16 de octubre de 2017

Madrid: cuando es duro estar lejos de las llamas.

Recuerdo aquella noche sin casi dormir. El recuerdo de aquellos bosques que había visto crecer, encinas y pinares, robles, jaras. Donde crecía el musgo del pesebre, y las setas que tan cuidadosamente sabía recoger mi abuelo. Quedaba reducido a cenizas, aquel paisaje maravilloso y funesto que años atrás había acogido a tanta gente que huía de su casa, para llegar a tierra prometida.

Las llamas tenían una virulencia espectacular, parecían bailar un vals, ¿el Danubio Rojo? Parecían parejas desordenadas, sin orden ni consenso, con un único fin, tintar mis pupilas pardas del rojo sangre. Grabar aquellas imágenes a fuego.

El número de besanas quemadas crecía exponencialmente, al tiempo que el verde mediterráneo perdía sus componentes y quedaba reducido al más oscuro de los negros.

Días después, cuando los lugareños ya habían empezado a avistar algunos brotes, me acercaba a aquel maravilloso lugar, casa. Mis padres me recogieron cuando pasaban diez minutos de las once de la mañana de un sábado soleado, de los de cielo azul y viento cero.

Después de unos cuantos quilómetros comentando la semana, aquel olor a tierra quemada se posó en mis pituitarias para quedarse, todo aquel fin de semana, y creo que el resto de mi vida.

Aquella recta, antes de subir a las curvas del pantano era desoladora, ni pastos, ni pinos, ni absolutamente nada. Troncos marchitos, y alguna que otra máquina agrícola varada. Nada más.

Negro. Azabache. Marrón oscuro. Atisbo de verde. Negro.

Sin recordar precisamente el punto, sí sentí como una gota salada se adueñaba de mis labios. Después de aquella, vinieron otras muchas.

Y justo hoy, esta mañana, al despertar los noticiarios parecían haberse puesto de acuerdo para repetir las imágenes de aquel día, una tras otra. En silencio, me di cuenta que hoy la que ardía era la casa de otros. Un trozo de casa muy grande y muy verde.

Imágenes candentes. Coches calcinados. Caminos cortados. Cadenas de cubos. Pueblos devastados. Y sueños truncados.


El fuego es así, vil y traicionero. 

30 de septiembre de 2017

Metro de Madrid: un trayecto largo.

El tatuaje del chico de enfrente no ocupa más de media pierna, pero es largo, más que un día sin pan, diría, he intentado leerlo ya un par de veces, pero la tipografía o la caligrafía no fueron demasiado bien elegidas. Está intentado adivinar lo que escribo, pero como su pierna, mi cuaderno es indescifrable.

Dos estaciones.

Ella está leyendo, adoro las señoras que cubren sus libros con papel de regalo intentando ocultar las portadas de Christina Dodd, o las historias de Grey. O puede que no, que sólo quisiera proteger las tapas blandas de las profundas magulladuras de bolso.

Tres estaciones.

¡Él sí que es un dandy! Anonadada. Camisa entre abierta, azul celeste. Pantalones tweed gris claro, con los detalles en azul y negro. Sin calcetines. Pantone 14-4110 TCX de charol en los pies. De estar en un espacio más amplio me arrodillaría ante él, resulta cierto el dicho de “a la vejez, viruelas”.

El metro pierde velocidad y se detiene en un oscuro túnel, negro, con un silencio vacío parecido al de las películas del espacio.

Llegamos. Una estación.

Y los vigilantes de seguridad, siempre me pregunté qué condiciones hay que cumplir para ello. ¿Tener mucha tripa para que el chaleco naranja sea más reflectante? ¿Ser lo que llamaríamos, potencialmente feo para no distraer a maquinistas y pasajeros? ¿Seguir usando un Nokia 3210 para que la batería aguante toda una jornada laboral bajo tierra?

Cinco estaciones.

Descubrí hace tiempo que los maquinistas no son como los presentadores de noticias, debajo de la camisa horrible de rallas verticales no llevan pantalones cortos o zapatillas de running. Fue un chasco.

Dos más.

Esta vez, por suerte, no coincidí con los llamados músicos impertinentes que, sin pedir permiso, te deleitan con sus mejores gallos encima de músicas enlatadas. ¡Menudo placer!


Una parada.

Y así no es como me imaginaba, con pocos años, los hambrientos gusanos de velocidad, ni aquí ni en la China.

Túnel.

Los trayectos largos te permiten hacer un sinfín de cosas, escuchar música placentera con los auriculares puestos, leer libros sin vergüenza, escribir, mirar, pensar, crear, soñar, y a algunos hasta dormir.

Túnel.

Y yo, sin querer, demasiadas veces, opto por mirar, por escudriñar, por crear historias detrás de cada abrigo, de cada teléfono. Seres, gente, personas, en ocasiones perros, todos con una larga vida por delante, que seguramente, al mirarme hacen eso mismo, inventarme. Y sí, cada día es un buen momento para reinventarse, para salir del túnel y ver el Sol, como pasa en la estación de Lago.

Perdí la cuenta de estaciones.

Señores pasajeros, Metro de Madrid informa que por motivos ajenos al servicio esta historia no ha hecho más que empezar.


¿Vamos?

23 de agosto de 2017

Madrid: nadie por las calles.

Los veranos en Madrid generalmente son más largos, y no por fechas, porque las estaciones vienen dictadas, sino por el calor, terrible y abrasador, que hace los días eternos. Los semáforos dejan de cumplir su función, como si también estuvieran de vacaciones. Podría ser por ello que no queda nadie por las calles.

Y con esta realidad, no puedo no pensar en una canción de alguien conocido, que podría convertirse en banda sonora de los caminos a casa.

De día, de noche, Madrid siempre gusta, pero quedarse aquí, más que un castigo puede ser un premio. Respirar más limpio, poder andar mirando azoteas, volver a sucumbir a la curiosidad, como viendo una ciudad desconocida. Y también el desconocimiento nace de los caminos alternativos al volante, esquivando sagazmente los miles de calles cortadas por obras.

¡Atención, suelo recién pintado! Si por algún casual cayera en el error del blanco nuevo, dejaría huella ahí donde fuera, como las migas de Hansel y Gretel, que los acompañaron hasta la famosa casita de chocolate, donde había una manzana envenenada. Ah, no, esto era de otro cuento.

Los metros tardan más en pasar y en los andenes parecemos aguardar en silencio, como si no quisiéramos interrumpir el sueño de una noche de verano. ¡Qué distinguidos!

Pero demasiadas veces olvidamos lo que tenemos, nos quejamos por vicio, y necesitamos alguien que nos dé la razón. ¡Qué malos son los veranos en Madrid! Seguramente, por ello, todos huyan, sin pensar lo que dejan en casa, lo que queda, los que quedan.




“Señores pasajeros, por motivos ajenos a Metro de Madrid, les informamos que esta ciudad tiene más luz”. ¿No la veis? Las lunas, como los sueños, van y vienen, y siempre vuelven. Como volverán todos los que pensaron que los veranos en Madrid eran demasiado terribles.

Hoy siento que volví. Hoy sentí las calles más vacías. Hoy volví a pisar el suelo. Hoy me di cuenta de lo ciega que fui. Hoy me doy cuenta de que Madrid es para mí. Hoy me doy cuenta de que soy nadie.


Nadie por las calles. 

18 de agosto de 2017

Barcelona.

¡Qué curioso! Aquel día también era jueves. Recuerdo estábamos en el bar de siempre, con las amigas de siempre, en el recreo de siempre, con el café con leche de siempre. Nos dimos la vuelta y vimos aquella barbarie. Había ocurrido hacía algunas horas, pero nuestra inmadurez tecnológica no nos había permitido llegar a ello antes. La cafetera parecía calentar la leche más bajito, y los bocadillos eran mordidos con temor. Anonadados.

Decidimos llegar algo más tarde a clase, pese a todo, la ocasión lo merecía. La información parecía llegar en cuenta gotas, y tanto medios como políticos se apresaban en sacar conclusiones poco meditadas.

Creo que todavía no éramos conscientes como ciudadanos del mundo de lo que estaba por llegar, aquel martes de principios de milenio nos había parecido una superproducción hollywoodiense que lejos quedaba de casa.

Muchos, al llegar a este punto me tildarán de hipócrita. A diario mueren miles de personas, de hambre, de miedo.

Vine a Madrid sin pretensiones de futuro y me quedé. La vida me llevó a tener que pasar la mañana del once de marzo de 2010 en Atocha, motivos personales, los llaman. Fue curioso, cabizbajos todos los viajeros pensábamos en ese mismo día sin osar levantar la voz. Teníamos la mirada fija en el andén, y yo, me sentía demasiado lejos de casa.

Ayer volvía a ser jueves. Recuerdo estaba en mi casa, no la de siempre, sin las amigas de siempre, tomando, otra vez sí, el café con leche de siempre.



Es sabida mi adicción a las redes, y en ese momento, hasta los pájaros parecían haber dejado de piar.

Veía las Ramblas, colapsadas. Unas primeras imágenes aterradoras. En aquella boca de metro había quedado con uno de mis primeros amores de adolescencia. En el Cafè de l’Òpera quedaba a tomar carajillos con un buen amigo, de cuando Barcelona era mi casa. De vez en cuando me evadía en los jardines de la Massana. Portaferrissa era parada obligatoria para comprar pantalones en El Camello. Y las excursiones al teatro habían acabado con cenas en La Poma. Y no puedo dejar de pensar en las visitas a la Boqueria, donde planteaba a mis padres la perversa idea de querer el melocotón de más abajo, de esa pila perfecta de las fruterías. Odio y odié las multitudes, pero me encantaba, como por tradición, pasear por Les Rambles, llenas de gente variopinta tan distinta a la que veíamos los de ciudad pequeña.


Hace pocos días, pasábamos por el puente de Westminster en Londres, y hace algunos más, por la calle ancha que alojaba en mercado de Navidad en Berlín. Parecía algo lejano, como si no hubiera ido conmigo, pero esta vez sí. Conmigo y con todos ellos. 


Recibí mensajes de gente querida que, aun sabiendo que vivo lejos, pensaron que como lo suya, mi cabeza también estaría ahí, en la ciudad que me vio crecer. Intensamente viva. 

19 de abril de 2017

Que te llegue otra buena tortilla de patatas.

Una canción ya dijo una vez que parece que todas las canciones hablan de ti. Y hasta cierto punto es cierto, siempre que quieras que esa canción sea para ti. A veces, pero, las canciones te llegan tarde, y creo que es un poco lo que pasa con las ciudades, te llegan.

Pasé unas horas en una ciudad que creía maldita, a la que sólo tenía estima por las fotos, pero no. Girona, ciudad entre ríos es un nido de recuperación, un respiro a la madurez, recordar un poco quién era entonces y qué quiero hoy. Casas de colores alrededor del río, humedad por doquier. Muchas escaleras, subidas y bajadas, como una montaña rusa. Por aquel entonces era de cafés infinitos y crucigramas, donde era imposible no sucumbir a los dos azucarillos y a la taza.

Enfrente de la primera casa que me acogió en Barcelona, también recordé aquellos años convulsos, viviendo cinco en el que ahora es un piso de dos. Cruzando por Aragó con Passeig de Gràcia vi el 24, el autobús que después del tren me acercaba a aquella segunda casa que sentí como hogar. Un nido de experiencias, de luces y sombras, de colores extremos. En el barrio vivíamos al día y de noche. Los cafés también eran muchos.

Y tomando un café, ahora, en vaso, recuerdo cuando Madrid, a mí, me llegó. Aterricé en noviembre y en un par de semanas que había cautivado. Me dejé seducir por ese no sé qué castizo que tiene. Por la gente. Por la comida. Por los rincones. El café, pero, era otra historia, siempre estaba entre la incertidumbre y el terror, pero esto ya lo conté una vez.

A día de hoy los cafés se redujeron a una simple bebida energética. Un sorbo rápido para recuperar la vida perdida en el deseo de seguir durmiendo, porque esta ciudad, a veces, también tiene sombras, de los árboles, en los parques, en primavera, en días nublados, o en noches largas. Sombras que también llegan.

Perdí muchas cosas en todo este tránsito entre ciudades, y me recordé que era buena haciendo recomendaciones culinarias. Un turismo que dejé de hacer, como tantas cosas. De vez en cuando, accidentalmente, aparecen algunos pinchos o tapas memorables que merecen ser apuntadas y degustadas a conciencia, como ocurrió en la Taberna Bar Antonio (Calle Quiñones, 11), a la que llegué con ilusión y de casualidad. Mi estómago estaba camino a los topes, pensaba más en un digestivo, pero aquél aperitivo cumplió con las expectativas. Tortilla otra vez. Jugosa, poco cuajada y de patata firme. Siempre fui más del clan “sincebolla”.

 “No sé si realmente pasó, sólo sé que todo cambió”. Eso decía una de las canciones, me llegó.  Cambiaron los cafés. Las sombras. El sol, hasta se acercó más pronto. La ilusión se convirtió en eso, una quimera inalcanzable, en la búsqueda de la verdad.

“Dejarse llevar, suena demasiado bien”, decía otra.

Al final, todo radica en eso, en ver cómo llega. El fin.


Fin. 

11 de marzo de 2017

Días de autobiografía.

Hay días en que te mandan trabajos. Hay días y días. De repente tienes la responsabilidad de poder hacer una autobiografía como escritor, y resulta que te lo llegas a pasar bien. 




Nací en 1987, aunque como es lógico, no aprendí a escribir hasta pasados unos años.

Me enfrenté pronto a los retos de la letra ligada, y con cinco años escribía mi nombre en todas mis pertenencias. Las libretas pautadas se hicieron mis amigas y recogían como un secreto un montón de frases sin sentido.

No recuerdo ninguna expresión agridulce de la señorita Núria, maestra que nos acompañó en los primeros cursos de primaria. Todos los lunes al llegar nos pedía la redacción, ¿qué habíamos hecho el fin de semana? En la pizarra bien grande escribía “vaig”, ir en catalán, de pronunciación extraña y error común en la mayoría. Los errores ortográficos estaban al orden del día, “vaig ana”, decíamos todos, pero no, faltaba la dichosa erre muda de los verbos en infinitivo.

En abril de 1995, y como todas las primaveras, se celebraban en el colegio los Jocs Florals, unos premios literarios de inspiración decimonónica que pretendían promocionar la escritura y la lengua catalana. Con la historia de Xanadí gané. No recuerdo muy bien el título, y pese a que el texto, escrito a lápiz pasó muchos años en el cajón de la máquina de coser de mi madre, no conseguí volverlo a leer jamás. Recuerdo era la historia de un príncipe de oriente, una mezcla extraña entre Aladín y Robin Hood, intentando luchar para que todos, ricos y pobres, consiguieran la felicidad. Y no levantando más de un metro del suelo, tuve que enfrentarme ante el reto de leer en voz alta delante de un micrófono y de todo el colegio el cuento ganador. No ocupaba más de una hoja pautada por las dos caras.

Pasaban los años, y en alguno de aquellos cumpleaños alguien me regaló un dietario rosa, con llave y cerradura, un cofre de secretos. Empecé a escribirlo unas veinte veces, creo. Desconocía la existencia del típpex y odiaba los tachones. Era mi primera aventura a boli.

El ordenador también hizo su aparición. Aquel Lotus Word Pro fue testigo de mi primer trabajo largo, 5 páginas, sin justificar, hablando de los viñedos y el vino de la zona: “La Vinya i el vi”.

El placer por escribir, por la belleza de las letras, estaba presente también en el cuaderno de matemáticas, con una manía estrepitosa por poner todos los datos en diferentes colores. Creo que la costumbre pervive. 

El salto al instituto no nos dejó indiferentes, ahí primaban los exámenes de preguntas largas y enunciados incomprensibles.

Corría 2003, tercero de la eso. David era un curioso profesor de catalán, de habla pausada y movimientos repetitivos. Hablaba, a veces, demasiado. Pero hubo una vez que consiguió captar mi atención, unos premios literarios a nivel de toda Cataluña. Un relato más largo de lo habitual, y un jurado desconocido para evaluarlo. Un reto.

Pensé mucho acerca de qué escribir. Necesitaba sentirlo cerca. Cuántas veces había empezado frases interesantes y habían acabado en papel roto. La historia de Martí salió sin más. Era un joven con síndrome de Down, incomprendido y devaluado por sus padres. Su abuelo, sin nombre, era el vínculo, la fuerza, el tesón. Acababa haciéndole una lámpara de tiffany en su taller ocupacional. Un triunfo. Algo mucho más allá de lo material.

VV.AA., (2003), Contes 2003. Premi Juvenil de Narrativa Breu Penya Joan Santamaria. LA BUSCA, Barcelona. 115 pág. ISBN: 84-89986-81-9.

Y es cierto que no quedé muy contenta del resultado. Tenía que ver conmigo, con mi apego a los mayores de casa, pero al final, desconocía de primera mano cómo vive un colectivo así, pero iba más allá, eran las mismas sensaciones que vivía yo en ese momento de adolescencia tardía.

Pocas veces enseñaba a mis padres lo que escribía, pero aquella vez, habiendo salido premiada no había vuelta atrás, sería publicado. Nos desplazaríamos a Barcelona, la capital, a un hotel de lujo donde sólo quince éramos los elegidos. Subimos al escenario y tocó ser consciente que lo escrito gustaba.



Un año más tarde el referente cambió, y la lengua. El señor Soldevilla, de lengua y literatura española, nos ponía entre las manos El guardián entre el Centeno, de J.D. Salinger. Quedé fascinada por aquella escritura, frenética, incomprendida a ratos. Desde aquel entonces, y pese a que mi lengua materna era el catalán, jamás volví a escribir en ella. Palabras como amanecer, resplandor o soledad de convirtieron en mis favoritas. Sonaban bien.

Empecé a escribir en mis ratos libres, pequeñas notas, literatura de bolsillo. La inconstancia del dietario no me cortaba la fluidez del trazo, necesitaba, siempre, tenía algo que decir.

En Cataluña, para aprobar el bachillerato, además de los exámenes, es necesario hacer un pequeño trabajo de investigación. Bueno, ahora, años más tarde se ve pequeño. Escogí hablar de los puentes que acompañan el curso del río más importante de la zona, la Muga. Veintiocho puentes a visitar, dibujar, medir, pero sobretodo un recorrido de oeste a este, que era necesario describir. Volví a refugiarme en la literatura, la descripción de paisajes, a mezclar mis dos pasiones, la técnica y la belleza, demostradas en poco más de treinta páginas. Gocé la introducción y los agradecimientos, eran la parte más parte de mí.

Y la pasión despierta pasión. La incondicional ayuda de mis padres, y la paciencia de mi tutor Federico Luque fueron recompensadas. De nuevo, el trabajo era reconocido públicamente en el salón de actos de la facultad de letras de la Universitat de Girona.

Ayats, G. (2005). Estudi dels ponts sobre la conca principal de la Muga. Institut Ramon Muntaner, Figueres.

A raíz de ello, cambié de ciudad, y pasé una de las épocas más oscuras que recuerdo. Escribía, sí, poesías cortas, sin rima. Plenas de sentimiento, Pizarnik era mi mentora.

Un año después Barcelona me acogió mejor de lo que esperaba. Una época demasiado frenética, durmiendo de día y viviendo de noche. Por aquel entonces la producción literaria quedó mermada a pequeñas notas en cuadrados amarillos y pequeños dibujos en servilletas de bar. De vez en cuando, todavía cogía papel pentagramado e intentaba que mentalmente las notas sonaran bien. Composiciones muy básicas que dentro de mi cabeza parecían sinfonías.

Aprendía lengua de signos, un nuevo idioma, fugaz, escrito en el aire.  

Aquellos años pasaron rápido, y los sueños precisaban de realidad. Llegué a Madrid en año impar, al día siguiente celebraban la Almudena. Hice ruta, probé el rabo de toro, la primera vez cerca de Las Ventas.

Las maletas iban llenas de recuerdos, pocos, a mi gusto, y de nuevo, necesitaba escudarme tras el blanco del papel. Emprendí la aventura de un blog castizo: “La Verbena de la Paloma”.  

Necesitaba compartir cómo había llegado, qué sentía, y cuán echaba de menos el mar. Fui constante las primeras semanas, hasta los primeros meses, pero apareció la desidia, las ocupaciones, el frío, y las palabras se desvanecieron en el olvido.

Una vez al año lo retomaba, haciendo resumen, y culpándome por haber tenido abandonados a mis lectores. Les era infiel con la ciudad, con la vida en pareja, con los amigos. Recuerdo que en una de esas entradas osé compararme con el gran poeta Sabina, quién afirmaba que sólo escribía cuando estaba rodeado de pena. Esa era yo.

Por aquel entonces también me aventuré con una carrera universitaria a distancia. La literatura era formativa y los textos, respuestas a trabajos. Una obligación desganada, a veces. Pero tenía mis libretas de hojas blancas. Sentía que la pauta que tanto me había guiado de pequeña era ahora una cárcel para mis letras, con manía, de color negro. Una época claroscura, parecida a las de antaño, con palabras maduradas.

Y Las Ventas, aquel primer recuerdo de la ciudad, volvieron a mí. Cambió el todo. Las paredes blancas de la casa nueva se volvieron luz y me hicieron retomar las riendas de aquella verbena de agosto. Retiré todas las publicaciones anteriores, y en noviembre de 2015 dio comienzo una nueva historia. Cómo vive una figuerense en Madrid. Cómo pedir un café, o dónde buscar el mejor pincho de tortilla. Los amigos nuevos, los compañeros de viaje, una alegoría del yo. La necesidad de compartir, de ser egoístamente leída, gozar del placer de la escritura y convertirlo en una lectura agradable para otros.

De todas maneras, y hablando de naturalidades, en Madrid son, para estas cosas, poco de convencionalismos. Las hojas son verdes casi todo el año, hasta que reaparece una tormenta, repentina, y te arrastra, ramas y hojas al barro. Por instantes, desearía poder decir que es alergia, y que no es más que una hinchazón de ojos.  
Otro otoño. "Está pasando una vez más". Y eso no solo lo digo yo.”

Mis palabras son un claro reflejo de quien soy, como persona, como estudiante, como amante, y como escritora. Entre visillos, las visiones y vivencias de un ser humano algo peculiar.

18 de enero de 2017

Año nuevo: reflexiones de invierno en Madrid.

Llevamos años escuchando eso de "winter is coming" y sí, finalmente llegó. 

Termómetros bajo cero y una seguidilla de dudas mucho más allá del qué me pongo. 

Los inviernos en Madrid son así, gris feo. Y mira que muchos días luce el sol, pero no, no es suficiente para hacer la fotosíntesis y eliminar todas esas toxicidades. Puede que el empeoramiento del cambio climático ayude, por qué no. 

Especialmente hoy, recordé aquel viaje eterno en autobús, y aquellos caminos despejados cerca del agua. Necesitaba digerir los buñuelos de Semana Santa, y otros absurdos dolores de barriga. 

Estamos en época de rebajas, y pese a que en Primark todo el año están de saldo, conseguir una tranquilidad talla L, cuesta. 




El peso estomacal de las navidades parece haberse desvanecido con los lazos y guirnaldas. Pero hay regalos y regalos, de primera y de segunda. Y no regalos. 

Entre muchas otras cosas tampoco tengo claro de si es necesario seguir deseando feliz año. 

Supongo que no debí portarme demasiado bien, mis peticiones magas no llegaron a tiempo.