2 de octubre de 2020

Diario de la diosa Procrastinación. Día 3 (según cómo se mire).

Con el confinamiento llegaron las Escrituras de Santa Paciencia. De los mismos directores, esta vez, llega a vuestras pantallas, el Diario de la diosa Procrastinación.

Día 3.

3980 días. 568,57 semanas. 130,76 meses. 10,9 años. Este es el tiempo que llevo en Madrid. Habría que descontarle períodos vacacionales, noches fuera de casa, parte de un confinamiento y un verano entero.

Muchas fotos, libros, un Heraldo rojo, un cajón entero de calcetines, montones de ropa negra y muchos recuerdos.

Nunca vivimos pensando en encajar nuestra vida, pero ese día siempre llega y es momento de hacer limpieza, de trastos y de vida. Escribo desde un pequeño rincón del sofá, el que me concedí para momentos como este, con café.

Por si la cosa no estuviera suficientemente apretada, hoy llueve en Madrid. Hoy toca tender dentro. Hoy lavé sábanas. En cualquier otro momento describiría la situación como un puto drama, pero si levanto la vista recorriendo los 360º que me rodean, casi resulta una maravilla ver toda la ropa interior perfectamente alineada.

El viento silva entre las persianas y se nota el frío.

Anoche, antes de fumar el último cigarro a tragos de valeriana, salí a tirar la basura, un hecho totalmente prescindible, a la vez que necesario. La primera luna llena de otoño, la última luna llena en Madrid. Necesitaba de su fuerza, su magia, su paz. Pensé mucho en este verano, en la cantidad de lunas que vi reflejar en el oscuro del mar, especialmente recuerdo una, también llena, esa. Hurgué en las entrañas de internet para preguntarle si esto tenía nombre: selenofilia.

Escucho a Judith Neddermann. Luna. Una y otra vez. Últimamente vivo de canciones que me encuentran. ¿Alguna sugerencia?

Sin darme cuenta, la segunda taza de café ya está a la mitad. Música de sugestión, y a los libros. ¡Qué pena me da encajarlos y dejarlos como arrinconados, sin vida! Os prometo que la siguiente luz que veáis será la del sol de invierno.

5 cajas. 2 bultos indefinidos. 1 maleta de ropa negra. 1 bolsa de zapatos para Wallapop. 

43 minutos de perdición.

30 de septiembre de 2020

La vida es puro teatro.

Todavía siento el corazón descompasado, vibrando aun con los aplausos del final, de pie. ¡Cuánto echaba de menos el teatro!

Llegué 25 minutos antes y fumé impaciente, divisando la puerta de lejos a sabiendas de estar haciendo algo reprochable.

Entré firme y decidida, no tenía que esperar a nadie. Una consola extraña me tomó la temperatura, casi ni llegaba. Subí las escaleras que tantas veces había subido vestida de negro, una vez hasta con la etiqueta puesta en los zapatos negros; me habían pillado de improvisto.

Tercera fila, impar, como casi siempre. A ambos lados, el vacío de la cultura segura: “recuerde que la mascarilla es obligatoria durante toda la función”. No me importaba.

Lehman Trilogy estaba a punto de empezar. Balada para sexteto.

Recordaron desconectar los teléfonos móviles, y de ellos. Tres actos de cincuenta minutos con sus respectivos descansos de oasis. De recordar que todavía estaba en Madrid y disfrutaba del placer que pocas veces había gozado por falta, siempre, de tiempo.

Bajaron las luces y sonreí por debajo de la mascarilla, feliz, contenta, orgullosa.

A diferencia de las superproducciones de Hollywood, en teatro, el reparto suele ser duplicado, por lo que pueda pasar y porque la gente tiende a tener más vida. Me sorprendió ver a David Huarte, ese David de Al Salir de Clase con el que muchos crecimos: Emmanuel Lehman, uno de los tres hermanos venidos a más por el comercio del algodón. Judíos y circuncidados.

Una escenografía brutal, sencilla y reciclable, muy inspirada en el Off-Broadway. Seis tíos que se lo guisan y se lo comen: interpretan, cantan, bailan, ponen la música en directo. Capaces de embaucar al público desde el minuto uno, pidiendo aplausos y toses con tarjetas al más puro estilo del cine de los Marx. La locura y la presión en la bolsa, como en El lobo de Wall Street, porque algo así fue Bobby Lehman, quien siempre necesitaba más y más y se desvaneció con Bob Dylan.


Desconecté. Sentí. Viví. Recordé aquella vez que fuimos a ver Madre Coraje en un teatro pequeño y lo pequeña que me sentí viendo el Rey León. Olvidé por un momento por qué estaba de nuevo en Madrid. Pensé en los míos y cuánto me hubiera gustado compartir este momento con ellos. Salí corriendo. En el taxi perdí la noción del tiempo de nuevo, como tantas otras veces después de haber bebido de más.

Embriagada de vida.



25 de septiembre de 2020

El preludio de una despedida: volver a Madrid.

 Coche 3. Asiento 3A, ventana.

En contra de todos mis principios vitales, he llegado a la estación con el tiempo justo.

No he tardado en sentir esa horrible sensación de ahogo y esta vez no era por la mascarilla. He pensado en el montón de sensaciones de aquel primer viaje. Hoy, en cambio, hago el mismo trayecto, en la misma dirección, pero en otro sentido. 

Cuántas veces me habré repetido, home is where the heart is. Sí pero no, voy a despedirme de mi casa. Y si, le atribuyo el posesivo en primera persona porque esos treinta y seis metros cuadrados a la sombra supieron sacar sus mejores atributos para seducirme. Les compré un perchero de arce rojo y con él, llegaron también lo pingüinos: el primer invierno fue casi como vivir Laponia, de hecho.

No recuerdo la cantidad de veces que cambié el salón de posición, siempre buscando que pareciera más grande, nunca lo conseguí. Era la primera que vivía sola, real y físicamente -anteriormente, de espíritu, ya lo había probado-. Abrir la puerta era alivio, menos cuando las cucarachas querían gastarme alguna broma. 

Era genial cambiar de portal, del 7 al 5, en busca de una cena amiga, de un abrazo o de unas risas, siempre en pijama. Por supuesto, estos vaivenes llamaron la atención de Juli, “la dueña del perro mojado”, Toby. De no estar jubilada, le quedaría bien ser portera. El nombre de la señora lo aprendí algunos meses después. Seguro que debió alucinar el día que Paula entró en casa a las cuatro de la mañana cual Superman para llevarme a tres hospitales distintos. ¿Nos esperaría despierta? 

Quien más me perturbó fue la vecina de arriba. A los pocos días de llegar, bajó para avisarme que ella madrugaba mucho y que andaba con los talones. No entendí nada de esta explicación hasta unos días después, volviendo de fiesta: fue imposible conciliar el sueño, a las 06:12am tenía la cama hecha y daba vueltas a una taza. La maldije, seguro. Pero para estas cosas nunca fui muy rencorosa. Es una mujer muy pizpireta, debe medir algo menos que yo, y anda siempre erguida, con sujetadores picudos y a la velocidad del rayo. Hitchcock podría haberse inspirado en ella para La ventana indiscreta. Habré subido a su casa unas 5 veces en los dos últimos años y he pensado que tendría que llamar al 112 para salir de allí, pero ¡es tan agradable! Se saltó el confinamiento porque ella “no fuma en casa”. Y no pude rechazarle una clara con limón en pleno julio en el bar de la esquina, mientras ella se tomaba un café con leche de Mordor.

Hablando de bares, tendría que hacer un especial “El Paco”. Mejor no. Ese señor se llevará a la tumba muchos de mis secretos, estoy segura. Era como la vieja del visillo en versión justificada: todo lo que pasa en horario de bar, pasa. Estoy convencida que de haber entrado en casa con algún ser lo suficientemente extraño, lo hubiera impedido. Recuerdo aquella navidad cuando a primera hora de la mañana, aun oscuro, esperaba que me recogiera el taxi. Oí de fondo, desde el ventanuco que daba a la terraza: - ¡Vecina! ¿Te vas? – Sí, a casa-. Salió y me dio un abrazó: - ¡Feliz Navidad! Y, por si no nos vemos, próspero año nuevo-. ¿Qué narices acababa de pasar? El barrio.

También está el señor de enfrente, que vive anclado en la juventud de Julio Iglesias y no es consciente de que sí, lleva Just For Men, y se nota. O la señora muy muy mayor que tiene un loro/papagayo/periquito (algo que habla y repite cosas) en el balcón.

Vivo en un bajo (todavía en presente) con la nevera en el patio y el lavabo encima de la bañera. Seguro que el chico del Bajo 1 se asustó más de una vez desde su mesa de estudio, Gemma recién despierta cogiendo el cartón de leche como primera acción del día.

Sería injusto no mencionar a LA vecina, que obviamente también tiene nombre. Estibaliz llegó poco tiempo después de que me mudara; bueno, llegaron ella, Conie y los gatos, que conocí antes que a ella. Nos habríamos saludado un millón de veces, de hecho, su amiga también vivió un tiempo en el 5. Teníamos horarios parecidos, a veces llegábamos a la misma hora. Pero parece que nada nos había empujado a dar el paso, porque me consta que las dos teníamos bien de curiosidad. Pero nada, la pandemia cambió muchas cosas, y esta también. Unas patatas y unas cebollas fueron las culpables de unas cervezas que nos supieron a demasiado poco. ¿¡Por qué habíamos tardado tanto!?

3 horas y 6 minutos. Todavía tengo tiempo.

El día empezó pronto. Recibí un mensaje recomendándome lo nuevo de Pájaro Sunrise: Madrid. ¡Qué oportuno!

Dice que se cansa de jaulas de cristal,

que por más alto que sube no alcanza a ver el mar.

Desespera porque el invierno es largo y frío,

dice que si alguna vez me voy se irá conmigo.

Se me rompe el corazón, Madrid, si no estás bien.

¿Por qué nuestras canciones siempre son todas tan tristes?

Mi cuerpo sigue aquí, pero yo estoy ya lejos,

sólo espero que esta vez el salto duela un poco menos.

El mundo gira y gira, el Sol nunca se apaga.

Madrid es una isla en medio de la nada.

Madrid es una mala Santa y buena hermana.

Madrid es el árbol que tapa el bosque.

Madrid es casa.

Siempre estás dónde quieres estar.

Siempre estás dónde quieres.  

 

Antes del primer minuto tenía los ojos demasiado rojos para seguir haciendo nada. Fui de las que subió buscando el mar; de inviernos acurrucados; de atardeceres infinitos. También he llorado Madrid.

Madrid será siempre casa.




21 de septiembre de 2020

Redécouvrir.

Recién pasé por la puerta de casa. Me quité los zapatos sigilosamente y me aseguré de que la puerta de la habitación estuviera bien cerrada. Entre las sombras me quité el vestido con todo el cuidado que se merecía, total, para dejarlo hecho un burruño en el suelo.  

Tenía una sonrisa perenne un tanto estrafalaria que ante el espejo quería decirme muchas cosas. En cualquier caso, era fruto de la última cena de amigos como visitante, convencida que dentro de unas semanas me ostentaría como local. No deja de ser extraño, hace diez años, por las mismas fechas, volvía a Madrid con una maleta llena de historias y con muchos buenos días: bon jour, good morning, bon día o los cojones te aprieten. Siempre tuve una simpatía peculiar.

Dormí menos de lo deseado. Hacía días que no recordaba lo soñado, es más, tuve la sensación de estar conectada con otro hipocampo, creando un sueño compartido. Onironauta por un día, como Dalí, ensoñador de referencia.

Hacía sol y tomé el café en la terraza, disfrutando de las vistas y de la piel de gallina en los muslos. Aproveché para revisar de nuevo aquellos pequeños tesoros literarios que había encontrado días atrás.

En 2008 ya tenía pasión por las citas ajenas: “Conviértete en lo que eres”, copié de Nietzsche. De Goethe, me quedé con un clásico: “En donde acaba la palabra, empieza la música”, cuanta razón.

De 2005 rescaté Clar de Lluna, mi tributo particular a Debussy, quien siempre rechazó ser impresionista.

Flairava a silenci. Pacient, la nit, suportava el pes de la lluna. De fons, tants gats bressolant la ciutat adormida. El jove compositor no podia aclucar l’ull, amb el llapis a la mà… Debussy. Clar de lluna. Verlaine. Claire de Lune. L’havia imaginat aquell moment màgic; la sortida del sol.

Flairava a cafè. Somiava desperta. El cafeter tenia el local atapeït ple d’onírics amb ulls de gat, bressolats per la lluna.

-Bon dia! – em va desitjar el flautista. Arribava amb un ram de lliris frescos, blancs, tan i tan primaverals. M’esperava la feina, seria un dia atrafegat. La nit de somnis m’havia deixat exhausta, només calia esperar, esperar per dormir de nou i sense voler-ho, tornar a somiar.

Flairava a silenci. L’inconscient em tornava a somniar. Nit. Gats. Sol. Lluna. Debussy.  

https://open.spotify.com/track/6kf7ZCJjEbjZXikivKOsvJ?si=6cifUl5rTHK8Xh2Z7a6KjQ

Por aquella misma época también hice un retrato de París y la bohemia, bueno, de lo bohemia que creía haberme vuelto al pisar por primera vez la ciudad de las luces. Recuerdo deambular por los pasillos del Louvre, como indecisa, saturada, harta de no sé muy bien qué, hasta que paré delante de Arcimboldo, siempre capaz de sacarme una sonrisa. Con 8 años había replicado uno de sus cuadros con ceras, el de la alcachofa en el pecho, ¡qué tío!

Del 99 encontré las que serían mis primeras memorias en el cuaderno de lengua castellana:

1er año. Yo nací el 31 de enero de 1987 a las 06:05AM. Mi madre, cuando estaba de 8 o 9 meses, vio nevar como nunca. Ya ves a una embarazada de 9 meses mientras va a trabajar en coche.

Mi nacimiento fue de maravilla a pesar de que era muy llorona; todo eso me venía por una hernia en la ingle derecha. A los dos meses y un día me operaron y me la quitaron. Odiaba el puré de frutas y hasta los 12 o 15 meses no me lo comí.

Inciso: no, mi nacimiento no fue de maravilla, pero entiendo que, con casi 12 años, todavía no era el momento de saberlo.

2º año. Mi segundo cumpleaños lo celebré con toda la familia. Mi prima más o menos me enseñó a gatear. Con dos años ya sabía decir “papa”, “mama” y “dada”, que significaba abuelo – abuela. Empecé a ir a la guardería, pero solo iba por la mañana porque por la tarde me echaba una siesta.

3r año. Yo en mi tercer año cogí una pulmonía y me quedé en casa más de un mes. Aquel mismo año empecé el colegio donde me lo pasé muy bien. Aquel colegio era de monjas. Mi profesora se llamaba Sor Neus.

[…]

6º año. Aquel año fue genial para mí. A los Reyes de España Don Juan Carlos y Doña Sofía les tuve que entregar un ramo de flores por la inauguración de las nuevas salas del Museo Dalí. Yo y mi compañero salimos en los diarios El País, L’Empordà, El Periódico y también en revistas como Lecturas, Hola y Semana.

[…]

Vale, sí, todos tenemos un pasado más o menos discutible. También Dalí.

Hoy reseguí los pasos que García Lorca hizo al llegar a Figueres, desde la estación, hasta la casa de su amigo, la misma que pisó Buñuel después. En esa misma calle también nacieron otros ilustres, como el inventor del submarino, que no, no fue Isaac Peral.

Reaprendí a que las ciudades hay que verlas, y vivirlas, mirando hacia arriba, donde se esconden los secretos, donde furtivamente, por la noche, sale la luna. Para Balzac, la flânerie era la “gastronomía para los ojos”, siendo así, me atrevería a decir que Dalí era un flâneur de lo onírico.

A veces, los sueños se hacen realidad.

33º año. Celebré mi cumpleaños al sol de invierno, rodeada de los más cercanos. Viví algo parecido al apocalipsis y tuve que reinventarme en soledad. Escribí a diario, como hacía tiempo que no hacía y convertí a los arándanos en buenos compañeros de viaje. Volví a casa, temporal y circunstancialmente. Disfruté del mar y de las estrellas. Redescubrí amistades y reinventé mi vida. Como tantas cosas que he dejado a medias también debo hacerlo con este resumen, que no ha hecho más que empezar.

26 de agosto de 2020

Días con D mayúscula: la herencia del confinamiento.

 

De aquel jueves 20 de agosto hace casi una semana; tildado como el día más caluroso del verano. Sigue haciendo calor, no sé a quién querían engañar.

***

Sonó el despertador esta mañana y no me costó despegar las costillas de la sábana. Sabía que la recogida sería puntual: ocho y cincuenta y siete. Listas a la par.

Aun siendo un camino conocido, tenía la sensación de que era la primera vez que rodaba por esa carretera, como si hubiera olvidado parte de la historia. A veces también me ocurre con algunos libros.

Cierto es que, de un tiempo hasta ahora, he empezado a interiorizar las confesiones en familia como algo natural. Demasiadas veces me habré merecido la etiqueta de insensible, seguro. Hoy, antes de llegar a los primeros 50 kilómetros he dado sentido al funcionamiento de Gemma: tú me hablas mal, probablemente te hable hirientemente peor y no por cuestiones de ego, sino porque detrás de la fachada infranqueable de caparazón de tortuga habita un cuerpo algo más blando y tendiente al enfurruñamiento. Una botida[1] que necesita su tiempo, como buen acuario.

En el primer encuentro post-confinamiento, cuando las escrituras de Santa Paciencia habían pasado a un segundo plano, conseguimos juntarnos toda la familia materna alrededor de una mesa. Lo último no es lo extraño, pese a las circunstancias del momento, lo raro es por el “todos”: yo nunca estaba. Alba, de mis primas pequeñas, la mayor, con quién me llevo exactamente 10 años y un santo, compartió uno de sus deseos de confinamiento: tatuarse una rama de Ginesta, nuestro apellido. En la RAE aparece como retama. No dudé ni un segundo, SÍ.

Compartimos el plan con el resto de las primas y familia, que nos miraron desde lejos como si aterrizáramos de otro planeta. Madre fue la única que levantó la ceja y fiel a su prudencia no descartó la opción. Comimos compartiendo imágenes que nos gustaban y la sobremesa se alargó por varias semanas hasta que tomamos una decisión.

La propuesta venía de lejos, curiosamente, cerca del origen de nuestra familia. Fiel a los pálpitos, no había lugar para las dudas.

"El Maresme, lliure i tropical". Eso lo decían unos amigos a los que nunca pregunté por su significado. Para mí, el Maresme eran donde estaban mis raíces y las mejores fresas del mundo.

Llegamos con el tiempo justo para poder tomar un cortado y resarcir mis ganas de fumar (no, no eran los nervios). El café se llamaba Infinito, prometo que fue escogido al azar, el mismo que nos había llevado a la plaza donde años atrás, con los que todavía son mis amigos, habíamos peleado para ganar en una de las modalidades de sardana deportiva. 2002.

Me permito el lujo de hacer un inciso.

Generalmente la gente asocia la sardana a un baile aburrido y viejuno. Cierto, puede que lo que se vea en las plazas no llame tanto la atención como las jotas: gente vestida de calle, en un círculo mal hecho cogiendo las manos de un desconocido y desplazándose de un lado para el otro. Contado así, atractivo no parece, pero nuestro caso era algo distinto: nosotros competíamos. Entrenábamos una o dos veces por semana, y seguramente los que ahora tanto defienden el “hiit”, estarían la hostia de contentos. Mantenimiento de los brazos extendidos sin relajar, a la altura de los hombros y las orejas, seguir el ritmo e interpretar musicalmente cada una de las piezas, y todo ello sin dejar que los talones tocaran al suelo. Que a nadie le sorprendan mis gemelos. La norma dejaba libertad a hacerlo con 5 o 6 parejas, de chica-chico. El objetivo, que todos fueran al unísono y que los jueces, desde fuera, pudieran ver un anillo único (como el Frodo) moviéndose al unísono y atacando los golpes fuertes de música sin errores. Ah, y todo sin olvidar las matemáticas, porque nunca sabes cuántos compases tiene la pieza y tienes que calcular a conciencia para llegar al final siempre con la izquierda. Un mundo, vaya.

Dicho todo esto, vuelvo a ese jueves.

Siguiendo con la puntualidad, a las 10:30:00 tocábamos el timbre de MIDPIT, una vez dentro, descubrí que se llamaba Miriam. La dedocracia familiar había decidido que fuera la primera en tatuarme, por eso de la experiencia y tal. El diseño era lo más, y la tranquilidad que nos ofrecía en su pequeño estudio consiguieron que me relajara hasta el punto de sentir cosquillas. Antes de que hubiera acabado, mi madre ya se había levantado y firmado el consentimiento, no había vuelta atrás.



Alba ya tenía su primer tattoo, y madre. Hasta mi tía se estaba planteando una nueva visita.  Lo que ninguna de nosotras sabía es que el día sólo estaba empezando.

Con el estómago ronroneante fuimos a Canet de Mar, dónde habían nacido mis abuelos. Era la hora de comer y el pueblo estaba absolutamente desierto. Vimos las fábricas textiles modernistas abandonadas, una pena que la historia acabara con los cristales rotos y las paredes mal pintadas. Allí, alguna vez había habido vida.

Tuve la sensación de que la iaia estaba entre nosotras.

Vimos dónde mi tío iba a la guardería, y el jardín del cura donde tiraba sus zapatos, dónde madre tenía que ir con la cabeza gacha a recogerlos. El teatro dónde nuestra tía-abuela pasaba horas. La puerta dónde mi abuelo trabajaba de joven para llevar más ingresos a casa. Y finalmente llegamos al Carrer Sant Jaume, número 4. La casa dónde habían vivido mis abuelos, donde habían crecido mi madre y sus hermanos, con la puerta, ahora hecha ventana, de la barbería de mi bisabuelo. Por la derecha vimos una chica acercándose con el carrito de la compra, jamás pensamos que fuera a parar delante de nosotras. Era la casa de sus suegros. Salió Quico, el actual propietario de la casa. Antes esto era Can Ginesta, dijo. Madre mía. Sin dudarlo, nos invitó a pasar, poco antes de que recordáramos que estamos en era Covid y que no estaba del todo bien entrar en casa ajena. Pero ya estábamos dentro, delante de la puerta de la izquierda, donde había estado reposando años atrás esa silla de barbero que madre tanto recuerda. Estaba con ella, las dos, o las tres. De nuevo en su casa, 47 años después de haberla dejado por un traslado de trabajo del banco de mi abuelo.

El salir de allí, vi como le brillaban los ojos. Estábamos todas en estado de shock, y no era por menos. Esa familia nos invitó a volver cuando pase todo esto.

Subimos al Santuario de la Misericordia, arriba del todo de la cuesta, como presidiendo en pueblo. Hacía muchísimos años que no iba. Me sorprendió la mecanización del dispensador de cirios, pensé que en lugar de velas saldrían Coca-Colas.

Entramos y no había nadie. ¡Qué sensación! Habían cambiado el agua bendecida por el gel hidroalcohólico, pero visto así, la fe es lo último que se pierde, dicen. Era extraño, las iglesias siempre me dan un no-sé-qué, pero ahí, de repente estaba en paz, a gusto, y sudando a mares, también.


Sentada en la terraza, fuera, pedí un carajillo de Baileys con hielo, brindado al cielo y fumando, ante todo pronóstico. Madre dijo que, a lo mejor, los milagros existen. En ese momento, pletórica de felicidad, no tuve ninguna duda.




 



[1] Enojada.

20 de agosto de 2020

Las noches de insomnio (lejos de Madrid).

 Hacía tiempo que no me despertaba en mitad de la noche con el deseo de escribir. Bueno, a ver, la secuencia es distinta: Gemma da vueltas en la cama; Gemma se despierta; Gemma valora si el despertar es salvable fácilmente o tiene que empezar a pensar en recursos dormidísticos (nunca me gustaron la ovejitas). 


En la L, de libélula, me paro a pensar en el zumbido del dinosaurio que me abordó hace algunos días por la noche. Más bien, debía ser el helicóptero que dejaba a los curiosos en el parque, ¡o qué sé yo! Pero el caso es que no, no era una libélula porque resulta que aletean "tan" lento que no les da tiempo a hacer ruido. Hm. 


Evidentemente, ninguna de las técnicas empleadas para volver al sueño ha funcionado. 


Asun, ávida lectora e incondicional de las escrituras de Santa Paciencia manifestó su deseo de seguir sabiendo de mis pasos post apocalípticos. Sería demasiado pretensioso decir que me debo a "mi" público, pero cierto es que hacía días que la olla de analógicos estaba a punto de estallar. 


No hace tanto fue la Verbena de la Paloma. Bauticé este blog mucho antes de que se convirtiera en mi fiesta favorita pero, seguramente había algo retorcido en el destino que así lo había provisto. 


Haciendo un paréntesis temporal, el pasado fin de año, al acabar de engullir las uvas y mirando a mi alrededor, solo deseé que fuera 2020 un año mejor que el anterior. Poco después de mi cumpleaños pensé, "oye, pues ni tan mal". You know nothing, Jon Snow. 


Recordemos que el 11 de marzo, martes, salía por la puerta de un instituto que no volvería a pisar hasta cuatro meses y medio después. El 14 de abril salía de mis 36 metros cuadrados a la sombra sin haber fallado, creo, ningún día al café con leche y los arándanos. El 17 de junio se acababa el gas de una botella mal cerrada. El día 22 sentí algo parecido al momento en que tienes que elegir la combinación de números del Euromillones, la suerte estaba echada. Tuve tiempo de ir y volver de Madrid y disfrutar de su gente (o debería de decir mi...). Volví un sábado sintiendo que había hecho lo correcto y que todo lo que tenía en la maleta me sería útil (ilusa de mi). 


Por un momento olvidé el por qué de toda esta enumeración cronológica absurda, pero me resultó fácil volver: 2020. ¿Mejor que el año anterior? Sorprendente, seguro. A mi sin duda, me pilló con la guardia bajada, pero pasados más de cuatro meses (con sus respectivos paréntesis) volviendo a vivir cerca del mar, sólo puedo pensar en cuánto me alegro. 


De poder hacer un abecedario de atribuciones propio, ahora mismo, significaría: 1. Gemma no recuperará el sueño jamás. 2. Necesito una palabra/expresión que empiece por Ñ. 

Amanecer. B. Constelaciones. Despojo. E. F. Guantes. H.


Pensé que Gel Hidroalcohólico te salva dos, y seguidas, pero...


Podría seguir, Inevitablemente. Porque adoro los Juegos de palabras y los crucigramas con café. La Luna nueva entra en Leo, dicen. Nunca entendí demasiado bien esto, ni los ascendentes, ni cuando Bea me habla de Mercurio en retrógrado, que si mal no recuerdo ocurrió a principios de año (y que cuando tú, persona al otro lado, estés leyendo esto, ya habré buscado qué significa y me habré vuelto loca pensando en cuántos de estos momentos "raros" han influenciado mi vida sin ser yo muy consciente de ello; y que también estarán los escépticos que pensarán que el déficit de sueño ha tenido en mi un efecto negativo bastante considerable). 


Pido disculpas de antemano por haber publicado valientemente sin pasar el corrector y haber abusado, mal, de las comas, como siempre. 

20 de julio de 2020

Decepciones en Madrid.


El buen vino hay que dejarlo reposar, dicen.

Seguramente, pareciendo una paradoja de lo más absurda, el confinamiento ha sido un buen vino, porque reposado sabe distinto; mis días han dejado de saber a arándano.

Las noches con sabor a sal siempre fueron mi debilidad, después de unos cuantos estragos pensé en rendir tributo a Santa Paciencia volviendo cerca del mar. Una decisión, como tantas otras. ¿Por qué no sucumbir a las noches calurosas de Madrid? Trato de pensarlas, las lunas y quién estaba en ellas. Se me escapa esa sonrisa, parecida a la que tantas veces escondí detrás de la mascarilla.

Estos días, sin querer, entré en algo parecido a un desván tecnológico y encontré lo que tendría que haber sido una publicación de septiembre de 2019: Decepciones en Madrid. Me reconforta pensar que llegué a ello por el camino del "algo bueno". 

“En Madrid debe haber un 93,37% de decepcionados; esto no lo dice ningún estudio.

Lo de basado en hechos reales siempre me ha hecho especial gracia, sobre todo por el sesgo. Nadie vive nada de la misma manera: el vaso puede estar medio lleno o medio vacío.

El mío, hasta no hace mucho, rebosaba de ilusión. El trabajo que me gustaba, en lugares que me gustaban, con gente que me sigue gustando. Pero en ese tipo de historias, ya sabéis, siempre hay un capullo que tiene a vaciar el vaso porque tiene sed.

Decepcionados hemos sido todos, y fuente de decepción, también. Nunca me caractericé por vivir en el drama, aunque llegar a casa, todos los días airada, puede llegar a ser un engorro para los cercanos. No lo dudo.”

Era día 5 y era jueves, y seguía disertando acerca de la ruina que era no tener horarios o vivir bajo el paraguas de unos padres pasada la treintena.

¡Me parece tan lejana esa sensación!

Aunque sigo pensando que en Madrid debe haber, hoy, un 94% de decepcionados, infieles a sus instintos más primarios. Miedo, incertidumbre, complacencia, conformismo, arrogancia, cobardía, inseguridad. ¡Benditos fantasmas! Siempre aparecen. ¿Por qué tengo la sensación de que siempre llegamos tarde? Me pasa lo mismo cuando pienso en mis treinta y seis metros cuadrados a la sombra, con la nevera al exterior, sin horno y con cinco minutos de sol en verano: una ruina para un confinamiento. Y lo pienso ahora cuando parece que la tierra sigue girando y pretenden que en mi ciudad natal y de acogida circunstancial, volvamos al calor de nuestros hogares.

Y me vuelvo a enfadar cuando lo pienso, no en el encierro, sino en las excusas que me pongo para no aceptarlo: siempre fui una malota de palo. Un poco gilipollas. Porque sí, Gemma, el universo sigue vivo, y mientras tú te regocijas en una-mierda-no-tan-mierda, hay quien tiene que enfrentarse a una-mierda-absolutamente-indestructible-y-eterna. La vida.


Podría hacer el símil al millón de veces que he dicho “me fumo encima” con mis dedos: se escribían encima. Hoy, curiosamente, un domingo poco común de atardecer sublime y copa en mano.