, porque aquel momento pareció no tener fin.

Hubiera deseado pelearme con aquel tic tac. De nuevo, no quería dormir, por si se acababa.

Solo faltaba esperar el letargo de la vuelta, una eterna despedida. Un camino rojo sin fin. Un sinfín de saberes aprendidos. Y es que las curvas se acaban sólo, cuando empieza de nuevo la recta.   





[1] El arroz te hincha como un globo.
[2] Soplo

14 de agosto de 2016

Re-conociendo lugares fuera de Madrid. (Parte 1)

A lo mejor debería de cambiar el título de este blog, a la Verbena de la Gaviota.

Describir, sentir y soñar el mar está siendo todo un clásico. Es cierto que no soy muy devota de la playa en verano, pero curiosamente es cuando más la echo de menos. Y por ello cualquier excusa es buena para plantar los pies en la arena y dejar que la sal deje su brillo en la piel.

La costa levantina siempre resultó ser una gran desconocida. Visité el Mediterráneo medio a los doce, quizá trece años, y conservo un recuerdo vano, sólo la sensación de playas caldosas escondidas tras los quilométricos arenales a la sombra de altos edificios. Supongo que jamás lo dejé en la lista de experiencias repetibles.

Y la vida te acaba poniendo siempre en tu lugar, en la incómoda posición de, a veces, tenerte que retractar de tus palabras. Creo, que hace unas semanas, así fue.




El olor a mar se incrustó en mis pituitarias, y la humedad penetró por cada uno de los poros. Tan lejos, y a la vez tan cerca. Sólo podía pensar en que millas arriba, en ese mismo charco estaba casa, pero esta vez estábamos en la suya. Sin perder mucho el tiempo corrimos a ver si el agua seguía en su sitio, y no pude evitar descalzarme. Cumplíamos el sueño, estar por fin, en un paseo marítimo, de los de verdad. Era momento de sostener un vaso, brindarle a la vida, y poder agradecer aquel momento tan esperado.

La música no me gustaba, pero mi capacidad de abstracción trabajó en pro del momento, y empecé a escuchar muy de fondo aquella canción que solía hacerme las puestas de sol más mágicas.

Somebody that I used to know.

Así, oficialmente, estaba por segunda vez en la costa de Levante, en la Costa Blanca, en la playa de Madrid, una costa tan masivamente conocida y de la que tanto me faltaba por saber.

Alicante es capital, de esto no existe ninguna duda, tienen Corte Inglés, metro y aeropuerto. Y pese a que tienen buena frecuencia de paso, de querer tener horas libres para trabajar, necesitas coche.

Pensé que la presencia de mar en sus vidas les haría tener vidas bastante relajadas, pero no, son unos atacados al volante, de esto no tengo duda. Tienen intermitentes, eso sí, pero de las dos manos, una va pegada siempre al cambio de marchas, en quinta, y la otra a la bocina. El volumen y el sintonizador de la radio lo vendían como extra, así que Onda 15[1] viene por defecto en todos los coches. Es un hecho.  

Primera lección aprendida: En Alicante, si tardas más de dos segundos en arrancar en un semáforo en verde, eres castigado por un ser superior y un bocinazo alicantino.

Pero no solo eso, algo tan de domingo como el aperitivo, ahí lo hacen el sábado. Los lugareños comparten espacio con turistas como yo, y a la sombra del Mercado Central se juntan como discutiendo el precio del ganado, eso sí, con cervezas en la mano. Los puestos han sabido muy bien cómo adaptarse a los tiempos modernos y hasta preparan bonitas bandejas de cartón con jamón recién cortado, ¡ellos sí que fueron visionarios!

Al debate post nocturnal se suman encantadoras chicas con atuendo playero publicitando algo a lo que llaman “tardeo”[2]. Si ir de cañas es cañeo, ir de tardes será el tardeo, ¿no? Reparten unas graciosas pulseras de colores con un gran VIP, creo que por ello tienen tanto éxito.

Pero lo que más llamó mi atención fue el código de vestimenta del evento. Había una extraña mayoría de varones de mediana edad con chinos cortos, polos de caballos y zapatillas de yate. Me tranquilizó saber que no siempre es así. Tuve también un momento para la nostalgia: en Alicante siguen existiendo chonis, de pelo rubio planchado y rizos artificiales, vestidos pequeños, tanto de largo como de talla, uñas purpurinosas y colores que creía exterminados de la tabla de Pantone. También me hicieron girar la cabeza los “hiptser de manual”, salidos de un editorial de Cosmopolitan. Mismos calcetines de estampados divertidos, mismos pantalones altos cortos desgastados, mismas camisas hawaianas, y mismos bolsos de mimbre tamaño raquítico.

No pude evitar pensar en un Ataque de los Clones, tan idiosincráticamente modernos.

Más que una huida de Madrid parece la crónica de la pasarela Cibeles, y es que no puedo evitar fijarme en los pequeños detalles de una gran ciudad, como también me pasó con el Castillo de Santa Bárbara, una almena en sí mismo, tan desapercibido de cerca y tan majestuoso de lejos. O con el vecino barrio de Santa Cruz, de calles estrechas y suelos desnivelados. Macetas sin dueño y puertas abiertas. O las antiguas viviendas de pescadores, completamente abandonadas y sin pesqueros.

Había llegado el momento de salir a probar la fiesta alicantina, de la que tan bien me habían hablado, y tenía que probar que la información y las fuentes fueran de calidad.

Placeres exquisitos.  




Continuará…





7 de julio de 2016

Tormentas de verano.

Cuando veo la escena en que Gene Kelly canta bajo la lluvia nacen en mí un montón de sentimientos encontrados. Claquea de maravilla, el traje le sienta genial y tiene una mirada inigualable; y todo esto bajo una inagotable cortina de agua. Sin duda, no llevaba gafas.

Tan inusual es la tormenta de la escena como la de esta noche en Madrid. De día un sol de justicia y, cuando los gatos gobiernan la calle, con un estruendo de miedo empieza el aguacero. Corto pero intenso, alejándose entre el murmullo de los vecinos. Es verano y las ventanas abiertas se convierten en un pequeño pasaje a la intimidad de cada uno. Ellos me escucharon tararear y, compartiremos platos, goles y gemidos.   

Siguen cayendo gotas, que me recuerdan los pasos de Lockwood antes de quitarse el sombrero.

¿Un paraguas? Un estorbo. Recuerdo aquellos años mozos, mucho antes que el verde lima inundara mi cara, en que adoraba las pequeñas gotas salpicar en mi nariz. Me molestaba el pelo mojado, pero resistía por el placer del agua deslizarse espalda abajo. Rebelde sin causa, ante cualquier chaparrón.

Hace bien poco, un sabio me ilustró acerca de cómo llamar al olor a tierra mojada. Ese olor que me fascina, y me deja por instantes anonadada. El instinto de “curiosistencia” me llevó a buscar más acerca de esto, y es que el petricor se llama así por piedra (en griego petra) e ichor el nombre que recibía el fluido que corría por las venas de los dioses mitológicos. Después de indagar acerca de esto, podría asegurar que entra dentro de mi lista de palabras favoritas.




What a glorious feeling, and I'm happy again.


A veces pienso en la lluvia como el llanto. Ese momento tormentoso, gris y tedioso, que te hace tronar. Se deslizan las lágrimas mejillas abajo, como si de un torrente se tratara, y acaban cayendo tímidas en un charco de nada. En ambas precipitaciones, después de la tormenta siempre llega la calma, el desconsuelo se desvanece a merced del aire, y tras las nubes resurge con vigor la sonrisa, el sol.

Ahora sí, dejó de llover. Los truenos son cada vez más tímidos y lejanos. Se desdibuja un ápice de ese olor que me llevará de puntillas hasta la cama. Con solo el tecleo siento molestar al momento, a la calma que llegó ante el silencio de la noche.






Y sí, es cierto, empecé a escribir pensando en cuán molestosa es la lluvia para los que vemos el mundo a través de unos cristales y de cuantas veces habremos pensando en un limpiaparagafas; de cómo amodio a Gene Kelly por estar contento cantando y bailando bajo la lluvia; de cuán me fastidian los madrileños con paraguas y los coches que aceleran en los charcos, pero de repente, sin saber muy bien cómo, acabé recitando esto, una oda a la lluvia.