30 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 48.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 

Volví a la normalidad. Me permití el lujo de dedicar la mañana a saldar mis deudas con el teclado. Había planeado el miércoles de otra manera, en mi cabeza sonaba diferente pero fiel a la no-rutina dejé fluir la improvisación.

Después de comer, y de comer la primera sandía del año, procedí al segundo café que no hizo demasiado efecto y me dejé caer en la cama con la intención frustrada de siestear.

Por la mañana tuve tiempo de dedicar algo de tiempo a los brazos y a reflexionar por qué tantas veces nuestros mayores no nos hacen ni puto caso. A veces parece que tenemos que seguir siendo pequeños de por vida y que nuestra voz debe sonar aflautada hasta el fin de los días. Es, como la desinformación que comentaba al principio de todo esto, un mal endémico. Mal de muchos, consuelo de tontos.

También tuve tiempo de echar de menos. 


Fui pronto a preparar la cena: milhojas de hojaldre, calabacín, champiñones y gouda curado. Condicioné la cena a los compromisos sociales, un encuentro antes de cenar, como todos los miércoles y el podcast Constante: los spin-off que nos gustaría ver. En lenguaje entendible al alcance de todos, una serie que deriva de otra, en la que uno de sus personajes es el factor común. Creo que me gustaría ver muchos de los que comentamos. Una serie contando las historias y viajes temporales de Riversong entre sus encuentros con el Doctor; un especial de Jerry, marido de Beth y padre de Summer y Morty Smith, un súper gañán cada vez més imprescindible; o una de Alfie, el asqueroso judío de Peaky Blinders, interpretado por Tom Hardy. Está claro que podríamos ser unos asesores de lujo, a imaginación no nos gana nadie.

Había sido un día sencillo. Antes de horizontalizar repasé mi lista de tareas: acabar un mooc, seguir avanzando en la aventura gráfica de Indiana Jones, pensar en un evento virtual en pro del Banco de Alimentos de Madrid, continuar con los libros empezados y dar forma virtual a un evento presencial que ya teníamos muy pensado.

Dado que todos los días son igual de laborables o festivos, tengo tiempo.

Ellos están bien.

29 de abril de 2020

Confimamiento: 46 + 47.

Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 93

Segunda infidelidad de confinamiento. Era lunes y las nubes se amontonaban en castillos. Cambió la rutina en casa y con ella mis horarios y mis motivaciones. No abandoné las buenas costumbres de zumo y café, pero decidí no pensar más allá de los siguientes diez minutos. Traté de escribir, pero estaba claro que no era ni el día ni el momento, a más de media página, pantallazo azul y destrucción absoluta. No me apetecía repensarme. No, la cuarentena no son solo panes, batidos y felicidad. Elena, mi psicóloga de referencia, lo decía:  tenemos derecho a no estar bien y a poderlo compartir. Seguro que estarán los detractores robots, pero… en fin.



El martes también empezó pronto (escribo esto ahora, lagarteando bajo el sol del miércoles). El día antes tuve algo así como un ataque de ira deportiva que acabó con resentimiento articular. Tengo que empezar a ser consciente que mis rodillas no tienen veinte años, aunque por aquél entonces rehuían el deporte, propiamente dicho, y adoraban la montaña y los conciertos.

Había cumplido a regañadientes con los deberes seriéfilos y pasé la mañana leyendo teorías alocadas y detalles imperceptibles. Todo parece tener sentido, o no. A un episodio del final, me siento más perdida que después de ver los dos primeros, aunque esto no es extraño porque siempre mis neuronas parecen trabajar por su cuenta y con poca comunicación con la razón. Algo extraño, pero después de 33 años, una se acostumbra.

Me aventuré con un risotto para padres, el único arroz con el que siempre acierto. Si tuviera que bautizarlo, sería de recapte, como la coca. Aproveché la escalivada hecha, de segunda o tercera generación, champiñones, cebolleta. Bastante repetible, creo.

Acabé ya la primera caja de arándanos y es que siempre apetecen, como la brisa que sopla ahora, haciendo más agradable, si cabe, el sol traicionero de finales de abril. Ya superé la versión fresa-nata, y sin cambiar la piel, ha vuelto el color natural de Gemma: el muy blanco.

Necesitaba reordenarme, volver a los moocs pendientes, tener la mesa despejada y lo papeles bien amontonados por temáticas. Series, eventos, asociación, trabajo (no-trabajo), relatos analógicos. Rebuscando entre cajones encontré un cuaderno del fatídico otoño de 2005.

Otoño, otoño.
Pasó el eclipse, la luna quiso observar de cerca a su querido sol,
pero después, nunca llegó la normalidad.
Viento, viento.
Y frío.
Empezaron a caer las hojas a cántaros, hojas queridas que el viento se llevó, y nunca, a pesar de los pesares, volverán.
Amores y desamores; amores y odios, y llantos.
Creo poder resistir,
recuerdo ser la fría luna que después del eclipse perdió el sol.
Recuerdo ser la fría luna que después del eclipse perdió a su vieja tierra.
No soy luna, a veces creo, aun, ser girasol.
Respiro, respiro.
La vida no me dio ningún respiro. Egoísta.
Seguro que por aferrarme tan tenuemente. Egoísta.
Yo, luna girasol o yo, luna fría.
A pesar de muchos pesares siento rabia por haber recluido en mí, en mi interior tantas buenas palabras, solo para compartir, ahora es, sólo, demasiado tarde.   


Poesía de bar con influencias de lujo, eso sí. Rubén Darío, Alejandra Pizarnik, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Sylvia Plath, Miquel Martí i Pol. Federico García Lorca llegó más tarde, como los haikus. Visto lo visto, siempre escribí en arte anárquico. Lo único que ordenaba en renglones eran las operaciones matemáticas.

Siempre tan dispersa, ilustrada moderna, luchando con el absolutismo de las normas y los convencionalismos impuestos. Habiendo vuelto donde crecí, me reafirmo en el crecimiento y mantenimiento de aquellos principios tan basados en la caída del “cenutrismo” obstinado.

Me di el tiempo de un café a sorbos para ponerme al día y volver a las andadas.





27 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 45.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 64800 minutos. 

Dicen algunos que el domingo es el día del “señor” aunque yo soy más del día del vermut.

Tengo el cuerpo extraño en lo que a horarios se refiere y me volví a despertar antes de lo esperado, que era más bien tarde. Madre ya patrullaba por casa y yo fui directa a la cocina. Zumo de naranja, arándanos y fresas. Lo que sobró, a la macedonia de postre.

Después de algo más de una semana no tengo muy pillado el punto del microondas y el café con leche tiene a abrasar. Me quedé en un estado vegetativo en el sofá tratando de buscar algo en la tele que me pudiera inducir al sueño. Vi los dos primeros episodios de The Good Wife, y reconozco que no me disgustó dado que no esperaba nada.

Pasé por la ducha y acabé el café al sol. Contra todo pronóstico seguía luciendo intenso y había hecho estragos en mi delantera, completamente sumida en el fresa-nata. Se escuchaban algunos niños a lo lejos, y divisé vecinos conocidos ya jubilados paseando niños, sin duda se estaba haciendo mal.

Un poco más tarde de lo previsto retomé la comunicación con Madrid. No recordaba que ya había pasado un año de LA boda. ¡Cómo pasa el tiempo! Y qué ganas de volverme a poner el vestido de lunares con las Converse rojas. Sí, fui a una boda con Converse rojas, a juego con los labios y con un bolso de algodón acorde: Eat, Sleep, Dominate the world and Repeat.

Esta vez vermut con mandarina. Muy repetible.

Seguimos al sol hasta que ya demasiado tarde, me llamaron a comer. Al entrar madre se asustó de la rojez, y después yo, que la padecí toda la tarde.

A las seis, todavía con café tenía una cita excepcional, invitada de lujo a un podcast peculiar para hablar de Solo en Casa 2: Perdido en Nueva York. No recuerdo la primera vez que la vi, pero me gustó mucho más que la primera, aunque analizándola un poco es un despropósito de principio a fin. Unos padres que se enorgullecen de haber perdido a su hijo y no el equipaje, unos malos muy tontos que son capaces de fugarse de la cárcel y llegar a NYC, un niño que es capaz de ir solo por toda la ciudad sin ser cuestionado, o el hecho de si ves a un mendigo lleno de palomas, seguramente sea buena gente, así que “niños, cumplid con el ejemplo”. Mal. Pero divierte, eso sí. Es un niño extremadamente listo capaz de enfrentarse a dos ladrones idiotas haciéndolas infinitas putadas dignas de Brico-manía. Mari se aventuró a decir que era la precuela de MacGyver, pues tampoco lo descarto. Visto lo visto, si Kevin tuviera que salir del confinamiento, podría perfectamente pasearse solo. 

Por la tarde llegó la tormenta para quedarse, con truenos que hacían hasta retumbar los cristales. Decidí abrigarme dignamente, aunque fuera para seguir estando por casa.

No estaba siendo un domingo productivo, o sí, quizás demasiado. Seguí sentada en la silla y me tomé un tiempo para releer mis últimos días y recordar que estaba viva, fiel a las no-rutinas.

Otro día que no hacía el deporte reglamentario.

Cené poco, aunque demasiado, dado que había comido algo más de lo debido; el rape al horno es algo siempre apetecible.

Quería arrancarme la piel. Los quilos de aftersun parecían insuficientes. A este paso, llegaría a ver Westworld, que tantas madrugadas había esperado. La semana pasada me había quedado a dieciocho tristes minutos. Esta vez llegó la hora, pero mi cabeza no estaba preparada para ninguna sesudez, al contrario, estaba gobernada por un pensamiento único de cese de calor y picor solar.


Y descubrí esta canción, que como tantas otras, declararía banda sonora oficial de las escrituras de Santa Paciencia.

26 de abril de 2020

Confinamiento: Día 44.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 3,2%

Siento que las semanas pasan muy deprisa. Vuelve a ser sábado en el calendario y me estoy haciendo sensible a los ruidos porque me desperté bastante antes de que sonara el despertador.

Con la vuelta de los arándanos era inevitable no pensar en los smoothies otra vez. Tomé el café en la terraza para medir la temperatura y confirmar que el sol seguía en su sitio. Antes de caer en la desidia y avaricia solar, invité a Patry Jordán al salón de casa y la insulté a la misma velocidad que ella cuenta los segundos. Tampoco quería dedicarle mucho tiempo así que probé un par de HIITs y me quise morir. Luego me premié con una Damm Lemon al sol, algo así como el aperitivo de los campeones.

Pensé en ESE día, en el que pudiera tomar una cerveza con sabor a sal y las olas rompiendo cerca. 


Al entrar, pedí permiso a madre para adentrarme en su templo culinario y contribuir en la comida: pastel de berenjena, patata y pisto. Fue grata la sorpresa de que las verduras tuvieran tanto éxito. De postre, fresas.

Aproveché para escribir y con el segundo café en la mano empecé a cabecear. El cuerpo me pedía siesta, y quién era yo para impedírsela. Descubrí una edición especial de RENT de 2019 emitida en FOX, y antes de llegar a Maureen, ya me había dormido. No puse despertador y me desperté cuando casi había acabado.

Luego estuve entre bambalinas mientras padres hacían su vídeo llamada de amigos y aproveché el tiempo para esto que llaman “cuidado personal” de cremas y mierdas. Siempre me planteo cuando es el momento de empezar con las antiarrugas.

Cenar pizza en fin de semana me recordó que algún día Madrid existió y me quedaron muchos planes pendientes. Volverán, sin duda. Aunque este año tampoco haya San Isidro, ni San Cayetano, ni Paloma.

Hoy justo hubieran empezado las fiestas de Figueres. “Xupinassu” en el Cafetó y primer día de Barraques. ¡Qué recuerdos! Cuántos conciertos vividos y no-vistos y cuántas madrugadas inexplicables. Padre, para sobrellevarlo mejor, plantó la bandera de la ciudad en la barandilla, porque dice que estamos en fiestas confinadas.



Por la noche, una cerveza que se fue de las manos, solo una, lo prometo. Pero siempre está el que lía y el que se deja liar, un Batman y un Robin. Y ya con el pijama me vinieron muchas ganas de gofre de feria con helado de fresa, el de pistacho nunca me gustó. De fondo creí oír la música de las fiestas.



25 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 43.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia.

Sonó el despertador muy pronto, pero había sido por elección. Zumo de naranja y café rápido.

Me deshice con el pijama con decisión me disfracé, como tantas otras veces, de persona-que-sale-a-la-calle.

Mascarilla, gafas de sol, guantes y a la calle. ¡Qué raro! Puse la directa, esquivé un par de paseantes de perros y me sorprendió tener que esperar en el paso de cebra. En la panadería no había nadie, la persiana del bar estaba muy bajada, y no había nadie en la cristalera probando guitarras. Al llegar al estanco sólo tuve que esperar a que pagara un señor. Cogí el periódico que todos los martes tiene padre encargado y caí en la tentación del couché de los misterios vaticanos. Dos Golden virginia amarillos, papel, filtros y un mechero. Festival del humor.



Luego deshice el camino y fui en busca de arándanos frescos. ¡Conseguidos! Cayeron en la cesta también algunas Moritz y los ingredientes necesarios para volver a hacer una tarta de queso sin nevera. La vuelta a casa sirvió para hacer bien de brazos y el sol empezaba a despuntar.
Flis-flis en toda la compra. Todo ordenado y un puñado aun frio de blueberries. Luego entré corriendo en la ducha y dejé que se hiciera larga.

Con otro café demasiado caliente salí a la terraza y bien virtualmente acompañada, llegó el medio día.


A la hora de comer siempre llega la marinada y tuve que recurrir a una chaquetilla para estar por casa. El melón con jamón entró de maravilla, parecía verano. Engullí el postre para llegar a tiempo a la reunión de los viernes, necesitaba otro café, esta vez corto. Más intensa de lo habitual fue productiva y volví a sentir las mariposas de la creación.

Aproveché para leer un poco de Bauman e hice tiempo hasta las ocho: el vino y las risas de siempre. Vi el cielo cambiar de color, rosa, morado anaranjado y negro noche. Entré a regañadientes para cenar.


Con la cara colorada y el inicio de un fresa-nata me tumbé en la cama a seguir leyendo, esta vez ficción. Sin mirar el reloj sentía como se iba haciendo cada vez más tarde, por el apacible silencio. Fumé el último cigarrillo aun con la ventana abierta, y sucumbí.

24 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 42.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia.

Hacía muchos años que no amanecía un 23 de abril en casa. ¡Qué bien, Sant Jordi! Sí, confinada. Sin libros y sin rosas.

No recuerdo que desayuné esta mañana, pero no faltaron el zumo de naranja, los arándanos confitados y el café, seguro. Salí pronto a la terraza, por fin hacía sol de verdad, del que embelesa, del que sería capaz de matar a un dragón, si existieran.

Pasé un tiempo incierto mirando a lo lejos y esquivando el zumbido de los bichos. ¿Qué hacen las avispas los días de lluvia?

Trataba de aceptar el no-Sant Jordi. Cargados sustancialmente los depósitos de vitamina D, entré sin vacilar y me enfundé las mallas que viajaron conmigo para una buena tabla de isométricos, a los que, por cierto, estoy encontrando cierto gusto. Después salí otra vez al sol e hice un par de Señor de la Danza para darme por satisfecha.


Saliendo de la ducha aun tenía pendiente la publicación del día anterior, que como era de esperar, también terminé en la terraza. Antes, pasé por el rincón secreto a buscar el libro que recién había llegado para madre. Otra vez Murakami. 

Entre una cosa y otra me dio tiempo a preparar el flan de huevo, bien simple: un litro de leche entera (¡error!), ocho huevos, 300g de azúcar y libertad de canela. Todo bien removido y al molde para cocer en el horno al baño maría por tiempo incierto. Digo esto porque cuando parecía que ya estaba siempre faltaba un-poquito-más.

A la hora de comer las noticias están prohibidas, así que pusimos nuestro musical favorito. Padres fueron a verlo en directo en el 92. Trajeron el CD doble, algo que por aquel entonces era muy “la hostia” y que no pude dejar de escuchar cuando lo descubrí. Cogía el libreto y me cantaba todas las canciones una y otra vez, aunque no entendiera, todavía, qué era un transformista o un bolxevic

Por la tarde tomé un café virtual con Barcelona, también añorando un día bonito. ¡Qué leches día del libro ni qué gaitas! S-A-N-T-J-O-R-D-I. Por las calles teñidas de rojo impera un olor único, a rosa con imprenta. Recibes y regalas. Un libro, una rosa. Nunca celebré San Valentín porque me parece una absoluta moñada, de querer a alguien o lo quieres todos los días o lo mandas a tomar por el culo, bueno, tampoco es tan así. Pero ¿venerar a un ser chiquitín medio desnudo que enflecha para emparejarte con quien le da la gana? No. Pero claro, recordemos que no todo es cuestión de demostrar el “amor” con corazones, también hay quien demuestra con un libro, quizás una rosa o simplemente con una mirada tímida en la distancia. En fin.

No podía entender hoy el día sin una rosa, que todavía están en capullo en el jardín. Volví a las manualidades, aquellas que de pequeña me hacían tan feliz. Papel rojo, verde y destreza de manos; un abrazo empapelado. Volví satisfecha, como cuando volvías a casa con una bolsa llena de libros. Esta vez volví al salón con una rosa infantiloide y un estrepitoso dolor de cabeza, de los de aquí, de los de viento, algo que tan poco echaba de menos. Acabé apagando los ojos por tiempo prudencial, esperando que la pastilla hiciera efecto. Justo, lista para cenar.

Mira que me gustan los calamares y los buñuelos de bacalao, pero estábamos ansiosos todos, para probar el flam podrit. Flan podrido, sí, habéis traducido bien. Tampoco es que nos gusten las cosas pochas, ni mucho menos, pero este resulta un mote “simpático” al flan que solía hacer mi iaia todos los sábados. Esos puntitos oscuros, sí, los típicos del flan de huevo, y la textura tan de… flan, daban sensación de algo poco agraciado al gusto. ¡Qué bien se lo callaban los que lo comían!


Aunque hubiera recuperado parte de mi cabeza, no la sentía al cien por cien así que preferí acostarme pronto, que no dormirme y hacer las paces con las series que voy dejando empezadas.

Recordes com ens duien
aquelles mans les roses
de Sant Jordi, la vella
claror d'abril? Plovia
a poc a poc. Nosaltres,
amb gran tedi, darrera
la finestra, miràvem,
potser malalts, la vida
del carrer. Aleshores
ella venia, sempre
olorosa, benigna,
amb les flors, i tancava
fora, lluny, la sofrença
del pobre drac, i deia
molt suaument els nostres
petits noms, i ens somreia
Salvador Espriu, “Les roses recordades”

23 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 41.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 1867 - 1919

Sigue lloviendo y por un momento de egocentrismo he pensado que las nubes me persiguen. Vale ya, es una borrasca, joder. Me levanté con cierta resistencia y un libro pegado a las lumbares.

Zumo indispensable y tostada otra vez con arándanos. La compra llegó más que pronto. Salí a tomar el café a cubierto con más frío del esperado. La nevera volvía a estar rebosante y hasta encontré un repollo en la terraza. Cosas.

Volví a entrar a pelear con la administración electrónica. ¡Qué engreída es! Con tanto fruncir el ceño está claro que tendré que recurrir pronto al tinte.

Creo que la mañana me cundió menos de los esperado porque llegó la hora de comer casi sin verla venir. Antes, pero, aproveché para compartir una foto con un libro favorito para celebrar el día del libro en el instituto. Dudé muchísimo. Creo que como con las películas, tengo tantos libros favoritos como momentos memorables, para bien y para mal. ¿Momo? También El petit príncep. Volver a casa, de Millás.  Trainspotting. La canción desesperada de los poemas de amor de Neruda. Difícil decisión. Pero también estaba El guardián entre el centeno, de JD Salinger, muchos de Preston & Child, la saga de Charlie Parker de John Connolly. El Impostor, de Jeffrey Archer. Pero después de mucho pensarlo, me quedé con Rubén Darío y el volumen que compila Azul, Cantos de Vida y Esperanza y Otros Poemas. ¡Tan subrayado! ¡Tan dibujado! ¡Tan vivido!

Y la vida es misterio, la luz ciega
y la verdad inaccesible asombra; 
la adusta perfección jamás se entrega, 
y el secreto ideal duerme en la sombra.

Por eso ser sincero es ser potente; 
de desnuda que está, brilla la estrella; 
el agua dice el alma de la fuente 
en la voz de cristal que fluye de ella.

Del primer canto.

Por la tarde hice un breve amago de lectura, pero caí en el bucle de las recetas. Esta sí. Esta meh. Esta puede. Esta no. Total, que a las siete de la tarde y en un ataque de necesidad de anti sociedad y vino entré en la cocina para tardar un buen rato en salir. Por la tarde habíamos dejado verduras asando en el horno. Berenjena, pimiento rojo y cebolla. Rebusqué en los armarios de lo que algún día fue mi cocina. Abrí una botella de MOSST. Infusioné romero de la terraza con ajo; seguía lloviendo. Dejé enfriar el agua y proveché para mezclar la harina y la sal. Luego de un volcán, fui añadiendo el agua sin dejar de remover hasta que quedó una bola más o menos decente. La bajé al mármol enharinado y seguí jugando con ella. Reposó a pequeños sorbos.

Cuando ya volvía a tolerar humanos, entró madre y preparamos una coca para cada uno. Coca de recapte. Siendo estrictos al significado de la palabra, sería una torta de lo recogido. Generalmente con pimiento y berenjena, y luego las variantes de cada región en función de mar o montaña. La nuestra, iría acompañada de anchoas. Esta frase reconozco la he escrito un par de veces. Trataba de intentar explicar la tradicionalidad del plato, pero viendo que podía incurrir en un jardín político-lingüístico, os invito a buscarlo por internet, porque la excusa de la falta de tiempo no vale.



Culinariamente soy bastante estricta. Bueno, un poco como en todo. Siempre es mejorable. Si bien es cierto que estaba muy rica, tengo ganas de poder repetir la creación y sacar mucho más partido al conjunto de texturas y sabores. Los veranos trabajados cerca de los fogones, dejaron huella.

Fui incapaz de acabarme mi parte, pero porque quería comer la media manzana al horno que había dejado, con yogur griego y canela de postre. Cuestión de espacio.

Por curioso que parezca empecé a tener sueño más pronto de lo habitual. Así que cogí el libro y después de leer más de lo previsto, me quité las gafas y dejé que las líneas se entremezclaran.