17 de junio de 2020

CONFINAMIENTO: DÍA 91. La des-pe(r)dida.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 7·13

Casi he perdido la práctica en esto de escribir, por lo menos en lo que a tecla se refiere.

Era viernes por la tarde cuando me vi haciendo cola para comprar tabaco y haciendo acopio de víveres, catalogados de primera necesidad. La cerveza y el papel higiénico estaban en el mismo orden de prioridad. Me encerré en 36 metros cuadrados a la sombra, con todo lo que eso suponía, más allá de repeler un virus letalmente desconocido. Quedaban fuera de aquella nueva normalidad todas las relaciones personales tal y como las conocíamos. Dejamos de dar abrazos y a añorar los besos a traición, lo empeñamos todo para vivir en relaciones de 16:9.

Parecía que iban a ser algunos días, luego fueron semanas, los datos no eran nunca demasiado alentadores, y de aquello hace ya tres meses.

Me costó pensarlo: me voy, o no me voy. Decisiones complicadas que te ofrece la vida.
Era el 14 de abril y en lugar de pasear con una bandera tricolor, me escondía detrás de la bufanda y el abrigo para irme a casa. ¿Qué casa? Dice la canción que home is where the heart is, pues en aquel momento lo tenía bien dividido.

Había pasado mucho tiempo sola, comiendo arándanos y bebiendo café. Pensando en qué sería lo primero que haría cuando pudiera salir de casa. De repente, la lista se iba al traste y me encontraba compartiendo techo, de nuevo, con mis padres. Creo que no fue fácil para ninguno de nosotros.

No hay día que no haya pensado en todo lo que dejé en Madrid, como quien sale a la compra y deja el fuego encendido con los garbanzos cociendo. Pensé que habría dejado agua suficiente.

***

Recuerdo amablemente la cantidad de llamadas de los primeros días, como una puesta a punto para todo lo que nos venía encima. La música también me ayudó, casi más que los libros. Mi atención se debilitó y nunca acabé de encontrar mi lugar en la lectura; ni en las series, quién me lo iba a decir.

Mi punto de fuga era, es y será la cocina. Descubrí la pasión por los dulces, no por comerlos. Desde la primera cheesecake que hice en enero hasta la última, reversionada al limón y la menta, ha habido muchos intentos, nunca fallidos. Recuerdo el desastre mayúsculo de querer hacer madalenas o muffins, o como les queráis llamar, en el microondas. Eso sí fue un intento ejecutado desastrosamente. Luego de mi desplazamiento, la etapa dC, con un horno, todo cambió. También me estrené con las empanadas, las croquetas… ¡Sí! Mis primeras croquetas de cocido, y le siguieron otras de bacalao y espero que la lista no acabe aquí.

También, y a raíz de las croquetas, tuve un bonito reencuentro con el pasado. Ese pasado, siempre presente, en el que Gemma atendía a la gente detrás de un front desk en todos los idiomas que sabía. Aprendí mucho del trabajo en equipo, de la confianza en uno mismo, de comida y de vinos. Me encantaba pasearme uniformada en busca de unos hielos para enfriar el café. Mi jefe siempre dijo que tenía un aire a los clics, por la forma de la mano. Diez años después soy incapaz de olvidarles, a ellos, a sus historias y a las croquetas de marisco de clientes. Y aquí iba, a las comidas de “nueva normalidad”, a los encuentros familiares de Fase 2. Me encargué de la comida: nido de escalivada con brandada y buñuelos de bacalao con croquetas del Motel. Risotto de boletus y gambas con Parmesano. Cheesecake o mousse de limón a la menta. A poner los nombres bonitos, también aprendí esos veranos.

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Qué curiosa publicación, qué desordenada y qué sincera.

La no-rutina de escribir quedó mermada después del aislamiento por muerte endémica de disco duro. Los garabatos analógicos son, muchos de ellos, inteligibles, llenos de pensamientos abstractos, ahí no se vale borrar el párrafo entero una vez escrito. Aproveché positivamente la desconexión, pero de alguna manera, me pasó factura, como si hubiera olvidado las llaves y no pudiera volver a entrar en casa.

Recuperé el ordenador a la vez que flexibilizaban las salidas. Empecé a ver y a abrazar el mar. A andar con la cabeza alta, y a madrugar para poder respirar sin filtros de por medio.

En todo este ir y venir, nació Marcel, algo parecido a un no-sobrino. Y también escribí acerca de los entresijos de la maternidad, lo que nunca te cuentan. Mi instinto maternal ha decrecido, debe estar en menos mil tres cientos. Siempre pensé que sería muy interesante escribirle aun recién nacido como está el mundo cuando nace, para que de mayor pueda entender algo más de su vida, pero creo que no será necesario. “Cuando tu naciste, la gente se saludaba con el codo e iba con mascarilla”, definitivamente no.

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He pensado bastante en las relaciones a distancia. Pareja, amigos, familia. A todos nos ha pillado en unas circunstancias concretas, tanto geográficas como personales. Creo que al principio hicimos todos un alarde de madurez: todo fluye, todo cambia, nada permanece. ¡Uf! Rebatir cualquiera de las tres afirmaciones es un riesgo, dado su empirismo. O si queremos que permanezcan, necesitamos poner de nuestra parte. Está claro que todas las relaciones se sustentan por una dinámica que aceptamos, como en los juegos de mesa. Cada relación tiene sus normas, aunque a veces, dado que el parchís y la oca comparten tablero, pueden llegar a confundirse. Pero hemos venido a jugar, ¿no?

Y luego están los amigos de azúcar (como en el pilla-pilla, que jugaban sin que les pudieran pillar, menudo rollo, por cierto), añadiría aquellos que dan señales de vida cuando parece que el mundo se acaba, y como amistades, también acaban derretidos, como los azucarillos del café. Aunque bueno, aquí entrarían en juego la química y la selección natural.

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Escribiendo entre asteriscos siento que estos son los distintos epílogos de las escrituras de Santa Paciencia, que tanto me ayudaron a evadirme y a recordarme en qué día vivía. Una extraña sensación que echaré de menos, como el pensar que al otro lado había alguien que desde su casa estaba leyendo mis no-rutinas y mis quebraderos de cabeza del primer mundo. Tengo cierta esperanza en que alguien añadiera nueva música a su lista de reproducción, o tuviera curiosidad para saber del Body Balance 73. Por vuestra tranquilidad, reduje la cantidad de cerveza en sangre y convertí el deporte en un hábito, sí, ahora que no se puede ir al gimnasio. Las incongruencias siempre fueron marca de la casa, como los suspiros al saber que son las últimas palabras de una publicación.

Si alguna vez os sentís un poco perdidos en esta nueva normalidad que nos espera, recordad que detrás del café y los arándanos hay una historia. La nuestra. 



27 de mayo de 2020

Confinamiento: DÍA 74 - El des-fase

Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 10 días de Fase 1.  

¡Bendita la he tenido! La Paciencia, digo: 18 días sin poder compartir sus escrituras.  

 Con la desescalada llegaron una serie de catastróficas desdichas que limitaron mis comunicaciones con el mundo exterior, con consecuencias graves también en el interior.
  
Pasé de no tener tiempo para escribir a echarlo mucho de menos y sucumbí de nuevo al analógico cuadriculado, en la página siguiente del día 49.  

Durante este tiempo, haciendo las cosas bien hechas, pude ver el mar, olerlo, tocarlo, sentirlo. Por fin, un deseo que se hacía realidad. Pensé en ti y en cómo me hubiera gustado que estuvieras allí, sentado en la orilla, fumando, apacible. 

Están los locos de los gatos, y luego estamos los locos de mar. No lo podemos evitar. A veces pensé que era un problema sólo mío, pero descubrí que somos una especie categorizable con rasgos comunes. Una sonrisa inevitable, nerviosa, poniendo los pies en remojo y jugando con las olas cristalinas. Ella y él, y yo. ¡Qué vida te espera, pequeño! 

He aprovechado para los reencuentros, los que están ahí siempre; para los cafés sin fin que acaban de noche; para andar sin rumbo arreglando el mundo bajo el sol; para aprender a coser; para mejorar mis aptitudes culinarias; pelear con la jardinería y matar a un cactus en dos semanas; para querer más en la distancia; pero, sobre todo, para mirar con otros ojos.  


También pasé unos días ofuscada con la vida en general. Anecdóticos, siendo testigo del viraje de tendencias políticas, del renacimiento de insolidarios, de los que creen tener un sistema inmunológico mejor que el resto y que se la pela todo, o puede que no, que sólo fuera un alarde de transgresión. No pasa nada, puedes hacer lo que te salga de los cojones. Eso decía el libre albedrío, ¿no? Tener fe nunca fue conmigo, y menos en la especie humana.  

De todo se sale.  

De todo salen cosas maravillosas. Tengo muchísimas ganas de ver las manos de Iván, alguien que aprendió a dar significado a movimientos al aire.  

Sigo deambulando por los pasillos, parando en la nevera a recoger el puñado de arándanos de rigor. Llegó el calor y la sandía. Dejé de ir a la compra. Dejé de beber tanto vino. Y siguieron los cafés en la terraza y las cervezas furtivas.  






8 de mayo de 2020

Confinamiento: DÍA 56 - La desescalada.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 4 días de Fase 0. 

La desescalada. Tengo que empezar a hacer caso de las señales, las que empiezan a pedir un cambio de periodicidad en la escritura. Curiosamente, empecé este diario para hacerme más llevadero el confinamiento. Ahora son las salidas por la mañana las que me dan la vida, las que pese a haber más gente de la deseada siguen rigiéndose por el cantar desacomplejado de los pájaros y el despertar del sol cada vez más estival.

Me levanto, innovo zumos siempre a base de naranja, con arándanos, frambuesas, plátano, manzana. Sigo y seguiré fiel al café, que ya era importante mucho antes de todo esto. Madrugaba, casi con gusto, por el placer de llegar al instituto con un termo caliente que me mantuviera en vida las tres primeras horas. Mis horarios de comida han mejorado en la etapa dC (después de Casa), mis padres lo perdonan todo, menos la comida.

Adoro que salgan proyectos de confinamiento, y también reconozco que echaba de menos trabajar. Pasar horas maquetando presentaciones, pelear con los márgenes y desear que se hayan guardado los cambios cuando todo se va a la mierda.

***

Ayer era jueves. En Figueres los jueves son importantes: está el mercado de la ropa, de la fruta y la verdura al completo, y antes, cuando la gente se podía reunir, los ganaderos aprovechaban para hacer sus negocios en la parte alta de La Rambla, después de un buen desayuno. Me levanté pronto, otra vez, sin vacilar en el cambio de vestuario y el café rápido. Bajé las escaleras sin un destino claro, al salir tenía que decidir, izquierda o derecha. Izquierda, al campo. En línea recta hubiera sido sencillo, pero la vía del tren siempre fue un abismo. Recuerdo haberla mal cruzado por la estación en aquellos paseos largos de verano con mi abuelo, pero entonces no tenía yo muy adquirido el concepto de peligro. Usé los mecanismos seguros, de buena ciudadana para llegar al otro lado y giré a la derecha, donde los chopos.

Advirtiendo la posibilidad de fuerte alergia, salí de casa totalmente dopada, y con todo lo necesario para sobrevivir en la mochila.

Como ya me había pasado el lunes, creo que la otra mitad de conciudadanos que no estaban en el castillo estaban ahí, unos metros delante y detrás de mí. Saqué unas cuantas conclusiones precipitadas, a la vez que acertadas:
  •         Necesitamos monte y andar sobre tierra.
  •         En Figueres lo que no está construido es campo sin camino.
  •      Los caminos no tienen cartel de fin de municipio, puedes andar hasta que te canses.

Después de un rato resiguiendo la vía volvía a tocar decidir hacia donde continuar la aventura, seguramente deduzcáis la elección. Seguí a la izquierda, bordeando el rec del Mal Pas, la acequia que desemboca en el río Manol(o), siempre ha habido el gracioso que añadía la “o” en los carteles, y me encanta. Naino naino ná.



Me tuve que detener, maravillada por las vistas, la simpleza de las cosas, la ilusión por las amapolas. Anduve unos kilómetros más, sentía la rozadura de las zapatillas después de tanto tiempo sin andar en condiciones. Tenía pensado aprovechar la salida y pasar por el mercado antes de volver a casa, pero fiel a la improvisación, hice escala en casa para una ducha reconfortante y un cambio de vestuario. Olvidé que vivimos en humedad constante.


A las once y media había llegado a los 10.000 pasos, con dos cactus y una planta y con unas ganas de terribles de otro café en la terraza. Sí, tuvimos que hacer pedido de cápsulas porque las reservas están empezando a escaseas, quedan todavía 50 capsulas, que para una despensa de madre son demasiado pocas.

Después de comer todos caímos rendidos al horizontal. No conseguí dormirme, pero estuve en vegetación por más de dos horas. Estaba realmente cansada. Trabajé un poco, y volví a la cama-sofá (siempre pensé que el orden depende del uso principal) a esperar la hora de la cena. Una tarde perra, sin duda.

En casa de padres se come mucho pescado, probablemente el que no haya comido yo en todo lo que llevamos de año, salvo excepciones, claro. Ayer tocó caballa, recién llegada de la lonja de Roses. ¿Cómo era eso de la montaña que iba a Mahoma? Pues eso.

Hay días y días.

Hoy, por ejemplo, viernes, me desperté con ganas de cocinar lentejas. Comerlas me gusta normal, tampoco es que sea plato favorito, pero de vez en cuando… El sol parece lucir tímido y tengo ampollas en los talones. Mal. Saldré a la terraza.


6 de mayo de 2020

Confinamiento: DÍA 54.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 03x08

La siesta de ayer no me impidió caer rendida.

Zumo de cosas: naranjas, frambuesas y arándonos, una buena dosis de energía. Salí a tomar el café, se estaba levantando el día y todavía era hora de paseo. Me puse ropa de calle, adecenté mi cara de sueño y decidí acercarme al mercado. Siempre eché de menos poder comprar en los puestos sin perder el factor humano y poniendo cara a las judías verdes o a las berenjenas.

Mascarilla, gafas de sol, alcohol, guantes a mano, auriculares y una banda sonora acorde.
Probé suerte por si había podido volver el señor de las flores, pero aun no. Necesito una planta, o dos.
Volví con buen acopio de verduras para seguir comiendo escalivada; quinta generación.

De nuevo en casa tenía que ponerme pronto con la preparación del podcast. Una llamada inesperada me dejó fuera de servicio casi dos horas. Estaba decidida a ducharme con agua un poco más fría, pero debe ser que mis extremidades no estaban aún preparadas.

Comí deprisa y me senté en una silla de la que sólo me levanté para ir al baño y a por más café.
Eran más de la una de la madrugada cuando traté de llegar a la cocina con absoluto sigilo y cenar casi a hurtadillas.

Ocho episodios, ocho semanas de confinamiento, cinco y tres. Una de la pocas rutinas placenteras de rutina acaba, como todo lo bueno.



El libre albedrío es una ilusión. 


Confinamiento: DÍA 53.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. Tardío. 

Sonó pronto del despertador. Nunca me dio pereza madrugar por un buen fin. Bueno, un poco sí, por eso me quedé diez minutos inmóvil mirando al techo tratando de no volverme a dormir.

Exprimí las dos naranjas aun con los ojos entrecerrados y con la inercia de todos los días preparé también el café.

Me cambié de ropa, directamente para salir. Algún día llegaría el momento de aprovechar que madre y yo tenemos un número de pie parecido y me puse sus zapatillas, que son como las mías. Aun no se había levantado el día y salí de casa sin mascarilla y con sudadera.

Cuando llevaba dos minutos fuera de casa insulté por primera vez, pero quedó en una anécdota. Me sorprendió el movimiento, eran las ocho y cuarto de la mañana. Sería una anomalía, llegué al centro en pocos minutos y como en la canción, nadie por las calles. Me crucé con un pareja en la plaza del ayuntamiento, y quise subir hasta el museo. El recuerdo de las largas colas al sol también había quedado en nada, apareció un solo señor, un figurante despistado. Me detuve frente a la Torre Galatea, con sus huevos y sus panes. 



Volví a bajar la mirada hasta llegar a la cuesta que lleva al castillo y entendí el por qué de una ciudad casi desierta, estaban todos allí, como yo. Un arcoíris de fibras sintéticas. Yo aposté por el negro y por la camiseta que tan bien define algunos momentos aquí: “moderna de pueblo”. Llegué al mirador y no pude más que sonreír, sin tener que disimular detrás de la mascarilla. La calitja de buena mañana todavía no había escampado y era imposible ver el azul. 



Al norte y a mis pies, los últimos edificios de la ciudad y la llanura de la plana de l’Empordà. Estuve recordando las muchas veces que había dado la vuelta al Castell de Sant Ferran, la fortaleza abaluartada más grande de Europa. Con mi abuelo, en las clases de educación física del instituto, con amigos. Hoy la haría sola, sí. Seguí con el buen ritmo, y pese a ser un camino estrecho, irregular y terroso, a veces goza de llanuras que me permitieron volver al hábito de correr. 



El esfuerzo valió la pena cuando a lo lejos se veía aun la nieve del Canigó. La magia de casa, nieve, verde y la mar. Me crucé con más gente de la deseada y no entendí el motivo, siempre la había hecho en sentido antihorario, hacia la izquierda. También es conocida como la ruta del Colesterol, por motivos, obvios, claro. Era la primera vez que veía una media de edad tan baja. El sol empezaba a picar, y las cigarras cantaban desubicadas. Pasé por unos matorrales de retama y quise empaparme del olor. Estaba empezando a ir mal de tiempo, y me tocó acelerar un poco más el paso.

Cuando quedaba poco para llegar a casa pensé en pasar por el supermercado, todavía no acabo de ver claro el abuso de salidas. Volví con más arándanos, moras, barritas de cereales y coco, algunos por-si-acasos más y un par de tónicas rosas, porque las noches de primavera huelen a gin tonic.

Al llegar no dudé en pasar por la ducha y en ponerme ropa de verano. Preparé un par de tostadas con mermelada de nectarina y canela y otro café. Lista para romperme la cabeza con el último episodio de la serie de confinamiento con la que tanto os he estado fastidiando: Westworld.

Ojiplática me hallo, aun, después, mientras, todavía.

Después de comer preparé un tercer café, los casi ocho kilómetros y las casi siete de la mañana empezaban a pasar factura. Busqué una buena serie de dormir, como dice Joseba, Ley y Orden. Acabó siendo una de esas siestas largas, sin despertador. Me quedé como nueva y merendé un puñado de arándanos.
Volví al ordenador y casi llego tarde a la cena.


***

La posibilidad de poder empezar a salir altera mis horarios, mis malas costumbre y mis no-rutinas. Trataré de ponerme al día. Debería de ir pensando en cambiar el título de la saga, cada-vez-un-poco-menos-confinados. 

4 de mayo de 2020

Confinamiento: DÍA 52.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia, hoy, Santa Creu.

La ciudad seguiría vestida de fiesta y anoche hubiera rellenado el vaso muchas veces. Hace algunos años, con el team Barcelona, cerraba las Barraques y nos íbamos directamente, con las zapatillas polvorientas y acabando el último vaso, a desayunar contundentemente y a comprar los primeros libros de la feria, superando la resaca en vida. Luego venían las cervezas de la victoria y luego el largo camino a casa, cuan zombie, andando a contracorriente.

De niña, me pirraba por ir a la feria, pasé por todas las épocas, pescar patos, las carreteras de coches, el tren de la bruja, el tiovivo, el dragón, el saltamontes, el pulpo, la montaña rusa, el tiro, el barco pirata, el tronco, la olla… Visto desde la distancia, los nombres no eran muy atractivos, que dijéramos.

Segundo día de “puertas abiertas”. Curioso ver como las franjas se solapan y coinciden los impacientes con los rezagados.

El vermut de los domingos, después de una fase de prueba, vino para quedarse. Seguí con las mandarinas y con una aceituna Espinaler. Estaba el sol radiante y soplaba la marinada del mediodía, la que estando en la playa tanto se agradece.

Después de comer caí rendida.

Me acabé el café más tarde de lo debido y sufrí por las horas de sueño. Luego recordé que era el último domingo de Westworld y que podía valer la pena seguir despierta. Aproveché para hacer inventario seriéfilo. La crisis de las primeras semanas avanzó bastante bien, pero me reafirmo en el cambio de hábitos.

Rebuscando entre todos los catálogos disponibles, descubrí que habían adaptado un libro de Jojo Moyes al cine, una de esas novelas romanticonas; recuerdo el día que le puse cara, junto a Ken Follet, Kate Mosse y Lee Child. Lo gracioso de la película, que comparten créditos Emilia Clarke y Charles Dance, Daenerys Targaryen y Tywin Lannister. Gracioso. No la veré.

Cuando todavía no era demasiado tarde, decidí que mañana quería madrugar y aprovechar la barra libre de paseos.

3 de mayo de 2020

Confinamiento: DÍA 51.

Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 28,96

2 de mayo. Día de la Comunidad de Madrid. Me desperté pensando en la de veces que me había tocado medio madrugar para arreglarme e ir presentable al acto de la Casa del Reloj. Siempre iba con zapatillas en el metro para poder caminar deprisa y llevaba los tacones en el bolso que me cambiada con disimulo en alguna esquina cercana custodiada por la policía. Era aburrido esperar de pie entre autoridades y pasillos extraños, pero siempre interesante vivirlo desde dentro. Sólo deseaba que acabara par poderme sumar al aperitivo si iba acompañada, o acompañarme fuera con un vermut, un pincho de tortilla y unas alcachofas de La Ardosa.

Pero esta vez estaba en Figueres, en el primer día de desescalada y puesta en marcha de una pre-fase 0. Los adultos, los deportistas y los mayores podíamos salir a la calle, o madrugando mucho o yendo a dormir tarde.

Madre me propuso ir andando hasta el mercado y hasta ahí la aventura podía parecer interesante. Salimos de casa, el primer cigarro que me fumaba en la calle manteniendo una distancia prudencial con un cohabitante. En manga corta y mascarilla nos juntamos algo más y disfruté de las aberraciones de las normas mal entendidas. Parejas vestidas de runners. Un momento, ¿no era que se debía hacer deporte en soledad y caminar acompañado? Me resigné. Era curioso poder andar por el asfalto que miles de veces había evitado o pisado con el coche.

Llegamos a la plaça del Gra, la plaza del mercado antiguo, totalmente ballada y con controles de acceso como si fuera un festival. Increíble tener que hacer cola para comprar. Al pedir la vez caímos en que no podíamos comprar juntas, porque no paseábamos, así que nos dividimos la tarea y mientras yo hacía cola, ella se acercó al mercado nuevo a por las frutas y verduras de rigor. Somos en casa muy fieles a las costumbres y a los puestos. Le cedí el puesto en la cola, y fui yo a por otro par de cosas, nísperos, nectarinas y una granada. Antojos, supongo. Repartimos la compra y fuimos a hacer cola a la farmacia. Esto de salir a la calle me estaba resultando desalentador. Luego cola en la panadería. Y camino a casa divisamos otras tantas colas.

No había estado mal como experiencia, me resultó extremadamente curioso jugar a adivinar caras conocidas con mascarilla. Mis piernas, que tampoco habían estado quietas durante todo el confinamiento, me pedían más. Todo llegaría.

Me senté al sol con un buen café y pensé en toda aquella gente que lo estaba haciendo mal. De verdad que después de 50 días, ¿no puedes esperar un poco más y hacerlo bien? No me jodas. De haberlo querido hacer mal, haberlo hecho el primer día y te ahorrabas todo este sufrimiento. Reconozco que más de una vez pensé en saltarme las normas, porque como siempre he defendido, las normas están hechas para saltártelas, o por lo menos pensadas para que puedas hacer alguna excepción, pero cuando algo te toca de cerca y lo sufres en silencio, como dicen de las almorranas, entiendo que cambias de parecer. Supongo que luego aplaudirán más fuerte y más rato, como cuando en las películas te castigan con no-sé-cuántos padrenuestros.

Comimos fideuá, una nueva costumbre de los sábados que estoy valorando añadir a la vida “normal”.
Por la tarde traté de caer en una siesta que se pudiera ir de las manos. Hubiera sido así de no ser un vecino, hijo de la gran puta que puso música bakala en modo “retumbe-de-cristales”. Consiguió todo mi odio, por supuesto, como los climbers y las planks de luego.


Cuando salí a la terraza había llovido. Madre se estaba preparando para una tarde de plantaciones en la que quise buenamente contribuir: dos perejiles, una menta y quitar hierbas asquerosas. Espero que mis antecedentes, por asesinato en grado de tentativa de cactus, no influyan en su crecimiento.

Los sábados, independientemente que en Madrid sea fiesta o no, las normas de alimentación no cuentan, y cenamos pizza. Me infusioné el postre y me fui a la cama, que reacondicioné a su vez como sofá y me puse a ver Secretos de Estado, por Matt Smith, claro. La conexión a internet, a ratos inestable no me dejó acabar de verla. Lo seguiré intentando.