Hay días en que te mandan trabajos. Hay días y días. De repente tienes la responsabilidad de poder hacer una autobiografía como escritor, y resulta que te lo llegas a pasar bien.
Nací en 1987,
aunque como es lógico, no aprendí a escribir hasta pasados unos años.
Me enfrenté pronto
a los retos de la letra ligada, y con cinco años escribía mi nombre en todas
mis pertenencias. Las libretas pautadas se hicieron mis amigas y recogían como
un secreto un montón de frases sin sentido.
No recuerdo ninguna
expresión agridulce de la señorita Núria, maestra que nos acompañó en los
primeros cursos de primaria. Todos los lunes al llegar nos pedía la redacción,
¿qué habíamos hecho el fin de semana? En la pizarra bien grande escribía
“vaig”, ir en catalán, de pronunciación extraña y error común en la mayoría.
Los errores ortográficos estaban al orden del día, “vaig ana”, decíamos todos,
pero no, faltaba la dichosa erre muda de los verbos en infinitivo.
En abril de 1995, y
como todas las primaveras, se celebraban en el colegio los Jocs Florals, unos
premios literarios de inspiración decimonónica que pretendían promocionar la
escritura y la lengua catalana. Con la historia de Xanadí gané. No recuerdo muy
bien el título, y pese a que el texto, escrito a lápiz pasó muchos años en el cajón
de la máquina de coser de mi madre, no conseguí volverlo a leer jamás. Recuerdo
era la historia de un príncipe de oriente, una mezcla extraña entre Aladín y
Robin Hood, intentando luchar para que todos, ricos y pobres, consiguieran la
felicidad. Y no levantando más de un metro del suelo, tuve que enfrentarme ante
el reto de leer en voz alta delante de un micrófono y de todo el colegio el
cuento ganador. No ocupaba más de una hoja pautada por las dos caras.
Pasaban los años, y
en alguno de aquellos cumpleaños alguien me regaló un dietario rosa, con llave
y cerradura, un cofre de secretos. Empecé a escribirlo unas veinte veces, creo.
Desconocía la existencia del típpex y
odiaba los tachones. Era mi primera aventura a boli.
El ordenador
también hizo su aparición. Aquel Lotus Word Pro fue testigo de mi primer
trabajo largo, 5 páginas, sin justificar, hablando de los viñedos y el vino de
la zona: “La Vinya i el vi”.
El placer por
escribir, por la belleza de las letras, estaba presente también en el cuaderno
de matemáticas, con una manía estrepitosa por poner todos los datos en
diferentes colores. Creo que la costumbre pervive.
El salto al
instituto no nos dejó indiferentes, ahí primaban los exámenes de preguntas
largas y enunciados incomprensibles.
Corría 2003,
tercero de la eso. David era un curioso profesor de catalán, de habla pausada y
movimientos repetitivos. Hablaba, a veces, demasiado. Pero hubo una vez que
consiguió captar mi atención, unos premios literarios a nivel de toda Cataluña.
Un relato más largo de lo habitual, y un jurado desconocido para evaluarlo. Un
reto.
Pensé mucho acerca
de qué escribir. Necesitaba sentirlo cerca. Cuántas veces había empezado frases
interesantes y habían acabado en papel roto. La historia de Martí salió sin
más. Era un joven con síndrome de Down, incomprendido y devaluado por sus
padres. Su abuelo, sin nombre, era el vínculo, la fuerza, el tesón. Acababa
haciéndole una lámpara de tiffany en
su taller ocupacional. Un triunfo. Algo mucho más allá de lo material.
VV.AA., (2003), Contes 2003. Premi Juvenil de Narrativa
Breu Penya Joan Santamaria. LA BUSCA, Barcelona. 115 pág. ISBN: 84-89986-81-9.
Y es cierto que no
quedé muy contenta del resultado. Tenía que ver conmigo, con mi apego a los
mayores de casa, pero al final, desconocía de primera mano cómo vive un
colectivo así, pero iba más allá, eran las mismas sensaciones que vivía yo en
ese momento de adolescencia tardía.
Pocas veces
enseñaba a mis padres lo que escribía, pero aquella vez, habiendo salido
premiada no había vuelta atrás, sería publicado. Nos desplazaríamos a
Barcelona, la capital, a un hotel de lujo donde sólo quince éramos los elegidos.
Subimos al escenario y tocó ser consciente que lo escrito gustaba.
Un año más tarde el
referente cambió, y la lengua. El señor Soldevilla, de lengua y literatura
española, nos ponía entre las manos El guardián entre el Centeno, de J.D.
Salinger. Quedé fascinada por aquella escritura, frenética, incomprendida a
ratos. Desde aquel entonces, y pese a que mi lengua materna era el catalán,
jamás volví a escribir en ella. Palabras como amanecer, resplandor o soledad de
convirtieron en mis favoritas. Sonaban bien.
Empecé a escribir
en mis ratos libres, pequeñas notas, literatura de bolsillo. La inconstancia
del dietario no me cortaba la fluidez del trazo, necesitaba, siempre, tenía
algo que decir.
En Cataluña, para
aprobar el bachillerato, además de los exámenes, es necesario hacer un pequeño
trabajo de investigación. Bueno, ahora, años más tarde se ve pequeño. Escogí
hablar de los puentes que acompañan el curso del río más importante de la zona,
la Muga. Veintiocho puentes a visitar, dibujar, medir, pero sobretodo un
recorrido de oeste a este, que era necesario describir. Volví a refugiarme en
la literatura, la descripción de paisajes, a mezclar mis dos pasiones, la
técnica y la belleza, demostradas en poco más de treinta páginas. Gocé la
introducción y los agradecimientos, eran la parte más parte de mí.
Y la pasión
despierta pasión. La incondicional ayuda de mis padres, y la paciencia de mi
tutor Federico Luque fueron recompensadas. De nuevo, el trabajo era reconocido
públicamente en el salón de actos de la facultad de letras de la Universitat de
Girona.
Ayats, G. (2005). Estudi dels ponts sobre la conca
principal de la Muga. Institut Ramon Muntaner, Figueres.
A raíz de ello,
cambié de ciudad, y pasé una de las épocas más oscuras que recuerdo. Escribía,
sí, poesías cortas, sin rima. Plenas de sentimiento, Pizarnik era mi mentora.
Un año después Barcelona
me acogió mejor de lo que esperaba. Una época demasiado frenética, durmiendo de
día y viviendo de noche. Por aquel entonces la producción literaria quedó
mermada a pequeñas notas en cuadrados amarillos y pequeños dibujos en
servilletas de bar. De vez en cuando, todavía cogía papel pentagramado e
intentaba que mentalmente las notas sonaran bien. Composiciones muy básicas que
dentro de mi cabeza parecían sinfonías.
Aprendía lengua de
signos, un nuevo idioma, fugaz, escrito en el aire.
Aquellos años pasaron
rápido, y los sueños precisaban de realidad. Llegué a Madrid en año impar, al
día siguiente celebraban la Almudena. Hice ruta, probé el rabo de toro, la
primera vez cerca de Las Ventas.
Las maletas iban
llenas de recuerdos, pocos, a mi gusto, y de nuevo, necesitaba escudarme tras el
blanco del papel. Emprendí la aventura de un blog castizo: “La Verbena de la
Paloma”.
Necesitaba
compartir cómo había llegado, qué sentía, y cuán echaba de menos el mar. Fui constante
las primeras semanas, hasta los primeros meses, pero apareció la desidia, las
ocupaciones, el frío, y las palabras se desvanecieron en el olvido.
Una vez al año lo
retomaba, haciendo resumen, y culpándome por haber tenido abandonados a mis
lectores. Les era infiel con la ciudad, con la vida en pareja, con los amigos.
Recuerdo que en una de esas entradas osé compararme con el gran poeta Sabina,
quién afirmaba que sólo escribía cuando estaba rodeado de pena. Esa era yo.
Por aquel entonces
también me aventuré con una carrera universitaria a distancia. La literatura
era formativa y los textos, respuestas a trabajos. Una obligación desganada, a
veces. Pero tenía mis libretas de hojas blancas. Sentía que la pauta que tanto
me había guiado de pequeña era ahora una cárcel para mis letras, con manía, de
color negro. Una época claroscura, parecida a las de antaño, con palabras
maduradas.
Y Las Ventas, aquel
primer recuerdo de la ciudad, volvieron a mí. Cambió el todo. Las paredes
blancas de la casa nueva se volvieron luz y me hicieron retomar las riendas de
aquella verbena de agosto. Retiré todas las publicaciones anteriores, y en
noviembre de 2015 dio comienzo una nueva historia. Cómo vive una figuerense en
Madrid. Cómo pedir un café, o dónde buscar el mejor pincho de tortilla. Los
amigos nuevos, los compañeros de viaje, una alegoría del yo. La necesidad de
compartir, de ser egoístamente leída, gozar del placer de la escritura y
convertirlo en una lectura agradable para otros.
“De todas maneras, y hablando de
naturalidades, en Madrid son, para estas cosas, poco de convencionalismos. Las
hojas son verdes casi todo el año, hasta que reaparece una tormenta, repentina,
y te arrastra, ramas y hojas al barro. Por instantes, desearía poder decir que
es alergia, y que no es más que una hinchazón de ojos.
Otro otoño. "Está pasando
una vez más". Y eso no solo lo digo yo.”
Mis palabras son un claro reflejo de quien soy, como
persona, como estudiante, como amante, y como escritora. Entre visillos, las
visiones y vivencias de un ser humano algo peculiar.