11 de abril de 2020

Confinamiento: DIA 29.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. E2°57'41.87" N42°15'59.22"

Tomé el café leyendo una recomendación de un buen amigo, 50 pensamientos imprescindibles del filósofo y autor polacoZygmunt Bauman. 

“Hoy la mayor preocupación de nuestra vida social e individual es cómo prevenir que las cosas se queden fijas, que sean tan sólidas que no puedan cambiar en el futuro. No creemos que haya soluciones definitivas y no sólo eso: no nos gustan”.

Desayuné un trozo de la esperada tarta de queso y me dio rabia no poderla compartir. Hubo muchas ofertas de vecindad, pero prometo que seguiré haciéndolas, sin excusas.  



Curiosamente, hoy es un viernes líquido. 

Después de 33 años me había acostumbrado a la robustez de los viernes santos. Despertarme pronto oliendo a limón y a canela. Me vestía de un salto, engullía el zumo de naranja y nos poníamos manos a la obra: la viva representación del trabajo en equipo. Deshacer la masa madre con la infusión de canela. La ralladura de limón y el anís. La levadura. Todo hecho con especial cuidado, ahora con las manos grandes de padre. Antaño los amasaba l’avi, también de manos curtidas. De hecho, la receta venía con él, de su abuela, si mal no recuerdo, de un pequeño pueblo de l’Empordà. Con los años hemos ido mejorando en logística, comprábamos los mas de 48 huevos a lo grande. Descubrimos que tamizar la harina ayudaba a tener que deshacer menos grumos, y como nos contaba mi abuela, la leche, mejor condensada para que se conservaran blandos más tiempo. Creo que una vez llegamos a los 10 quilos de harina, como si fuéramos una fábrica ilegal. Pero en casa sigue imperando el espíritu del “que duren”. La receta ha sido copiada muchas veces, pero seguimos usando el papel escrito por mi abuelo en una de sus libretas pequeñas y cuadriculadas, donde también escribía la lista de la fruta cuando yo tenía pocos años.

Recuerdo mis primeros viernes de semana santa, en casa de los abuelos. Cuando llegábamos estaban ya los cestos en el cuarto del mig[1], con la estufa eléctrica a tope y esperando a que subieran[2] cuanto antes para ponernos manos a la obra. La cocina era cuadrada, ideal para poner una mesa redonda en medio y que los cuatro, mi abuela, mi madre, mi padre y yo, nos pusiéramos alrededor. Mi abuelo se tomaba la tarde descanso reviendo Ben-hur, y mi tío o estaba en el ordenador o estaba fuera. Desde que tengo imágenes, mi padre es el que apechuga delante del aceite caliente y los fogones, tratando que todos tengan el mismo color perfecto. A las mujeres nos tocaba ensuciarnos las manos de otra manera, cortar la masa, algo que no me dejaron hacer hasta que fui bastante mayor, untarnos las manos, coger los pequeños trozos sin apelmazar la masa, estirarlos por los cuatro lados, y dejar reposar encima de la mesa, cubierta con viejas sábanas de algodón. Cuando ya había una cantidad considerable, me tocaba a mi llevarle a mi abuelo uno caliente con azúcar por encima.
Leído el relato, hoy, hubieran sido hechos de la misma manera. Y también hubiéramos hecho una pausa para preparar anís rebajado con agua. ¿Un “Sol y sombra” sin sombra? No consigo recordar como lo llamaba mi abuela.

Es cierto que los companions han ido cambiando a lo largo de los años, han ido, venido, repetido, nunca-vuelto, pero mis primas vinieron para quedarse. Conseguimos que una tradición de la familia paterna también se convirtiera en parte de la materna, algo que me enorgullece especialmente.

Supongo que no sería necesario hablar del amor líquido, hoy no.

Aunque no quiero dejar a Bauman. Que apareciera hoy me parece hasta cierto punto, mágico. Ha dejado dichas muchas cosas, algunas puede que las piense cogidas con pinzas, como mi padre cuando da la vuelta a los brunyols[3].

Me parece especialmente interesante hablar del “miedo líquido”. Siendo mi reflexión muy de filosofía de bar, concibe lo líquido como algo cambiante e inestable, un reflejo de nuestras vidas modernas marcadas por el compás del inconformismo. Los miedos de nuestros abuelos o nuestros padres nada tienen que ver con los nuestros. Miedo a que nos encasillen, miedo al compromiso, miedo a no vivir suficiente, miedo a perder la libertad, miedo a las consecuencias de nuestros actos, miedo a lo desconocido, en definitiva, miedo a sentirnos vulnerables.

Para ser un poco más clara, Bauman clasifica nuestros miedos en los propios de la naturaleza, las amenazas contra los puntos débiles de nuestro cuerpo y los peligros que emanan de otras personas.

"El miedo es más temible cuando es difuso, disperso, poco claro; cuando flota libre, sin vínculos, sin anclas, sin hogar ni causa nítidos; cuando nos ronda sin ton ni son; cuando la amenaza que deberíamos temer puede ser entrevista en todas partes, pero resulta imposible de ver en ningún lugar concreto".

Releyéndolo, sólo puedo asentir. Porque esta situación, la que ha convertido mi viernes en algo distinto, es nueva, desconocida, nos afecta, ¡claro que nos afecta! Física y mentalmente, nos privan de libertad, nos roban a los seres queridos, nos ocultan información, nos mienten, desconocemos la magnitud de todo esto, nosotros que tan despreocupados parecemos, a veces.

Entonces, la pregunta sería ¿Gemma, tienes miedo?

Tengo un antojo terrible de brunyols.  








[1] Sí, del medio. En todas las casas de mi familia existe un llamado “cuarto del medio” que tiende a ser el cuarto de los trastos, de la plancha, de los armarios extra, del piano. ¿Pasa esto en otras casas?
[2] Como también sube el pan. Necesita de un tiempo de fermentación, a más temperatura constante, se acelera y hace crecer la masa para que quede más esponjosa.
[3] Sí, con R.

10 de abril de 2020

Confinamiento: especial cheesecake.


No quería perder la oportunidad de compartir con vosotros la receta del cheesecake sin horno, por si, como yo, tenéis un antojo fuerte de dulce o unas ganas terribles de poneros a cocinar.

Utilizo un molde desmontable de 26 cm Ø. (Untado previamente para evitar desastres posteriores).

-          ¾ de paquete de galletas “Digestive” del Mercadona (que son las que tenía, pero valen todas las del mismo estilo).
-          ¼ de tarrina de margarina de tarro pequeño.
-          1 cucharada sopera de canela molida.
-          1 chispina[1] de esencia de vainilla.

Esto para la base. Romper las galletas en trozos aceptables para el robot-picadora-mortero que vayáis a usar. El objetivo es que quede como harina de galleta. Mientas, en un cazo a fuego bajo-medio ponemos el cuarto de tarrina de margarina a deshacer. Antes de añadirla, mezclamos las no-galletas con la canela, y la chispina de esencia de vainilla con la no-margarina. Queda algo parecido a la arcilla de las manualidades del colegio. Ahora ya, el objetivo es cubrir toda la base del molde con un grosor bien, con la importancia que quede bien compactado. Recomiendo ensuciarse las manos. De hacerlo en un tarrito de cristal en modo deconstruido y moderno, no hubiera sido necesario triturar tanto las galletas ni añadirles tanta no-margarina para hacer el cemento.

Para poder mezclar los ingredientes con comodidad, recomiendo cazo de 18cm Ø.

-          4 mini-brics de nata de cocina de 200ml (yo la uso sin lactosa).
-          2 tarrinas de queso crema Philadelphia (también sin lactosa).
-          Azúcar moreno (La cantidad que quepa en la tarrina del queso una vez vacía).
-          1 sobre de hojas de gelatina del Dr. Oetker (supongo que puede vale cualquier marca y formato, tanto en polvo como agar-agar, pero lo importante: leed bien).
-          1 tarro de mermelada de lo-que-apetezca (generalmente esta tarta pega bien con los frutos rojos, o del bosque, pero da un poco igual).

Debería de añadir un bol con agua para el enfriado de las hojas de gelatina, pero esto lo aprendes leyendo. Según la marca, indica que, por cada 80ml de líquido, una hoja. Si por cada mini-bric corresponderían 2 y un poco más, tirando un poco de imaginación, necesitaremos remojar 9 de las 12 que vienen en el paquete, importante hacerlo de una en una.

En el cazo añadir uno de los mini-brics y una tarrina de queso. A medida que vaya cogiendo temperatura el queso crema se derretirá más fácilmente. Después, otro mini-bric, y removeremos con una lengua mientras añadimos las 4 hojas correspondientes de gelatina. Siempre hay que tener mucho cuidado de no llevar a ebullición. Con una de las tarrinas restantes, medimos la cantidad de azúcar y se la añadimos a la mezcla, donde poco a poco acabaremos de añadir los otro mini-brics y las hojas de gelatina hasta que queda una mezcla homogénea, sin grumos y sin hervir.

Con la base bien sólida, añadimos el contenido líquido, desde una distancia no muy elevada para agujerear o destrozar la base y lo dejamos reposar hasta conseguir temperatura ambiente. Posteriormente añadir tres horas a la nevera.

En mi caso, dejo que pasen estas horas para añadir la mermelada de lo-que-­apetezca, calentando el tarro de cristal al baño maría y extendiéndola ya por la parte superior endurecida con una cuchara de madera.  

Después lo dejo de nuevo, cuajar conjuntamente en la nevera hasta el día siguiente, lista para comer.
Ale, pues ya está, buen provecho.





[1] Medida no reconocida por el SMU que corresponde a “un-poco-así-a-ojo-pero-sin-pasarse”.

Confinamiento: DÍA 28.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 042820

28 días son los que tiene habitualmente el mes de febrero. 28 días son los que pasó Sandra Bullock en una clínica de desintoxicación. “28 días después” es casi el ahora.

Me desperté según el plan establecido, aunque no salí de la cama hasta después de media hora. Tenía muchas ganas de café. Desayuné yogur de frutos rojos con plátano.

Cometí el error de dejarme embaucar por el Congreso de los Diputados y su apestosa dialéctica. 

No frenaron mi afán por seguir haciendo cosas, lo prometido, era deuda: hacer finalmente la tarta de queso. Me autoconvencí de hacerla de proporciones ridículas, pero como soy animal de costumbres, sin darme cuenta la cantidad de galletas trituradas exigían volver a la normalidad. Lo mezclé bien con la margarina y la canela y dejé que se enfriara en la nevera. No había dejado de llover en toda la mañana. Mientras aproveché para jugar a las pócimas con el resto de los ingredientes, nata líquida, queso crema, azúcar y gelatina. ¡Me encanta dejar en remojo las hojas y rescatarlas siendo ya viscosas! Es curioso como consigo mantener la atención en ello, sube fuego, baja fuego, remueve con la lengua, sube fuego, que no hierva, apaga fuego. Un maldito juego de seducción culinaria. Seguía lloviendo cuando salí a por el molde. Respiré hondo antes de abocar la mezcla, y con sumo tacto dejé que reposara y bajara de temperatura.

Después de 28 días soy consciente que los objetivos de lectura que me marqué en un inicio optimista no son alcanzables, por lo menos, de momento. Pero sí que me he llegado a sentir mucho más cómoda con la series. Acabé la cuarta temporada de Rick and Morty. Más allá del título, “Rattlestar Ricklactica” que me parece sublime lingüísticamente hablando, tiene un montón de referencias a la ciencia ficción: Carl Sagan, Star Wars, Terminator, Back to the Future; y de lo que nos hubiera gustado que lo fuera, como las pinturas de Hitler. También acabé El Visitante, la serie que ya comenté, basada en el libro homónimo de Stephen King. Cada vez que pienso en el recorrido de la serie siento escalofríos y más después de                          (¡SPOILER!). Creo que consigue vincular totalmente al espectador con la historia, y ya recordé porque no leía a este señor. También olvidé contar mis avances con The Mandalorian. –Hola, me llamo Gemma y me he perdido en la inmensidad del mundo de Star Wars–. Me parece interesante y me muero por ver a Pedro Pascal, pero me pasa como cuando mis amigos misteriólogos empiezan a referenciar un montón de casos e investigadores con nombre y apellido y yo nada más que me quedo con datos como: el filántropo, el que bebe whisky on the rocks, el que habla raro, el que parece que se lo inventa. Una genio para las referencias que no tengo bien indexadas. Así que, como serie de aventuras espaciales bien, pero me pasan por alto muchas referencias que sé que las hay. Sigo sin haber acabado Freud, que bebe de otras como el Alienista, Sherlock o The Knick, pero le falta algo. También tengo en la lista de “medioveres”, The New Pope. Quieren cambiarme a Jude Law por John Malkovich y creo que por resistencia, no acabo de entrar, pero en la estética, la música o la fotografía me parece muy superior a su antecesora, The Young Pope. Quería ver la última temporada de La Casa de Papel por inercia, pero me he comido tantos spoilers en la semana que lleva, que me he planteado seriamente que la serie acabó para mí en la tercera temporada.

También aproveché para felicitar a mi tío, que pudo soplar velas virtuales esta mañana y que aprovechó para comprarse brunyols en la panadería y de camino al supermercado para celebrarlo en confinamiento. Hicimos el postre de la cena juntos y también acabamos hablando de series. Me recomendó Caronte, en APV. Yo le recomendé Cormoran Strike, basada en los libros de Robert Galbraith, el pseudónimo de J.K. Rowling.

Hoy llevo todo día con la sensación de que es domingo. Antes de volver a tener ganas de sofá salí al patio de nuevo. En algún intermedio seriéfilo puse finalmente el molde en la nevera para que acabara de cuajar. Descubrí que las estanterías de mi nevera no son rectas o que la base de galleta tenía una meseta que por la uniformidad de color me había pasado inadvertida. Mal. Estaríamos hablando de una inclinación de entre 2,5 y 6 grados, suficiente para ser perceptible pero no vinculante en lo que verdaderamente nos interesa que es el sabor. Volví a entrarlo porque quedaba la parte más colorida e interesante: la cobertura de mermelada de frutos rojos. Dudé de si sería necesario enfriar, así que esperé unos cinco minutos más antes de volver a sentir los gotarrones en la espalda. Por precaución, dentro y fuera de la nevera, lo cubrí bien.  




Después de tantas entradas y salidas, cocina, llamadas, series, reconozco que la mentalidad de domingo me pasó factura en la actividad física, que mañana recuperaré también acabando de pasar el aspirador al más puro estilo Freddy Mercury.



Por si queréis saber un poco más de la receta y creéis que fácilmente os podéis venir arriba con esto de la cocina, os recomiendo otra nueva entrada: Confinamiento: especial Cheesecake.



















9 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 27.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 33

Posponer el despertador más de tres veces debería de estar penado. Olvidé bajar la persiana y percibí una luz más alegre que estos últimos días.

Dos naranjas para el zumo, y café. De escorbuto no moriré. Hambre tampoco tenía mucha, pero sucumbí a una galleta de chocolate.

Después de actualizar redes sociales y acercarme de reojo a la información diaria, decidí vestirme e ir al estanco. Conseguí hacerme con una mascarilla de las buenas y me sentí como acabando con el coloso final del Shadow of the Colossus. Después de tantos vídeos de cómo usar mal una mascarilla, aprendí que puedes hacerlo todo sin tocar el interior. Manos alcoholadas, oreja, oreja y apretar nariz. Niebla. Más niebla. O no la tenía bien puesta o no tenía ni puta idea de respirar. Después de un par de modificaciones y optar por las gafas de sol que ya de por sí lo hacen todo un poco más oscuro, me dispuse a salir a la calle.

Dada la imposibilidad de encontrar tabaco favorito en el estanco anterior, probé con otro que casualmente me permitía andar un poco más por el sol y cargar los depósitos de vitamina D. Se me disparó la clorofila y empecé a sonreír estúpidamente, salvada por la mascarilla y evitando las miradas “sornosas”. La interacción con el estanquero, blindado por su cristal de seguridad quedó reducida a: “Un Golden Virginia Amarillo y una cajetilla de filtros”. Lo acercó con la rendija al más puro estilo de los bancos de los noventa y acercó el datáfono al cristal. Bip. Ya. Recogí mi botín, lo puse en el bolso y me lavé las manos con alcohol.

De vuelta a casa seguí buscando el sol. Here comes the sun.

Pasé por la puerta con sumo cuidado y en lo que podría haber sido un arrebato de pasión, me quité toda la ropa y entré en la ducha. Por si acaso. Tendí la lavadora que había dejado puesta y puse a sesenta grados la ropa recién llegada. Otro por si acaso.

Siendo una persona nueva, me disfracé de “persona-normal-que-está-en-casa-pero-quiere-seguir-manteniendo-la-dignidad-como-el-primer-día”. Pollo a la plancha y zumo de arándanos. Listo.

Para no caer en la modorra digestiva preparé un café con canela e hice la mierda de la declaración de la Renta. Es curioso y miserable tributar por algo que no has percibido y encima que sigan vendiéndote la moto. Como dicen en casa, se’ns pixen a sobre i encara diuen que plou. I por todos ellos, brindo al aire con un café frío porque dejé de preocuparme de más por gilipolleces.  


Hem parat el temps.

Dudé si hacer el cheesecake, pero con la tarde que estaba por venir, no quería volver a correr el riesgo de salir con el delantal ante la cámara.

Soy gafotas a tiempo completo, ya lo venía diciendo. Tengo un trabajo por el que a veces me pagan, aunque es también una pasión, por las historias, por los compañeros, por la gente maravillosa que he llegado a conocer. Pero soy de lío fácil, culo inquieta por naturaleza y por herencia. De mis andanzas en La Constante algún día contaré más, pero también tengo una tarjeta con mi nombre y debajo pone “eventos”, en mayúscula. Otra pasión.

Conocí a Álex Fidalgo en octubre del 2018. Un invitado algo peculiar de nuestro primer evento al que hoy puedo llamar amigo. Seguramente, decir que hemos compartido cama, aunque no techo, llevaría a confusiones; sin confesiones. “Lo Que Tu Digas” es su hijo, un podcast conversacional, por si acaso el concepto entrevista queda muy encorsetado. Su primer invitado fue JM. Mulet, investigador, profesor, bioquímico y divulgador, a quien sigo en redes sociales desde hace tiempo y al que justamente hoy escuchaba.


Y Álex, en el evento virtual de hoy, también nos contaba cómo le ha afectado el COVID-19 a la hora de plantearse el programa. Ha hecho cinco “Especiales Coronavirus”: con Adolfo García-Sastre, Juan Ayllón, Jaime Salvador, Carmen García Telles y Juan Gestal. Cinco puntos de vista con un denominador común. Creo que muy recomendables todos ante la pandemia de la desinformación de la que también estamos siendo víctimas.

Después de todo, nos tocó correr para llegar a tiempo a los zombis de la familia Constante. Curioso también el fenómeno de cómo la producción de ficciones se está viendo afectada por el virus hasta el punto de que una décima temporada se queda sin final, hasta nueva orden.  

En fin. Rarezas, como todo lo que estamos viviendo.


8 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 26.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 98/366

Cuando llegué a la cama la fuerza de gravedad parecía muy superior a la habitual, como si Newton hubiera inventado una nueva fórmula. No recuerdo exactamente la secuencia de los hechos, pero a los pies de la cama la ropa estaba hecha un gurruño y el pijama seguía debajo de la almohada. Amanecí muy pronto.

Había dormido más de siete horas, casi ocho. Fuera seguía lloviendo, corrí a por unos calcetines y ropa de abrigo, y salí en busca de la leche. Preferí no tomar zumo tan temprano. Preparé un desayuno reparador: pan de cereales, aceite de casa y fuet. No podía faltar el puñado incierto y habitual de arándanos. Me encogí en el sofá y me puse al día de series. Seguía siendo pronto.

Sentí como la pereza se apoderaba de mí y decidí que una siesta corta después del desayuno no me sentaría mal. Me desperté con ganas, ahora sí, de zumo de naranja. Recalenté el tazón de café y seguí con la rutina como si nada hubiera pasado.

Acabé en el pozo de las teorías seriéfilas, como todos los martes por la mañana; como trabajo, reconozco es maravilloso. Siempre la misma premisa, ¿qué es real? Probablemente la única certeza que tengo es que llevo 26 días sin salir de casa, mas que para salir a comprar. Me da miedo haber olvidado mirar a la gente a los ojos.

Después de las comunicaciones pertinentes, decidí pelear con la montaña de vasos y tazas que tenía por lavar, y preparar la comida. Me sorprendí del orden casi lógico que estaba llevando la mañana, pero todavía tenía una ducha pendiente. Después de algunos años, empiezo a llevar bien la dosificación de agua caliente: de muy hirviendo a bastante caliente hasta que empieza a templarse, que es el momento de apagar el grifo. Por este pequeño detalle, prioricé la ducha a los vasos. Como era de esperar, comería pasadas las tres.

Dado que ya me había permitido el lujo de una siesta a deshora, no podía perder más tiempo. Tenía que volver a ver el episodio en cuestión y digerir todo lo leído por la mañana. Entre tanto, a la hora de una merienda tardía recibí una foto de unas galletas de canela y anís: en casa están bien. Me hubiera encantado estar ahí, o poder dar a mis papilas el gusto de poder viajar. Las imaginé como las mejores. Luego me dijeron que eran un intento de rosquillas, pero me sigo quedando con la versión galleta.

Preparé todo lo necesario para grabar decentemente: la mesa, el micro, mi cara.

Como siempre lo gocé. He comentado infinidad de veces lo terapéutico que me/nos resulta. Tal como escribir, una obligación, placentera, diaria que me ratifica en el “no estás sola”.

Pensé que la música pasaría hoy de puntillas, pero llegó LA canción.  


No sé cuántas veces me la canté. Parece que San Francisco les gustó, hasta puede que también les hiciera sol cruzando el Golden Gate. No tengo dudas que a mis vecinos también les habrá gustado.

Preparé una infusión a la vez que ordenaba el día. Pensé en tantas buenas noches por dar. Otro martes de cuarentena. Otro día más. 

Have a nice day. 

7 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 25.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia.

Por más pronto que me quisiera levantar, los lunes “post-serie” son siempre de “cinco minutos más”. Aun teniendo naranjas preferí piña con arándanos, una nueva mezcla del coleccionable.

Estuve mierdeando[1] más de lo debido. Cuando casi era la hora de comer y después de haber estado viendo fotos de torrijas de mis compañeras de trabajo, decidí ponerme a tope con el deporte. ¡Gemma, no seas cobarde! Odio las planchas, y los burpees mal hechos. El outfit me ayudó bastante.



Casi sin querer pasó una hora volando. Me duché con música para no caer en estado de siesta pre-comida. Sí, todavía no había comido y a las cinco había quedado. Ella jamás llega tarde en persona y estaba claro que virtualmente tampoco lo haría. Comí el arroz que sobró de ayer. Hacer arroz para uno siempre me resulta difícil, la medida de los “puñados” teniendo en cuenta el tamaño de mis manos, nunca es del todo válida.

El viernes hubiera empezado vacaciones: Madrid – Amsterdam – Barcelona – Figueres, con casi toda seguridad. Pero ni vacaciones, ni viajes. La primera Semana Santa en toda la vida que no voy a casa. Siendo a los 33, no sé si tengo que prepararme para una pronta resurrección, aunque hasta el 26 de abril, todavía tengo tiempo.

Vuelvo a la cita. Apareció en nuestras vidas de manera explosiva. En Girona, sin pagar el mismo alquiler vivíamos y dormíamos juntas. Hasta el punto de que salvó su examen de física el que yo tuviera un curro de mierda y me tocara madrugar mucho algunos días. Éramos parroquianas de unos cuantos bares y adictas a los crucigramas del periódico. Que ánade es sinónimo de pato, lo aprendí entonces. También aprendí a beber con ella, por más que lo niegue, se basa en que el conocimiento ya lo tenía, simplemente me dio herramientas para exteriorizarlo, dice.


Nos pusimos al día. Desde diciembre hasta ahora han pasado muchas cosas. Brindamos por todas ellas y también sacamos el lado positivo de las no tan buenas. Después de unas horas, juntas y bebiendo nos dimos cuenta de que la distancia física no es un impedimento para que la situación se nos vaya de las manos. Cafés que son cervezas y que podrían acabar en cena. Nos faltaron las copas que las apuntamos para la siguiente vez.

Antes de despedirnos repasamos nuestra particular lista de prioridades post-confinamiento. ¿Habéis hecho la vuestra?



[1] Perder el tiempo haciendo que haces cosas, inútiles todas; tontear con alguien; en Argentina significa “ser faltoso” con alguien. Una de esas palabras que encantarían a James Rhodes.

6 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 24


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. Lc 11:2-4

Me quedé dormida en el sofá, otra vez. Cuando todavía no era de día, después de siete pasos erráticos me convertí en una estrella de mar. (Confinamiento: DÍA 23)

Bastaron seis horas de sueño para que sin despertador consiguiera amanecer. Me sentía descansada, pero al estirar los brazos noté los tríceps quejarse. Déficit de magnesio y potasio. Tenía hambre. Recogí un par de naranjas de camino y preparé el café. Dudé con el acompañamiento de la tostada, pero al ser festivo: queso fresco y salmón.

Seguir apareciendo en el Malas Pulgas, los fines semana, a veces conlleva recibir mensajes de madrugadores: hoy de Sabi, “alma pater” del Moloko. Adoro cuando pincha esta canción.


Pregunté a Alexa por las precipitaciones de hoy y, pese a decirme que podía llover al medio día, me arriesgué en esto de las lavadoras. Aproveché el tiempo para saldar las deudas de la Verbena. Teléfono. Sonrisa. 

Hoy tenía vermut intergaláctico, que ha quedado instaurado para el resto de domingos, a las 12 hora Zulu. Volví a mis experimentos, en lugar de una aceituna añadí una mora roja. En el durante es totalmente indiferente, pero el último mordisco…

Sin duda, hoy iba a ser un domingo de actividad. Ayer, después de cocinar y viendo el resultado no pude resistirme a pensar en un arroz de domingo. Salteé el secreto ya cocido, que despacio se iba deshilachando, con el pimiento asado y los boletus. Reservé. Aproveché para añadir el tomate cocido, parte de tomate frito y marcar el arroz. Y en ese momento que sabes que es el momento, pero no sabrías como explicarlo, añadí el caldo. Temporizador a 18 minutos. Poco antes de alcanzar el tiempo, añadí el resto de los ingredientes para que acabaran de pegar. Listo.


Quedó rico y me sentí orgullosa de todas las lecciones mediterráneas que he ido recibiendo a lo largo de la vida. “Jamás llames paella a lo que no es paella y sólo es arroz con cosas”. “Un maestro paellero (macho Alfa), necesita de alguien (esclavo) que critique todos sus movimientos y le aprovisione de cerveza y tabaco durante el proceso”. “La paella valenciana lleva garrofó, la alicantina ni de coña”. “Ten en cuenta que el arroz del senyoret no es lo mismo que el arroz a banda”. Y un largo etcétera de consejos y advertencias que generalmente acaba en guerra geográfica. Me acordé de l’avi Josep, siempre tan arrocero.

Justo estos días ando pensando bastante en los abuelos, aunque ya no me quedan. ¿Es egoísta pensar en que me alegro de que no tengan que estar viviendo esta situación? Seguramente impere el pragmatismo. He escrito mucho de ello, pero tampoco me pude despedir y hay días en los que pesa. L’avi Eduard hubiera cumplido los noventa y uno ayer.   

A las seis, puntuales, y salvando percances tecnológicos, conseguimos juntar a toda la familia materna. Un triunfo. Como no podía ser de otra manera, acabamos hablando de comida. Mi parte “gorda” nace de ahí. ¡Qué maravilla! Hemos heredado los ataques de risa contagiosos de la iaia Dolors, míticos, sólo ella sabía de qué o de quién se estaba riendo y nos hacía partícipes a todos.

Fue la mejor merienda de domingo, celebrando que ya madre está en casa.


No tenía mucho hambre, pero me apetecía cocinar, compartir la cena con ellos. Preparé crêpes de queso, con harina de avena y el toque secreto.

Y de postre, decidí tomarme un poco de televisión común: Jordi Évole. Como todos, “Especial Coronavirus” y como siempre, desde lo humano. Se han dicho cosas muy intensas, pero sonreí especialmente con la corresponsal de El País en China, contando su primer paseo en bicicleta, con los cascos puestos y cantando a pulmón. Me encantó también a Millás en su cueva. Luchadoras, supervivientes. A Juan Antonio Bayona le pilló en Nueva Zelanda rodando Lord Of The Rings; comenta que al principio de todo esto estuvo mirando la ficha de Contagion de Steven Soderbergh y la calificaban de ciencia ficción, hoy está reubicada en drama. Muy real, y muy dramático, sí. Curiosamente con quien más empaticé fue con Rosalía, que hace pocas semanas en Twitter publicaba el padrenuestro. Es una fe que no comparto, ni mucho menos, pero sí que compartimos el recuerdo de quedarnos a dormir en casa de nuestra abuela, la mía, l’àvia Encarna, y que me rezara un ángel de la guarda y un padrenuestro justo antes de acostarnos.




Vuelve a ser domingo y me acostaré tarde, con una sonrisa perenne.