Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 7·13
Casi he perdido la práctica en esto de escribir, por lo
menos en lo que a tecla se refiere.
Era viernes por la tarde cuando me vi haciendo cola para comprar
tabaco y haciendo acopio de víveres, catalogados de primera necesidad. La
cerveza y el papel higiénico estaban en el mismo orden de prioridad. Me encerré
en 36 metros cuadrados a la sombra, con todo lo que eso suponía, más allá de
repeler un virus letalmente desconocido. Quedaban fuera de aquella nueva
normalidad todas las relaciones personales tal y como las conocíamos. Dejamos
de dar abrazos y a añorar los besos a traición, lo empeñamos todo para vivir en
relaciones de 16:9.
Parecía que iban a ser algunos días, luego fueron semanas,
los datos no eran nunca demasiado alentadores, y de aquello hace ya tres meses.
Me costó pensarlo: me voy, o no me voy. Decisiones complicadas
que te ofrece la vida.
Era el 14 de abril y en lugar de
pasear con una bandera tricolor, me escondía detrás de la bufanda y el abrigo
para irme a casa. ¿Qué casa? Dice la canción que home is where the heart is,
pues en aquel momento lo tenía bien dividido.
Había pasado mucho tiempo sola,
comiendo arándanos y bebiendo café. Pensando en qué sería lo primero que haría
cuando pudiera salir de casa. De repente, la lista se iba al traste y me
encontraba compartiendo techo, de nuevo, con mis padres. Creo que no fue fácil
para ninguno de nosotros.
No hay día que no haya pensado en
todo lo que dejé en Madrid, como quien sale a la compra y deja el fuego encendido
con los garbanzos cociendo. Pensé que habría dejado agua suficiente.
***
Recuerdo amablemente la cantidad de
llamadas de los primeros días, como una puesta a punto para todo lo que nos
venía encima. La música también me ayudó, casi más que los libros. Mi atención
se debilitó y nunca acabé de encontrar mi lugar en la lectura; ni en las
series, quién me lo iba a decir.
Mi punto de fuga era, es y será
la cocina. Descubrí la pasión por los dulces, no por comerlos. Desde la primera
cheesecake que hice en enero hasta la última, reversionada al limón y la
menta, ha habido muchos intentos, nunca fallidos. Recuerdo el desastre mayúsculo
de querer hacer madalenas o muffins, o como les queráis llamar, en el
microondas. Eso sí fue un intento ejecutado desastrosamente. Luego de mi desplazamiento,
la etapa dC, con un horno, todo cambió. También me estrené con las empanadas,
las croquetas… ¡Sí! Mis primeras croquetas de cocido, y le siguieron otras de
bacalao y espero que la lista no acabe aquí.
También, y a raíz de las croquetas,
tuve un bonito reencuentro con el pasado. Ese pasado, siempre presente, en el
que Gemma atendía a la gente detrás de un front desk en todos los idiomas
que sabía. Aprendí mucho del trabajo en equipo, de la confianza en uno mismo,
de comida y de vinos. Me encantaba pasearme uniformada en busca de unos hielos
para enfriar el café. Mi jefe siempre dijo que tenía un aire a los clics,
por la forma de la mano. Diez años después soy incapaz de olvidarles, a ellos,
a sus historias y a las croquetas de marisco de clientes. Y aquí iba, a las
comidas de “nueva normalidad”, a los encuentros familiares de Fase 2. Me encargué
de la comida: nido de escalivada con brandada y buñuelos de bacalao con croquetas
del Motel. Risotto de boletus y gambas con Parmesano. Cheesecake o mousse
de limón a la menta. A poner los nombres bonitos, también aprendí esos veranos.
***
Qué curiosa publicación, qué desordenada
y qué sincera.
La no-rutina de escribir quedó mermada
después del aislamiento por muerte endémica de disco duro. Los garabatos
analógicos son, muchos de ellos, inteligibles, llenos de pensamientos
abstractos, ahí no se vale borrar el párrafo entero una vez escrito. Aproveché positivamente
la desconexión, pero de alguna manera, me pasó factura, como si hubiera olvidado
las llaves y no pudiera volver a entrar en casa.
Recuperé el ordenador a la vez
que flexibilizaban las salidas. Empecé a ver y a abrazar el mar. A andar con la
cabeza alta, y a madrugar para poder respirar sin filtros de por medio.
En todo este ir y venir, nació
Marcel, algo parecido a un no-sobrino. Y también escribí acerca de los entresijos
de la maternidad, lo que nunca te cuentan. Mi instinto maternal ha decrecido,
debe estar en menos mil tres cientos. Siempre pensé que sería muy interesante
escribirle aun recién nacido como está el mundo cuando nace, para que de mayor
pueda entender algo más de su vida, pero creo que no será necesario. “Cuando tu
naciste, la gente se saludaba con el codo e iba con mascarilla”, definitivamente
no.
***
He pensado bastante en las
relaciones a distancia. Pareja, amigos, familia. A todos nos ha pillado en unas
circunstancias concretas, tanto geográficas como personales. Creo que al
principio hicimos todos un alarde de madurez: todo fluye, todo cambia, nada
permanece. ¡Uf! Rebatir cualquiera de las tres afirmaciones es un riesgo, dado
su empirismo. O si queremos que permanezcan, necesitamos poner de nuestra parte.
Está claro que todas las relaciones se sustentan por una dinámica que aceptamos,
como en los juegos de mesa. Cada relación tiene sus normas, aunque a veces,
dado que el parchís y la oca comparten tablero, pueden llegar a confundirse. Pero
hemos venido a jugar, ¿no?
Y luego están los amigos de azúcar
(como en el pilla-pilla, que jugaban sin que les pudieran pillar, menudo rollo,
por cierto), añadiría aquellos que dan señales de vida cuando parece que el
mundo se acaba, y como amistades, también acaban derretidos, como los
azucarillos del café. Aunque bueno, aquí entrarían en juego la química y la
selección natural.
***
Escribiendo entre asteriscos siento
que estos son los distintos epílogos de las escrituras de Santa Paciencia, que
tanto me ayudaron a evadirme y a recordarme en qué día vivía. Una extraña
sensación que echaré de menos, como el pensar que al otro lado había alguien
que desde su casa estaba leyendo mis no-rutinas y mis quebraderos de cabeza del
primer mundo. Tengo cierta esperanza en que alguien añadiera nueva música a su
lista de reproducción, o tuviera curiosidad para saber del Body Balance 73. Por
vuestra tranquilidad, reduje la cantidad de cerveza en sangre y convertí el
deporte en un hábito, sí, ahora que no se puede ir al gimnasio. Las incongruencias
siempre fueron marca de la casa, como los suspiros al saber que son las últimas
palabras de una publicación.
Si alguna vez os sentís un poco perdidos en esta nueva normalidad que nos espera, recordad que detrás del café y los arándanos hay una historia. La nuestra.