Dejé que Quique me
volviera a acompañar, esta vez no era el viento de poniente, si no el del norte,
el que dibuja las nubes, ahí donde las playas ya no tienen arena, donde los
días grises cambian de color.
Con esta melodía volvía a Madrid, casi volando, como siempre, sin querer. Bañada en salitre.
Y será cuestión de
la cama, pero volví al iglú y fui incapaz de volver a madrugar. Esto, o que la
siesta del sábado, de las de baba en almohada, había sido totalmente reparadora
o con efectos proactivos.
Llegados al
desayuno surgió el gran dilema, ¿b(r)uñuelos, con qué?
Los quilos de
harina habían aumentado exponencialmente en los últimos años, esta vez tocaba
ponerle freno. Cinco quilos y ya. Pero no señores, será por la costumbre de la
artesa moderna, que llegados a los cinco, aquella masa pedía más. Y más. Por
suerte, quedó saciada con seis.
Puede que por ser suficientes
manos amigas, o porque siempre tenía algo más de sueño, nunca había vivido todo
el proceso así, de principio a fin. Madre, toda una profesional de la mise en place había madrugado más para
dejarlo todo listo.
Agua de canela,
ralladura de limón, matalahúva lavada y escurrida, levadura de pan, de fuerza,
manteca de cerdo, leche condensada, sal, vainilla, azúcar, un chorro de anís,
levadura en polvo, muchos y muchos huevos, y los cinco quilos de harina.
Padre es el encargado
de remover y amasar, y más tarde de freír. Y bueno, cabe decir que sus dotes
directivas son presentes en todo el proceso, un poco más de harina en un mal
momento, y gruñido que salta. Pero supongo que esto también es parte del
folclore.
Se añade todo con
sumo cuidado, ni antes ni después: todo un ritual. Y rozando lo sagrado, se reparte
la masa en pequeños barreños de mimbre, que reposaran al calor de la estufa hasta
que la masa se haga mayor, hasta que crezca.
Este es el momento
en que la espera desespera, no puedes irte de casa, porque en el caso de que la
masa creciera de repente, sonaría una alarma casi nuclear que nos confinaría a
todos en la cocina en menos de diez segundos. Hasta el momento, nunca ocurrió,
y nos permitió, también por tradición, comer alguna de las variantes de bacalao
de madre, esta vez con piñones, y pasas aparte.
A cuatro manos,
como cuando tocaba piano, nos ponemos a darles la no-forma, mientras padre
ejerce de director de orquestra, con sus manías y contratiempos.
Así es, año tras
año, alrededor de la mesa, ya sin mandiles, y con algunas de las viejas técnicas
mejoradas. En el descanso no puede faltar el agua con anís, el hermano pequeño
del Sol y Sombra.
No hay mayor
secreto que dos partes de anís por dos de moscatel para que queden bien “bendecidos”
y listos para ser endulzados.
Y ya con casi todo
terminado, el azúcar húmedo me recuerda a la arena, aquella que cuando baja la
marea queda plagada de pequeñas conchas, aquellas que recogía… y sigo
recogiendo.
Como marinera en
tierra, seguiré persiguiendo sueños imposibles.



