26 de agosto de 2020

Días con D mayúscula: la herencia del confinamiento.

 

De aquel jueves 20 de agosto hace casi una semana; tildado como el día más caluroso del verano. Sigue haciendo calor, no sé a quién querían engañar.

***

Sonó el despertador esta mañana y no me costó despegar las costillas de la sábana. Sabía que la recogida sería puntual: ocho y cincuenta y siete. Listas a la par.

Aun siendo un camino conocido, tenía la sensación de que era la primera vez que rodaba por esa carretera, como si hubiera olvidado parte de la historia. A veces también me ocurre con algunos libros.

Cierto es que, de un tiempo hasta ahora, he empezado a interiorizar las confesiones en familia como algo natural. Demasiadas veces me habré merecido la etiqueta de insensible, seguro. Hoy, antes de llegar a los primeros 50 kilómetros he dado sentido al funcionamiento de Gemma: tú me hablas mal, probablemente te hable hirientemente peor y no por cuestiones de ego, sino porque detrás de la fachada infranqueable de caparazón de tortuga habita un cuerpo algo más blando y tendiente al enfurruñamiento. Una botida[1] que necesita su tiempo, como buen acuario.

En el primer encuentro post-confinamiento, cuando las escrituras de Santa Paciencia habían pasado a un segundo plano, conseguimos juntarnos toda la familia materna alrededor de una mesa. Lo último no es lo extraño, pese a las circunstancias del momento, lo raro es por el “todos”: yo nunca estaba. Alba, de mis primas pequeñas, la mayor, con quién me llevo exactamente 10 años y un santo, compartió uno de sus deseos de confinamiento: tatuarse una rama de Ginesta, nuestro apellido. En la RAE aparece como retama. No dudé ni un segundo, SÍ.

Compartimos el plan con el resto de las primas y familia, que nos miraron desde lejos como si aterrizáramos de otro planeta. Madre fue la única que levantó la ceja y fiel a su prudencia no descartó la opción. Comimos compartiendo imágenes que nos gustaban y la sobremesa se alargó por varias semanas hasta que tomamos una decisión.

La propuesta venía de lejos, curiosamente, cerca del origen de nuestra familia. Fiel a los pálpitos, no había lugar para las dudas.

"El Maresme, lliure i tropical". Eso lo decían unos amigos a los que nunca pregunté por su significado. Para mí, el Maresme eran donde estaban mis raíces y las mejores fresas del mundo.

Llegamos con el tiempo justo para poder tomar un cortado y resarcir mis ganas de fumar (no, no eran los nervios). El café se llamaba Infinito, prometo que fue escogido al azar, el mismo que nos había llevado a la plaza donde años atrás, con los que todavía son mis amigos, habíamos peleado para ganar en una de las modalidades de sardana deportiva. 2002.

Me permito el lujo de hacer un inciso.

Generalmente la gente asocia la sardana a un baile aburrido y viejuno. Cierto, puede que lo que se vea en las plazas no llame tanto la atención como las jotas: gente vestida de calle, en un círculo mal hecho cogiendo las manos de un desconocido y desplazándose de un lado para el otro. Contado así, atractivo no parece, pero nuestro caso era algo distinto: nosotros competíamos. Entrenábamos una o dos veces por semana, y seguramente los que ahora tanto defienden el “hiit”, estarían la hostia de contentos. Mantenimiento de los brazos extendidos sin relajar, a la altura de los hombros y las orejas, seguir el ritmo e interpretar musicalmente cada una de las piezas, y todo ello sin dejar que los talones tocaran al suelo. Que a nadie le sorprendan mis gemelos. La norma dejaba libertad a hacerlo con 5 o 6 parejas, de chica-chico. El objetivo, que todos fueran al unísono y que los jueces, desde fuera, pudieran ver un anillo único (como el Frodo) moviéndose al unísono y atacando los golpes fuertes de música sin errores. Ah, y todo sin olvidar las matemáticas, porque nunca sabes cuántos compases tiene la pieza y tienes que calcular a conciencia para llegar al final siempre con la izquierda. Un mundo, vaya.

Dicho todo esto, vuelvo a ese jueves.

Siguiendo con la puntualidad, a las 10:30:00 tocábamos el timbre de MIDPIT, una vez dentro, descubrí que se llamaba Miriam. La dedocracia familiar había decidido que fuera la primera en tatuarme, por eso de la experiencia y tal. El diseño era lo más, y la tranquilidad que nos ofrecía en su pequeño estudio consiguieron que me relajara hasta el punto de sentir cosquillas. Antes de que hubiera acabado, mi madre ya se había levantado y firmado el consentimiento, no había vuelta atrás.



Alba ya tenía su primer tattoo, y madre. Hasta mi tía se estaba planteando una nueva visita.  Lo que ninguna de nosotras sabía es que el día sólo estaba empezando.

Con el estómago ronroneante fuimos a Canet de Mar, dónde habían nacido mis abuelos. Era la hora de comer y el pueblo estaba absolutamente desierto. Vimos las fábricas textiles modernistas abandonadas, una pena que la historia acabara con los cristales rotos y las paredes mal pintadas. Allí, alguna vez había habido vida.

Tuve la sensación de que la iaia estaba entre nosotras.

Vimos dónde mi tío iba a la guardería, y el jardín del cura donde tiraba sus zapatos, dónde madre tenía que ir con la cabeza gacha a recogerlos. El teatro dónde nuestra tía-abuela pasaba horas. La puerta dónde mi abuelo trabajaba de joven para llevar más ingresos a casa. Y finalmente llegamos al Carrer Sant Jaume, número 4. La casa dónde habían vivido mis abuelos, donde habían crecido mi madre y sus hermanos, con la puerta, ahora hecha ventana, de la barbería de mi bisabuelo. Por la derecha vimos una chica acercándose con el carrito de la compra, jamás pensamos que fuera a parar delante de nosotras. Era la casa de sus suegros. Salió Quico, el actual propietario de la casa. Antes esto era Can Ginesta, dijo. Madre mía. Sin dudarlo, nos invitó a pasar, poco antes de que recordáramos que estamos en era Covid y que no estaba del todo bien entrar en casa ajena. Pero ya estábamos dentro, delante de la puerta de la izquierda, donde había estado reposando años atrás esa silla de barbero que madre tanto recuerda. Estaba con ella, las dos, o las tres. De nuevo en su casa, 47 años después de haberla dejado por un traslado de trabajo del banco de mi abuelo.

El salir de allí, vi como le brillaban los ojos. Estábamos todas en estado de shock, y no era por menos. Esa familia nos invitó a volver cuando pase todo esto.

Subimos al Santuario de la Misericordia, arriba del todo de la cuesta, como presidiendo en pueblo. Hacía muchísimos años que no iba. Me sorprendió la mecanización del dispensador de cirios, pensé que en lugar de velas saldrían Coca-Colas.

Entramos y no había nadie. ¡Qué sensación! Habían cambiado el agua bendecida por el gel hidroalcohólico, pero visto así, la fe es lo último que se pierde, dicen. Era extraño, las iglesias siempre me dan un no-sé-qué, pero ahí, de repente estaba en paz, a gusto, y sudando a mares, también.


Sentada en la terraza, fuera, pedí un carajillo de Baileys con hielo, brindado al cielo y fumando, ante todo pronóstico. Madre dijo que, a lo mejor, los milagros existen. En ese momento, pletórica de felicidad, no tuve ninguna duda.




 



[1] Enojada.

20 de agosto de 2020

Las noches de insomnio (lejos de Madrid).

 Hacía tiempo que no me despertaba en mitad de la noche con el deseo de escribir. Bueno, a ver, la secuencia es distinta: Gemma da vueltas en la cama; Gemma se despierta; Gemma valora si el despertar es salvable fácilmente o tiene que empezar a pensar en recursos dormidísticos (nunca me gustaron la ovejitas). 


En la L, de libélula, me paro a pensar en el zumbido del dinosaurio que me abordó hace algunos días por la noche. Más bien, debía ser el helicóptero que dejaba a los curiosos en el parque, ¡o qué sé yo! Pero el caso es que no, no era una libélula porque resulta que aletean "tan" lento que no les da tiempo a hacer ruido. Hm. 


Evidentemente, ninguna de las técnicas empleadas para volver al sueño ha funcionado. 


Asun, ávida lectora e incondicional de las escrituras de Santa Paciencia manifestó su deseo de seguir sabiendo de mis pasos post apocalípticos. Sería demasiado pretensioso decir que me debo a "mi" público, pero cierto es que hacía días que la olla de analógicos estaba a punto de estallar. 


No hace tanto fue la Verbena de la Paloma. Bauticé este blog mucho antes de que se convirtiera en mi fiesta favorita pero, seguramente había algo retorcido en el destino que así lo había provisto. 


Haciendo un paréntesis temporal, el pasado fin de año, al acabar de engullir las uvas y mirando a mi alrededor, solo deseé que fuera 2020 un año mejor que el anterior. Poco después de mi cumpleaños pensé, "oye, pues ni tan mal". You know nothing, Jon Snow. 


Recordemos que el 11 de marzo, martes, salía por la puerta de un instituto que no volvería a pisar hasta cuatro meses y medio después. El 14 de abril salía de mis 36 metros cuadrados a la sombra sin haber fallado, creo, ningún día al café con leche y los arándanos. El 17 de junio se acababa el gas de una botella mal cerrada. El día 22 sentí algo parecido al momento en que tienes que elegir la combinación de números del Euromillones, la suerte estaba echada. Tuve tiempo de ir y volver de Madrid y disfrutar de su gente (o debería de decir mi...). Volví un sábado sintiendo que había hecho lo correcto y que todo lo que tenía en la maleta me sería útil (ilusa de mi). 


Por un momento olvidé el por qué de toda esta enumeración cronológica absurda, pero me resultó fácil volver: 2020. ¿Mejor que el año anterior? Sorprendente, seguro. A mi sin duda, me pilló con la guardia bajada, pero pasados más de cuatro meses (con sus respectivos paréntesis) volviendo a vivir cerca del mar, sólo puedo pensar en cuánto me alegro. 


De poder hacer un abecedario de atribuciones propio, ahora mismo, significaría: 1. Gemma no recuperará el sueño jamás. 2. Necesito una palabra/expresión que empiece por Ñ. 

Amanecer. B. Constelaciones. Despojo. E. F. Guantes. H.


Pensé que Gel Hidroalcohólico te salva dos, y seguidas, pero...


Podría seguir, Inevitablemente. Porque adoro los Juegos de palabras y los crucigramas con café. La Luna nueva entra en Leo, dicen. Nunca entendí demasiado bien esto, ni los ascendentes, ni cuando Bea me habla de Mercurio en retrógrado, que si mal no recuerdo ocurrió a principios de año (y que cuando tú, persona al otro lado, estés leyendo esto, ya habré buscado qué significa y me habré vuelto loca pensando en cuántos de estos momentos "raros" han influenciado mi vida sin ser yo muy consciente de ello; y que también estarán los escépticos que pensarán que el déficit de sueño ha tenido en mi un efecto negativo bastante considerable). 


Pido disculpas de antemano por haber publicado valientemente sin pasar el corrector y haber abusado, mal, de las comas, como siempre. 

20 de julio de 2020

Decepciones en Madrid.


El buen vino hay que dejarlo reposar, dicen.

Seguramente, pareciendo una paradoja de lo más absurda, el confinamiento ha sido un buen vino, porque reposado sabe distinto; mis días han dejado de saber a arándano.

Las noches con sabor a sal siempre fueron mi debilidad, después de unos cuantos estragos pensé en rendir tributo a Santa Paciencia volviendo cerca del mar. Una decisión, como tantas otras. ¿Por qué no sucumbir a las noches calurosas de Madrid? Trato de pensarlas, las lunas y quién estaba en ellas. Se me escapa esa sonrisa, parecida a la que tantas veces escondí detrás de la mascarilla.

Estos días, sin querer, entré en algo parecido a un desván tecnológico y encontré lo que tendría que haber sido una publicación de septiembre de 2019: Decepciones en Madrid. Me reconforta pensar que llegué a ello por el camino del "algo bueno". 

“En Madrid debe haber un 93,37% de decepcionados; esto no lo dice ningún estudio.

Lo de basado en hechos reales siempre me ha hecho especial gracia, sobre todo por el sesgo. Nadie vive nada de la misma manera: el vaso puede estar medio lleno o medio vacío.

El mío, hasta no hace mucho, rebosaba de ilusión. El trabajo que me gustaba, en lugares que me gustaban, con gente que me sigue gustando. Pero en ese tipo de historias, ya sabéis, siempre hay un capullo que tiene a vaciar el vaso porque tiene sed.

Decepcionados hemos sido todos, y fuente de decepción, también. Nunca me caractericé por vivir en el drama, aunque llegar a casa, todos los días airada, puede llegar a ser un engorro para los cercanos. No lo dudo.”

Era día 5 y era jueves, y seguía disertando acerca de la ruina que era no tener horarios o vivir bajo el paraguas de unos padres pasada la treintena.

¡Me parece tan lejana esa sensación!

Aunque sigo pensando que en Madrid debe haber, hoy, un 94% de decepcionados, infieles a sus instintos más primarios. Miedo, incertidumbre, complacencia, conformismo, arrogancia, cobardía, inseguridad. ¡Benditos fantasmas! Siempre aparecen. ¿Por qué tengo la sensación de que siempre llegamos tarde? Me pasa lo mismo cuando pienso en mis treinta y seis metros cuadrados a la sombra, con la nevera al exterior, sin horno y con cinco minutos de sol en verano: una ruina para un confinamiento. Y lo pienso ahora cuando parece que la tierra sigue girando y pretenden que en mi ciudad natal y de acogida circunstancial, volvamos al calor de nuestros hogares.

Y me vuelvo a enfadar cuando lo pienso, no en el encierro, sino en las excusas que me pongo para no aceptarlo: siempre fui una malota de palo. Un poco gilipollas. Porque sí, Gemma, el universo sigue vivo, y mientras tú te regocijas en una-mierda-no-tan-mierda, hay quien tiene que enfrentarse a una-mierda-absolutamente-indestructible-y-eterna. La vida.


Podría hacer el símil al millón de veces que he dicho “me fumo encima” con mis dedos: se escribían encima. Hoy, curiosamente, un domingo poco común de atardecer sublime y copa en mano. 




17 de junio de 2020

CONFINAMIENTO: DÍA 91. La des-pe(r)dida.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 7·13

Casi he perdido la práctica en esto de escribir, por lo menos en lo que a tecla se refiere.

Era viernes por la tarde cuando me vi haciendo cola para comprar tabaco y haciendo acopio de víveres, catalogados de primera necesidad. La cerveza y el papel higiénico estaban en el mismo orden de prioridad. Me encerré en 36 metros cuadrados a la sombra, con todo lo que eso suponía, más allá de repeler un virus letalmente desconocido. Quedaban fuera de aquella nueva normalidad todas las relaciones personales tal y como las conocíamos. Dejamos de dar abrazos y a añorar los besos a traición, lo empeñamos todo para vivir en relaciones de 16:9.

Parecía que iban a ser algunos días, luego fueron semanas, los datos no eran nunca demasiado alentadores, y de aquello hace ya tres meses.

Me costó pensarlo: me voy, o no me voy. Decisiones complicadas que te ofrece la vida.
Era el 14 de abril y en lugar de pasear con una bandera tricolor, me escondía detrás de la bufanda y el abrigo para irme a casa. ¿Qué casa? Dice la canción que home is where the heart is, pues en aquel momento lo tenía bien dividido.

Había pasado mucho tiempo sola, comiendo arándanos y bebiendo café. Pensando en qué sería lo primero que haría cuando pudiera salir de casa. De repente, la lista se iba al traste y me encontraba compartiendo techo, de nuevo, con mis padres. Creo que no fue fácil para ninguno de nosotros.

No hay día que no haya pensado en todo lo que dejé en Madrid, como quien sale a la compra y deja el fuego encendido con los garbanzos cociendo. Pensé que habría dejado agua suficiente.

***

Recuerdo amablemente la cantidad de llamadas de los primeros días, como una puesta a punto para todo lo que nos venía encima. La música también me ayudó, casi más que los libros. Mi atención se debilitó y nunca acabé de encontrar mi lugar en la lectura; ni en las series, quién me lo iba a decir.

Mi punto de fuga era, es y será la cocina. Descubrí la pasión por los dulces, no por comerlos. Desde la primera cheesecake que hice en enero hasta la última, reversionada al limón y la menta, ha habido muchos intentos, nunca fallidos. Recuerdo el desastre mayúsculo de querer hacer madalenas o muffins, o como les queráis llamar, en el microondas. Eso sí fue un intento ejecutado desastrosamente. Luego de mi desplazamiento, la etapa dC, con un horno, todo cambió. También me estrené con las empanadas, las croquetas… ¡Sí! Mis primeras croquetas de cocido, y le siguieron otras de bacalao y espero que la lista no acabe aquí.

También, y a raíz de las croquetas, tuve un bonito reencuentro con el pasado. Ese pasado, siempre presente, en el que Gemma atendía a la gente detrás de un front desk en todos los idiomas que sabía. Aprendí mucho del trabajo en equipo, de la confianza en uno mismo, de comida y de vinos. Me encantaba pasearme uniformada en busca de unos hielos para enfriar el café. Mi jefe siempre dijo que tenía un aire a los clics, por la forma de la mano. Diez años después soy incapaz de olvidarles, a ellos, a sus historias y a las croquetas de marisco de clientes. Y aquí iba, a las comidas de “nueva normalidad”, a los encuentros familiares de Fase 2. Me encargué de la comida: nido de escalivada con brandada y buñuelos de bacalao con croquetas del Motel. Risotto de boletus y gambas con Parmesano. Cheesecake o mousse de limón a la menta. A poner los nombres bonitos, también aprendí esos veranos.

***

Qué curiosa publicación, qué desordenada y qué sincera.

La no-rutina de escribir quedó mermada después del aislamiento por muerte endémica de disco duro. Los garabatos analógicos son, muchos de ellos, inteligibles, llenos de pensamientos abstractos, ahí no se vale borrar el párrafo entero una vez escrito. Aproveché positivamente la desconexión, pero de alguna manera, me pasó factura, como si hubiera olvidado las llaves y no pudiera volver a entrar en casa.

Recuperé el ordenador a la vez que flexibilizaban las salidas. Empecé a ver y a abrazar el mar. A andar con la cabeza alta, y a madrugar para poder respirar sin filtros de por medio.

En todo este ir y venir, nació Marcel, algo parecido a un no-sobrino. Y también escribí acerca de los entresijos de la maternidad, lo que nunca te cuentan. Mi instinto maternal ha decrecido, debe estar en menos mil tres cientos. Siempre pensé que sería muy interesante escribirle aun recién nacido como está el mundo cuando nace, para que de mayor pueda entender algo más de su vida, pero creo que no será necesario. “Cuando tu naciste, la gente se saludaba con el codo e iba con mascarilla”, definitivamente no.

***

He pensado bastante en las relaciones a distancia. Pareja, amigos, familia. A todos nos ha pillado en unas circunstancias concretas, tanto geográficas como personales. Creo que al principio hicimos todos un alarde de madurez: todo fluye, todo cambia, nada permanece. ¡Uf! Rebatir cualquiera de las tres afirmaciones es un riesgo, dado su empirismo. O si queremos que permanezcan, necesitamos poner de nuestra parte. Está claro que todas las relaciones se sustentan por una dinámica que aceptamos, como en los juegos de mesa. Cada relación tiene sus normas, aunque a veces, dado que el parchís y la oca comparten tablero, pueden llegar a confundirse. Pero hemos venido a jugar, ¿no?

Y luego están los amigos de azúcar (como en el pilla-pilla, que jugaban sin que les pudieran pillar, menudo rollo, por cierto), añadiría aquellos que dan señales de vida cuando parece que el mundo se acaba, y como amistades, también acaban derretidos, como los azucarillos del café. Aunque bueno, aquí entrarían en juego la química y la selección natural.

***

Escribiendo entre asteriscos siento que estos son los distintos epílogos de las escrituras de Santa Paciencia, que tanto me ayudaron a evadirme y a recordarme en qué día vivía. Una extraña sensación que echaré de menos, como el pensar que al otro lado había alguien que desde su casa estaba leyendo mis no-rutinas y mis quebraderos de cabeza del primer mundo. Tengo cierta esperanza en que alguien añadiera nueva música a su lista de reproducción, o tuviera curiosidad para saber del Body Balance 73. Por vuestra tranquilidad, reduje la cantidad de cerveza en sangre y convertí el deporte en un hábito, sí, ahora que no se puede ir al gimnasio. Las incongruencias siempre fueron marca de la casa, como los suspiros al saber que son las últimas palabras de una publicación.

Si alguna vez os sentís un poco perdidos en esta nueva normalidad que nos espera, recordad que detrás del café y los arándanos hay una historia. La nuestra. 



27 de mayo de 2020

Confinamiento: DÍA 74 - El des-fase

Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 10 días de Fase 1.  

¡Bendita la he tenido! La Paciencia, digo: 18 días sin poder compartir sus escrituras.  

 Con la desescalada llegaron una serie de catastróficas desdichas que limitaron mis comunicaciones con el mundo exterior, con consecuencias graves también en el interior.
  
Pasé de no tener tiempo para escribir a echarlo mucho de menos y sucumbí de nuevo al analógico cuadriculado, en la página siguiente del día 49.  

Durante este tiempo, haciendo las cosas bien hechas, pude ver el mar, olerlo, tocarlo, sentirlo. Por fin, un deseo que se hacía realidad. Pensé en ti y en cómo me hubiera gustado que estuvieras allí, sentado en la orilla, fumando, apacible. 

Están los locos de los gatos, y luego estamos los locos de mar. No lo podemos evitar. A veces pensé que era un problema sólo mío, pero descubrí que somos una especie categorizable con rasgos comunes. Una sonrisa inevitable, nerviosa, poniendo los pies en remojo y jugando con las olas cristalinas. Ella y él, y yo. ¡Qué vida te espera, pequeño! 

He aprovechado para los reencuentros, los que están ahí siempre; para los cafés sin fin que acaban de noche; para andar sin rumbo arreglando el mundo bajo el sol; para aprender a coser; para mejorar mis aptitudes culinarias; pelear con la jardinería y matar a un cactus en dos semanas; para querer más en la distancia; pero, sobre todo, para mirar con otros ojos.  


También pasé unos días ofuscada con la vida en general. Anecdóticos, siendo testigo del viraje de tendencias políticas, del renacimiento de insolidarios, de los que creen tener un sistema inmunológico mejor que el resto y que se la pela todo, o puede que no, que sólo fuera un alarde de transgresión. No pasa nada, puedes hacer lo que te salga de los cojones. Eso decía el libre albedrío, ¿no? Tener fe nunca fue conmigo, y menos en la especie humana.  

De todo se sale.  

De todo salen cosas maravillosas. Tengo muchísimas ganas de ver las manos de Iván, alguien que aprendió a dar significado a movimientos al aire.  

Sigo deambulando por los pasillos, parando en la nevera a recoger el puñado de arándanos de rigor. Llegó el calor y la sandía. Dejé de ir a la compra. Dejé de beber tanto vino. Y siguieron los cafés en la terraza y las cervezas furtivas.  






8 de mayo de 2020

Confinamiento: DÍA 56 - La desescalada.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 4 días de Fase 0. 

La desescalada. Tengo que empezar a hacer caso de las señales, las que empiezan a pedir un cambio de periodicidad en la escritura. Curiosamente, empecé este diario para hacerme más llevadero el confinamiento. Ahora son las salidas por la mañana las que me dan la vida, las que pese a haber más gente de la deseada siguen rigiéndose por el cantar desacomplejado de los pájaros y el despertar del sol cada vez más estival.

Me levanto, innovo zumos siempre a base de naranja, con arándanos, frambuesas, plátano, manzana. Sigo y seguiré fiel al café, que ya era importante mucho antes de todo esto. Madrugaba, casi con gusto, por el placer de llegar al instituto con un termo caliente que me mantuviera en vida las tres primeras horas. Mis horarios de comida han mejorado en la etapa dC (después de Casa), mis padres lo perdonan todo, menos la comida.

Adoro que salgan proyectos de confinamiento, y también reconozco que echaba de menos trabajar. Pasar horas maquetando presentaciones, pelear con los márgenes y desear que se hayan guardado los cambios cuando todo se va a la mierda.

***

Ayer era jueves. En Figueres los jueves son importantes: está el mercado de la ropa, de la fruta y la verdura al completo, y antes, cuando la gente se podía reunir, los ganaderos aprovechaban para hacer sus negocios en la parte alta de La Rambla, después de un buen desayuno. Me levanté pronto, otra vez, sin vacilar en el cambio de vestuario y el café rápido. Bajé las escaleras sin un destino claro, al salir tenía que decidir, izquierda o derecha. Izquierda, al campo. En línea recta hubiera sido sencillo, pero la vía del tren siempre fue un abismo. Recuerdo haberla mal cruzado por la estación en aquellos paseos largos de verano con mi abuelo, pero entonces no tenía yo muy adquirido el concepto de peligro. Usé los mecanismos seguros, de buena ciudadana para llegar al otro lado y giré a la derecha, donde los chopos.

Advirtiendo la posibilidad de fuerte alergia, salí de casa totalmente dopada, y con todo lo necesario para sobrevivir en la mochila.

Como ya me había pasado el lunes, creo que la otra mitad de conciudadanos que no estaban en el castillo estaban ahí, unos metros delante y detrás de mí. Saqué unas cuantas conclusiones precipitadas, a la vez que acertadas:
  •         Necesitamos monte y andar sobre tierra.
  •         En Figueres lo que no está construido es campo sin camino.
  •      Los caminos no tienen cartel de fin de municipio, puedes andar hasta que te canses.

Después de un rato resiguiendo la vía volvía a tocar decidir hacia donde continuar la aventura, seguramente deduzcáis la elección. Seguí a la izquierda, bordeando el rec del Mal Pas, la acequia que desemboca en el río Manol(o), siempre ha habido el gracioso que añadía la “o” en los carteles, y me encanta. Naino naino ná.



Me tuve que detener, maravillada por las vistas, la simpleza de las cosas, la ilusión por las amapolas. Anduve unos kilómetros más, sentía la rozadura de las zapatillas después de tanto tiempo sin andar en condiciones. Tenía pensado aprovechar la salida y pasar por el mercado antes de volver a casa, pero fiel a la improvisación, hice escala en casa para una ducha reconfortante y un cambio de vestuario. Olvidé que vivimos en humedad constante.


A las once y media había llegado a los 10.000 pasos, con dos cactus y una planta y con unas ganas de terribles de otro café en la terraza. Sí, tuvimos que hacer pedido de cápsulas porque las reservas están empezando a escaseas, quedan todavía 50 capsulas, que para una despensa de madre son demasiado pocas.

Después de comer todos caímos rendidos al horizontal. No conseguí dormirme, pero estuve en vegetación por más de dos horas. Estaba realmente cansada. Trabajé un poco, y volví a la cama-sofá (siempre pensé que el orden depende del uso principal) a esperar la hora de la cena. Una tarde perra, sin duda.

En casa de padres se come mucho pescado, probablemente el que no haya comido yo en todo lo que llevamos de año, salvo excepciones, claro. Ayer tocó caballa, recién llegada de la lonja de Roses. ¿Cómo era eso de la montaña que iba a Mahoma? Pues eso.

Hay días y días.

Hoy, por ejemplo, viernes, me desperté con ganas de cocinar lentejas. Comerlas me gusta normal, tampoco es que sea plato favorito, pero de vez en cuando… El sol parece lucir tímido y tengo ampollas en los talones. Mal. Saldré a la terraza.


6 de mayo de 2020

Confinamiento: DÍA 54.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 03x08

La siesta de ayer no me impidió caer rendida.

Zumo de cosas: naranjas, frambuesas y arándonos, una buena dosis de energía. Salí a tomar el café, se estaba levantando el día y todavía era hora de paseo. Me puse ropa de calle, adecenté mi cara de sueño y decidí acercarme al mercado. Siempre eché de menos poder comprar en los puestos sin perder el factor humano y poniendo cara a las judías verdes o a las berenjenas.

Mascarilla, gafas de sol, alcohol, guantes a mano, auriculares y una banda sonora acorde.
Probé suerte por si había podido volver el señor de las flores, pero aun no. Necesito una planta, o dos.
Volví con buen acopio de verduras para seguir comiendo escalivada; quinta generación.

De nuevo en casa tenía que ponerme pronto con la preparación del podcast. Una llamada inesperada me dejó fuera de servicio casi dos horas. Estaba decidida a ducharme con agua un poco más fría, pero debe ser que mis extremidades no estaban aún preparadas.

Comí deprisa y me senté en una silla de la que sólo me levanté para ir al baño y a por más café.
Eran más de la una de la madrugada cuando traté de llegar a la cocina con absoluto sigilo y cenar casi a hurtadillas.

Ocho episodios, ocho semanas de confinamiento, cinco y tres. Una de la pocas rutinas placenteras de rutina acaba, como todo lo bueno.



El libre albedrío es una ilusión.